Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 32. Elena
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32. Elena

Elena

Al día siguiente quedo con mis hermanas y Lorenzo, su guardaespaldas, para tomar un brunch en un restaurante de categoría que hay en el puerto. Por unos instantes parece que todo siguiera igual que antes.

Se sientan a la mesa enfrente de mí. Ariana lleva el pelo recogido en un moño y una camisa azul claro con las mangas abotonadas hasta el codo, mientras que Stella se mete el pelo en el cuello abotonado.

Se inclinan sobre el plato mientras Ari me da todos los detalles sobre un escándalo hollywoodiense que le ha hecho sombra a mi «gran regreso».

—… lo único que digo es que los tíos a los que se les llena la boca con los derechos de las mujeres acaban siendo los primeros en ser acusados de agresión sexual. Son demasiado buenos para ser de verdad.

Stella suelta un bufido, escupiendo trozos de huevo.

—No te creerás la historia de esa chica, ¿no? ¿Se conocen una noche en Nueva York y él ya no puede vivir sin ella? Es una don nadie de Maine y él es un dios del rock. ¿Por qué iba a elegirla a ella?

Ari le lanza un trozo de bagel .

—Elegí creer a la víctima, idiota.

—En América, se es inocente hasta que se demuestre lo contrario —contesta Stella, negando con la cabeza—. Y no actúes como si no hubieras cantado lo último de Aiden James hasta la semana pasada. Te oigo en la ducha.

Nos comemos los huevos a la benedictina, una cantidad ingente de beicon de pavo, y lo regamos de interminables copas de sidra achampanada antes de sacar el tema de Mamma. Soy yo quien lo hace.

—Fuisteis vosotras las que me dijisteis que estaba descorazonada —las acuso mientras señalo a Ari con el tenedor—; que quería que volviera a casa.

Ari se encoge de hombros mientras muerde un trozo de queso danés.

—Y lo estaba. Lo juro. Hubo días en que ni siquiera salía de su habitación. No entiendo por qué se comportó de esa forma tan grosera contigo ayer.

—Tal vez esté celosa —sugiere Stella, encogiendo sus hombros huesudos.

Es la segunda vez que oigo lo mismo en las últimas veinticuatro horas y no me hace nada de gracia que la gente vea algo que yo ni siquiera me imagino.

—¿Celosa de qué?

—No sé. —Stella me mira a través de las gafas con los ojos entornados y haciendo una mueca—. Elige lo que te parezca. Ya conoces a mamá. Imagínate verte encerrada en una vida por culpa de tu familia y no poder escapar jamás. Cuando estás atrapada lo estás para siempre.

—Todas estamos atrapadas en la misma vida.

—¿De verdad lo estamos? —Stella se quita las gafas y se las coloca en la cabeza—. ¿No te has pasado los últimos meses siendo la cena y el postre de tu increíblemente peligroso e inquietantemente atractivo marido en una isla alejada del drama de los Ricci?

Empujo con el tenedor los restos de huevo con el ceño fruncido.

—No he estado de vacaciones. He…

Me paro a mitad de frase al darme cuenta de que mis hermanas no conocen los detalles de mi matrimonio con Kal. No sé lo que les habrán contado mis padres, así que decido contárselo todo yo, a ver si así me libro de este peso que llevo sobre los hombros.

—Alguien nos grabó a Kal y a mí la primera noche que pasamos juntos.

Ari se ríe disimuladamente.

—Que sea la primera implica que ha habido una segunda y una tercera…

Stella le pasa el brazo por el cuello a Ari y le tapa la boca con la mano.

—Eso ya lo sabemos. A Papà le faltó tiempo para contarnos a todas que Kal te había seducido. Tampoco es que necesitaras empatía a los ojos del público. Se supone quete había secuestrado.

Eso me cabrea, aunque decido pasar de ello. Suelto el tenedor.

—Vale, a ver. La gente que nos grabó chantajeó a Papà y a Kal. Supongo que les convenía que me casara con él…

Pestañeo y me quedo mirando el mantel dorado que cubre la mesa al darme cuenta de que no conozco muy bien los detalles del asunto. Me sacudo esa sensación extraña de encima y prosigo con la historia.

—Como sea. No conozco los detalles. La cuestión es que alguien nos forzó a los dos a casarnos. Podemos culpar a Kal por no hacer las cosas de la mejor manera posible, pero los dos somos víctimas en esto.

—¿De verdad lo sois? —pregunta Ari, quitándose la mano de Stella de la boca—. Entiendo que ese sea el motivo de que os casarais, pero… ¿por qué continuar con el matrimonio? —Coge una fresa de su plato y se la mete en la boca—. No tienes pinta de víctima.

Abro la boca para contestarle antes incluso de que haya terminado de hablar, pero enseguida me arrepiento y acabo por reclinarme en el asiento con el rabo entre las piernas.

Stella cambia enseguida de tema, antes de que pueda responder a Ariana, y comienza a hablar del taller de física que hizo en Harvard durante el verano.

Su cerebro de quince años se ha cansado de hablar de matrimonio.

Ariana no me quita ojo durante el resto del brunch, en silencio, sin perder detalle.

Me pregunto si se habrá percatado de lo que estoy intentando tapar con total desesperación.

