Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Prefacio #2
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Prefacio #2

—Por nuestro bien espero que todavía existan los caballeros serios y respetables, porque si vamos a casarnos, lo preferible es encontrar a uno tolerable —consideró Aurelia.

—Uno de los requisitos de tu lista, hermana, ¿es que tu caballero debe ser fiel?

—Sí. No me importa su aspecto físico; con que sea un hombre fiel y respetable me bastará —aseguró Aurelia.

—¿Por qué no te presento al duque de Blackshow? Dicen que es…

—¿¡Blackshow, Cecily!? No quiero oír ni hablar de un duque que dicen que asesinó a su prometida —la refrenó Aurelia.

—Vamos, hermana, si fuese un asesino hubiese terminado en la horca. Además, se comenta que mató a su hermano, no a su prometida —explicó la hermana menor.

—Los duques no acaban en la horca, maten a quien maten —la corrigió Aurelia.

La otra se quedó pensativa y afirmó un par de veces con la cabeza.

—Puede que tengas razón, Aurelia. Nuestro padre es un conde y está logrando eludir la prisión de deudores con bastante acierto, y no creo que se deba a que sea avispado.

—Padre es inteligente solo cuando su supervivencia depende de ello, aunque sí es cierto que un título siempre es de ayuda.

—Y la promesa de vender a sus hijas —murmuró Cecily con tristeza.

—Eso es. Los acreedores confían en que tu belleza le reporte dinero.

—¿Mi belleza, Aurelia? No puedo ser más común y sencilla.

—Eres humilde, hermana. Estoy contenta porque al menos hice algo bien contigo.

—¡Aurelia! —la regañó su hermana menor por decir que solo la humildad podría ser su mejor rasgo.

Beatrice y Lavinia se rieron por el estallido de la menor de las Westcott.

—Bien, creo que es el momento oportuno para que nos pongamos a idear nuestro plan.

Dicho lo cual, Aurelia las condujo a la salita trasera, la única estancia donde el fuego se mantenía encendido con cierta generosidad porque allí cosían, leían y fingían que la vida podía desarrollarse tranquila alrededor de una mesa pequeña, cuatro sillas desparejadas y una tetera que había conocido días mejores.

Sobre el escritorio aguardaba el último número de una hoja de sociedad que había dedicado tres líneas a las cuatro jóvenes damas de un modo condescendiente y maledicente.

Al menos, dejaban peor parados a sus progenitores.

Lavinia cogió aquella hoja con la punta de los dedos, dispuesta a leer las tres líneas dedicadas a ellas, arrugó la nariz y la dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que habría empleado para soltar algo que apestase.

—«Cuatro jóvenes damas de distinguido nacimiento continúan adornando los salones sin que, por el momento, ninguna haya logrado asegurar un compromiso digno de mención, pese a sus mercenarios padres» —recitó, impostando una voz grave que no disimuló su fastidio—.

Adornando . Qué término tan halagador para decir que somos la última esperanza matrimonial de cualquiera que sea un poco inteligente.

Sirve para damas, jarrones y perros pequeños con lazos en las orejas —ironizó.

—Los perros pequeños suelen recibir más atención sincera —murmuró Beatrice.

—Y mejores cintas —añadió Cecily, que se había sentado junto a la mesa con resignación, aunque en sus ojos había una chispa de disgusto que su hermana mayor conocía demasiado bien.

A sus veinticuatro años, Aurelia había aprendido que la calma era más útil que un arrebato, aunque a veces el estallido pudiese resultar más tentador y satisfactorio.

En su opinión, de las cuatro, ella era la que sería considerada más sencilla en el aspecto físico.

Se había preocupado durante toda su vida de sacarse poco partido para no despertar demasiado interés entre los caballeros.

¡Caballeros! ¡Qué desfachatez! Ni uno solo había conocido que fuese verdaderamente un caballero.

Ni uno solo honorable o digno de tener en cuenta.

Sin embargo, era cierto que lady Aurelia Westcott no les había dado ni una sola oportunidad para deslumbrarla, ni ella se había permitido conocerlos mejor.

Su padre había logrado que detestase a todo el género masculino.

Suspiró mientras se enrollaba un rizo rebelde entre los dedos.

No era ninguna belleza como Cecily, pero si se hubiese preocupado un poco más por su aspecto, podría haber sido considerada algo más que «la poco agraciada hermana Westcott», tal y como solían referirse a ella cuando creían que no escuchaba.

Tenía el cabello castaño oscuro, abundante, recogido en bucles suaves que aquella noche se habían aflojado alrededor de las sienes; los ojos avellana, grandes y expresivos, mostraban más de lo que ella deseaba cuando estaba cansada, y su rostro, de facciones finas y porte sereno, ofrecía a los demás la imagen de una dama melancólica, distinguida, demasiado educada para convertirse en un problema.

Esa equivocación le había sido útil en más de una ocasión.

