35. Kal #2
Me coge de las muñecas y las aparta, llevándolas a mi regazo.
Me duele su rechazo, siento un aguijonazo que me atraviesa el cuerpo de parte a parte, como si hubiera pisado una abeja con los pies descalzos.
Contemplamos los siguientes actos en silencio, un silencio que siento como una losa, que me pesa más que ningún ruido que haya escuchado jamás.
Llega el momento del descanso y las luces del auditorio recuperan parte de su brillo, el justo y necesario para que los espectadores podamos vernos las manos.
No paro de revolverme en el asiento a ver si así consigo apaciguar la ansiedad que me recorre las venas. Exhalo un suspiro, y, apoyándome en los reposabrazos, me pongo de pie. Elena se vuelve hacia mí y se ríe por lo bajo, aunque la expresión de su rostro sigue siendo seria.
Se me tensa la mandíbula.
—Cuando estés dispuesta a hablar ya sabes dónde encontrarme.
Me dispongo a darme la vuelta y dirigirme a las escaleras, pero me detiene su siseo.
—Deja de comportarte como si hubiera sido yo la que ha hecho algo mal, Kal. Tú me has mentido. Eres tú el quelo ha mandado todo a la mierda. Que te quede claroque si no quiero hablar de ello no tengo por qué hacerlo.
Abro la boca para contradecirla, pero la cierro de golpe al darme cuenta de que tiene razón.
Asiento con la cabeza, conforme, y levanto las manos en señal de rendición.
—Tienes razón. Yo…
—¿Y qué te diría si quisiera hablar de ello?
—Se levanta de un salto. El asiento se cierra inmediatamente al verse liberado de su peso.
Se baja el dobladillo del vestido corto de encaje negro que lleva y se me acerca.
Incluso con la escasa iluminación veo que echa fuego por los ojos.
No hace falta vérselos para saber que son ardientes, puedo sentirlos.
Sus llamas me lamen el pecho y encienden mi alma.
Me bañan en queroseno mientras ella da un paso atrás para admirar el incendio.
Pasaría el resto de mi vida ardiendo contento si eso significara que podría quedarme con ella.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que ha sido devastador escuchar que mantuviste una relación con mi madre?
—pregunta Elena. Lo dice un poco más alto de lo necesario y no puedo evitar pensar que tal vez lo haga porque sabe quién está en el palco contiguo al nuestro.
¿Querrá que lo oigan todo?—. ¿Te haría eso feliz, Kal?
¿Saber que finalmente me has arruinado la vida?
Se le quiebra la voz en la última sílaba, justo cuando se detiene delante de mí.
Los dedos de sus pies chocan contra la punta de mis zapatos negros.
Se me encoge el pecho hasta el punto de que no puedo respirar con ella ahí, con su alma expuesta, acusándome de ser la razón por la que sangra y está magullada y rota sin cura que valga.
Se me contraen las manos de los nervios cuando se acerca más a mí y me empuja contra la pared mientras me da golpecitos con el dedo en el pecho. Quiero estrecharla entre mis brazos y pedirle perdón mil veces con la esperanza de que se vaya a arreglar todo.
Intento abrazarla, pero ella levanta la barbilla con firmeza, me coge de las muñecas y me las sujeta contra lapared. No me costaría nada someterla, pero, cuanto más la contemplo, más anestesiado me quedo absorbiendo la tristeza que mana de su cuerpo. No es someterla lo que deseo.
Esto es precisamente lo que le he pedido.
—Responde a la pregunta. —Mueve las caderas, acercándolas a las mías. El dobladillo del vestido se le levanta un poco con el movimiento.
Aprieto los dientes. No estoy muy seguro de si me está seduciendo a propósito o si simplemente no puede evitarlo. Exhalo el aire por la nariz con fuerza.
—No, Elena. Eso no me hace feliz.
Me suelta una de las manos y me recorre el cuerpo con las uñas hasta llegar a los pantalones. Suelto el aire cuando sus dedos me rozan la polla, que se me empalma en cuanto la toca.
—Cuidado, pequeña, o voy a hacerme una idea equivocada de lo que está ocurriendo.
Alza la cabeza. Sus ojos color miel siguen reflejando la misma furia de antes; una mezcla de ira y lujuria que luchan por dominar la contienda. Sin decir palabra, me rodea la polla con la mano y aprieta con fuerza. Sin pensarlo, le agarro el pelo con la mano que tengo libre.
Le echo la cabeza hacia atrás e inclino el cuerpo hacia delante de forma que me cierno sobre ella. Espero a que le aparezca una sonrisa en el rostro. No lo hace. Enseguida me doy cuenta de lo que está pasando.
No le interesa hablar conmigo. La herida y la ira son demasiado recientes, le vienen a la mente a cada momento como si fuera un espectáculo de fuegos artificiales descontrolado, que estallan hasta que lo único que queda son los restos quemados.
Pero su cuerpo no parece estar en sintonía con su mente y me reclama como si no pudiera evitarlo.
Si es esta la forma en la que consigo que vuelva a mi lado, que así sea.