La verdad.

Las cenas en casa de mi familia solían ser todo un acontecimiento.

No sé si era por nuestros orígenes italianos o porque era la única comida que hacíamos con Papà. Lo que sí sé es que, después de haber usado platos de papel todo el día, Mamma siempre sacaba la vajilla buena y cocinaba como para alimentar a un ejército.

Cuando volvemos a casa de mis padres la noche del recital, la cena se presenta como un asunto íntimo; está lejos de ser el festín que solía ser.

Kal y yo salimos a la terraza por la cocina, comentando que las lucecitas que han encendido nada pueden hacer contra los rascacielos que se ven a lo lejos.

La mesa está vestida con la porcelana de la boda de Mamma.

Parece que intenta aparentar que su compañía es exclusiva y que solo hay asientos para siete comensales.

No recuerdo ni una sola vez en la historia de esta familia que nos hayamos sentado a la mesa menos de ocho personas.

Si no era un grupo de compañeras de clase cuyos padres aún no sabían a quién pertenecía la casa a la que habían sido invitadas, eran otros parientes.

Hasta vinieron a cenar diplomáticos en una ocasión.

Tuvimos que vestir nuestras mejores galas y lucir nuestras sonrisas más artificiales para que Papà pudiera fingir que los negocios iban bien.

Que no haya comida en abundancia me pone un poco nerviosa, y me detengo en el umbral. No sé si deberíamos continuar con esto o hacer las maletas y volver a casa; seguir viviendo en nuestra burbuja.

Desde el avión, no me he podido sacar de la cabeza lo que siento por Kal, y no me deja pensar en nada más. Vivo, respiro y hasta sangro por este hombre.

No estoy segura de que tenga sentido. No le cuento lo que siento por si este hombre secretamente destrozado decidiera no seguir con el matrimonio. También me asusta lo que significaría que sí quisiera.

Kal se detiene delante de mí, como si hubiera intuido que ya no voy a su lado. Se da la vuelta con el ceño fruncido y se coloca frente a mí.

—¿Elena?

Niego con la cabeza intentando disipar la niebla que me empaña el cerebro, como si la ansiedad se hubiera convertido en vapor y hubiera encontrado acomodo en mi cuerpo.

—Yo… no me encuentro del todo bien.

Se queda callado unos instantes. Pestañea hasta que es precisamente su mirada lo que me incomoda. Finalmente se pasa la mano por el traje negro y mira por encima del hombro a mis hermanas, que cuchichean un poco más allá.

—¿Quieres que nos marchemos?

Me mordisqueo el labio, pensativa. Siento el peso de la culpabilidad sobre los hombros. ¿Cómo es posible que este lugar y la gente que hasta hace poco anhelaba me parezcan ahora mismo una cruz?

—Solo tienes que pedírmelo, pequeña, y te llevo de vuelta a Aplana antes de que vuelvas a respirar. —Se acerca unos centímetros a mí y me dice con voz ronca—: Imagínate lo bien que nos lo podríamos estar pasando.

Casi le digo que sí. Sería sencillísimo fingir que me siento mal y dejar que Kal me lleve adonde el resto del mundo deja de existir. Entregarnos el uno al otro como si lo nuestro no estuviera condenado.

Pero sería demasiado fácil. Mamma no me dejaría marcharme como si nada después del espectáculo que montó la primera vez. Sería capaz de quemar todo Boston con tal de tenerme bajo su ala; una muñequita a la que poder vestir y manipular para siempre.

Por eso, en lugar de aceptar su oferta, niego con la cabeza mientras estiro la espalda hasta que se oye un crujido.

—Te he hecho venir hasta aquí. Lo justo es que llegue hasta el final. ¿No crees?

Se pone serio y veo que tiene un tic en el ojo.

—No me has obligado a venir. Lo he hecho porque…

—La cena está servida.

Uno de los cocineros de mis padres empuja un carrito a través de las puertas batientes, con un plato del horno que mantiene cubierto.

Nonna y Papà entran detrás de él. Papà se sienta en su lugar habitual, a la cabecera de la mesa.

Lo normal es que mi Mamma se siente justo enfrente y que los demás encontremos acomodo en los asientos restantes, pero Kal camina hasta el final de la mesa y ocupa el sitio de Mamma.

Stella y Ariana levantan la cabeza y se quedan petrificadas. Noto el calor de sus miradas puestas en mí, pero yo no puedo apartar la vista de mi marido. Tengo el estómago tan tenso que me sube la bilis, provocándome una quemazón en el pecho.

«Dios, va a ser una noche muy larga».

Nonna se sienta al otro lado de Stella en silencio y le da unas palmaditas en el codo mientras dice que el bucatini all’Amatriciana huele muy bien. Papà y Kal están inmersos en un concurso de miradas, aunque empieza a parecer otra cosa. Hay algo que no me están contando.

Normalmente esperamos a que estemos todos a la mesa para empezar a comer.

Como Mamma no ha llegado todavía, los Ricci esperamos sentados bebiendo de nuestras copas y untando de mantequilla el pan.

Kal, sin embargo, alarga el brazo al centro de la mesa, retira la campana de cristal de la pasta y se sirve un plato.