—Eso es precisamente lo que somos para el mundo, y muy especialmente para los hombres —dijo al fin Aurelia—. Adornos. Piezas colocadas en los salones para que otros las valoren, las comparen y decidan cuándo ha llegado el momento de trasladarlas a una casa en el campo porque en la ciudad estorban.

Beatrice asintió un par de veces. Tenía los dedos apoyados en el borde de la mesa.

—Mi madre vivió en una de las fincas campestre, lejos de la maldad de mi padre hasta que él tuvo que vender la propiedad. Le robó hasta su refugio. No soporto que escriban de nosotras en esos términos, y estoy decidida a hacer algo al respecto —decretó segura.

—Yo también estoy decidida —se sumó Lavinia—. Aunque debo confesaros que he conocido a un caballero que no me desagrada en absoluto y parece de los buenos.

—¿Qué? —saltaron las tres amigas a la vez.

—No puedo contároslo todavía —susurró Lavinia por si alguien más las estaba escuchando—. Es un secreto y, por favor, no me presionéis. Solo… confiad un poco en mí, porque si todo sale bien podré escapar de las garras de mi padre.

Lo pidió con tanta vehemencia que las tres decidieron concederle su deseo y no le preguntaron nada más.

La menor de las Westcott, siempre más práctica que el resto, alzó la vista hacia Aurelia.

—Yo no he conocido a nadie por quien valga la pena arriesgarse, como sí le ha ocurrido a Lavinia, así que me uno a las fuerzas de la salvación con gusto y espero que todo salga bien.

—Cecily haría como Lavinia y se callaría un pequeño secreto por si lo que tenía pensado en caso de catástrofe no saliese bien.

Y si las tres amigas hubiesen contemplado a Beatrice con mayor atención, la habrían visto tragar saliva con fuerza.

De las cuatro damas allí presentes, lady Beatrice Loxley era la que mayores problemas tenía.

La hija del conde de Loxley necesitaba una salida porque su futuro estaría en serio peligro si no encontraba una salvación para su desgracia lo antes posible.

—No fallaremos —aseguró Aurelia.

Eran cuatro mujeres que iban a ocuparse de su propio destino.

Entre ellas, a veces, las cosas más importantes se entendían antes de quedar expuestas en voz alta.

Aquella complicidad no había nacido de una inclinación alegre ni de una semejanza fácil.

Aurelia, Cecily, Beatrice y Lavinia estaban solas, luchando contra el mismo tipo de peligro.

Huérfanas de madre, hijas de caballeros que habían hecho de la elegancia una coartada y del egoísmo una costumbre, habían descubierto que el rango podía disimular una desgracia, pero no impedirla.

Sus padres perdían dinero sin molestarse en reponerlo, despreciaban el trabajo porque lo consideraban indigno de su nacimiento y, sin embargo, no encontraban nada vulgar en convertir a sus hijas en una solución financiera cuando las deudas comenzaban a apretar lo suficiente.

Aurelia había sido la primera en reunirlas en cuanto las columnas de sociedad empezaron a mencionarlas juntas, debido a lo mucho que se parecían sus progenitores.

Chismorreaban sobre ellas en el mismo tono impertinente, con la misma lástima disfrazada de entretenimiento, y Aurelia comprendió que, si el mundo insistía en encerrarlas en una sola historia, más les valía conocerse antes de que otros decidieran su final inevitable. Unidas serían más fuertes.

En el primer encuentro, Aurelia había expuesto la necesidad imperiosa de ayudarse para encontrar esposos adecuados antes de que las vendiesen a cualquier desalmado de peor carácter que sus propios padres.

Después, una confidencia pequeña abrió paso a otra más dolorosa; una referencia casual a las deudas paternas encontró respuesta en una mirada de reconocimiento; el recuerdo de sus fallecidas madres dejó a las cinco en silencio durante un minuto entero, y en aquel silencio comenzó a gestarse un pacto secreto que todas respetarían porque su futuro dependía de ello.

Georgiana fue la primera en casarse. Así que, en esos instantes, ellas no eran solo cuatro muchachas en edad de casarse, aunque ciertamente Aurelia había sobrepasado ese umbral hacía mucho.

Eran mujeres sin un escudo materno, cuatro herederas de la negligencia, obligadas a sonreír mientras sus padres se acercaban, copa en mano, al borde del desastre y las subastaban al mejor postor.

—Tenemos que encontrar la suerte de Georgiana y ahora lo conseguiremos porque hemos trazado un buen plan.

Las dos veces anteriores quemamos lo que escribimos —recordó Lavinia, aunque su tono había perdido parte de su ligereza—.

No digo que estuviera mal quemarlo. El segundo párrafo sobre lady Farringdon y su sobrino era demasiado cruel incluso para mi gusto, lo cual debería preocuparnos a todas.

—Lo quemamos porque no estábamos preparadas para hacer lo necesario —dijo Aurelia.

—¿Y esta noche sí lo estamos? —preguntó Beatrice.