Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 34. Kal
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34. Kal

Kal

Estoy tentado de salir detrás de Elena; hacer por ella lo que nadie ha hecho nunca por mí.

Pero no servirá de nada a no ser que resuelva el problema antes.

Pese a la fuerte sensación de que estoy regresando al infierno cuando salgo a la terraza, me abro paso por la furia que me golpea el cerebro y camino hasta mi sitio en la mesa.

Me apoyo en la silla acolchada y me quedo mirando unos segundos la pasta sin comer, el vaso que ha dejado Elena sobre la mesa, manchado de carmín rosa.

No hay ni rastro de Rafe, probablemente se haya ido a por otro puro dejándonos a solas a su esposa y a mí. Carmen sorbe de su copa, pasado ya el estado de embriaguez, y se ríe juguetona.

—¿Problemas en el paraíso, amore mi o ?

Aprieto la mandíbula y levanto la cabeza, centrándome en el ruido que hace al sorber. Dejo que avive las llamas que me queman por dentro. Se extienden hasta lo inimaginable, tanto que me burbujea la piel de las ganas de violencia.

—Dame una razón para no abrirte en canal aquí mismo —digo en un susurro con cuidado de no desvelar lo cabreado que estoy. Esta gente, como se entere de que te molesta algo, lo usa contra ti.

Todo esto es culpa mía.

— Dio mio , qué mal se te ha dado siempre flirtear.

Deja la copa en la mesa y se lleva la mano al tirante del vestido rojo para recolocárselo, pero enseguida se detiene y deja caer la mano como si se lo hubiera pensado mejor.

Me mira con ojos seductores. Se gira e inclina el hombro bronceado como si tratara de engatusarme. Me aferro a la silla hasta que las uñas se me rompen de la presión que ejerzo. Controlo las ganas de reírme en la cara de esa zorra. Sé que solo conseguiría darle alas.

—Una razón, Carmen. —Acerco la mano a la cinturilla trasera del pantalón y desabrocho la funda de la pistola.

Acaricio con los dedos el cañón metálico, le quito el seguro y la amartillo al tiempo que le apunto con ella—.

Ni siquiera tiene que ser creíble, pero más te vale pensar rápido si no quieres que decida yo por ti.

Ni siquiera se inmuta, como si no fuera consciente de que yo no amenazo en vano. Se acaba recolocando el tirante en el hombro de un latigazo y yergue la espalda mientras me mira impasible.

—No vas a matarme, Kallum. Si hubieras querido hacerlo, lo habrías hecho cuando me pillaste en la cama con otro.

Siento punzadas en el costado, como si me estuvieran rajando la piel de nuevo tras haber conseguido atravesar la emboscada.

En mi propia casa. Era de una familia rival, de Southie.

Si no me hubiera pillado por sorpresa encontrármelos en la cama no habría tenido tanta ventaja sobre mí.

Pero uno no se espera que la gente que le importa le traicione delante de sus narices.

Recuerdo el dolor lacerante donde me clavó el cuchillo.

Pensé que había llegado mi hora. Por aquel entonces no llevaba mucho tiempo como asesino a sueldo y la tortura no formaba parte de mi proceder cuando mataba para Ricci.

Por eso, cuando me clavó el cuchillo y empezó a removerlo en mi interior, me sentí conmocionado por el tormento que me causó.

Me desperté en mitad de la operación. Me habían trasladado al hospital más cercano después de que alguien alertara a la policía de mi estado.

Les preocupaba tanto la pérdida de sangre y las posibles lesiones en el hígado y el bazo que nadie se preocupó de limpiarme la herida nielmúsculo roto que acabarían dejándome esa cicatrizen el costado.

También recuerdo el dolor tras la intervención.

Lo llamaban dolor fantasma. Me dijeron que puede que los sienta toda la vida, mucho tiempo después de haberme curado.

Dijeron que había tenido suerte, que un ángel de la guarda estaba observándome, porque habían conseguido reparar el bazo pese a la gravedad de la herida. Era mi décimo noveno cumpleaños.

Jamás me sentí afortunado. Nunca en mi vida, ni con los innumerables escarceos con la muerte, he sentido que me sonriera la suerte. Hasta que llegó Elena.

Con Carmen me sentía enfermo. Nunca llegó a contarme por qué me había traicionado, aunque supongo que lo hizo porque podía. Porque no hay mejor manera de joderle la cabeza a alguien, sobre todo cuando te percatas de que se está alejando de ti, que hacerle creer que ya no te importa si vive o muere.

