Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 31. Kal
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31. Kal

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Dejo que el silencio que embarga el salón de los Ricci me entre por los poros, apreciándolo mientras dura, consciente de que Carmen es especialista en hacer que todo salte por los aires. Si los corazones fueran de cristal, lo que queda del mío serían esquirlas afiladas imposibles de recomponer.

Sus ojos redondos pasan de Elena a mí, como el péndulo que rompí días atrás, mientras se decide a quién atacar primero. Se me ha formado un nudo en el estómago de la tensión, que me roba el aire de los pulmones.

—¿Por qué no os sentáis? —sugiere Carmen señalando hacia el sofá del que nos acabamos de levantar.

Su voz suena como uñas arañando una pizarra. Cierro la mano en un puño sin apartarme de Elena, muriéndome de ganas de hacer que desaparezca ese sonido para siempre.

—No, gracias. —Iba a decir lo mismo, pero es Elena la que habla, consiguiendo escandalizar a su madre.

—¿Kallum ya ha echado a perder los modales perfectos de mi niñita inocente? —dice Carmen, fulminándome con la mirada—. Siéntate, bambina . Muéstrale respeto a tu madre.

—¿El mismo respeto que has mostrado tú por mi matrimonio contando mentiras a la prensa?

Carmen frunce el entrecejo y se queda callada unos instantes.

Casi puedo ver el mecanismo de su cerebro puesto a funcionar, buscando la forma de darle la vuelta a la tortilla para mostrarse como la víctima.

Tiene ese brillito especial en la mirada, el mismo que cobraba vida cada vez que se presentaba en la casa que alquilé tras cumplir los dieciocho, lloriqueando con restos de rímel en las mejillas, suplicándome que la perdonara por mostrarse débil con su marido.

Siempre decía «Las niñas necesitan a su papà» o «Me perseguirá hasta matarme si me marcho». Nunca decía la verdad: que jamás había tenido intención de dejar a Rafael. Quería estar en misa y repicando.

Jamás debería haberme sometido a sus gilipolleces.

No era mi cometido aguantar la culpa de una mujer mucho mayor y mucho más experimentada que yo.

No debería haber sido su segundo plato. No era más que un crío, joder.

Pero cuando eso es lo único que conoces, cuando la manipulación forma parte de tu aprendizaje, es difícil romper el círculo.

—No sé lo que te habrán contado tus hermanas sobre mi reacción a tu…

caótica boda, pero estoy segura de que han exagerado.

—Carmen se sienta en un sillón lleno de cojines y cruza las piernas, inclinando el tobillo estratégicamente para que se le vea pierna por la abertura del vestido y que parezca más larga de lo que realmente es—.

Quizá si hubieras contestado a algunas de mis llamadas o a mis mensajes, Elena, lo sabrías.

—Tengo mensajes tuyos donde me dices que quieres rescatarme —dice Elena mientras se saca el teléfono del escote, donde lo tenía guardado, y abre los mensajes. Va pasando de uno a otro, leyendo en voz alta cada súplica, cada promesa de Carmen.

—¿Me estás diciendo que mi miedo estaba injustificado? Te arrancaron de tu vida. Mateo está… —baja la voz, pese a que nadie a nuestro alrededor va a decir nada— muerto. Me preocupaba tu seguridad.

—Nunca estuve en peligro. Papà firmó el puto certificado de matrimonio.

Carmen se detiene con la copa de vino levantada y frunce las cejas.

— Scusi?

—Dios. ¿No te lo contó? —pregunta Elena.

De repente me siento mareado por primera vez desde mi primer golpe. Carmen traga saliva y me mira a los ojos, dolida. Sigue queriendo culparme a mí.

—Es cierto —digo encogiéndome de hombros, ignorando el dolor que veo en sus ojos. No me afecta.

Deja la copa en la mesita que tiene delante y se lleva los dedos a los labios, perdida en sus pensamientos. Probablemente esté tratando de averiguar cómo utilizar esta información nueva en nuestra contra.

—Eso no es posible —dice al final negando con la cabeza—. Tu padre jamás te permitiría casarte con Kallum.

—Ya, Mamma, pues sí lo hizo. Y en unos días, cuando Kallum se marche de Boston, yo me iré con él —suelta Elena con el cuerpo erguido, como una goma que hubieran estirado demasiadas veces y estuviera a punto de romperse.

