36. Elena
Elena
Ariana no me quita ojo de encima mientras mordisquea su sándwich sin decir ni mu. De hecho, mis dos hermanas llevan cuarenta y cinco minutos calladas, y me están poniendo de los nervios.
—Vale, ya me he hartado. ¿Se puede saber por qué estáis tan calladas?
Stella me mira mientras le quita la corteza a su sándwich de queso a la plancha a pellizcos.
—¿Y de qué se supone que tenemos que hablar?
—De lo que sea —protesto apoyando la cabeza sobre la mesa—. Venga, chicas. Lo último que necesito ahora es que me dejéis a solas con mis pensamientos.
Intercambian una mirada. Después Ariana exhala despacio.
—Vale, tenemos mucho de que hablar…
—Efectivamente —concuerda Stella—. Primero de todo: ¿Mamma y Kal? Puaj. Yo a eso lo llamo pederastia. Casi espero que Papà se lo cuente a los Ancianos. O a la policía.
Me palpita la sien. Los recuerdos de anoche me queman como si me hubieran metido una barra de acero candente en el cerebro.
—No era precisamente de esto de lo que quería hablar.
Todavía no he tenido tiempo de pararme a pensar sobre lo que ha pasado. Cuando Kal apareció en el teatro anoche, dejé que los celos y el dolor me nublaran el juicio. Le dejé que me follara en un lugar público, donde toda la familia podía oírlo.
A juzgar por el tono sonrosado que han adquirido las mejillas de mis hermanas cuando he llegado al restaurante este mediodía, lo oyeron todo.
—Oye —dice Ari señalándome con una patata frita—, no puedes pedirnos que hablemos y elegir tú el tema. O llevas tú el peso de la conversación o elegimos nosotras. Ese es el protocolo.
Stella resopla.
—¿Quién ha elegido esas normas?
—Acabo de hacerlo yo. Ahora mismito. —Ariana saca el teléfono y avanza por la pantalla en silencio antes de girarla y mostrármela. Aparece un artículo de prensa de esta misma mañana
Socialité regresa a Boston tras simular secuestro. La empresa de su padre anuncia cambios en la plantilla y nuevas inversiones.
—¿Prefieres hablar de esto?
El titular hace que me hierva la sangre y se magnifique la ira que siento contra mis padres incrustándola más adentro si cabe.
No los he visto desde que me marché de casa ayer.
En lugar de volver al apartamento como hasta ahora, me fui al piso de Nonna en la Torre Millennium, segura de que Kal no me buscaría allí.
No me refiero a que no pudiera hacerlo, sino a que elegiría no hacerlo. Como así fue. Fue una muestra de quehabía recibido mi mensaje alto y claro.
Sin embargo, no pude evitar que se me incrustara un rayito de esperanza en mi psique y deseé que viniera; pensé que iría hasta el fin del mundo a buscarme una y otra vez sin importarle las veces que lo rechazara.
Está claro que no ha sido así. Supongo que fue estúpido por mi parte dar por sentado que lo haría, ya que tampoco le di la oportunidad de explicarse.
Mis padres tampoco trataron de encontrarme, aunque al dejar el teléfono en el teatro supongo que corté toda forma de comunicación con ellos. Ninguno de los dos sabe que conozco el piso de Nonna, así que jamás se les ocurriría venir a buscarme aquí.
Lo descubrí tras la celebración de Año Nuevo del año pasado, cuando se negó a coger un taxi desde el bar del hotel en el que estábamos porque tenía un apartamento secreto en un edificio de lujo.
Soy una chica con suerte, supongo.
—¿Y qué iba a decir? —digo apartando el teléfono—. Por lo menos ya se sabe que Kal no me secuestró.
—Ya, pero piensan que eres una mentirosa. —Ari entrecierra los ojos y hace una mueca—. O lo harían si no hubiera ocupado tu lugar en el candelero la foto de cierta estrella del rock.
Me encojo de hombros.
—Que piensen lo que quieran. Yo sé la verdad.
Stella se limpia los labios con una servilleta.
—¿No crees que es muy extraño que coincidan en el tiempo la eliminación de la historia del secuestro y la revitalización de la empresa?
—La verdad es que no. Era imposible seguir con la historia del secuestro conmigo de vuelta en la ciudad.
Stella niega con la cabeza y suspira, apoyándose en el respaldo de la silla.
—A mí me huele mal.
—Los negocios son así —dice Ari con voz exagerada—. Nuestros padres son turbios de cojones.
Ella y Stella empiezan a reírse. Hacen lo que pueden por animarme con su espíritu alegre, pero, al mirar al exterior, al puerto que se ve desde el restaurante, la tristeza inunda mi corazón destrozado, borrando las pruebas de que alguien haya estado allí jamás.
—Y ¿qué vas a hacer ahora? —me pregunta Stella bebiendo un poco de agua—. Has dejado la uni y tu matrimonio está… en el limbo. ¿Vas a volver con él?
—Se acostó con nuestra madre, Stel. —Ari la fusila con la mirada—. Qué asco.
