Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 35. Kal #3
88%

35. Kal #3

Le rozo la piel con los dientes, disfrutando del modo en que se retuerce de placer. Ojalá pudiera embotellar sus reacciones y los ruiditos que hace para bebérmelos después, para que formen parte de mí.

—¿Quieres que nos vean? —pregunto echándole el aliento en el coño, pues tengo la boca a escasos milímetros de él.

Baja la mirada hasta mí, frunciendo y desfrunciendo los labios antes de asentir. Se le pone la carne de gallina, como si la primavera le hubiera brotado en la piel solo para mí haciendo que la sangre se me acumule en la entrepierna.

—Pues claro que sí. —Me acerco un poco más y le paso la lengua por la piel sedosa, saboreándola—. Mi mujercita quiere demostrarle a todo el mundo que le encanta mi polla. ¿No es así?

—Quiero que lo sepa ella —susurra mientras enreda sus dedos en el cabello—. Quiero que sepa que lo que tienes conmigo no se parece en nada a lo que tuviste con ella. Que no puede hacer que te corras como yo.

—Joder —digo de un gemido. Siento sus celos como una descarga que va directa a mi polla, haciendo que vea borroso.

Le separo los pliegues con los pulgares y le lamo la abertura una y otra vez, chupándole y mordisqueándole el coño, evitando su zona más erógena hasta el final—.

Vaya zorrita cachonda. ¿Quieres poner a mami celosa?

No quería que formara parte de esto, pero lo acepto si es lo que Elena necesita para sentirse mejor. Haré lo que sea.

—Por favor —lloriquea, meneando las caderas pidiendo más.

Deslizo las manos por sus muslos y la levanto ligeramente clavándole los dedos en el trasero antes de que comience el festín.

Se le cae la cabeza al instante. Me araña el cuero cabelludo, me tira del pelo tratando de acercarme todavía más.

Le dibujo círculos con la lengua en el clítoris, luego ochos, y vuelta a los círculos de nuevo, a veces suave, a veces con furia, otras la masajeo hasta que le tiemblan las piernas, que se asientan contra mis orejas de forma que solo consigo oír el murmullo de mi sangre.

Se me sube el corazón a la garganta y me esfuerzo todavía más, sellando mis labios contra sus pliegues y succionando con fuerza.

—Joder. —Lo dice con un gemido tan alto que estoy seguro de que lo han oído a nuestro alrededor.

—Mírame —le ordeno sin apartar la boca de su piel.

Bajo una de las manos y le meto dos dedos en el húmedo coño doblando la yema de los dedos hacia dentro hasta que se le arquea la espalda—.

No se te ocurra mirar a otro sitio mientras te corres en mi boca, pequeña. Mírame a mí mientras dices mi nombre.

Se resiste. Se muerde el labio cuando vuelvo al ataque. Añado un tercer dedo y los muevo hasta que se le tensa el cuerpo y sus paredes internas vibran en torno a mis dedos.

Noto su pulso en el pecho, el estremecimiento de sus músculos en mis huesos, pero ella aparta la mirada. Lo único que veo es el dolor que queda. Lo lleva escrito en la cara. Me doy cuenta de hasta qué punto la he fastidiado.

Lo que no sé es cómo arreglarlo.

—Espera —le digo al sentir que el orgasmo se va acercando a la cúspide, como si quisiera dejarse llevar, pero a la vez le estuviera costando olvidarse de lo que ha pasado. Me llevo la mano libre a los pantalones y saco la navaja.

Es la misma que utilicé hace meses, cuando le marqué la piel con mi inicial, como si hubiera sabido lo importante que iba a llegar a ser para mí.

La abro mientras la observo para cerciorarme de que no parece reticente ni angustiada. Al contrario. Igual quela última vez, cuando le llevo la hoja al muslo y la aprieto contra la piel, lo que veo es fuego en su mirada.

Sigo acariciándola con la otra mano mientras le pongo la punta de la navaja en la piel y espero un segundo. Estrecha sus piernas contra mí y el leve movimiento de sus caderas me indica lo que quiero saber.