Carmen parpadea.

—Eso jamás.

Elena se da la vuelta y sale de la habitación sin darle tiempo a decir ni una palabra más. Unos segundos después, se oye un portazo que resuena hasta en el techo.

Carmen me mira con desprecio y con los dientes apretados. Se pone de pie, pero yo levanto la mano para detenerla.

—Yo no me acercaría si fuera tú.

—¿Qué vas a hacerme? ¿Matarme? —Se echa a reír mientras se pasa una mano temblorosa por el pelo, sacándose del cuello del vestido unos mechones de pelo que se le habían quedado atrapados—. Buena suerte consiguiendo que Elena te perdone.

Me tiemblan las manos, así que las cierro en un puño y doy un paso adelante.

No tengo instinto asesino. Matar para mí siempre ha sido una cuestión de necesidad; una forma de que te respeten tus compañeros.

Durante mucho tiempo fue mi medio de vida, pero fuera del código de conducta del mundo de la mafia, que requería pedir permiso antes de asesinar a alguien, no me gusta frivolizar con la vida de los demás. Sería hacer trampa.

Quiero que la gente se merezca morir cuando está en mis manos. Hace que sus súplicas suenen aún más dulces cuando les niegas clemencia.

No hay duda de que Carmen se ha ganado su sitio en el infierno, por lo menos para mí, pero no tengo un buen motivo para liquidarla. Al menos ninguno que los demás vayan a creerse. Que me muera de ganas de hacerlo es irrelevante.

—Ya aprenderá a hacerlo —le digo con una media sonrisa—. Un par de viajes en mi polla y se olvidará de su fría y vengativa madre.

Carmen sonríe, enfureciéndome. Se me ponen los pelos de punta y noto un calorcillo que se propaga por mi cuerpo como un incendio a campo abierto mientras me consume el deseo de rodearle el cuello con mis manos y apretar hasta que se le salgan los ojos de las órbitas.

Me pellizco el muslo para calmarme y me recuerdo que lo está haciendo a propósito.

—No se lo has contado. ¿Me equivoco? —me pregunta con la ceja enarcada—. Estoy de acuerdo en que es una muchacha obediente. Llena de entusiasmo y voluntad, así la educó Rafael. Pero no creo que te perdone haberte acostado con su madre.

La forma en que lo dice da a entender que yo quería hacerlo. «No tenía ni puta idea de lo que hacía».

—Díselo y te rebano el cuello.

Chasquea la lengua, se da la vuelta y camina hasta el sillón. Coge la copa, echa un trago y se sienta cruzándose de piernas.

—Eso te encantaría, ¿no?, pero los dos sabemos que no lo harás. Conozco esa mirada, Kallum. Elena te importa. Es más, te importa lo que piense de ti y los dos sabemos que una vez que lo sepa no habrá marcha atrás.

Como no lo niego, porque para qué voy a decir nada si ella va a pervertir mis palabras, se ríe, echando la cabeza atrás como si fuera todo una puta broma.

—Bien. —Vuelve a beber de la copa y se limpia la boca con la mano—. Será mejor que hables con ella antes de que lo haga yo.

Pienso en cómo matar a Carmen Ricci de tres maneras diferentes con todos sus detalles antes de salir de la casa dispuesto a encontrar a Elena.

Está en el asiento trasero del SUV haciendo scrolling en el teléfono y quejándose de su madre a Marcelline.

La ventanilla está un poco bajada, tal vez para refrescar el ambiente en el interior del coche ahora que ha parado de llover, y me detengo a escuchar antes de abrir la puerta.

—… en serio, se comporta de esa forma tan mojigata todo el tiempo, y hoy va y me dice mi hermana que ha tenido una aventura…

¿Qué cojones? Mi madre se escandaliza cuando los hombres llevan calcetines cortos porque según ella es poco recatado y ¿luego va follando por ahí? ¿Y se atreve a juzgarme a mí?

Suelta un suspiro mientras Marcelline sigue sentada en silencio, como siempre, interrumpiendo la historia de Elena con algún que otro «ajá».

