Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 37. Kal
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37. Kal

Kal

Jonas me está esperando en el porche del Asfódelos a mi regreso a la isla de Aplana, bebiendo un mejunje oscuro de un tarro de conservas. Lo levanta y alza ligeramente la barbilla a modo de saludo cuando me ve llegar.

—El rey de nuestro pequeño inframundo ha vuelto —dice reclinándose en la mecedora blanca—. ¿Qué tal ha ido Boston?

—No vuelven a verme por allí ni en pintura.

Marcelline me abre la puerta. Ella regresó al poco de que aterrizáramos dejando claro que no quería ser cómplice de otro de mis crímenes. Paso de largo por su lado, intentando no quedarme demasiado tiempo parado en el mismo sitio. No voy a permitir que me afecte lo vacía que está la casa.

Paso a la cocina. Me detengo en el umbral de la puerta, donde veo el cepillo de Elena sobre la encimera, el pintaúñas rosa en el fregadero; una copia de Macbeth , de Shakespeare, que le pedí que me leyera una tarde mientras yo me perdía entre sus piernas.

Sus risas, su espíritu, la certeza de que estaba ante una igual, a quien no tenía que explicar nada ni bajar el ritmo cuando manteníamos una conversación.

«Su amor».

—Dios —murmuro dándome la vuelta y marchándome al despacho a grandes zancadas. Abro la puerta de un empujón con tanta fuerza que el pomo choca contra el pladur.

—No he podido evitar darme cuenta de la ausencia de cierta muchacha —dice Jonas mientras mira por encima del hombro como si esperara que Elena se materializara de la nada—. ¿Estoy en lo cierto si pienso que por fin has entrado en razón en lo que respecta a este matrimonio?

Sirvo dos vasos de whisky, los dejo en mi escritorio y me siento detrás. Luego le ofrezco el vaso. Está sentado en la silla de cuero enfrente de mí. Lo acepta. Ya ha abandonado el frasco de antes.

—Estarías casi en lo cierto —digo echando un trago de la bebida, notando la quemazón del líquido en la garganta para apaciguar el dolor que siento en el pecho. Me froto la cara con la mano y suspiro despacio mientras paso el dedo por la boca del vaso—. He disuelto el fondo de inversiones.

Jonas parpadea una vez, dos, tres. Sorbe la bebida con ruido, inclinándose hacia delante, haciendo crujir el cuero con su movimiento.

—¿Que has hecho qué?

—Violet no responde a mis llamadas y ha dejado bien claro que no quiere mi dinero ni dejarme entrar en su vida. ¿De qué me sirve el fondo si la persona que quiero que lo disfrute no lo acepta?

—¡Acumula intereses!

Asiento con la cabeza. Ya conozco todos los ángulos desde los que se puede abordar esto.

En el avión de vuelta, el abogado testamentario de mi abuelo ya exploró todas las maneras de invertir el dinero y, si bien podía haberlo donado a alguna ONG o habérmelo guardado por si lo necesitaba en el futuro, al final decidí emplearlo en comprar mi libertad de empresas Ricci.

No suele ser tan sencillo, pero, como Rafael necesitaba el dinero, aceptó borrar cualquier indicio de que había estado asociado con la familia.

—Espera —dice Jonas con el dedo en alto—. ¿Has pagado por desvincularte del negocio de la familia de tu esposa?

—Quería abandonar esa vida. Soy demasiado mayor para seguir viviendo así.

Jonas pone los ojos en blanco.

—Joder, tío, tienes treinta y dos tacos. ¿No será una de esas decisiones alocadas e impulsivas que tomas cuando te sientes acorralado?

No hace falta que lo diga más claro; se refiere a mi matrimonio.

Al menos así es como lo ve él. Para él mi matrimonio surgió de la nada, brotó de repente porque me estaban chantajeando y simplemente cuadró con la cláusula falsa del fondo.

Fue una estupidez muy peligrosa, pero me ha dado más frutos de lo que habría podido imaginar.

Sin embargo, al igual que sucede con esta decisión, fue de todo menos impulsivo.

«Absolutamente todas las decisiones que he tomado en mi vida adulta las he planificado exhaustivamente tras mucho reflexionar. No me arriesgo a no ser que esté seguro del resultado».

Me vienen a la mente esas palabras, que le dije a Elena hace semanas, y que prueban que ya entonces me esforzaba por ser sincero con ella.

No podía contárselo todo, pero lo intenté.

—No hay nada de impulsivo en esto —digo, bebiendo un trago de whisky—. Quería dejar la mafia y estoy dando los pasos necesarios para que suceda.

—Tú mismo has dicho que de ese mundillo no se sale. —Apoya la bebida en la mesa y cruza las manos mientras enarca la ceja—. ¿Qué te hace a ti tan especial?

—Para esos tíos, no habrá prueba de que existo.

Cuando los federales vayan a por Ricci, no vendrán a por mí, ya que habrán suprimido mi nombre de todos sus archivos.

