39. Kal
Kal
Al día siguiente de la llegada de Elena a la isla, me levanto de la cama y procuro volver a familiarizarme con los lugares que evitaba en su ausencia.
La playa, donde le enseñé mis cicatrices, las físicas; la biblioteca, donde pasó la mayor parte de su tiempo los primeros días, acurrucada, releyendo libros, desesperada por hacer algo con su tiempo.
Le doy la mañana libre a Marcelline. Meto un bagel en la tostadora, lo unto de queso crema y corto una granada por la mitad. Luego coloco la comida en una bandeja para llevarla al dormitorio antes de que Elena se despierte.
La dejo en la mesilla y me siento en el colchón a su lado. Sigue dormida. Le paso la mano por el costado. Me he pasado toda la noche haciendo lo mismo para recordarme que es real, que de verdad está aquí.
Que ha regresado conmigo.
La Bella del cuento con su Bestia.
Hades y Perséfone.
Por fin se despierta. Parpadea con los ojos color miel en mi dirección, riéndose juguetona cuando me acerco, y la beso en los labios. Me separa de un empujón y suelta un medio gemido que me despierta la polla.
—Me acabo de despertar. Me huele el aliento —dice dándome la espalda.
La cojo por el hombro, la recuesto sobre la espalda y le agarro la barbilla con dos dedos.
—Después de todos los fluidos que hemos compartido, ahí es donde te plantas: tu línea roja.
Me saca la lengua, pero entonces se percata de la comida y da un gritito de emoción.
—¿Me has preparado el desayuno?
Me encojo de hombros. Cojo la bandeja y se la coloco sobre las caderas.
—No es nada del otro mundo. Además, es muy probable que se haya quedado frío.
Pone los ojos en blanco y coge la granada, pasando del bagel . Mastica la fruta pensativa mientras me observa.
—¿Sabes qué? —me dice—. No pensé en cómo te iba a afectar la caída del imperio Ricci antes de enviar todas las pruebas al Canal 10.
—No me va a afectar —le digo desdeñando el comentario con un gesto de la mano—.
Ya me encargué yo de borrar las huellas de cualquier implicación oficial con tu padre o sus negocios.
Si mi equipo de seguridad hizo lo que le pedí, ni siquiera habré existido para los Ricci.
Además, tampoco es que vayan a venir a por nosotros.
Conozco los tejemanejes de la isla. Todos los acólitos de tu padre darán un paso atrás.
No me quieren como enemigo. Conozco a demasiada gente y no les saldría bien.
Los Ancianos barrerán el caso bajo la alfombra para evitar que vaya a peor y dejarán caer a tu padre.
—¿Y qué pasa con tu carrera de médico?
Arrugo la frente. Tiene un aire reservado, tímido; hace que me sienta intranquilo.
—Mi licenciatura, que no dejé de pagar con mi trabajo, no tiene nada que ver con tu padre, ni con nadie que no sea yo. Me saqué la carrera a pulso y nadie me la puede arrebatar.
—Pero… no ejerces de médico. Ni siquiera hablas de la profesión.
Me reclino ligeramente mientras lo pienso, con las manos en el regazo.
Estoy a punto de contarle uno de los pocos secretos que me quedan y me siento como si estuviera a punto de entregarle mi corazón; rezo por que se quede conmigo.
Da la sensación de que necesitamos esto; de que es el comienzo de nuestra vida en común.
—Tengo un… trastorno neurológico. Se llama misofonía, una intolerancia a ciertos sonidos. ¿Has oído hablar de ello alguna vez?
Niega con la cabeza.
—Suelo controlarlo la mayor parte del tiempo, pero hay veces que me cuesta muchísimo.
A veces me desgasta tanto que no puedo concentrarme en nada que no sea el ruido, la ansiedad que me produce.
Incluso cuando desaparece, me cuesta salir de ese estado, así que prefiero trabajar desde casa, donde puedo controlar los estímulos.
No es que quiera evitarlos por completo, pero, si puedo hacer que mi vida sea más llevadera, voy a intentarlo.
Asiente con la cabeza y se encoge de hombros.
—Eso tiene sentido.
—Mi decisión de abandonar la profesión médica no tiene nada que ver con los negocios Ricci.
Es solo que…, además de la misofonía, ya no tengo la pasión que solía sentir por la medicina.
Sospecho que lo que hice fue tratar de colmar la fantasía infantil de un niño que solo pensaba en curar a su madre.
Mastica las semillas de granada mientras me escucha, con los labios fruncidos.
—¿Qué te parece que retome mis estudios?
—Me parece una idea genial.
—Pero quiero aprender el oficio. —Agacha la mirada a mi pecho, concentrada en el apósito que me cubre la herida que me hizo anoche—. No quiero dar clases de escritura creativa. Quiero escribir.
Se me acelera el corazón y se me hincha tanto que no me cabe en las costillas.
—Entonces me muero de ganas de tener una biblioteca con todos tus libros.
Más tarde, después de que se haya terminado el desayuno y yo me haya terminado el mío, salgo de entre sus piernas y me derrumbo en la cama, a su lado, con un brazo debajo de la cabeza mientras ella coloca la suya sobre mi pecho.
—¿Sabes qué me hizo volver? —me pregunta tras un rato de silencio placentero levantando la barbilla para mirarme.
—¿El qué?
—Fue el sirope de granada que había en el avión. —Sonríe y niega con la cabeza—. Al probarlo lo supe con total certeza. Ese sirope estaba hecho para mí. Estaba demasiado rico como para prescindir de él.
Se apoya en el codo y me besa en los labios mientras se incorpora y se sienta a horcajadas sobre mí. Antes de que me dé cuenta de lo que sucede, se desliza por mi polla. Yo merío por dentro al pensar en lo irónico del asunto: Perséfone se come la semilla que la ata al Inframundo para siempre.
