Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1)
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Prefacio
Todo tiene un principi o
No estaba planeado. Las defensas solían nacer de la casualidad, aunque en honor a la verdad, lady Aurelia Westcott hacía años que se había cansado de quedarse con los brazos cruzados y había comenzado a pensar por sí misma, para pesar de su padre, el conde de Westcott, y el orgullo de su hermana menor, Cecily.
La ciudad de Londres se nutría de los rumores, de los susurros dichos con maledicencia la mayor parte de las veces.
Un día Aurelia pensó en que la información era poder y que el uso del poder, si se podía controlar, sería efectivo.
Hasta el momento no había tenido la valentía suficiente para dar el paso definitivo.
Una conversación de su padre, escuchada unos días antes, en la que él hablaba de casar a cualquiera de sus dos hijas, fue lo que la empujó definitivamente.
Pese a que la costumbre social era entregar a una hija en sagrado matrimonio y ofrecerle al futuro esposo una dote, para el padre de las hermanas Westcott el sistema era diferente.
Él pretendía venderlas al mejor postor. Y no era el único de los aristócratas que tenía ese pensamiento.
Así pues, la noche en que nació la Pluma Indiscreta , lord Westcott, padre de Aurelia y Cecily, había salido de casa con un chaleco nuevo, tres guineas que no le pertenecían y una expresión tan satisfecha que a ambas hermanas se les estrujó el corazón de golpe.
Aurelia lo vio marcharse desde el rellano superior, sin acercarse demasiado a la barandilla, porque no deseaba que él reparase en ella ni le dedicase una de aquellas sonrisas suyas, tan agradables para las visitas y tan inútiles dentro de su propio hogar.
Su padre besó el aire a la altura de la mejilla de Cecily, prometió regresar antes de la medianoche y salió para disfrutar de sus placeres con el bastón bajo el brazo, el sombrero bien calzado y los guantes pulcramente ajustados.
Cuando la puerta se cerró, Cecily miró a su hermana. Las dos sabían que las deudas se iban acumulando sin descanso.
—¿Antes de la medianoche?
Aurelia descendió los últimos peldaños de la escalera con una calma que había aprendido a mostrar por pura fuerza de voluntad.
—Tal vez se refería a que regresará la medianoche del martes —consideró la hermana mayor.
Cecily soltó una risa suave, breve, sin verdadera alegría, y después se llevó una mano a la boca, pues en aquella casa incluso la risa parecía algo que convenía moderar.
La menor de las hermanas Westcott iba a cumplir diecinueve años.
Tenía el cabello castaño miel recogido de un modo tan peculiar que hacía resaltar sus reflejos dorados, sus ojos eran grises, demasiado atentos para su edad, y poseía una serenidad dulce que engañaba a quienes no miraban dos veces.
Muchos la consideraban dócil. Aurelia, que la había visto resistir las tonterías de su padre, sabía que su hermana era más capaz de lo que muchos creían.
Ella misma se había asegurado de que así fuese.
—Beatrice y Lavinia estarán a punto de llegar —dijo Cecily.
—Entonces empezaremos a hacer lo que tenemos que hacer.
—Estoy nerviosa, Aurelia.
—Lo sé, yo también, pero todo saldrá bien.
—¿Te parece que nuestra casa sigue siendo respetable a pesar de que nuestro padre sea un…? —se silenció porque no se atrevió a terminar su observación.
—Un libertino despiadado, Cecily. Puedes decirlo, porque la verdad no debería ser censurable.
Entonces, la hermana mayor se detuvo al pie de la escalera.
Observó un florero que contenía unas rosas demasiado abiertas, un espejo manchado por la humedad, al lacayo medio dormido que figuraba junto a la puerta del comedor y la lámpara que el ama de llaves insistía en no encender para ahorrar aceite.
—Nuestro hogar se ve como lo que es, hermana.
El resultado de un hombre derrochador que se queda sin objetos con los que comerciar y está pensando en usar a sus hijas para seguir teniendo dinero que despilfarrar.
—Lo expuso de ese modo porque no había otra manera civilizada de explicar el comportamiento de su padre.
Cecily suspiró, pero aquel suspiro desapareció al oír el golpe del aldabón de la puerta principal.
Aurelia despachó al lacayo, que en ese momento se había puesto de pie, y se dirigió a abrir.
Lady Beatrice Loxley entró primero, envuelta en una capa clara que no lograba apagar la viveza de sus ojos verde avellana ni el rubor natural de sus mejillas.
Tenía veintiún años; sus rizos eran castaños con reflejos caoba y su forma de mirar el mundo seguía siendo más amable de lo recomendable a pesar de que su padre era un hombre despreciable también.
En opinión de Aurelia, lo más peligroso de Beatrice no residía en su dulzura; estaba más bien en la obstinación con que se negaba a confundirla con rendición.
Tras ella llegó lady Lavinia Marlowe, de veintiún años.
Tenía el cabello cobrizo y sus ojos eran verdes.
Se podría decir que era la más traviesa de las cuatro.
