Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 35. Kal
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35. Kal

Kal

El teatro que aparece en la entrada del espectáculo de Ariana está al otro lado de la ciudad, a media hora en coche. Cuando salgo de la casa de los Ricci, me monto en el SUV de alquiler y me dirijo hacia allí.

Se trata de un edificio ornamentado con columnas gigantescas de estilo grecorromano a cada lado de la fachada y tragaluces de cristal tintado que no dejan pasar la oscuridad de la noche.

Le entrego la entrada al conserje, que me indica el camino a la sala correspondiente, aunque me quedo unos minutos afuera por si Elena no hubiera llegado todavía.

Tras quince minutos de espera en los que Elena no aparece, entro y busco mi asiento. Estamos en un palco privado al que se accede por unas escaleras aparte vigiladas por otra acomodadora que lleva brackets y que me sonríe ampliamente cuando le muestro el código de barras.

—Señor Anderson, asiento 11B. —Mira a mi alrededor antes de devolverme la entrada—. ¿Llegarán pronto sus acompañantes?

—¿Mis acompañantes?

Saca una carpeta y busca entre los papeles. Asiente con la cabeza en cuanto encuentra lo que buscaba.

—En efecto. Tenemos reservado un palco privado para el señor y la señora Anderson y el palco contiguo, el doce, para el señor y la señora Ricci junto con dos invitados.

Niego con la cabeza y me guardo la entrada en el bolsillo de la chaqueta, dando un paso a un lado.

—No tengo ni idea de si acudirán o no. ¿Podría asegurarse de que nadie molesta al señor y la señora Anderson?

La chica frunce el ceño. Su rubor es evidente incluso en la luz tenue.

—Señor, debo informarle de que está terminantemente prohibido mantener relaciones en el teatro. La multa puede ascender hasta los mil dólares.

Doy golpecitos con el pie en el suelo, impaciente. Me llevo la mano al bolsillo y me saco un fajo de billetes.

—Considere esto un adelanto.

No espero a que acepte la oferta. Se lo pongo en la mano y paso las piernas por encima de la cuerda de terciopelo que cierra las escaleras. Las subo a grandes zancadas mientras trato de calmarme, preparándome para la posibilidad de que ella no esté.

A pesar de mis esfuerzos, el corazón me late desbocado cuando descorro las cortinas que dan acceso al palco.

La luz del escenario ilumina su silueta, inclinada sobre la barandilla.

Entro en el palco y me acerco sigiloso. Alargo la mano para ponérsela sobre el hombro, pero ella habla antes de que lo haga.

—Ni se te ocurra.

Son tan solo cuatro palabras, pero bastan para perforarme el corazón, que late solo por ella.

Ni siquiera se ha molestado en mirar por encima del hombro ni ha movido un solo músculo.

Tenemos el cuerpo tan sincronizado a estas alturas que parece saber cuándo estoy cerca.

O tal vez era porque sabía que vendría. Quizá era lo que deseaba.

Bajo la mano. No consigo librarme de ese dolor tan familiar que siento en la boca del estómago.

—Elena, yo…

—Puedes ahorrarte las disculpas.

Su actitud me pilla desprevenido. La última vez que la vi parecía sentirse tan devastada como yo.

Estaba destrozada, como si lo que había descubierto sobre mi pasado fuera a tener consecuencias en nuestro futuro.

Parecía desolada porque, en lugar de abrirme a ella, hubiera preferido guardarle secretos.

Me acomodo en el asiento de al lado y estiro las piernas. Apoyo los pies en el parqué del teatro y coloco las manos en el regazo. No ha dejado de hablarme, así que a lo mejor ha tenido tiempo de reflexionar sobre lo que ha averiguado esta noche y ha decidido pasar página.

—No he venido a disculparme —digo en voz baja, inclinándome hacia ella para decírselo al oído—. Aunque es cierto que lo siento. He venido porque quería asegurarme de que estabas bien.

Se queda callada unos segundos. Sigue mirando a los tramoyistas, que colocan el atrezo y van de un lado al otro del escenario en una carrera contrarreloj para tenerlo todo a punto para el espectáculo.

Elena suspira y niega con la cabeza.

—No lo estoy ni de lejos, Kal. Y lo último que necesito ahora es hablar de esto contigo.

Me reclino en el asiento mientras lo estrujo con los dedos en un intento por disimular mi frustración.

—Eres mi esposa, pequeña. Tenemos que hablar de esto.

Se gira hacia un lado. El candelabro de pared ilumina su hermosa cara, parcialmente en sombras. Sus ojos color miel tienen un brillo especial, o tal vez me lo esté inventando. Tal vez esté viendo pasión y duda donde no hay nada.

—¿Y de verdad es legítimo nuestro matrimonio? Y no me vengas con esa tontería de que es igual de legítimo que el que habría tenido con Mateo. No me casé con él. No llevo su anillo, llevo el tuyo. Me casé contigo, Kallum, así que dime…

Se le entrecorta la voz al final, consiguiendo que el dolor que tengo en el pecho se expanda hasta casi destruirme. Levanta la barbilla con rapidez y vuelve a mirar al escenario.

