Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 38. Elena #2
96%

38. Elena #2

Apoya las manos en la mesa a ambos lados de mi cabeza y empieza a moverse despacio, frotando su polla contra mis paredes internas, tensando la piel contra mis músculos sensibles, contra cada cumbre.

La mesa rechina bajo nuestro peso y se desplaza con cada empujón.

Le rodeo la cintura con las piernas para acercarlo a mí todo lo que puedo.

—Joder —dice con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás. Esa palabra consigue inundarme el cuerpo de calidez y me siento mareada—. Te he echado tanto de menos, pequeña. Tu coño, tu cerebro, tu descaro. El Asfódelos ya no es lo mismo sin ti. Yo no soy el mismo.

Aprieto los dientes para intentar no dejarme llevar, para prolongar el placer de sentirlo en mi interior.

Se me va formando un nudo en las entrañas.

Estoy a punto de tener otro orgasmo, ya incipiente.

Le paso los dedos por las mejillas y le coloco las palmas abiertas sobre la barba de cuatro días que le sombrea el mentón.

Vuelve a abrir los ojos de golpe y los entorna.

—Lo estás haciendo otra vez.

—¿El qué?

—Te estás despidiendo. Ni se te ocurra hacer eso, Elena. No me acaricies como si esta fuera a ser la última vez.

Cojo una bocanada de aire cuando empieza a moverse más rápido. Me está embistiendo con tanta fuerza que la mesa se está desplazando hacia atrás hasta que golpea contra la pared.

—Yo no estoy haciendo nada.

—No me mientas —dice al mismo tiempo que levanta la mano para rodearme el cuello con ella, apretándome por los laterales—. ¿Por qué has venido hasta aquí si no tenías intención de quedarte?

—Me enviaste los papeles para anular nuestro matrimonio.

Suelta un gruñido, me aprieta más fuerte la garganta y me folla con más fuerza, como si estuviera tratando de abrirme por la mitad.

—Estaba intentando ser maduro y respetuoso con la situación.

—Ni siquiera te dignaste a venir a buscarme cuando me marché del teatro —chillo al tiempo que siento el orgasmo, que arrastra el dolor consigo.

Llego a la cima con la mirada puesta sobre la colina hasta que empiezo a verla borrosa, incapacitada para hablar—.

¿Cómo puedes decir que me echabas de menos si ni siquiera viniste a por mí?

—Joder, Elena. —Me la inserta con más fiereza todavía, dándome tan duro que ya estoy sintiendo las magulladuras antes de que se formen—.

Fui a buscarte. Quería irrumpir en el apartamento de tu abuela, echarte sobre un hombro y llevarte a casa conmigo, que es donde debes estar.

Me quedé horas frente a tu puerta pensando en cuánto me odiarías si te quitaba la capacidad de elegir.

Si no te dejaba asimilar las cosas a tu ritmo.

Empiezo a convulsionar en su polla antes incluso de que haya acabado la frase. Veo puntitos negros y siento esa sensación tan conocida como si flotara, suspendida en el tiempo mientras me caigo por un precipicio.

—Así me gusta, mi dulce esposa. Que te corras en la polla de tu marido. Haz que se arrepienta de no haber pasado estas dos últimas semanas enterrado en ti.

—Dios, Kallum —digo en un gemido con el orgasmo todavía lanzándome oleadas de euforia. Me lloran los ojos al sentirlo.

—¿Necesita esta adicta a mi polla que me corra dentro de ella?

Asiento con efusividad mientras le araño las cicatrices del pecho. Me incorporo para sentarme y le doy un beso mientras balanceo las caderas adelante y atrás, yendo a buscar cada uno de sus embates, enredando mi lengua con la suya y disfrutando de mi propio sabor.

Me coloca la mano abierta en la espalda, con los dedos estirados, y me agarra con fuerza contra su pecho, empujándome una última vez. Suelta un gemido ronco y desesperado. El sudor de nuestros cuerpos se entremezcla cuando se derrumba encima de mí. La mesa vuelve a quejarse de nuestro peso.

