Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Prefacio #3
5%

Prefacio #3

Aurelia miró el periódico y, a continuación, las manos de sus amigas, que se habían ido acercando a la mesa sin que ninguna pareciera advertirlo.

Beatrice tenía los dedos manchados por el polvo del papel que le había cogido a su padre; Lavinia jugaba con la cinta de la bolsita de tinta y Cecily acariciaba una pluma con una mezcla de miedo y fascinación.

No eran gestos heroicos, dado que no había nada grandioso en una salita mal iluminada, aunque sí que iban a tomar la decisión de su vida. Aurelia se sentía satisfecha.

—No lo sé —admitió la mayor de las Westcott—.

Pero sé que nuestros padres hablan. Sus amigos hablan.

Los periódicos hablan. Las madres de otras damas, las viudas con demasiada memoria y los hombres que creen que una hija es una propiedad más hablan.

Y nosotras escuchamos, aguantamos y hemos de fingir que no entendemos lo que se está preparando a nuestro alrededor.

Cecily tragó saliva con fuerza.

—Matrimonios.

—Ventas —la corrigió Lavinia, sin apartar la vista del tintero.

Beatrice cerró los ojos un instante, y cuando los abrió había en ellos una tristeza que no intentó ocultar.

—Mi padre lo llama protección.

—El mío lo ve como una oportunidad; para él, desde luego —dijo Lavinia.

—El nuestro solo sabe que necesita más trajes y chalecos finos y menos bocas a las que alimentar —murmuró Cecily.

Aurelia apoyó las dos manos sobre la mesa.

—Entonces las cuatro nos ocuparemos de nosotras mismas y haremos lo mejor en nuestro propio beneficio. Solo hemos de encontrar cuatro caballeros decentes con quienes casarnos no resulte un suplicio.

La decisión pareció asentarse entre ellas con gran acierto.

Beatrice tomó asiento, Lavinia se quitó la capa y Cecily acercó una de las velas al escritorio.

La luz tembló sobre el papel vacío, y aquel rectángulo blanco, tan pequeño y ordinario, pareció de pronto una puerta estrecha.

Tenían una salida, una oportunidad, y por minúscula que pareciese, la aprovecharían.

—No podemos firmar con nuestros nombres las columnas que escribamos a partir de ahora —dijo Beatrice.

—Evidentemente —respondió Lavinia—. Mi padre no lee mucho, pero tiene una habilidad casi milagrosa para enterarse de aquello que puede perjudicarlo. No quisiera que nos pescasen cuando solo hemos comenzado a ser audaces.

—Tampoco debemos sonar demasiado jóvenes —añadió Cecily—. Nadie se tomaría en serio a cuatro muchachas hablando de sí mismas.

—No vamos a hablar de nosotras —la corrigió Aurelia—. Vamos a hablar de cuatro damas que resulta que somos nosotras mismas. Lo haremos con sabiduría, un toque de ironía y la certeza de que sabemos lo que decimos.

Lavinia sonrió.

—Qué delicioso. Vamos a convertirnos en una de esas personas insoportables que disfrutan insinuando las tragedias durante el té.

—Una persona insoportable con buena letra —puntualizó Beatrice.

—Y con necesidad de ganarse un poco de dinero —añadió Cecily, muy seria.

Aquello las hizo reír. Porque ese último era el otro motivo, el más prosaico y también el más urgente.

Los artículos podían venderse. No por mucho, desde luego, pero sí por lo bastante para guardar algunas monedas fuera del alcance de sus padres.

Una cantidad ridícula si se pensaba en deudas, dotes y contratos matrimoniales; una cantidad enorme si se medía en posibilidades pequeñas, en cartas enviadas, carruajes alquilados o en pedir favores discretos.

Esos emolumentos por contar la verdad contribuirían a su independencia como improvisadas columnistas de sociedad.

—El editor de la columna que nos mencionó, según escuché de una dama que disfruta de los jugosos rumores, acepta textos anónimos —dijo Aurelia—. No pregunta demasiado si el material sirve para vender periódicos.

—Eso significa que es inmoral —observó Cecily.

—Significa que es práctico —replicó Lavinia—. La inmoralidad será cuestión de estilo.

Beatrice le quitó la pluma de las manos a Cecily, la sostuvo unos segundos entre los dedos y después la dejó frente a Aurelia.

—Tú deberías empezar.

—¿Por qué yo?

—Porque la idea fue tuya —respondió Beatrice—. Nos reuniste y nos diste valor. Además, cuando hablas de estas cosas, incluso el miedo parece sentarse derecho y escucharte. Eres buena comandando al ejército.

—¿Eso somos ahora? ¿Soldados dispuestos a caer? —preguntó la mayor de las Westcott.

—Sí —afirmaron con contundencia las otras tres muchachas.

Aurelia habría querido rechazar aquel cumplido con una broma, pero la emoción la embargó.

No era costumbre que alguien le devolviera una imagen de sí misma tan alentadora.

Su padre veía en ella una hija demasiado seria; los salones, una dama distinguida que empezaba a acercarse peligrosamente a la edad en que la soltería perdía su encanto; los caballeros simplemente ya no la miraban porque ella así se lo había propuesto.

Sus amigas, en cambio, la admiraban, y eso era tan reconfortante como esperanzador. Se juró que no les fallaría.

Cogió la pluma.

—Necesitamos un nombre.