Lavinia no era una de aquellas bellezas que hacían callar un salón al entrar.
En realidad, ninguna de esas amigas lo era.
El punto fuerte de Lavinia era que, como muchos hombres tardaban demasiado en advertirla —y eso incluía al propio padre de la muchacha—, cuando lo hacían, ella ya había comprendido las intenciones de ellos, y por ese motivo podía catalogarlos por su estupidez.
—He traído tinta —anunció Lavinia, al tiempo que alzaba una bolsita atada con cinta—. La última vez vuestra tinta parecía agua triste.
—Era agua triste —dijo Cecily—. Padre considera que invertir en sus perfumes de dandi es más importante que hacerlo en utilidades como la escritura. Nos vendrá bien que el escrito de hoy se aprecie decidido y muy legible.
—¿Entonces esta vez vamos a hacerlo de verdad? —preguntó Lavinia algo sorprendida. Las dos veces anteriores que se habían reunido para tramar un plan, los tres rumores que escribieron acabaron quemados en la chimenea más próxima.
Beatrice se quitó los guantes y los dejó sobre una consola.
—Por supuesto que sí. Las pruebas de antes nos sirvieron como una especie de entrenamiento —explicó la otra recién llegada—.
Yo he traído papel. Mi padre no lo echará de menos.
No escribe más que pagarés y cartas de disculpa que nadie se cree ya.
¿Por qué unas damas tan capaces como nosotras hemos ido a caer bajo el mando de unos patanes tan terribles como nuestros padres?
—Ante el silencio que se produjo, Beatrice suspiró—.
Siento que mi lengua me acabará perdiendo, pero es que me siento tan mal por todo lo que nos está sucediendo… —se excusó.
—Como me ha dicho mi hermana unos minutos antes de que llegaseis —tomó la palabra Cecily—, la verdad no debería ser censurada. Estamos bajo el yugo de unos libertinos malvados que no entienden más que de placeres y dinero. Patanes todos ellos.
—¿Por qué creéis que llevo tanto tiempo ahuyentando a cada supuesto caballero que se me acercaba?
—cuestionó Aurelia—. Después de haber visto a mi madre palidecer hasta la muerte por intentar atraer la atención de un hombre como mi padre, me juré que no acabaría arrasada por las llamas del amor.
He sido testigo de lo que le sucede a una mujer cuando cede su corazón.
Aunque debo confesar que no hay otro camino para nosotras más que el de casarse.
En nuestro mundo el matrimonio es la única forma de obtener una posición segura.
—Evitó decir que así podría proteger mejor a su hermana de su padre y que la idea del matrimonio la aterraba por completo.
—Pero, Aurelia —intervino Cecily—, el amor es un sentimiento precioso. Deben existir hombres honestos y fieles. Nuestra amiga Georgiana se ha casado con su caballero de brillante armadura, lo ama.
La aludida negó con la cabeza.
—Eres demasiado joven e idealista, Cecily.
Sé que Georgiana está enamorada, pero ¿lo está realmente él?
Es una de nuestras mejores amigas, y decidimos confiar en su criterio.
La admiro por su determinación a la hora de casarse, aunque no sé si la fe en su esposo le pasará factura.
¿Qué sabemos de él? Se presentó ante ella y se enamoraron de inmediato.
Luego su padre vio que era un duque y enseguida se la dio envuelta en un lazo rojo.
No, yo no soy Georgiana. No confiaré ni me arriesgaré a correr la misma suerte que nuestra madre.
Incluso en su lecho de muerte le proclamó su amor eterno a un hombre que no merece más que acabar en el infierno.
No le entregaré mi corazón a nadie para que me lo destroce.
—¿Es cierto que lord Westcott se consoló en los brazos de su amante dos días después de la muerte de su condesa? —se atrevió a preguntar con suavidad Lavinia.
—No —negó Aurelia.
—Gracias a Dios —murmuró Cecily. Ella no conocía todos los detalles del matrimonio de sus padres tan bien como Aurelia.
—Tardó dos semanas en correr hacia la cama de esa cantante de ópera.
Ahí pensé que acabaría llevándonos al teatro —observó Aurelia resignada—.
Lamento no haber visto nunca lo que dicen que es el canto de una sirena si la cantante es buena…
Sin embargo, disfruté mucho del rumbo del destino de nuestro padre.
Aquella mujer se deshizo de él en cuanto Westcott no pudo comprarle el anillo que le había prometido.
—¡Cielo santo! —exclamó Lavinia—. Lo cierto es que ninguna de nosotras estará a salvo si no comenzamos a trazar nuestro futuro. Mi padre no es mucho mejor que el vuestro. Desde que mi madre falleció, ha estado tan enredado con todo tipo de mujeres que… —La joven no pudo continuar.
—El mío está cada vez peor —murmuró Beatrice—. Durante los últimos meses, además de mujeres, ha incluido en sus vicios las apuestas y el licor. ¿No quedan padres decentes en Londres?
—Alguno debe de haber, pero no son los nuestros —apuntó Cecily.