—Hago una pausa y me encojo de hombros—.

Mi reputación, el peso que tiene mi nombre, eso no desaparece.

La mala reputación es para siempre, amigo.

Solo estoy dando un paso atrás de la esfera más pública del negocio.

Suelta un suspiro largo mientras niega con la cabeza.

—Boston ha debido de jugarte una mala pasada. Nunca pensé que llegaría este día.

No respondo, me limito a reclinarme en mi asiento y encogerme de hombros. Veo algo brillante a la luz bajo el escritorio y me agacho a cogerlo: es un pendiente de diamantes que estaba en el suelo. Probablemente se cayó en uno de nuestros encuentros.

Se me hace un nudo en la garganta y me arde el estómago. Hago rechinar los dientes y lanzo la joya a una papelera cercana. Jonas aprieta los labios y se revuelve en su asiento, incómodo.

—Vale. Entonces ¿dónde está tu mujercita?

Me acerco al ordenador mientras niego con la cabeza y entro en la página del gobierno de Massachusetts para asegurarme de que no me falta ningún documento antes de mandárselo al abogado.

—En vista de que no va a seguir siendo mi esposa mucho tiempo, supongo que eso es irrelevante.

Las dos semanas siguientes me mantengo alejado del centro y de casi todas las habitaciones de la casa. Duermo en el despacho para intentar evitar todo lo que me recuerda a ella. Es como intentar vivir sin el puto sol.

La única vez que voy a La Cuadriga Llameante, Blue se acerca a mí en la barra y casi me echa a patadas diciéndome que estoy arruinando el ambiente. Depende de las propinas de los turistas, así que no puede permitirse que espante a los clientes.

En otras circunstancias le habría despedido y probablemente le habría obligado a abandonar la isla. En lugar de eso, me marcho al Asfódelos para emborracharme.

Al llegar, entro por la puerta trasera. No tengo ganas de ver a Marcelline ni de sentirme juzgado por no haberme afeitado en días. Está empezando a picarme la barba, pero no consigo que me importe.

«Te estás empezando a parecer a tu amigo la rata salvaje —me ha estado diciendo en referencia a Jonas, a quien desdeña siempre que tiene ocasión—. Dios, espero que la chica vuelva contigo».

«Y yo, Marcelline, pero han pasado dos semanas y ni siquiera me ha llamado. No tiene muy buena pinta…».

La noche del recital me pasé horas enfrente del apartamento de su abuela con el puño en alto y dispuesto a llamar a la puerta, dispuesto a llevármela a rastras de vuelta a Aplana. De vuelta al infierno. Allí es donde quería llevármela.

Para ser sincero, sigo queriendo lo mismo. Deseo que esté a mi lado con tanta fuerza que me estoy poniendo enfermo.

Sin embargo, cada vez que iba a llamar a la puerta, recordaba que no había tenido muchas opciones de elegir en su vida. Desde que nació han decidido por ella y yo hice exactamente lo mismo cuando la obligué a casarse conmigo.

Dejando de lado los sentimientos que crecieron después, no podría seguir existiendo con la conciencia medianamente tranquila sabiendo que lo que sentía por mí había nacido de la necesidad. Que no era más que una forma de sobrellevar la vida a la que la abocaron en lugar de un acto del destino.

Así que estoy dándole tiempo, espacio para crecer, para olvidar, para reflexionar.

La belleza de la oportunidad.

Después de pasarme tanto tiempo obsesionado con ella, decidido a arruinarla para cualquier otro hombre, y disfrutando de la calidez natural que mana de su existencia, la distancia es una tortura.

Si no aparece antes de que llegue la fecha límite, saldré a buscarla. La seguiré hasta los confines de la Tierra y le suplicaré que regrese conmigo si eso es lo que necesita. Hasta que llegue ese momento, espero.

Rodeo la casa y me tenso de inmediato. Se me han puesto de punta los pelos de la nuca al percibir que no estoy solo. Hay una densidad en el ambiente, un obstáculo en el viento que no existiría si no hubiera otro cuerpo absorbiendo la temperatura.

Lo primero que veo es un cabello moreno.

Después, tras buscar por la terraza, me percato de la ropa negra que envuelve el cuerpo delgado.

Me siento tan decepcionado. Hundo los hombros, encorvado.

Intento no combarme bajo el peso de la esperanza.

Me acerco despacio, como un depredador acechando a su presa, aunque a estas alturas no valgo ni para eso.

—Violet. —Me detengo a unos metros de distancia. Me llega el aroma a vainilla y lavanda cuando sopla una racha de viento, que le revuelve el pelo trenzado—. ¿Qué… cómo me has encontrado?

Mi hermana me mira de arriba abajo antes de contestar.

—Tengo contactos.

Enarco la ceja.

—Suena turbio.

—Tal vez nos parezcamos más de lo que parece.

