Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 33. Elena
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33. Elena

Elena

La acusación de mi madre atraviesa el aire como un accidente de coche visto a cámara lenta mientras el mundo implosiona a nuestro alrededor.

Se me rompen las costillas del impacto, que se fragmentan en un millón de astillas, que son arrastradas por el torrente sanguíneo.

Siento el corazón como un globo que se ha hinchado demasiado y estalla al llegar a su límite mientras busca algún indicio de que lo que acaba de insinuar mi madre sea mentira; una señal que confirme que mi madre solo está intentando irritarme para que me sienta mal por haberla abandonado.

Con los dientes apretados, Kal me mira a los ojos con cautela.

Su mirada es inequívoca. Se le han hundido los hombros apenas un milímetro y le tiembla la nuez.

Aparto la mirada con rapidez al notar las lágrimas, que me queman en los ojos con su silencio.

Es una señal. Una confesión. Aunque no era lo que esperaba.

— Manache —refunfuña Papà al tiempo que se dibuja el símbolo de la cruz en el pecho—. Mi decisión no tuvo nada que ver con que te lo tiraras hace diez años, Carmen. Cristo .

Mamma chasquea la lengua y le da un buen trago a la bebida. Le tiembla la mano cuando baja la copa y no puedo evitar preguntarme si estará mezclando pastillas con alcohol, como hacen otras esposas de la mafia, quienes dependen de un cóctel químico para soportar sus miserables vidas.

—Ay, Dios. ¿Acabo de sacar a la luz los trapos sucios de Kallum? Se os veía tan acarameladitos… Pensé que te habría contado lo de nuestra aventura.

«Nuestra aventura».

Esa frase tiene un sabor amargo, como cuando muerdes una fruta que no ha llegado a madurar del todo porque has sido demasiado impaciente para esperar. Solo un día más, un poquito de autocontrol y habrías mordido una fruta jugosa y deliciosa.

Sin embargo, te tienes que conformar con el sabor insípido de tus errores mientras te preguntas por qué el hombre del que te has enamorado ha compartido nada con otra persona. Y mucho menos con tu madre.

Me tiemblan las manos de las ganas que tengo de colocárselas alrededor del cuello y apretar por usar su nombre completo con tanta ligereza. Como si fuera un derecho adquirido. Aun sin saber los detalles de su relación, sé que no se lo merece.

—Ya, solo que ya te dije la otra noche que no sabía nada. —La voz de Kal me traspasa como un cuchillo de acero oxidado al rojo vivo.

—Ah, ¿sí? —Se encoge de hombros tarareando—. Parece que se me ha olvidado. Hablamos de tantas cosas…

No aparto la mirada de la depresión que tiene Kal en la base del cuello, ese hueco por el que he pasado tantas veces la lengua y me humedezco los labios. Me da miedo levantar la mirada.

—¿Cuándo hablaste con mi madre?

Apoya las palmas de las manos en la mesa. Su alianza de boda refulge en la luz.

—Ya lo sabías. Fue la otra noche, después de que salieras.

—Ah, sí, cuando tan amablemente lo lanzaste a mis brazos abiertos.

—Carmen —suelta Papà al tiempo que se frota la cara con la mano—. ¿Qué coño haces?

—La única manera en que estaría en tus brazos sería si te los hubieran arrancado del cuerpo y echado al fuego —dice Kal retorciendo los dedos—. Y si fuera así, lo haría para buscarte en la ultratumba y llevarte personalmente a las puertas del mismísimo infierno.

Habla con odio, con palabras envenenadas, pero yo crecí con la idea de que el amor y el odio eran dos caras de la misma moneda.

La única diferencia que había entre ellas eran las circunstancias.

Los miro a los dos alternativamente; la una, una bestia rabiosa dispuesta a destruir a su presa; el otro, un depredador hambriento con ganas de darse un festín.

Me doy cuenta de que no sé en qué lado dela moneda está cada uno.

—¿Te acostaste con mi madre? —pregunto. Todavía me cuesta procesar la información.

—Bueno, mucho no dormimos. Ya sabes a qué me refiero —murmura mi madre, riéndose de su gracieta, aunque los demás estemos inusualmente callados, a un solo comentario de la aniquilación total—.

Espero que vosotros seáis más cuidadosos con los métodos anticonceptivos porque, déjame que te diga, este hombre es un semental.

Ya sabes a qué me refiero. —Se le escapa un hipido, confirmando mis sospechas de que está algo más que borracha.

Eso no lo hace menos doloroso—. Uy, perdón. ¿He dicho lo mismo dos veces?

Lo que implica ese comentario queda suspendido en el aire entre los cuatro, retorciéndome el estómago, que amenaza con verter su contenido. Siento un nudo asfixiante en la garganta. El peso de esta confesión me rodea el cuello con sus garras hasta dejarme sin oxígeno. Ojalá fuera así…

«Creo que voy a vomitar».

—Joder. Vaya zorra estás hecha. —Kal se arranca la servilleta del cuello y la arroja sobre la mesa poniéndose de pie y girándose para mirarme de frente—. Elena, ¿podemos hablar a solas?

Se me va a salir el corazón por la boca. Me late con tanta fuerza que ni siquiera los oigo.

—No creo que quiera ir contigo a ningún sitio nunca más, Kallum. —Mamma salpica con el vino en su dirección y lo mira con odio—. Apártate de mi niñita.