Le abro la piel lentamente. Se me hace la boca agua cuando empiezan a aparecer perlas de sangre. Presiono un poco más fuerte y subo por su piel con el filo, después en horizontal y vuelvo a subir. Termino con una floritura.

Sisea por el dolor, cerrando los puños en mi pelo hasta que tiene los nudillos blancos. Tiro la navaja y le paso la lengua por la herida, lamiendo su esencia cobreña antes de que lo ensucie todo.

Me responde con un gemido que casi me hace eyacular antes de sacarla. Después tira de mí hacia arriba hasta que me pongo de pie.

Le saco los dedos del interior con un sonido acuoso y se los mete en la boca, rodeándolos con los labios, limpiándome sus restos.

—Joder, eres una adicta a los orgasmos.

—Solo por ti —susurra mientras me rodea el cuello con su mano y acerca mi cara a la suya.

—Qué razón tienes —digo prácticamente en sus labios—. Solo por mí. Para nadie más. Te juro que acabaré con cualquier hombre que se atreva a respirar cerca de ti si lo veo necesario.

Noto el sabor de sus fluidos y de la sangre en la lengua, y una oleada de placer me recorre el cuerpo.

—¿Y qué hay de mí?

—Esta polla te pertenece. Cada parte de mí le pertenece a mi mujer. Y lo que necesito ahora mismo es vaciarme dentro de ti —digo de un gruñido mientras le devoro los labios, tratando de empaparme de ella todo lo que puedo.

Lleva la mano entre nuestros cuerpos y me ayuda a liberarme de los pantalones con dedos ansiosos. La polla sale roja y enfurecida. Se pasa los dedos por el corte de la pierna y me mancha la polla con su sangre antes de colocármela junto a su abertura.

—Mierda. —Casi me atraganto. Solo con ver la sangre por mi polla me acuerdo de la noche en la que la desvirgué, cuando me dejé llevar por la obsesión por primera vez en m vida, cuando dejé que me consumiera sin pensar en las consecuencias.

Levanto una de las manos para estrecharle el pecho con fuerza mientras con la otra guío la polla a su interior húmedo. Es como un déjà vu , se me nubla la visión cuando se la meto hasta dentro.

Juro por Dios que hasta este instante jamás había creído en las almas gemelas. Jamás me había considerado digno de tener una y me imaginaba que quien fuera la desafortunada que acabara conmigo se limitaría a evitarme.

Voy cogiendo ritmo en su interior, con el olor de la sangre y el aroma a sexo rodeándonos, y siento las miradas desde el auditorio puestas en nuestra oscura pasión.

Veo la sonrisa que se le dibuja en los labios cuando oímos a nuestro lado: «¿De dónde salen esos gemidos?

», y juro que es ella. Mi alma gemela; mi reina. Mi pequeña Perséfone.

La sujeto a la altura del esternón para que no pierda el equilibrio y se la meto y se la saco, gruñendo, suspirando, gimiendo igual que ella; sonidos que giran a nuestro alrededor como volutas de humo.

El asiento chirría mientras follamos, y yo me dejo llevar por el placer que me produce meter mi polla desnuda en su interior.

—Estás tan apretada… —digo entre dientes, hipnotizado por el vaivén de sus tetas con cada empuje.

—Más fuerte —dice de un gemido justo cuando el director de orquesta vuelve a salir al escenario. Las luces se atenúan mientras yo la embisto con tanta fuerza que vamos a acabar arrancando el asiento del suelo—. Oh, sí, así. Ahí mismo.

Le rodeo el cuello con la mano y le levanto la cabeza para que me mire mientras la follo.

—¿Lo sientes? ¿Te das cuenta de que nos acoplamos a la perfección? Esto es real, Elena. No puedo fingir esto, y tampoco puedes hacerlo tú.

Ella asiente con la cabeza, enloquecida, y me da un beso apasionado, doloroso.

Es tan intenso que consigue retorcerme el estómago y frunzo las cejas, bajando un poco el ritmo. Me aparto de ella estrechándole el cuello.

—No me beses como si fuera la última vez.

Me mira a los ojos, pero no me responde. La sensación incómoda se convierte en algo amargo, una brecha de desesperación que me había convencido de que no se iba a abrir entre nosotros.