—Se encoge de un hombro y entrecierra los ojos.

Al hacerlo se le forman arrugas en la comisura de sus grandes ojos marrones—.

Me han llamado del banco para decirme que me congelaban la cuenta mientras trataban de averiguar el nombre de la persona que estaba intentando depositar dinero a mi nombre.

¿Sabías que eso es típico del phishing y que está de moda?

—Lo sabía.

Pestañea como si no se hubiera esperado esa respuesta.

—Vale…, ¿eres consciente de que me quieren cerrar la cuenta por actividad sospechosa por culpa de las veces que has querido hacer un depósito?

—Podías haberlo aceptado. Así no solo tendrías dinero, sino que tendrías pleno acceso a tu cuenta bancaria. —Ladeo la cabeza—. Tampoco importa mucho eso ahora. Ya no habrá más depósitos.

Me doy la vuelta para dirigirme a la terraza y me siento en una de las sillas metálicas. Violet se queda donde estaba unos instantes debatiéndose. Al final se une a mí, sentándose enfrente y cruzándose de piernas.

—¿Bancarrota? —pregunta inexpresiva, como si ya supiera la respuesta.

Arrugo el entrecejo.

—¿Qué? ¡No! No estoy en bancarrota. Tengo tanto dinero en el banco que podría vivir sin trabajar por el resto de mis días.

—Fanfarrón —dice en voz baja, medio riéndose para sus adentros—. Entonces ¿qué ha pasado con el dinero que querías darme con tanta desesperación? ¿Te has cansado de que no te deje resolver mis problemas?

Me encojo de hombros raspando un trozo de revestimiento transparente desportillado en la mesa de cristal.

—Tal vez me haya dado cuenta de que tenías razón cuando me dijiste que era muy controlador y he decidido trabajar en ello.

Vuelve a reírse, esta vez más alto.

—Kal, no te ofendas, pero llevas años acosándome. No me parece que seas el tipo de persona que simplemente hace borrón y cuenta nueva cuando alguien le señala algún defecto.

Sus palabras se me clavan en el valle desolado en que se ha convertido mi pecho, arrasado tras el paso de un tornado, esperando a que algo vuelva a crecer en el lugar que ocupa mi amor por Elena.

Me doy unos golpecitos en la rodilla, canturreando por lo bajo al percatarme de que me muero de ganas de marcharme y traerla de vuelta a casa.

—Merece la pena hacerlo por algunas personas.

Violet tuerce el gesto y aparta la mirada. Observa el montón de tierra donde debía estar el jardín de Elena.

—¿Qué hace ahí esa tierra?

—Mi mujer, Elena, intentó plantar un jardín, aunque está claro que no tiene muchas habilidades con las plantas.

—Ya veo. No me parece normal que los jardines estén tan marrones en verano.

Yo me río sin ganas mientras contemplo el atardecer sobre la playa.

—La conocí, ¿lo sabías? —Se vuelve a mirarme mientras se aparta un mechón de pelo de los ojos—. Tu esposa parecía… interesante. Hermosa, pero no te pega mucho, creo. Por supuesto, solo me baso en rumores y en tu apariencia, claro.

Sonrío y asiento con la cabeza.

—No andas descaminada.

Nos sentamos en silencio un tiempo hasta que se hace insoportable, incluso para mí.

—¿Por qué no te has ido de la isla, Violet?

Se lleva la mano al colgante de girasol que lleva en el cuello y suspira.

—Si te soy sincera, no tengo ni idea. Creo que ese es precisamente el motivo por el que he venido a buscarte, porque cada vez que me voy, acabo volviendo y me acerco a tu estúpido bar y me quedo ahí plantada con ganas de entrar y hablar contigo.

—¿Vuelas hasta aquí a menudo?

Se pone colorada.

—Los padres de una amiga viajan muchísimo en avión y tienen vuelos gratis, así que los he estado utilizando yo. Es ese tipo de gente que ni siquiera se da cuenta.

Yo me limito a mirarla. Asiente con la cabeza.

—Bueno, ya sabes —carraspea y se desliza hasta el borde de la silla—. Quería verte porque me sentía mal por cómo actué en primavera. Solo tratabas de ayudar. No debería haberme portado así. Es solo que… el dinero es un tema escabroso.

—Suele serlo.

—Yo… lo siento. Ahora mismo no es buen momento para… empezar a conocernos. La familia…

—Un tema escabroso. —La detengo con un gesto de la mano antes de que llegue a clavarme el puñal—. Lo entiendo, Violet.

No decimos nada durante unos minutos. Tras esto se pone de pie y se coloca las trenzas detrás de las orejas.

—Bueno, eso es lo que quería decirte. Creo firmemente en pedir disculpas, incluso si te dañan el orgullo.

Está a punto de salir de la terraza, a punto de decir adiós, cuando una voz completamente diferente a la suya nos interrumpe, dejándola paralizada.

—¿Qué coño es esto?