Yo sigo con la mirada puesta en el centro de la mesa sin ver nada, perdiéndome en la luminosidad de las dalias y los lirios. Son las flores que habría querido en mi boda o en mi funeral. Resulta irónico, pues nunca había estado tan segura de que me estaba muriendo.

Pero así es como te sientes cuando te rompen el corazón: como si alguien te metiera la mano en el pecho y te lo arrancara sin preocuparse de usar el instrumental adecuado ni de que la extracción se haga como es debido.

Tiran de él y lo retuercen hasta que se suelta, dejando los músculos y tejidos desgarrados, y las venas vertiendo la sangre que ya no tiene adónde ir.

El dolor es visceral, cegador; le echa sal a la herida y retrocede para ver cuánto eres capaz de soportar.

Siento la traición recorriéndome el cuerpo, arrasando con todo a su paso.

Al mirar a Kal, me doy cuenta de cómo tu opinión sobre una persona puede cambiar cuando obtienes información nueva.

Cuando le acaricié las cicatrices, muestra de una vida llena de fechorías, vi a un hombre atrapado en el cuerpo de un monstruo; cuando vi las fotos de su madre y de su hermana, sentí lástima por el niño que creció soloy que rellenó las grietas de su alma con la poca atención y cariño que pudo conseguir. Ahora solo veo a un mentiroso.

Ni siquiera lo reconozco. Incluso su forma se ha transformado, dando lugar a un ser siniestro mientras lo contemplo en silencio, esperando, todavía y sin mucha esperanza, que niegue lo que está diciendo mi madre; que no he sido su segundo plato, la única opción que le quedaba. Que no ha sido un acto de venganza.

«De nada me sirves muerta, pequeña».

Misterio resuelto…

Separo la silla de la mesa despacio sin apartar la mirada de la copa de agua. Me niego a mirar a nadie, no vaya a ser que pierda los nervios.

—Si me disculpáis —digo impasible—. No quiero llegar tarde a la actuación de Ari.

Siento tres pares de ojos puestos en mí. Siento su sorpresa.

—Elena —dice Papà. Oigo el chirriar de la silla en el suelo al levantarse—. Deberíamos hablar de esto…

Niego con la cabeza y sello los labios. Me da miedo lo que pueda decir si me dan la oportunidad de hablar.

Tengo ganas de llorar. Ya no importa cuántas veces lo intente, no se van a marchar de ahí hasta que les preste atención.

Desconozco quién dijo que las fases del duelo no se limitan a la muerte, pero tenía razón.

Me doy la vuelta y me meto en la casa. Atravieso la cocina y recojo el bolso y el abrigo que he dejado en el sofá del salón. Casi he llegado a la puerta cuando alguien me agarra de la muñeca y tira de mí hacia atrás.

—No te atrevas a marcharte de casa sin hablar conmigo —suelta Kal, haciéndome girar para que lo mire a la cara—. Nosotros no nos comportamos de esa forma.

Intento librarme de su agarre con un gruñido.

—Nosotros no nos comportamos de ninguna manera, Kal. No me exijas que te cuente cómo me siento cuando llevas mintiéndome desde que te conocí.

—¿Y cuándo te habría parecido un buen momento para sacar el tema? No se puede estar enterrado en tu coño y decir casualmente que también he visto así a tu madre.

Sus palabras me queman. Son como una bofetada, peor que si me hubiera matado allí mismo. Por lo menos el dolor desaparecería pronto.

—Por suerte para ti, ella no ha necesitado intermediarios y lo ha hecho por ti. Ha solucionado el problema en un santiamén, ¿no crees? —Cojo el pomo de la puerta con la mano que tengo libre y la abro. Vuelvo a mirarlo a la cara—. Suéltame.

Me atraviesa con su mirada, que no se detiene en mi corazón y enciende directamente mi alma. Pero esta vez el fuego que ha iniciado no es agradable. No es de los que te acarician la piel llenándote de calidez. Este fuego quema y te roba el oxígeno: son llamas destructoras.

—No puedo —dice rechinando los dientes, aunque acaba por retirar la mano, que se lleva al pelo—. Joder, Elena. Dame cinco minutos. Te juro que… no es… no es lo que parece.

Una parte de mí quiere hacerlo, se muere de ganas de quedarse y escuchar lo que tiene que decir, pero la ira es más poderosa y se antepone el deseo de hacerle sufrir.

—No puedo.

Ari desciende por las escaleras. Lleva media cara cubierta con maquillaje dorado brillante, completamente ajena a lo que acaba de ocurrir. La alcanzo cuando sale por la puerta.

—¿Te vas ya al teatro?

Asiente con la cabeza.

—Siempre ensayamos los pasos más complicados antes de la actuación.

Mira a Kal y dibuja una mueca. Luego dirige la vista hacia mí.

—¿Quieres venir conmigo?

Asiento con la cabeza y la sigo hasta el coche, que la espera aparcado en el arcén. Dentro está Lorenzo. Cuando me monto en la parte trasera, me giro para echar un último vistazo por encima del hombro y veo a Kal de pie en la puerta, petrificado como una estatua.

Cuando por fin se pone el coche en marcha, doy rienda suelta a los sollozos. Ari se me acerca y me deja llorar en el hombro, aunque no sepa de qué va todo esto.

Siempre me había preguntado qué pasaría si sangrara por una herida abierta y no estuviera él para limpiarla con la lengua, los dedos o con un maletín de primeros auxilios.

Supongo que ya sé la respuesta…