Stella pone los ojos en blanco.
—Eso pasó hace más de una década. Tampoco es que siguieran con la relación y que dejara a mamá justo antes de empezar a salir con Elena. Por lo que sabemos, era un crío la mayor parte del tiempo que duró la relación. De verdad que da mucho asco.
Arrugo la nariz, aunque no deja de tener razón.
Ariana se revuelve en su sitio y se gira dándonos ligeramente la espalda para mirar su teléfono.
—Si lo amas —dice Stella ajustándose las gafas—, lo amas, así de sencillo. Eso no va a desaparecer de repente. Da igual lo que haya pasado.
Suspiro mientras revuelvo la comida en el plato y dejo que me inunde ese sentimiento y busque lo que hay de verdad en todo esto.
«¿Qué hago con el amor que siento en mi corazón si no se lo puedo entregar a él?».
Más tarde, cuando llego al apartamento de Nonna pertrechada con un trozo de tarta envuelto en papel de plata y un viejo iPad de Ariana que me trajo para que me conectara al wifi, me desnudo y me meto un rato en la cama a ver si el silencio me tranquiliza, como le pasa a Kal.
Pero lo único que consigue es recordarme que no está él para llenar ese silencio.
El dolor y la traición que sentí anoche me embisten con fuerza quemándome por dentro, amenazando con acabar de un plumazo con el crecimiento emocional que había experimentado los últimos meses.
En lugar de tratar de esconder las emociones como antes, en lugar de encerrarme en mí misma y hacer lo que los demás esperan de mí, dejo que me asole. Me deshago en llanto con la mirada en el techo y sufro; sufro por mí misma, por Kal y por mi familia.
Es una sensación extraña, llorar la pérdida cuando no se ha perdido nada, cuando solo sientes la ausencia. Por un lado, quiero reconocer que lo tengo todo al alcance de la mano, pero también sé que necesito tiempo para entender lo que ha ocurrido.
No me ayuda nada saber eso.
En lugar de quedarme allí tirada sintiendo lástima de mí misma, salgo de la cama, me preparo un baño de burbujas y echo algunos aceites esenciales de Nonna. Después saco mi diario de la bolsa que he preparado con mis cosas y lo escribo todo.
No tengo noticias de Kal durante todo el tiempo que estoy en Boston.
Pasa una semana, después otra, y… nada. Cada día que pasa me pregunto por qué me mentiría.
¿Qué sacó él de hacerme promesas y súplicas?
¿De manchar mi corazón con su oscuridad?
¿Para qué lo haría si no se iba a molestar en quedarse para ver en qué acababa todo?
«Cada parte de mí le pertenece a mi mujer».
¿Era cierto eso? ¿Cómo lo sé si no es honesto conmigo? ¿Si no está aquí?
Según mis hermanas, Mamma se ha estado quedando con su hermana en Roxbury y no ha vuelto a casa desde la noche del recital.
Por eso, cuando por fin vuelvo para llevarme los objetos que tienen algún valor sentimental para mí de mi antigua habitación, me sorprende encontrármela sentada en la cama con dosel, hojeando un ejemplar desgastado de los poemas completos de Edgar Allan Poe.
Cuando entro no levanta la mirada. Me quedo allí de pie, petrificada, fijándome en el moretón amarillo claro que le adorna la mejilla. Nos dijo que se había resbalado en el hielo de camino al recital. Siento el corazón en un puño porque sé que no es cierto, aunque intento no dejarme llevar.
—¿Sabes qué? Cuando naciste, le pedí a tu padre que no te enseñara italiano.
—Pasa los dedos por la página con una sonrisa melancólica—.
Sabía desde el momento en que te vi que serías una fuerza de la naturaleza.
Había tanta energía y tenacidad y fuego en esos hermosos ojos, en los pulmones cada vez que llorabas.
Me esforcé por socavar cualquier ventaja que pudieras tener sobre mí.
Me quedo callada. Sé que no busca que le responda.
—Estaba celosa de un bebé. De mi bebé, porque sabía que iba a tener todas las oportunidades y la belleza y la gracia que yo nunca tuve.
Todo el que te conocía se quedaba prendado de ti.
Tenías un aura especial. Un brillo que los atraía.
Y se te daba bien todo lo que intentabas: leer, escribir, crear.
Incluso la jardinería, que yo nunca pude dominar.
A veces parecía que las plantas florecieran solo con que entraras en la sala.
Casi se me escapa un resoplido cuando dice eso.
Vuelve la página y suspira con suavidad.
—Parecía que estaba viviendo a la sombra de mi hija, y tu padre nunca fue de mucha ayuda. Te pedía que saltaras y tú le preguntabas hasta dónde, desesperada por ser la niñita perfecta a los ojos de él.
Se me encienden las mejillas de la vergüenza, que se acomoda sobre mis hombros y me aplasta como si fuera un ladrillo de cemento.
—Cuando tu padre conoció a Kal, nos dimos cuenta enseguida de que necesitaba muchas cosas.
