Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 38. Elena
94%

38. Elena

Elena

La hermana de Kal se queda de piedra al oír mi voz en el patio, y me regocijo porque cuento con el factor sorpresa. Después miro a Kal, que sigue sentado como si nada en la silla, sin siquiera mirarme a la cara, como si no le afectara mi regreso ni le hubiera sorprendido.

Toda la satisfacción que sentía se cae por los suelos, y aparece en su lugar la ira, que me impele a avanzar por el césped hasta plantarme delante de él. Le lanzo el sobre que llevo en la mano a la cara, me llevo la mano a la cadera y vuelvo a hacerle la misma pregunta.

—¿Qué coño es esto?

Mira los papeles y luego a mí. No muestra ninguna emoción en sus ojos oscuros.

—Parece un sobre, Elena. ¿Cómo coño quieres que sepa lo que hay dentro?

Suelto un bufido, abro el sobre y le lanzo los documentos.

—¿Me estás diciendo que no fuiste tú quien le dijo a tu abogado que me enviara la nulidad del matrimonio? Porque esa firma es la tuya. La reconozco del día que firmaste la licencia de matrimonio.

La hermana de Kal abre los ojos de par en par mientras se revuelve, nerviosa, alejándose un poquito.

—Creo que será mejor que me marche…

Kal asiente con la cabeza a modo de saludo.

Cuando por fin se marcha, dejándonos solos, se me enciende el cuerpo con una energía eléctrica que me recorre las venas como un torrente al rojo vivo.

Me ilumino bajo su atenta mirada por primera vez en semanas.

Como una puta flor después de la oscuridad de la noche, mi corazón se abre para él en busca de nutrientes donde tal vez no haya ninguno.

Tal vez volar hasta aquí haya sido algo prematuro…

Que no hubiera dado señales de vida no deja de ser una forma de responder, ¿no?

No se puso en contacto conmigo en dos semanas.

Tal vez fue esa su manera de acabar la relación.

Que haya solicitado la nulidad matrimonial también es una reacción clara, pero aun así…

Si quiere poner fin a nuestro matrimonio, lo mínimo que debería hacer es decírmelo a la cara.

—Estás guapísima —dice al cabo de un par de minutos mirándome de arriba abajo. Siento su reconocimiento en la yema de los dedos como pequeñas descargas de placer que quisieran salir a la superficie.

—No me vengas con esas. No quiero cumplidos. Quiero que me digas por qué estás intentando librarte de mí.

Cuando recibí los documentos en el apartamento de Nonna, me sentí doblemente traicionada: quedó demostrado que Kal sabía dónde estaba y que no se había dignado a presentarse allí, y además me insultó al ofrecerme la oportunidad de escapar del matrimonio.

Es muy posible que unos meses antes la hubiera aceptado sin dudarlo. Sin embargo, las cosas pueden cambiar muchísimo en ese tiempo.

Me quedé sentada mirando los documentos un buen rato, sin apartar la mirada de su firma y la fecha límite para presentarlos.

La demanda citaba el fraude como motivo de anulación, y estipulaba que Kal me había manipulado para que me casara con él y se hacía responsable de la naturaleza artera del matrimonio.

No dejaba de ser cierto, aunque eso tampoco negaba lo que había ocurrido después: el consuelo, el alivio y la validación que sentí en los brazos de este asesino. Mi obsesión. Mi ruina. Mi marido.

Une la yema de los dedos y se reclina en su asiento mientras suspira.

—Pensé que era lo que querías, pequeña: la libertad. Eres joven. Te mereces tener la oportunidad de explorar lo que la vida puede ofrecerte.

Dejo de un golpe los documentos sobre la mesa de cristal y doy un paso hacia él. Le clavo el dedo índice en el pecho.

—¡Cómo te atreves a decidir por mí! Solo me has dado una opción, después de ignorarme por completo tras el recital. ¿Cómo va a ser esto decisión mía?

Se le encienden los ojos, llenos de ira. Se levanta y me agarra el dedo sin apartarlo de su pecho.

—Me dejaste en ese puto recital, Elena. Fue un detalle maravilloso que escribieras ese poema. Recibí tu mensaje alto y claro.

—¿Qué poema? ¿En el que te decía que estaba enamorada de ti? —le suelto, con la voz tan alta como mi frustración—. Si de alguna manera eso significa «por favor, anula este matrimonio», creo que deberías volver a estudiar poesía.

—¿Eso crees?

Se acerca más a mí, iniciando así la canción y el baile más antiguos que existen, a los que se han acostumbrado nuestros cuerpos. Me excito solo de sentirlo tan cerca. Su aroma me envuelve cuando me pone de espaldas a la mesa y se cierne sobre mí para encerrarme entre sus brazos.

Se le cae un mechón de pelo sobre la frente. Resisto la tentación de apartárselo e intento centrarme en la ira que siento antes de que desaparezca, de que se pierda en la marisma de sus caricias.

—Tal vez tengas que refrescarme la memoria —dice poniéndose de rodillas y subiendo las manos por mis muslos.

Se me corta la respiración en cuanto llega al dobladillo del vestido amarillo con los papeles de la anulación del matrimonio en el pecho.