Hace ruido al tragar saliva, pese al rumor de las conversaciones que nos llega desde abajo. Se inclina hacia delante y agarra la barandilla. Vuelve a lanzarme la pregunta.

—¿Cuánto ha sido real? ¿Hasta dónde has llegado para vengarte de mi madre?

Me entran ganas de contarle una mentira. Ha destruido mi defensa al acusarme de querer vengarme.

—No tuvo nada que ver con ella.

—Mi madre ha actuado como si hubierais estado enamorados —dice con desprecio mientras gira el cuerpo para lanzarme la acusación a la cara como si fuera agua hirviendo.

Me golpea en el cuerpo con un dolor lacerante, agónico.

Me sobresalto de la sorpresa—. Dios, no me extraña que quisiera mantenerme alejada de ti.

Ya sabía cómo eras, cómo acabaría todo esto.

Me habría ahorrado muchos disgustos si la hubiera escuchado.

—Lo que hay entre tú y yo no tiene nada que ver con lo que tuve con tu madre. —Le cojo la barbilla con los dedos para que me mire a los ojos—. Lo que siento por ti ni siquiera forma parte del mismo universo.

Intenta apartarse y suelta un bufido cuando me resisto.

—Entonces ¿por qué no me lo contaste?

—No… No lo sé, Elena.

Cierro los ojos con fuerza y agacho la cabeza. La vergüenza fluye en mi interior como un río hasta penetrar en la sangre. Me siento como un monstruo, cosa que no ha conseguido ninguno de los crímenes que he cometido hasta ahora.

«Tenía miedo de que no lo vieras como yo. Tenía miedo de que te fueras».

Las palabras se me agolpan tras los dientes, desesperadas por salir a la luz, pero mi cuerpo se niega a dejarlas pasar.

Oímos ruido de pasos al lado y las luces se atenúan todavía más. Una voz pregunta a los del palco contiguo al nuestro si desean algo de beber antes de que empiece el espectáculo.

—¿Podrías traer un poco de hielo? —pregunta una voz familiar. Se me retuerce el alma. Me arrepiento de no haberle metido una bala en el cuerpo en su casa.

Espero que tenga la cara morada e hinchada. Sería un bonito homenaje a la forma en que llegué al hospital todos esos años atrás.

No deja de sorprenderme que hayan venido y que lo hayan hecho tan rápido. Tal vez querían arrinconarme y en lugar de eso se han visto acompañados hasta sus asientos.

Elena aparta la barbilla para librarse de mí, y la dejo hacer. Se me sube la sangre a los oídos al esforzarme por bloquear el ruido repentino. El director sale al escenario y les pide a los espectadores que sean educados y estén atentos, pues va a dar comienzo el espectáculo.

Alguien se sorbe la nariz por un lado, se oye el inconfundible ruido que hace una bolsa de patatas al abrirse. Se oye a alguien más sorbiéndose, un bebé llora un poco más lejos y todo puede oírse por encima de la música.

Me pongo tenso y me reclino en el asiento tratando de centrarme en cualquier cosa que no sea el ruido que me rodea.

El auditorio se va oscureciendo hasta que casi no se ve nada en el palco y el escenario se ilumina en una miríada de colores cuando los técnicos de iluminación dan paso a la primera escena.

No tengo ni puta idea de ballet, así que los primeros minutos del espectáculo me siento a contemplar el revoloteo de las bailarinas al compás de la música.

De alguna manera, incluso con el crescendo de la orquesta, no puedo dejar de oír los molestos ruidos de antes. Se introducen como gusanos en mi cerebro, parásitos en busca de lo que me queda de cordura para alimentarse de ella.

Oigo el tictac de mi viejo Rolex y la puta figurilla del péndulo; los sonidos de succión que hizo Rafael el día que fui a verlo a su despacho y lo convencí de que me entregara a Elena.

Cada ruido que ha actuado como detonante alguna vez en mi vida me viene a la mente como la riada que sucede al huracán, como fantasmas que me acechan tras una calma pasajera.

Vuelvo a mirar a Elena, que me observa a mí en lugar del espectáculo. Solo consigo ver la silueta de su nariz, el brillo de sus ojos color miel, el contorno de esos labios sonrosados y gruesos. Levanto la mano despacio y se la coloco en la mejilla. De repente se detiene el ruido.

Todo… se tranquiliza.

Mi respuesta a los estímulos no se calma, pero al librarme del ruido que no está presente mi corazón acelerado y la tirantez en el pecho parecen asentarse.

—¿Te encuentras bien? —Se acerca a mí para que pueda oír el susurro, partiéndome en dos el corazón.

—Eso debería decirlo yo —contesto mientras le acaricio el pómulo con el pulgar.

Suelta un resoplido.

—Por un momento parecía que habías desconectado del todo. Perdón por preocuparme.

Cuando hace ademán de apartarse, niego con la cabeza al tiempo que le cojo la cara con las dos manos.

—No me pidas disculpas por eso. Jamás.

Se le humedecen los ojos; las lágrimas se reflejan en la poca luz que nos ilumina desde abajo. Baja la mirada, suspirando.

—No puedo hacer esto ahora.