Agarro el manillar de la puerta y la abro. Mi esposa está reclinada en los asientos con los pies apoyados en la ventanilla de enfrente mirando la pantalla del teléfono. Echa la cabeza hacia atrás para verme del revés.

—¿Sigue viva? —La pregunta se me clava como un puñal en el pecho.

Carmen tiene razón: «Jamás me lo perdonaría».

—Vivita y coleando —digo mientras deslizo las manos bajo su espalda y la incorporo lo justo para sentarme debajo de ella. Se limita a gruñir mientras soy yo quien hace el esfuerzo. Relaja el cuerpo, que se amolda al mío en cuanto la suelto.

Suspira y deja caer las manos, apoyando el teléfono en el pecho.

—No ha ido como yo esperaba.

Le enredo los dedos en el pelo, con ganas de más.

—Lo sé.

—Supongo que es culpa mía. Esperaba demasiado. —Se le entrecorta la voz al final, y coge una bocanada de aire. Se da la vuelta para ponerse de cara al respaldo—. ¿Tu madre era normal?

—Todo depende de cómo lo mires. ¿Quién es normal?

Elena masculla algo entre dientes, cierra los ojos y roza con la nariz en el asiento de cuero.

—Bueno, lo mires como lo mires, mi madre está como una puta cabra.

Me echo a reír. Me tomo un segundo antes de responder. El anhelo que siento en el pecho se ha convertido en un dolor sordo, atrevido, del que no me puedo librar. No puedo dejar de preguntarme lo que Elena pensará de mí.

Un rato más tarde, alguien llama a la puerta del apartamento que hemos alquilado para estos días. Elena está dormida, respirando profundamente, como si estuviera soñando, así que salgo de la cama con cuidado de no despertarla.

Al abrir la puerta no me sorprende encontrarme a Rafe fumando un puro pese a la señal de Prohibido fumar que hay en el pasillo. Supongo que hay cosas que no cambian.

Nos quedamos allí de pie un buen rato mirándonos a los ojos hasta que cede y entonces empieza a hablar. Siempre cede él.

—¿No me vas a invitar a pasar?

—No —le contesto impasible.

Hace una mueca y se retira el puro de la boca, echando una nube de humo en mi dirección.

—Solías ser más respetuoso con la jerarquía. Solías entender que yo soy el jefe, no al revés.

—No eres mi jefe, Rafe. Eso es todo. Lleva siendo así meses. No he estado recabando información para ti ni he curado a ninguno de tus chicos. Ya no trabajo para ti.

—No es así como funciona esto —suelta señalándome con lo que queda del puro—. No lo dejas como si nada solo porque tú lo hayas decidido. Hay que seguir un protocolo. Hay juramentos que no se pueden romper.

Me encojo de hombros.

—Suena a problema familiar. Envíales mis condolencias.

—Te sacaste la carrera de Medicina gracias a mí. Yo te mantuve alejado de las calles. Deberías estarme muy agradecido.

—Estoy agradecido de que fueras tan estúpido como para no mantener a tu hija alejada de mí, y ahora es mía. Para siempre. Pero eso es todo lo que tengo que agradecerte.

—No eres tan invencible como piensas, Anderson. No te olvides de que eres quien eres gracias a mí.

Sonrío y llevo la mano a la puerta para cerrarla. Ya he escuchado bastantes gilipolleces por hoy.

—No lo pienso olvidar.

Maldice entre dientes mientras cierro la puerta. Me quedo allí unos segundos por si vuelve a llamar. El Rafe de antes jamás habría tolerado algo así sin pelear. Tal vez se esté haciendo viejo. O a lo mejor ha planeado algo peor.

«No puede ser peor que lo que he planeado yo para él».

Vuelvo a la cama y me meto bajo las sábanas apoyando el codo en la almohada para mirar a mi esposa. Le aparto un mechón de pelo sudoroso de la cara. Me llega un mensaje de texto al teléfono: Violet acaba de rechazar la última transferencia que le he hecho.

—El orgullo precede a la caída —murmuro para mis adentros.

Entro en la aplicación del banco que abrí a través de Ivers Internacional y cancelo todas las transferencias que había ordenado a su cuenta.

Después le envío un mensaje al abogado que lleva la herencia de mi abuelo y le cuento que estoy en Boston y que quiero reunirme con él para disolver el fondo de inversiones.