Su madre acababa de morir y no tenía más familia, así que nos lo trajimos a casa, hicimos que se sintiera como uno más.
—Traga saliva y por fin se atreve a mirarme a los ojos—.
Recuerdo la primera vez que pensé que se sentía confuso conmigo, que no sabía lo que sentía por mí, y yo…
yo me aproveché de eso. Me empapé de toda la atención que me daba, porque tu padre no me daba ninguna.
Me sentaba bien volver a sentirme deseada después de haberos tenido a ti y a Ariana. Lo necesitaba.
»Cuando me enteré de que se iba a casar contigo, me costó creérmelo. No porque no pudiera quererte, sino porque ahí estabas tú haciendo lo que siempre había temido que hicieras: arrebatarme todo lo que alguna vez había sido mío.
—Él no te pertenecía —murmuro. No contesta, así que sigo hablando más alto—. ¿Es por eso por lo que te inventaste la historia del secuestro? ¿Para castigarme por algo que ni siquiera era culpa mía?
Asiente con la cabeza.
—Pensé que, si todos se mostraban en contra de vuestra unión, tal vez te trajera de vuelta a casa. Incluso hice que tu padre mandara unos hombres a asustarte, pensando que tal vez así Kal pensara que todo esto le quedaba grande.
Siento una puñalada en el pecho al oír su confesión y cojo una bocanada de aire para intentar calmarme. «Por supuesto que había sido Papà. Y luego se le llena la boca con la lealtad a la familia».
—¿Se te ocurrió pensar que tal vez yo no quería volver? ¿O que nada de lo que había ocurrido entre nosotros había tenido que ver contigo?
—Sé que para ti no tiene sentido —dice haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia—. No sabes hasta dónde es capaz de llegar la gente cuando está enamorada.
Y ahí está por fin. Toda la tristeza y el arrepentimiento que acaba de mostrar borrados en una sola frase.
Es la prueba de que nada de lo que dice es cierto.
No lo siente ni se arrepiente. Solo quiere que yo lo piense.
Me quiere de su lado porque todavía quiere castigar a Kal.
Me entran ganas de vomitar. Se me cuaja el estómago como si fuera leche agria, dándome el impulso para seguir.
Ya no me interesa en absoluto lo que tenga que decirme.
—¿Qué sabrás tú de amor? —le pregunto acercándome a ella—. Desde luego no se puede decir que nos lo hayas enseñado jamás a ninguna. Lo único que sabes hacer es manipular y herir a la gente. No me extraña que los hombres que te rodean te odien.
Cuando llego a los pies de la cama, levanto la mano y la lanzo como un látigo dándole una sonora bofetada a la altura del cardenal amarillento que tiene en el pómulo. Ella reacciona gritando y levantando un brazo para bloquearme.
—Eso por intentar destrozar mi matrimonio —le digo, echando la espalda hacia atrás para soltarle otro guantazo en la misma mejilla. Me vibra la mano del impacto y noto un cosquilleo en los dedos. Le he dejado la marca en la piel—. Esa por arruinar mi infancia y por intentar arruinarme la vida.
Intenta apartarme de un empujón, pero le sostengo la mano en el aire, cierro la mía en un puño y le golpeo con los nudillos sin siquiera estremecerme al sentir el dolor del impacto que me sube por el brazo.
—Y esto —digo desdeñosa mientras agito la mano y ella escupe un diente que le ha saltado del impacto— es por Kal. No se hiere a la gente a la que se ama. No se intenta con todas las fuerzas hacerla sufrir.
Camino hasta la estantería y meto un par de baratijas de Nonna en la mochila, cojo los documentos importantes: certificado de nacimiento, tarjeta de la Seguridad Social y otras cosas que necesito para empezar una nueva viday que tengo guardadas en un cajón secreto del armario, y salgo por la puerta, ignorando sus llantos igual que me ha ignorado ella a mí durante años, prefiriendo criticarme en lugar de consolarme en cuanto tenía ocasión.
—Solías llamar a Kal «la personificación de Hades» —digo por encima del hombro con un pie ya fuera de la habitación—. Ahora lo entiendo. Querías que fuera el malo del cuento, así que lo pintaste de ese modo, como un monstruo, cuando lo único que quería él era un poco de amor incondicional.
Saco el teléfono nuevo, desbloqueo la pantalla y abro el borrador de un correo electrónico que escribí antes de venir. Después de pasarme los primeros días tras el recital escribiendo mis sentimientos, empecé a escribir otras cosas: todo lo que sabía de las empresas Ricci.
—Yo también deseaba eso de ti. —Reescribo dos de los puntos más sutiles y añado más pruebas incriminatorias.
Luego pulso «enviar»—. Después me di cuenta de que los monstruos son incapaces de amar.
Cuanto más tiempo pasas persiguiendo el amor de alguien que es incapaz de corresponderte, más te vas transformando en un monstruo.
Giro sobre mis talones, cruzo la puerta satisfecha con la forma en que la he dejado aquí, sabiendo que el sol está a punto de ponerse sobre el imperio de los Ricci.