Le doy un golpecito de advertencia en el costado cuando se tambalea.

—Será mejor que cambiemos de sitio.

Kal se incorpora y se queda mirándome unos largos segundos con una expresión inescrutable en el rostro.

—Vale —dice con ternura, levantándose, llevándome a mí con él—. Entremos.

Una vez dentro, se queda extrañamente callado. Me lleva hasta el salón y me deja en el sofá. Me echa una manta afelpada por los hombros. Tras esto se vuelve a poner los pantalones, se los abrocha y se sienta en la mesita de centro que hay frente al sofá donde estoy sentada.

Trago saliva, nerviosa. ¿Estará esperando a que empiece a hablar yo? Me dispongo a hacerlo, pero él es más rápido.

—Estoy enamorado de ti, Elena.

Cierro la boca de golpe y me reclino en el sofá, disimulando una sonrisa de satisfacción.

—Bueno, como disculpa es un buen comienzo.

Suspira y me muestra una ligera sonrisa. Me sorprende lo sincera que parece. En todo este tiempo que he pasado con él nunca lo he oído reír, y ahora que he vislumbrado un amago de sonrisa, siento mariposas en el estómago.

Se pasa la mano por el cabello y me mira a los ojos, intoxicándome con la profundidad de esos pozos color marrón oscuro.

—Si te soy sincero, tengo la sensación de que da igual cuánto me disculpe, jamás quedaré absuelto de mis pecados por lo que te he hecho. No por eso voy a dejar de intentarlo, pero aun así… Solo quiero que sepas que soy consciente de que diga lo que diga va a ser inapropiado.

Alarga el brazo y me rodea la alianza que me dio el día de nuestra boda con el dedo con una sonrisa en los labios.

—No te merezco. ¿Lo sabías?

—Es tu opinión, pero vale. Prosigue.

—Cuando era un crío, aprendí a pasar desapercibido para darles espacio a mi madre y a su enfermedad.

La atención tenía que ser para ella, había que centrarse en ella, así que ahí fue donde se destinó el tiempo y la energía de los demás.

Venían a visitar a mi madre, a hablar con ella, y yo me quedaba en la sombra haciendo lo posible por no sentir más envidia de la que ya sentía.

Hace una pausa, negando con la cabeza.

—El cáncer es una enfermedad extraña: puede provocar celos en según quién. Ahí estaba mi madre, pudriéndose poco a poco, y yo me atreví a sentirme resentido por el hecho de que me abandonara, como si ella lo hubiera elegido.

Siento una punzada en el corazón, que se despedaza un poco más con cada palabra que dice.

Me entran ganas de consolarlo, de aliviar su dolor.

Sin embargo, sé que necesito oír esto. No se puede amar a una persona por completo sin conocer la oscuridad que anida en su alma.

Quiero que no tenga secretos para mí, que también se convierta en mi oscuridad.

—Conocí a tus padres un año antes de que muriera.

Cuando finalmente ocurrió, fui en busca de mi padre biológico con la esperanza de que…

No sé, de que me acogiera, supongo. —Me rodea con otro dedo, tapando por completo el diamante—.

En resumidas cuentas: no le interesaba tener un cuarto hijo, así que pasé a Servicios Sociales y acabé en un hogar de acogida en Boston.

Un tiempo después, tu padre se acercó a mí en la calle y me ofreció un trabajo.

Le tiembla la garganta cuando traga saliva y se revuelve nervioso.

—No necesitas saber todos los detalles de cómo empecé en esto, pero lo que quiero que entiendas es que estaba muy necesitado de atención cuando conocí a tus padres.

Tu padre me ofreció una vida de lujo y yo, que no tenía nada, enseguida lo idolatré.

Tu madre… Bueno. Ella me dio el afecto que me faltaba de la mía.

Supongo que la atracción surgió de allí.