Retrocede hasta chocar con el sujetabebidas de uno de los asientos.
Yo le sigo sujetando el pelo a la altura de la raíz con tanta fuerza que le arranco un gemido de sorpresa de los labios.
Levanta la mano y me agarra el antebrazo como si quisiera apartarme, pero en lugar de eso, se aferra a él clavándome las uñas a través de la tela del traje.
—¿Hemos terminado ya de hablar? —dice con la voz ronca a la vez que lleva la otra mano hacia atrás para tratar de mantener el equilibrio sobre el asiento.
—Eso depende. ¿Vas a decir algo que no sepa ya?
—Se le ensanchan las narinas. Suelto una risa sofocada y siniestra y me inclino para acariciarle la nariz con la mía—.
Cuando te he dicho que quería hablar no me refería a que me incitaras a reaccionar.
Pero, si no estás lista para seguir hablando, lo acepto.
Sea lo que sea lo que necesites ahora, pequeña, cuenta conmigo.
Sigue mirándome a los ojos, aunque se le entrecorta el aliento, haciendo que me vibre la polla junto a su estómago. Subo la mano despacio por su cuerpo, memorizando las curvas de su cadera, la redondez de su pecho, y no me detengo hasta llegar a la garganta, que le rodeo con la mano.
—¿Quieres que te folle hasta que te haga olvidar lo mal que te lo he hecho pasar?
¿Quieres que te meta la polla y te haga correrte una y otra vez hasta que me supliques que pare?
—Miro hacia el auditorio, que sigue lleno, y oigo la conversación tranquila en el palco de su familia.
Me pregunto si oirán lo que está sucediendo.
Sonrío con malicia y me agacho para decirle al oído—: ¿Quieres que te folle aquí mismo, donde todos pueden oírnos e incluso ver la forma en que te abres de piernas para mí?
Noto que le tiembla la garganta y se humedece los labios.
Se le han iluminado los ojos como a una perra en celo.
Asiente con la cabeza casi imperceptiblemente mientras la sujeto por el cuello.
Casi se me sale el corazón del pecho y se me sube hasta la garganta.
Me cuesta respirar al imaginarme lo que estoy a punto de hacerle.
La miro de arriba abajo y trago saliva. Me gotea la polla solo de pensar en que la gente puede presenciar cómo reclamo a mi mujer como mía.
Le suelto el pelo y deslizo la mano por el vestido.
Se lo levanto hasta la cadera de un solo movimiento.
Coge aire al sentir el aire fresco en el coño desnudo, haciéndola temblar.
Le acaricio la abertura con los nudillos mientras la miro a la cara, atento por si cambiara de parecer. Separa los labios cuando levanto el dedo pulgar y le acaricio el clítoris con él. El gemido que se le escapa es el pecado más dulce que he experimentado jamás.
Gimo con ella al besarla en los labios en el mismo instante en que aprieto un poco más con el dedo y acompaso los embates de mi lengua con las caricias largas y suaves del pulgar.
Se le acelera el pulso bajo mi cuerpo, que se despierta como un instrumento afinado por su maestro.
Yo gimo mientras la beso, deseando meterme bajo su piel y no volver a salir de allí jamás.
La beso con más pasión hasta que solo puedo saborear este mismo instante.
Le suelto la garganta y bajo la mano hasta el vestido, que le coloco por debajo de las tetas.
Uno de los tirantes se rompe y protesta sin separar los labios de mí, pero lo ignoro.
Le cojo el pezón con los dedos y lo hago girar bajo el pulgar.
Gira sus caderas cada vez más rápido al frotarme con ella, desesperada por conseguir la dosis de euforia que solo yo puedo darle. Me desliza las manos por el pecho hasta llegar al cuello, donde me araña, y casi me tropiezo con el asiento del éxtasis que me produce el dolor.
—Joder —maldigo entre dientes, separando mi boca de la suya.
Doy un paso atrás y me arrodillo en el suelo sin importarme lo sucio que está. Me coloco a la altura de su coño húmedo. Me zambullo en ella con la necesidad de saborearla al menos una vez antes de que lleguemos más lejos, le chupo uno de sus pliegues antes de separarme de nuevo.
—¿Puedes guardar el equilibrio sobre uno de los asientos?
—pregunto con la voz ronca, tan necesitada que casi no me reconozco.
Se mueve para apoyar el brazo por detrás y sentarse en el reposabrazos.
Luego se reclina para que pueda observarla mejor—.
Ábrete de piernas, pequeña. Quiero ver lo furiosa que estás.
Me obedece en silencio. Separa las rodillas y levanta ligeramente las caderas.
Me falta el aliento. El aroma de su excitación me permea el cerebro.
No quiero olvidarlo mientras viva. Vuelvo a sumergirme en ella acariciándole con la nariz la entrepierna, inhalando mientras intento grabar a fuego la imagen de este momento en mi memoria.
—¿Crees que pueden vernos? —pregunta en voz baja. Levanto la mirada sin dejar de buscar la cicatriz con la lengua, la que yo le hice, y se la paso por la piel maltrecha.