Era precisamente eso, el no saber, lo que me dejó enganchado durante años. La mujer a quien admiraba, en quien buscaba consuelo, me manipuló y me traicionó, y nunca supe por qué lo había hecho. Me utilizó, se aprovechó de mi inocencia para luego dejarme tirado.

Con el tiempo decidí que ya no importaba. Estaba feliz de que me hubiera abandonado, aunque hubiera salido trasquilado.

La silla cruje con la fuerza de mi agarre al combarse a mi antojo la madera escondida tras el tapizado.

Controlo mis gestos, apretando los dientes para contener la ira que se está desatando como un ciclón en el pecho y amenaza con hacerme perder el control. Levanto el brazo y le apunto con la pistola a la frente.

—Podemos subsanar ese error ahora mismo. No quiero tropezar dos veces en la misma piedra.

Ella traga saliva, observándome con los ojos vidriosos.

—Elena jamás te perdonaría que mataras a su madre. Ahora está dolida, pero sabe quién ha estado siempre ahí para ayudarla. Siempre elegirá a su familia antes que a un extraño.

Suelto el respaldo de la silla y rodeo la mesa poco a poco sin dejar de apuntarle con la pistola.

—Ya me la has quitado, así que esa estrategia tuya con la que intentas asustarme ha dejado de funcionar, ¿no crees? ¿De qué me sirve que me perdone si no va a calentar mi cama ni mi polla por las noches?

Carmen suelta un resoplido con cara de asco.

—Ya veo que sigues siendo igual de vulgar y repugnante.

Me acerco un poco más a ella mientras acaricio el gatillo con el dedo índice.

—¿Sabes lo que es vulgar? La cantidad de veces que le he pedido a tu hija que se ponga de rodillas y la he contemplado mientras se ahogaba con mi polla en la garganta; la forma en que le he abierto la piel y he chupado su sangre, tantas veces que tengo su sabor grabado en las papilas gustativas.

Me detengo a su lado, levanto la pistola a la altura de su frente y la presiono contra su sien.

—¿Sabías que el dolor la excita? Nunca me mira como si estuviera enfermo o hubiera perdido la cabeza o fuera un monstruo.

Te apuesto a que si la dejara preñada ahora mismo no se libraría del problema ni me haría sentir como si hubiera hecho algo mal.

La adulta eras tú. Yo no tenía ni puta idea de lo que hacía.

—Ay, por favor. Tú nunca fuiste un crío, Kallum.

La ira no me deja pensar con claridad. Todavía no me puedo creer que esté diciendo todo esto en voz alta, cuando hasta hace no mucho era incapaz de admitírmelo a mí mismo.

—¿Quieres saber por qué lo hice, Carmen? ¿Entiendes por qué la elegí a ella? —Carmen se humedece los labios con rapidez; le aparecen gotas de sudor en la sien, en la zona donde el arma le toca la piel—. Porque está tan jodida de la cabeza como yo.

—No hables así de mi hija.

Rompe el silencio un estallido breve, como el chasquido de un látigo. Carmen grita y se sobresalta en su asiento. Incluso tras darse cuenta de que he disparado con el cargador vacío, sigue chillando. El ruido estridente me irrita los nervios ya de por sí crispados.

Baja las manos y se aferra a los brazos de la silla.

Echa la espalda atrás tanto como se lo permiten los confines de su asiento para alejarse de mí.

Teniendo en cuenta su situación, no le da para mucho, aunque aprecio su esfuerzo.

Hace que todo esto se asemeje más a un ajuste de cuentas que a una conquista.

—Hablaré de mi esposa como me dé la puta gana.

¿Sabes cuál ha sido la mayor infamia de la noche, Carmen?

—Le doy unos segundos para contestar, pero se queda callada—.

Ha sido lo que has hecho tú. Y si no me importara tanto tu hija ni me preocupara cómo le afecta todo esto, ahora mismo estarías en las profundidades del río Charles por joderlo todo de una forma tan estrepitosa.

—Lo siento —lloriquea. Se derrumba a la primera, como siempre ha hecho. Es un milagro que Elena tenga agallas—. No fue… —Suelta un suspiro tratando de recomponerse—. Estaba enamorada de ti, Kal, y no supe cómo enfrentarme a ello. Te tenía miedo.

Sus palabras llegan hasta los recovecos más recónditos de mi mente, lugares que he mantenido ocultos, en estado latente, desde nuestra relación, si se puede llamar así.

Por un lado, temo que se reaviven los viejos sentimientos, esa sensación de logro juvenil, confusa e inmadura, que sentía cuando me prestaba atención.