Mi versión es un poco diferente, un tanto sesgada, sanguinolenta y a veces directamente agonizante, pero el resultado es el mismo: ha venido para quedarse, y la oscuridad que habita en mi interior empieza a resultarme menos pesada.
Ivers Internacional es una empresa pensada para delincuentes, fundada por delincuentes. ¿Quién iba a esconder las actividades delictivas mejor que aquellos que las cometen y salen airosos?
Tiene su sede en la sórdida ciudad de King’s Trace, un pozo de mierda en Maine. No me gusta ir allí. Siempre que puedo me reúno con ellos de forma virtual.
Si no hicieran tan bien su trabajo y no tuviera una relación personal con el fundador, habría dejado de trabajar con ellos hace tiempo solo por su ubicación.
Pese a esto, decido dejarme caer por allí unas semanas después del regreso de Elena a la isla para ver si han descubierto algo sobre quién está detrás de los chantajes.
No he vuelto a tener noticias del chantajista ni de ellos desde que arrestaron a Rafe y Carmen desapareció en combate, así que solo puedo imaginarme lo que está pasando.
Después de organizar una reunión con Boyd Kelly, el ingeniero jefe encargado de ciberseguridad, aterrizo en Portland y me acerco en coche hasta King’s Trace intentando no dejarme llevar por su sordidez.
Me dirijo a Ivers Internacional, aparco frente al edificio y entro sin más dilación.
El suelo reluciente de la entrada parece haber sido pulido hace poco.
Me recibe con un saludo una recepcionista de pelo corto, quien me entrega una llave para el ascensor tras confirmar mi visita.
Camino hasta el pasillo de los ascensores fijándome en lo que hay a mi alrededor, percatándome de lo inquietantemente normal que parece todo.
No sé qué esperaba de una empresa de seguridad; lo que sea menos esos cubículos y sillas de oficina.
Salgo del ascensor al llegar a la planta pertinente y me tenso al descubrir que está prácticamente vacía.
En la recepción hay una placa con los nombres de los ejecutivos.
Quedan a la vista las puertas que hay a ambos lados del pasillo, sillas para sentarse a esperar y, aun así, no parece haber señales de vida allí.
Carraspeo y le doy un toque a la campanilla de recepción, balanceándome con los talones mientras espero.
Y espero.
Y sigo esperando.
Estoy empezando a perder la paciencia. Cada segundo que estoy aquí es un segundo menos que estoy en casa relajándome. Me acerco a la placa y entorno los ojos para leer el número de despacho de Boyd. Cruzo las puertas de cristal que separan la zona de recepción de los despachos y me dirijo al suyo.
—No me gusta que me hagan esperar…
Me callo súbitamente al abrir la puerta y encontrarme a una rubia pequeña sentada detrás de un escritorio grande de madera de roble, con los pies apoyados en la superficie mostrando sus Converse negras.
Me sorprendo porque la última vez que la vi se debatía entre la vida y la muerte en una cama de hospital, en coma, con el cuerpo destrozado y cubierto de sangre.
—Riley —susurro. Me tiemblan las rodillas al verla ahí delante.
Es la hermana de Boyd Kelly, el jefe del equipo de seguridad de Ivers Internacional.
Lleva el pelo corto color miel por encima del hombro y tiene los ojos azules tan profundos e insondables como el océano inexplorado.
Una cicatriz le atraviesa el labio por la comisura y tiene la piel de la mejilla maltrecha por un injerto del muslo ya curado, pero todavía algo hinchado y más sonrosado que el resto de lo piel.
Parece hundida, con esas bolsas en los ojos que parecen cráteres, perdida en un jersey que le va tres tallas grande. Cierro la puerta tras de mí despacio. Me sonríe cuando me acerco a la mesa.
—Tú sí que sabes hacer esperar a una chica —dice mientras me invita a tomar asiento con un gesto de la mano.
Es cierto, pero solo porque estoy algo confundido.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunto mientras miro hacia el resto del despacho por si hubiera alguien escondido—. ¿Dónde está tu hermano?
—Boyd se ha ido a comer con su novia. Tardará un rato. Fui yo quien te pidió que nos reuniéramos.
Eso no me los esperaba.
—¿Qué?
—Querías saber quién era tu chantajista —dice mientras se reclina sobre la mesa y desliza un USB en mi dirección, dándole unos golpecitos cuando lo tengo al alcance de la mano.
Miro el dispositivo y luego a ella.
—¿Fuiste tú?
Sonríe, pero le sale forzada.
—Es una locura lo mucho que se puede aprender en poco tiempo. Supongo que es la ventaja de estar rodeada de piratas informáticos y gente de IT. Ni te imaginas lo que se puede averiguar sobre una persona si escarbas un poquito. Incluso sobre alguien como tú, doctor.
Entorno los ojos.
—Ah, ¿sí?
Asiente con la cabeza y saca otro USB. Este es un poco diferente al que me ha dado hace un momento. Es el mismo que le di yo a Rafe el día que lo convencí para que me entregara a Elena. Es mi USB.
La miro a los ojos, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta, consciente de que es la única persona que conoce mi secreto más sórdido: nadie chantajeaba a Ricci al principio. Me lo inventé todo yo.
Me da vueltas la cabeza al tratar de procesar lo que está diciendo: que una cría de dieciocho años me ha tenido cogido por los huevos todos estos meses. Aunque lo más importante es el porqué.
Traga saliva cuando se lo pregunto. Se incorpora en su asiento y dice:
—Digamos que hice algo… malo y que necesito desaparecer. Podría pedírselo a mi hermano, pero a ti se te dan muy bien los secretos, ¿no es así?