Cada nervio que tengo en el cuerpo está chillando, me advierte de que debo poner fin a esto hasta que lo hayamos aclarado todo, pero entonces noto su aliento cálido en el coño y la conversación pasa a un segundo plano.

«¿Qué importa una equivocación más después de todo lo que ha pasado?».

—Levanta el culo —me ordena, y yo le obedezco sin pensármelo. Me adelanto un poco para que me pueda levantar el vestido por encima del culo. Él maldice por lo bajo y niega con la cabeza.

—Ya veo que sigues sin ponerte bragas. ¿Has estado exhibiéndote para otros? ¿Quieres añadir el adulterio a nuestra lista de pecados? ¿O es que tenías la esperanza de follar conmigo?

Sube una mano y la coloca contra mi pecho para que me eche hacia atrás. Lo hago sin quejarme, siseando al sentir el contacto del cristal frío en el culo desnudo y después en los hombros cuando me insta a acostarme por completo.

Me roza el clítoris con los dientes. Me sobresalto al sentir la excitación que me produce el mordisco.

—Tenía la esperanza de follar contigo —contesto, porque es lo que espera de mí.

—Pues claro que sí. Estás enganchada a mi semen, dispuesta a follar en cualquier momento en que tu marido se saque la polla. —Siento una bofetada en el coño, que me arranca un gañido de sorpresa—. A ver, ¿cuál es tu forma favorita de disfrutar de la poesía? La declamación oral.

Kal me pasa los dedos por las cicatrices que tengo en la cara interna del muslo: la «K» seguida de la «A» que añadió la noche del recital. Mi marca personal.

«A ver cómo te libras de mí ahora después de eso, cabrón».

Miro hacia el tejadillo de la terraza y sigo las telarañas con la vista mientras veo cómo vuelve a desaparecer su cabeza entre mis piernas.

La lengua va siguiendo el rastro de los dedos, depositando un camino de saliva a su paso.

Cuando llegan por fin al clítoris me estremezco.

Tengo el cuerpo a punto de desmadejarse por completo después de pasarse estas semanas constreñido por la abstinencia.

—Como los dos sabemos, la clave de un buen poema… —dice entre susurros a intervalos mientras me lame con su lengua una vez. Dos. Tres, hasta que suelto los papeles y me aferro a los bordes de la mesa para evitar combarmey perder esa sensación— reside en la pasión.

Tras decirlo, entierra su boca en mi coño, abarcando los pliegues.

Se mete el clítoris en la boca y lo lame con rápidos movimientos de la lengua.

Desliza una mano por mi costado hasta el escote del vestido y me saca uno de los pechos.

Lo estrecha en su mano al tiempo que me penetra con la lengua; la mete y la saca masajeándome la zona para luego pasármela entre los pliegues y rodearme el clítoris con ella.

Vuelve a repetir lo mismo, chupando y lamiendo, con un ritmo acompasado que hace que esté a punto de estallar, que se me acumule la tensión en las entrañas y deahí se extienda por el resto de mi cuerpo como una ola de calor.

—¿Sabes cuántas noches he soñado con tenerte aquí, justo así? —me pregunta sin apartar la cabeza. El movimiento de sus labios me produce oleadas de placer—. ¿Sabes cuántas veces me he masturbado pensando en ti, abierta de piernas, gimiendo por mí?

Niego con la cabeza a pesar de saber que no puede verme.

Suelta un sonido gutural y acelera el movimiento de su lengua.

Esta vez no tiene que decirme que lo mire cuando me corro.

Mis ojos buscan los suyos al instante cuando el orgasmo me sacude el cuerpo entero, se me comba la espalda y sofoco un gemido desgarrador.

—Así me gusta. Ya sé que estoy un poco oxidado en lo que se refiere a la declamación oral, pero a juzgar por el sonrojo de las mejillas de mi público creo que no me he olvidado de cómo se hace.

Se limpia la boca en mi muslo, se pone de pie y se desabotona la camisa. Se la quita y tira la tela negra al suelo. Después se desabrocha los pantalones, se los baja hasta los tobillos y se los quita de una patada.

Por fin está libre su polla, a la que se le ha escapado una gotita perlada de excitación por el grueso capullo. Se la menea despacio mientras me mira de arriba abajo.

—Jamás me voy a cansar de verte así —dice con un ligero movimiento de cabeza, como si le costara creerse que esté aquí.

Da un paso hacia mí. Se vuelve a coger la polla y me la pasa entre los pliegues con rudeza para mancharla de mis jugos. Siento una oleada de dolor en el coño cada vez que me la pasa, ese tipo de dolor que acaba con un tirabuzón, transformándose en deleite.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —pregunta con una ceja enarcada. Sé que debería decir que no, recobrar la cordura y volver al asunto que me ha traído hasta aquí, pero mi cuerpo tiene otros planes.

Asiento ligeramente con la cabeza. Kal da un suave gruñido y me la mete hasta el fondo con un movimiento de caderas. Me siento tan completa que dudo de que pueda volver a sacarla de ahí aunque quiera. Después de esto van a pasarse toda la vida sacando trazas de su ADN de mi interior.