Pero lo único que hizo fue hacer que un crío se sintiera querido para después dejarlo hecho añicos.

Ahora solo me siento vacío. Dejo que ese sentimiento de vacuidad arraigue en mi corazón y se extienda por el resto de mi cuerpo, y me doy cuenta de algo: puede que me quisiera, pero yo jamás la quise a ella.

Perderla nunca me hizo sentir como si me hubieran arrancado los miembros del cuerpo o como si me hubieran chupado la sangre hasta dejarme seco; no me provocó una sensación de soledad como no había sentido nunca.

Jamás me hizo sentir como si hubiera pasado mis días como pecador y cuando por fin saboreaba un pedacito de cielo viniera alguien a arrancármelo de las manos.

Solo Elena es capaz de conjurar esos sentimientos. Se necesita a una persona amable, cálida. No se trata de lanzar fuegos artificiales a capricho; se trata de encender las llamas y alimentarlas con pasión y empatía y, en mi caso, con el toque justo de oscuridad.

Es precisamente esa bondad innata en Elena lo que hace que su pérdida sea insoportable. Sin ella me falta la mitad de mi alma, existo sin un objetivo a la espera de que la tierra me reclame de la misma forma que hice yo con otros.

Unos meses atrás, cuando la obligué a aceptar mi mano, ni siquiera sabía que me faltaba algo en la vida.

No era consciente de que deseaba tener a alguien que equilibrara mis fuerzas, alguien que descorriera las cortinas y arrojara un poquito de luz con la condición de que yo pudiera pintarla también a ella con mis sombras.

Solo lleva fuera unos minutos y no puedo centrarme en otra cosa que en su ausencia. La angustia repta por mi columna vertebral dejando un rastro de llagas ensangrentadas, que empeoran a cada segundo que pasa sin que salga tras ella.

Carmen sigue llorando; lágrimas de cocodrilo le humedecen las mejillas. Bajo el arma y niego con la cabeza.

—Me alegro, Carmen, pero llega una década tarde. Y, si te soy sincero, ni siquiera me interesa que me des una explicación. Tampoco quiero tu amor. La única que lo merece es Elena, porque ella es la única a quien le importas.

Echo la muñeca hacia atrás y le apoyo el cañón de la pistola en el pómulo. Me regodeo en el estampido que produce el disparo. Ella chilla y se lleva las manos a la cara mientras se atraganta con su propia saliva.

—Espero que te sirva de lección —le digo mientras me marcho—. Estás viva porque no me importas lo suficiente como para matarte.

Ella continúa chillando mientras yo me paso la mano por el pelo y la dejo allí fuera. Entro en la casa con la sensación de haberme quitado un gran peso de encima. Rafael está apoyado en la escalera cuando cruzo la cocina. Una voluta de humo le asciende hasta la cabeza.

—El disparo de advertencia ha sido involuntario, supongo.

No lo pregunta, simplemente lo afirma como si la respuesta fuera obvia.

Me meto las manos en los bolsillos y subo un hombro haciendo creer que no me importa.

—Parece que ya sabes la respuesta.

Suelta un gruñido y le da una calada al puro mientras me observa.

—Acabaré con la historia del secuestro si me pagas lo que me debes.

Pestañeo de la incredulidad. Casi me echo a reír. Me vuelvo a colocar la pistola en la parte trasera de los pantalones.

—Yo no te debo absolutamente nada. Ni siquiera creo que exista nadie a quien le sigan interesando tus cuentos.

—El contrato que perdí por tu culpa con Bollente me ha costado un cuarto de millón.

Clausuré el negocio con los Montalto en King’s Trace y vendí todo lo que quedaba, pero la única oportunidad que tenemos de sobrevivir a esto, al chantaje, a los cobradores de morosos, a los federales que empezarán a meter las narices en el negocio en cuanto se den cuenta de que he dejado de pagar a la policía para que miren para otro lado…

necesita financiación, Kal. Ni se te ocurra pensar en joderme con esto también.

Avanzo en dirección a la puerta con una sonrisa, sin parar, cuando alarga el brazo para agarrarme y detenerme. Es mucho más bajo que yo, así que me libro de él solo con levantar un poco el brazo.

—El problema de tu oferta, Rafael, es que me importa una mierda lo que les ocurra a las empresas Ricci.

Si consiguen sobrevivir a esto, bien. Y si no, un problema menos que tengo.

—Abro la puerta, le hago una leve inclinación de cabeza a modo de saludo y levanto el dedo corazón—.

Ya me has arrebatado bastante todos estos años. Ahora me toca a mí devolverte el favor.