—¿Para la columna? —le preguntó Cecily a su hermana.

—Para nuestra voz anónima, sí —dijo Aurelia.

Lavinia se inclinó sobre la mesa, con gran interés.

—Debe sonar respetable.

—Y un poco peligrosa —añadió Beatrice.

—No demasiado alarmante —matizó Cecily—. Lo suficiente para que quieran leerla, y no tanto para que quieran perseguirla.

—La Dama Observadora —propuso Beatrice.

Lavinia hizo una mueca.

—Parece una institutriz escondida detrás de una cortina.

—La Cronista de Mayfair —dijo Cecily.

—Demasiado geográfico —opinó Lavinia—. Además, alguna vez podríamos necesitar insultar a alguien de St James’s.

Aurelia observó la pluma que sostenía entre los dedos. Una pluma corriente, de punta algo gastada pero mordaz y afilada, con aspiraciones de cambiarlo todo.

—La Pluma Indiscreta —presentó al fin.

Las otras tres guardaron silencio.

Lavinia fue la primera en sonreír.

—Indiscreta, pero no vulgar.

—Observa, pero jamás suplicará ser atendida —añadió Beatrice.

Cecily asintió despacio.

—Y puede decir la verdad sin parecer desesperada. Me gusta.

Aurelia escribió el nombre en la parte inferior de una hoja, solo para ver cómo quedaba escrito.

La Pluma Indiscreta.

La tinta brilló unos segundos antes de asentarse sobre el papel, y las cuatro la contemplaron con orgullo, igual que si acabaran de presentar en sociedad a una dama nueva, menos obediente que ellas y bastante más difícil de intimidar.

—Bien —dijo Lavinia—. Ya tenemos nuestra máscara. Solo falta decidir a quién vamos a morder primero.

—A nadie —respondió Beatrice—. No todavía. Si empezamos con demasiada fuerza, parecerá una venganza.

—Es una venganza —indicó Cecily.

—Sí, pero debe ser sutil.

Cecily soltó una risa breve.

—Entonces retomemos el plan inicial. Hablemos de nosotras sin parecer nosotras.

—¿Tan pronto? ¿Sin mencionar a nadie más antes de echarnos a las llamas de los rumores? —cuestionó Lavinia.

Aurelia acercó una hoja en blanco que le tendió su amiga.

—Empezaremos por lo que otros ya murmuran: cuatro jóvenes damas de distinguido nacimiento. Amigas. Dos de ellas hermanas. Presentes en los salones. Observadas con creciente interés.

—Eso suena casi halagador —dijo Lavinia.

—La trampa debe tener flores alrededor —respondió Aurelia.

Beatrice apoyó el codo en la mesa, olvidando por una vez que aquella postura habría horrorizado a más de una institutriz.

—Hay que introducir a los padres. No con nombres, claro. Pero sí con suficiente claridad para que cualquier lector entienda que no somos nosotras quienes hemos despertado de pronto el ansia matrimonial.

—Pongamos: «Los caballeros bajo cuya autoridad se hallan las damas» —propuso Cecily.

Lavinia la miró con franca admiración.

—Cecily, eso es magnífico. Suena frío y desagradable.

—Tal vez porque lo es.

Aurelia escribió la frase. Al hacerlo, algo dentro de ella se tensó, no por la palabra autoridad, que había escuchado demasiadas veces, sino por entender lo que en verdad significaba en ese contexto.

Los hombres bajo cuya autoridad se hallaban.

No los padres que las amaban, ni los protectores que velaban por ellas, ni los caballeros preocupados por su porvenir.

«Autoridad» era más precisa. Y mucho menos piadosa.

—¿Decimos que han decidido casarnos? —preguntó Beatrice.

—No de forma tan directa —respondió Aurelia—. Si lo decimos así, parecerá una acusación y la sociedad considera que es nuestra obligación casarnos. Debe sonar a información recibida de fuentes respetables.

—Fuentes respetables —repitió Lavinia—. Es decir, nosotras, escuchando detrás de puertas mal cerradas.

—Las puertas mal cerradas han hecho más por la verdad que muchos sermones. ¿Qué habría sido de nosotras si no hubiésemos espiado a nuestros padres y las columnas no hubiesen comenzado a murmurar? No me imagino lidiando con mi propia venta sin vosotras —dijo Beatrice.

—Luchemos contra el mal con la palabra escrita —indicó la mayor de las hermanas Westcott.

Aurelia siguió escribiendo, deteniéndose de vez en cuando para que todas opinaran.

La nota fue creciendo entre las cuatro, no como una simple burla, sino como una pieza de encaje en la que cada hilo ocultaba una intención muy concreta.

Cecily suavizaba el filo cuando una frase podía delatarlas por exceso de rabia; Lavinia agudizaba las expresiones que nacían demasiado tímidas; Beatrice encontraba el equilibrio entre la elegancia y un golpe certero y Aurelia ordenaba sus voces en una sola, más madura, irónica y segura de lo que cualquiera de ellas sería por separado.

—«De no presentarse en breve partidos satisfactorios…» —leyó Aurelia.

—No —interrumpió Lavinia—. Eso suena a que los partidos tendrían que satisfacernos a nosotras. Nuestros padres no se tomarían tantas molestias.

—Cierto —dijo Beatrice—. «De no presentarse en breve partidos satisfactorios para dichos caballeros».

Cecily negó con la cabeza.