»Debería haberte contado lo que había habido entre nosotros —dice agachando la mirada—.

Pero cada vez que pensaba en decirlo en voz alta, en revivir esa parte de mí…

No tengo ninguna excusa, excepto que cuando estaba contigo lo último que quería era acordarme de eso.

Mi odio, mis ansias de venganza, se convirtieron en un ruido sordo.

Después ya me pareció demasiado tarde para decir nada.

Se queda mirándome y lo veo todo en sus ojos: el miedo, la vergüenza. Toda esa carga sobre los hombros de un hombre que no se merecía eso, porque la gente en la que confiaba fue egoísta con él.

Las lágrimas me escuecen en los ojos por la forma tan desdeñosa que tiene de hablar de ello, como si pensara que no habría entendido el contexto. Como si lo hubiera culpado a él.

—Abusó de ti, Kal. Los dos lo hicieron. Robaron a un chico de la calle y lo manipularon hasta convertirlo en una marioneta.

Se le eriza la piel y dibuja una mueca.

—No fue así…

—Kal —le digo, acercándome para cogerle las mejillas. Se me salta una lágrima cuando lo miro a los ojos—. No sabías hacerlo de otra forma. Ellos eran quienes tenían que enseñarte, y te enseñaron mal.

Hay algo ardiente en su mirada, una emoción contenida.

Por un instante parece que viera a través de mí, como si estuviera tratando de procesar mis palabras.

Tal vez no debería haberlo acusado directamente, pero notaba que se iba a disculpar, sentía el peso que le machacaba el alma al pensar que me había echado a perder. Y no lo pude soportar.

—No quiero que te disculpes conmigo por cómo lidiaste con la vida que te tocó —le digo con ternura—. Porque yo no veo nada de malo en ti. Estás un poco asilvestrado, lejos de ser perfecto, pero…

—Soy afortunado —susurra. Vuelve a negar con la cabeza como si estuviera tratando de sacudirse las emociones de encima—. Tengo mucha suerte. Que tú hayas vuelto conmigo es una prueba clara.

Tira de mí hasta que estoy sentada en el borde del sofá, me coloca la mano en la nuca y me besa en los labios. Nuestras lenguas bailan al son de un ritmo conocido, un estremecimiento acalorado y refulgente que restalla en mis entrañas; la pasión y el amor crepitando en mi alma.

Cuando nos separamos, nos cuesta recobrar el aliento. Me pasa el dedo pulgar por el labio.

—Por si sirve de algo, siento mucho no habértelo contado. Merecías saberlo. No quiero ocultarte nada y tampoco quiero que sientas que tienes que esconderme nada a mí.

Trago saliva y asiento con la cabeza, a pesar de que el recuerdo de lo que dijo mi madre sigue siendo una bofetada en toda la cara. Le acaricio el costado y frunzo el entrecejo. Hay algo que sigue preocupándome.

—¿Te hizo ella esto?

Sigue mis dedos con los ojos mientras le acaricio la piel fruncida.

—Indirectamente, pero sí.

Se me cae el alma a los pies. Me duele el daño que le han hecho mis padres. Sin siquiera ser de su misma sangre.

—Odio saber que te ha tocado —admito con suavidad consciente de que no seré capaz de superar esto hasta que lo eche todo fuera—. Sé que no fue… Sé que no debería preocuparme…, es solo que… odio saber que llegó a verte desnudo.

—No lo hizo —niega él cogiéndome la mano y la extiende contra su piel—. Nadie más que tú. ¿Qué puedo hacer para que me creas?

Niego con la cabeza. No quiero que tenga que demostrarlo. Hay cosas que solo se superan con el tiempo. Pero no acepta mi respuesta. Se reclina y se saca la navaja que lleva siempre en el bolsillo.

—Márcame —dice ofreciéndome la hoja.

Aparto la mano del todo y me la coloco sobre el regazo.

—Dios, no. No quiero hacerte daño.