—Haz que me corra —me dice inexpresiva. Es un contraste tan brutal con la mujer que se retorcía de placer hace tan solo unos instantes que siento un latigazo.

Le aprieto más el cuello. La irritación que siento ha despertado algo caliente y furioso en mi interior.

—Como desees. —Continúo con los embates hasta que solo puedo oír los golpes húmedos por encima de la música.

Incluso cuando tocan un crescendo, que aumenta como el orgasmo que se va formando en su interior, eso es lo único que puedo oír. Se me eriza la piel al pensar que todo el mundo puede oírnos, sobre todo su familia, que está justo al lado.

—Pero no digas que he sido yo quien te ha echado a perder cuando ha sido justo al revés.

Ella jadea, entrelazando sus dedos con los míos para que le apriete más fuerte.

—¿Y cómo he hecho eso?

—Acabaste conmigo en el mismo instante en el que te acercaste a mí en esa fiesta hace años.

Nunca jamás he vuelto a pensar en otra mujer.

—Estoy a punto. Estoy tan cerca que acelero el movimiento de mis caderas mientras me abruman las ganas de correrme—.

Ahora pórtate como una buena zorrita y córrete para tu marido.

Doy un gruñido al ver que se le pierde la mirada, al saber que está a punto de perder el conocimiento. Esa forma en que me cede el control de su vida, de su respiración, hace que desee correrme con fuerza al contemplar cómo se le enrojece la cara y se le oscurece la mirada.

La suelto en cuanto me oprime la polla con su coño con tanta fuerza que casi siento dolor, y me trago el gemido que sale de sus labios.

Las bailarinas salen al escenario al tiempo que me clava las uñas en el pecho y se le atora mi nombre en los labios.

—Kallum.

—Así me gusta —siseo mientras se la meto hasta el fondo, amenazando con imitarla cuando noto sus fluidos en mi polla—. Joder, voy a correrme. Voy a llenar este coño perfecto hasta arriba, voy a darle a mi mujercita lo que se merece por ser tan buena zorrita.

Elena grita al sentir una segunda oleada de placer, haciendo que se convulsione conmigo aún dentro. Pierdo la visión al sobrevenirme el orgasmo como una ola de éxtasis, soltando arroyo tras arroyo de cálido semen hasta que desborda su cuerpo y gotea al exterior conmigo aún dentro.

Suelto un gruñido ronco al mismo tiempo que la música alcanza el volumen más alto y me dejo caer sobre ella mientras intento recuperar la vista.

—Apártate —me suelta y me empuja por los hombros.

Me agarro a los brazos de la silla y me arrodillo en el suelo mientras contemplo la belleza que tengo delante manchada de sangre y de semen, mientras admiro la nueva herida del muslo y las huellas de mis dedos en su cuello.

Ella es mi obra maestra. Una pintura al óleo que quiero colgar en la pared para el resto de la eternidad.

—Eres tan hermosa —murmuro, aunque no estoy seguro de que me haya oído.

Le acerco la mano para ayudarla a limpiarse, pero me la aparta de un manotazo. Se pone bien el vestido.

—Tengo que ir al baño.

Yo aprieto la mandíbula, pero doy un paso atrás y asiento con la cabeza. Ahí está de nuevo esa sensación de intranquilidad en el estómago. Es una señal. Me siento y me abrocho los pantalones para esperarla mientras ella desaparece tras las cortinas.

Pasan cinco minutos. Diez.

Tras unos minutos, la inquietud se transforma en algo más profundo, más triste. Más permanente.

Me retiro de la actuación temprano, no sin antes pasar por todos los baños y mirar por debajo de todos los cubículos. Lo único que encuentro es su teléfono móvil abandonado. No me sorprende.

Debajo del teléfono, hay una nota arrugada. Se me cae el corazón a los pies y me entran ganas de vomitar.

Yo te amaba aunque lo callara,

desde el principio y con ardor.

Fuiste deleite en cada aspecto,

mi melodía en cada canción.

Me quedo en el baño más tiempo del necesario, leyendo y releyendo el poema de John Clare. No consigo sacudirme de encima la ironía: parece que hemos vuelto al punto de partida. Me pregunto si para ella también fue así de devastador cuando me marché yo.