Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 32. Elena #2
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32. Elena #2

Me siento a la izquierda de Kal, despliego la servilleta y me la coloco sobre el regazo. Hablo casi en susurros para que no se me oiga, pero Kal se acerca a escucharme mientras pincha con el tenedor una porción de bucatini y se la mete en la boca.

—¿Por qué estás retando a Papà a ver quién la tiene más grande?

—La mía, concurso terminado. —Se mete la punta de la servilleta por el cuello de la camisa y carraspea sin apartar la mirada de mi padre.

Hago una mueca.

—Puaj. ¿Qué os pasa a vosotros dos? ¿No te preocupa lo que opinen los Ancianos de todo esto?

—¿A qué te refieres?

Me encojo de hombros y dibujo un círculo en el aire con la mano.

—Me refiero a esto. Tú echando por tierra un contrato con Bollente Media, casándote con la hija que les prometió a ellos y ahora la evidente lucha por el poder.

—No hay lucha que valga, pequeña. Tu padre no tiene ningún poder. —Por fin se vuelve a mirarme, con esos ojos provocativos. Empiezo a notar un calor en la entrepierna—. El único que ostenta algún poder aquí, sobre todo sobre ti, soy yo, tu marido.

Se me hace un nudo en la garganta al oírle hablar, pese a que sus palabras no dejan de ser una amenaza velada.

Su tono, sin embargo, rezuma sexo. A mi cerebro le cuesta procesar todas las sensaciones que le embargan, pero se aferra al sexo.

Siento una excitación ya conocida, como si fuera una más de la familia, y se hace con el control, consiguiendo que me olvide de lo que me estaba quejando.

Junto las piernas todo lo que puedo y me revuelvo en el asiento para coger el vaso de agua que tengo delante. Bebo un trago sin apartar la mirada de Kal hasta que Papà carraspea para llamar mi atención.

— Bambina —dice Papà con el vaso de whisky delante de la cara—, ¿qué tal va la universidad?

Se me queda la mano paralizada a medio camino y casi me atraganto y se me cae la copa. Doy otro trago para ganar un poco de tiempo mientras pienso qué decir.

—Lo he dejado.

«Vale. No es lo que llamaría librarse de una buena, pero es lo que hay».

Se le abren los ojos de par en par y deja con cuidado el vaso en la mesa.

— Perché?

Puedo sentir la mirada de Kal, pero no aparto la mía de Papà.

—Ha dejado de gustarme. No me interesa ser profesora de literatura.

—Ya veo. —A Papà se le ensanchan las narinas y da golpecitos con el anillo en el vaso—. Supongo que no se te ocurrió informar a la persona que se encarga de tu crédito estudiantil de que tendría que devolverlo antes de lo esperado.

Me pongo roja de la vergüenza, noto las mejillas ardiendo. Ariana y Stella no apartan la mirada del mantel, mientras que Nonna se dedica a beberse el vino.

—Qué más da, si te dije desde el principio que la universidad no era para ti. Pero no quisiste creerme. Tenías que aprenderlo a las malas y joderme bien de paso.

Kal se pone tenso a mi lado, y aprieta el tenedor con más fuerza hasta que se le vuelven blancos los nudillos. Alargo el pie y lo coloco encima del suyo como rogándole en silencio que no le clave el tenedor en la garganta a mi padre.

—Lo siento, Papà —digo con suavidad. Verlo tan enfadado solo consigue que vuelva a tener náuseas. Explota como el vapor que se extiende hasta los confines del recipiente y me aferro a la mesa para tratar de controlar el vómito que me sube por el esófago—. No había caído en eso.

—Claro que no. Sigues siendo una niña egoísta e inmadura. —La voz de Mamma interrumpe el tono de reprimenda que hay en el ambiente y, por una vez, me doy cuenta de la maldad que esconden sus palabras.

Ni siquiera se molesta en disfrazarla. Cuando rodea la mesa con su vestido largo rojo chillón, lo veo con claridad escrito en su cara: la mujer que me ayudó a prepararme el día de mi boda y la mujer que está aquí conmigo ahora mismo no son la misma persona.

No se parecen en nada. O tal vez sea yo la que ha cambiado.

Kal se aparta de la mesa de un empujón, haciendo temblar los platos. Lleva escrita la palabra muerte en el rostro y su mirada es furiosa.

—Carmen.

Ella sonríe con la ceja enarcada y se lleva la copa a los labios.

—Venga ya, Kal. Conozco a mi hija. Es igualita a su padre, ¿no crees?

Papà se frota las sienes, suspirando.

—¿Qué estás haciendo, Carmen?

Sentada en la silla junto a él, Carmen ensancha la sonrisa hasta tal punto que parece dolorosa. Hace girar el vino de la copa y gesticula hacia mis hermanas.

—Chicas, ¿por qué no os lleváis a Nonna a su dormitorio para que se eche una siesta? No queremos que se duerma durante la actuación.

Ariana da un resoplido.

—No quiero perderme lo que está a punto de pasar.

Stella le da un codazo y la levanta de la mesa. Se colocan una a cada lado de Nonna, evitando que se caiga por el estupor del alcohol.

—Iba a contártelo —digo mientras devuelvo la copa a la mesa—. Es solo que se me ha olvidado con todo lo demás.

—Ya —dice Mamma reclinándose en la silla—. Es difícil acordarse de quién es tu familia cuando estás muy ocupada abriéndote de piernas para el primer hombre que finge interés por ti.

Eso me enfurece. Noto la bilis a la altura de la garganta, llena de furia.

—¿Qué hay de malo en eso? Es mi marido.

—Pues que tu padre solamente intentaba alejar a Kallum de mí.