Prefacio #4
—Demasiado evidente. Si alguien sospecha que lo hemos escrito nosotras, estaremos perdidas antes de cobrar la primera moneda. Pero tiene que quedar claro que son nuestros padres.
Aurelia tachó con cuidado.
—«De no presentarse en breve partidos satisfactorios, serán esos mismos caballeros —los inquietos padres de las damas— quienes tomen sobre sí la elección de sus respectivos esposos» —recitó la escritora de la columna.
—Perfecto —dijo Lavinia—. Parece casi admirable. Qué generosos son al tomarse sobre sí el enorme sacrificio de arruinarnos la vida.
Beatrice sonrió, aunque había tristeza en su boca.
—Añade algo sobre la conveniencia pecuniaria.
Cecily la miró.
—¿No será demasiado?
—No —respondió Beatrice con una firmeza poco habitual en ella—. Si todo esto ocurre por dinero, al menos que el dinero asome la cabeza. Estoy cansada de que lo disfracen de ternura paterna.
Aurelia no necesitó preguntar si Beatrice hablaba solo de su padre.
Todas llevaban dentro el recuerdo de una madre que había amado, esperado o tolerado demasiado.
Todas habían visto, de un modo u otro, lo que sucedía cuando una mujer quedaba a merced de un hombre encantador que confundía su deseo con la ley y su comodidad con la exigencia.
Sus madres habían muerto sin hacer ningún escándalo, que era la forma más conveniente de morir para una esposa desdichada.
Las tres habían partido sin paz, pero sin incomodar a sus maridos.
La pluma avanzó.
—«La ambición, la conveniencia pecuniaria y ese celo tardío por el porvenir de las hijas que ciertos padres descubren solo cuando la paciencia —o los recursos— empiezan a faltar» —leyó Aurelia.
Lavinia se llevó una mano al pecho.
—Eso ha sido precioso. Casi deseo enmarcarlo y enviárselo a mi padre.
—No lo hagas —dijo Cecily—. Lo vendería para pagar una noche llena de libertinaje.
La risa volvió a unirlas, más franca esa vez. Faltaba el final. La nota necesitaba una última línea que dejara abierta la historia, una frase capaz de convertirlas en un asunto de interés sin encerrarlas en una desgracia inevitable.
—No quiero que parezca que ya estamos vencidas o vendidas, según se mire —dijo Beatrice.
—No lo estamos —replicó Lavinia, aunque sus dedos se habían cerrado sobre la cinta de la tinta—. Preocupadas, sí. Faltas de dinero, también. Gobernadas por idiotas con un título, por desgracia. Pero ni vencidas ni vendidas.
Cecily miró a Aurelia.
—Debemos dejar claro que todavía podemos escoger.
Aurelia sostuvo su mirada con suavidad. Su hermana era joven; quizá estaba demasiado dispuesta a creer que el amor podía ser una salvación y no una trampa, pero en aquella frase había más valor que ingenuidad.
¿Escoger? No sabía si era cierto ni cuánto tiempo tendrían antes de que sus padres decidieran por ellas, antes de que una deuda se convirtiese en un contrato o una conversación en un club, en una sentencia fatal.
Sin embargo, algunas verdades no se escribían porque estuvieran aseguradas, sino porque una necesitaba obligarse a defenderlas.
—Sí —dijo—. Eso pondremos.
La última línea quedó sobre el papel con una belleza peligrosa.
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Se asegura, en círculos que rara vez yerran en materias de esta naturaleza, que cuatro jóvenes damas de distinguido nacimiento, vinculadas entre sí por la amistad —y dos de ellas por parentesco—, han pasado a ocupar un lugar preferente en las conversaciones de los más selectos salones de baile.
Según refieren personas bien informadas, los caballeros bajo cuya autoridad se hallan habrían resuelto que lady A.
W., lady C. W., lady B. L. y lady L. M. no deberán concluir la temporada sin un compromiso formal.
Añádase, con no menor insistencia, que, de no presentarse en breve partidos satisfactorios, serán esos mismos caballeros —los inquietos padres de las damas— quienes tomen sobre sí la elección de sus respectivos esposos.
Tal extremo no dejará de sorprender a quienes conocen a dichas jóvenes, cuyas gracias personales y prolongada presencia en fiestas y reuniones las han convertido, hasta ahora, en meros ornamentos habituales de toda velada elegante.
Esta columna, que no acostumbra a dar crédito a cada murmullo que atraviesa Londres, observará con interés el curso de un asunto en el que parecen mezclarse la ambición, la conveniencia pecuniaria y ese celo tardío por el porvenir de las hijas que ciertos padres descubren solo cuando la paciencia —o los recursos— empieza a faltar.
Quiénes habrán de ser los caballeros destinados a acompañar a tales damas es cuestión que aún está por verse, pues, según se murmura, las interesadas conservan todavía la posibilidad de escoger por sí mismas el rumbo de su porvenir.
La Pluma Indiscreta.
Todas aceptaron que habían hecho un buen trabajo.
Aurelia dobló la hoja con sumo cuidado. Habría que copiarla en limpio, enviarla por medio de un recadero que no hiciera preguntas y esperar que el editor aceptara pagar por ella.
Después vendría otra. Y otra. Rumores elegidos por ellas, ordenados por ellas, vendidos por ellas.
No bastaría para comprar su libertad, pero podía concederles algo igual de necesario al principio: información, influencia, unas monedas ocultas y la posibilidad de no permanecer calladas mientras otros decidían su suerte.
—Si alguna de nosotras se arrepiente —dijo Aurelia, mirando una por una a sus amigas—, este es el momento de decirlo.
Lavinia alzó la barbilla.
—Yo me arrepentiré cuando los hombres dejen de ser estúpidos. Sospecho que tendremos una carrera literaria muy larga.
Beatrice soltó una risa baja, casi sorprendida de sí misma.
—Yo no me arrepiento.
Cecily miró la hoja doblada. Después se fijó en su hermana.
—Tengo miedo.
Aurelia extendió la mano hacia ella.
—Yo también.
La sinceridad, lejos de debilitarlas, les dio firmeza.
Cecily le cogió la mano a Aurelia, Beatrice apoyó la suya sobre ambas y Lavinia cerró el pequeño círculo con un gesto decidido, menos teatral de lo que habría sido en otra noche.
Manos unidas sobre una mesa gastada sellando un pacto: cuatro hijas sin madre, educadas para obedecer y demasiado inteligentes para no comprender el precio de la sumisión; luchadoras respetables que estaban seguras de que arriesgarse era mejor que conformarse.
—Entonces está decidido. Trazaremos nuestro destino con la ayuda de la Pluma Indiscreta —dijo Aurelia.
—Todo tiene un principio —murmuró Beatrice.
Lavinia sonrió.
—Y el nuestro tiene mejor puntuación que los principios de la mayoría.
Cecily se rio de nuevo, esta vez sin llevarse la mano a la boca.
Aurelia guardó la hoja dentro de un libro de sermones que nadie en aquella casa abría desde hacía años. Le pareció un escondite apropiado.
A la mañana siguiente, una nota anónima saldría de la casa de las hermanas Westcott. Y con ella, sin que ningún padre, pretendiente ni caballero satisfecho alcanzara a comprenderlo, cuatro damas comenzarían a escribir la versión más arriesgada de su propio destino.