—Sí que quieres. —Me coge la mano, y me fuerza a coger la navaja rodeándola con mis dedos—. Hazme daño para que pueda sentir lo que sentiste tú.

Tengo dudas. Noto el peso de la navaja, el acero frío contra la piel. Siento la garganta atenazada por el miedo. Me pongo tensa mientras me decido. ¿Es una buena idea?

«En el mejor de los casos, si nos divorciamos y se lo monta con otra, por lo menos verán las iniciales de otra chica en su piel; le estaría bien. En el peor de los casos, hago el corte demasiado profundo, se desangra y muere».

Me cuesta dejar pasar una oportunidad única. Tal vez hacerle un poquito de daño me ayude a pasar página.

Abro el filo de la navaja y asiento con la cabeza mientras me levanto del sofá.

Él sonríe con malicia mientras se reclina sobre la mesa de centro.

Me levanto dejando que se me caiga la manta de los hombros y me siento a horcajadas sobre sus caderas.

Intento ignorar la empalmada que siento al instante bajo el culo.

—Los cortes tienen que ser poco profundos y firmes —dice, guiando mi mano al pectoral izquierdo y presionando la punta de la navaja contra la piel—. Tiene que salir un poco de sangre y cicatrizar sin llegar a…, ya sabes, sin matarme.

Trago saliva. Tengo el estómago en un puño. Aplico un poco de fuerza sobre la navaja mientras me da indicaciones. Traspaso la capa más externa de la epidermis. Sus elogios me lanzan descargas directamente al coño.

—Ahora gira la muñeca y acaba la letra —dice con la mandíbula apretada. El corte le abre una antigua cicatriz, que dibuja una muesca al filo de la inicial, pero, aparte de la tensión de la mandíbula, no reacciona.

La sangre mana en forma de «E». Me quedo mirándola un instante, hipnotizada por la intensidad de su color rojo. Antes de que pueda incorporarse y detenerme, le paso la lengua por la herida, deleitándome en ese sabor metálico. Mi cuerpo reacciona de forma primitiva al saborearlo.

No sé muy bien qué ocurre cuando su sangre toca mi lengua.

Igual es porque él también me ha hecho sangrar y mi cuerpo agradece devolverle el favor, o tal vez sea algo más profundo.

No es la primera vez que lo saboreo, pero esta vez es diferente.

Es una acción desesperada y caótica que prende llamas en mi alma.

—Dios —se atraganta Kal. Me lleva la mano al pelo cuando me incorporo, volviendo a quedar sentada sobre él, y tiro la navaja al suelo—. Joder, estoy tan enamorado de ti, Elena Ricci. ¿Me crees ahora?

—Anderson —digo, corrigiéndolo con una sonrisa—. Envié los papeles para cambiarlo legalmente. No quiero ser una Ricci cuando se hunda el negocio.

Enarca las cejas, sorprendido. Se le queda el cuerpo petrificado al percatarse de mi rostro astuto. Entorna los ojos y me tira del pelo.

—¿Qué has hecho?

Me encojo de hombros, como si fuera toda inocencia.

—Tal vez Papà debería haber aprendido a guardar mejor sus secretos en casa. Hoy en día cualquiera puede ponerse en contacto con la prensa.

Kal enreda los dedos en mi pelo y se sienta de forma que nuestras bocas quedan a milímetros de distancia.

—¿Te has chivado?

Cierro los labios con fuerza. Ya sé lo que piensa la gente de este mundillo de los informadores. Pero, como es un mundo que voy a dejar atrás, me importa una mierda lo que piensen. Supongo que podría ponernos en peligro. Pero ese ha sido un riesgo que he asumido.

Me sienta bien que Kal me abrace y me bese apasionadamente de nuevo, dejándome sin aliento hasta que empiezo a temblar y a jadear.

—Estás loca —dice al retirarse—. Espero que disfrutaras de ser mi cautiva, porque está claro que no vas a ir a ninguna parte.

—Entonces ¿nada de nulidad?

—Ni de puta coña.