30. Elena
Elena
— Dio mio . Has engordado al menos cinco kilos desde que te fuiste.
El comentario de Mamma corta el aire del salón, rebota en las paredes y el mobiliario blancos y se hace un hueco en mi cerebro, donde sus críticas se sienten como en casa.
Ahora que se han ido los vecinos y los amigos de la infancia, que llevaban desde que llegué diciéndome lo felices que estaban de que siga con vida, pese a que he negado mil veces que me secuestraran, nos sentamos todos juntos, incómodos.
La gente se marchó en cuanto dejé de ser una novedad y su curiosidad sobre la isla quedó satisfecha. Mi vida les despierta el mismo interés que antes de que me fuera de Boston.
No me ha sentado demasiado bien ver cómo la gente que conozco desde hace años se aburre al descubrir la verdad sobre mi desaparición.
Si hay algo positivo en todo esto es que Kal ya no parece tener tantas ganas de cometer un asesinato en masa ahora que la casa está en silencio. O al menos lo estaba.
Mamma entra en la habitación con un vestido de cola rojo y una copa de vino blanco en la mano. Se coloca junto a la chimenea de piedra blanca, manteniéndose alejada de nosotros mientras esperamos a que llegue Papà con Ariana y Stella, que al parecer estaban ocupadas con otra cosa.
—Podrías haber intentado vestirte como una Ricci en lugar de ponerte esa baratija —comenta, haciendo una mueca de desprecio al mirar mi atuendo—. Seguro que ha sido un capricho de Kal.
No le contesto. Ya se cansará de insultarme. Ese siempre ha sido su juego: empieza por criticarte antes de pasar a los halagos. La mejor estrategia es esperar.
Mamma bebe de su copa sin apartar sus ojos oscuros deKal y de mí. Nos mira tan fijamente que a punto estoyde levantarme y cambiar de asiento.
Retuerzo los dedos en el regazo de los nervios que tengo pese a que la cercanía de mi marido me reconforta. «Podemos pasar a los halagos en cuanto quieras».
A Kal no parece afectarle. Se sienta arrellanado en el sofá con el brazo apoyado en el respaldo. Juguetea con mi pelo, haciendo que me ponga más nerviosa. Mi cuerpo quiere más. Siempre quiero más de este hombre.
Nonna, que viste un traje pantalón azul marino, entra en el salón unos minutos después que nosotros despotricando sobre la partida de bridge, donde dice que le han hecho trampas.
Se percata de que estoy allí y su rostro arrugado se ilumina con una sonrisa.
Camina hasta mí y se agacha para darme un abrazo de oso.
— Nipotina! —dice mucho más cariñosa de lo que ha sido nunca. El ligero aroma a alcohol mezclado con perfume que desprende me explica por qué—. A juzgar por lo alicaída que ha estado tu madre estos dos meses, cualquiera diría que habías muerto y que me había perdido el funeral.
Me río, pero suena muy artificial.
—Solo me he casado.
Como si no hubiera estado presente…
—Se parece bastante, ¿no crees? —farfulla. Después se vuelve hacia Kal—. No es mi intención ofenderte, querido. Conozco el tipo de hombre que habita el mundo de mi hijo. Fue mi marido quien fundó el negocio familiar. Sé que pone a prueba cualquier matrimonio.
—A lo mejor sería buena idea no comparar a un completo extraño con los hombres mediocres que te rodean. —Aparta la mirada de ella para fijarse momentáneamente en otra cosa. Lo hace tan rápido que no sé lo que ha mirado—. Te prometo que nosotros no somos así.
Mamma suelta una carcajada sin separarse la copa de los labios.
Nonna lo mira con los ojos entornados mientras se sube el bolso por el hombro.
—Te extrañaría saber la de veces que he oído eso. —Bosteza, se retira el flequillo blanco de la cara y me da unas palmaditas en la mejilla antes de incorporarse—. Voy a retirarme antes de que llegue tu padre. Nos vemos en el recital.
Asiento con la cabeza. La observo desaparecer por el pasillo en dirección a su dormitorio al fondo de la casa.
Mi madre no deja de mirarme y me estoy poniendo de los nervios. Voy a levantarme, pero Kal enreda su mano en mi pelo, aplastándolo contra la nuca. Lo miro por el rabillo del ojo y me acerco un poco para que Mamma no se dé cuenta de lo que está haciendo.
—Está intentando ponerte nerviosa —dice en voz baja para que solo yo lo oiga—. No le des tanto poder.
—Solo me está mirando —susurro.
—Son celos, pequeña. No a todo el mundo le sientan tan bien como a ti.
Hago un ruidito de irritación.
—¿Celosa de qué?
Hace ademán de contestarme, pero justo en ese momento se abre la puerta y entra Papà con mis hermanas, con los abrigos chorreando agua.
— Grazie a Dio, Rafael! —suelta mi madre, derramando el vino al mover la mano hacia el recibidor—. Estáis poniéndolo todo perdido de barro.
Papà farfulla algo en italiano y entra en el salón, preparado para discutir. Se para en seco cuando nos ve a Kal y a mí sentados en el sofá. Casi se le salen los ojos de las órbitas.
—Elena —dice parpadeando como si no se creyera que soy de carne y hueso—. Estás aquí.
Me levanto cuando noto que Kal me suelta el pelo, aunque deja claro que no le gusta nada la idea entrelazando los dedos por los mechones.
Me acerco a mi padre y lo abrazo. Le beso en las dos mejillas de su asombrada y rubicunda cara.
En cuanto siento su cálido abrazo me olvido de la última vez que lo vi.
Por un instante, casi podría pasar por alto que arriesgó mi vida al obligarme a casarme por beneficio propio. Dos veces. Casi puedo olvidar que decidió ignorar años de maltrato solo porque quería aferrarse al poder en Boston y necesitaba asociarse con Bollente para conseguirlo.
Podría olvidarlo…, pero no lo hago.
Al separarme de sus brazos, un escalofrío me recorre el cuerpo, un presentimiento que me provoca náuseas, como si estuviera persiguiendo algo que no mereciera la pena ser alcanzado.
Kal se levanta en silencio y se coloca detrás de mí. Me coge por los hombros y me apoya la espalda contra su pecho. Después le ofrece la mano a Papà con rostro impasible.
Ariana y Stella permanecen bajo el arco que conecta el recibidor con el salón esperando a ver qué ocurre antes de entrar.
—Rafe —dice Kal, saludándolo con una inclinación de cabeza. El gesto resulta un tanto pasivo-agresivo.
Papà no muestra intención de devolverle el saludo e ignora a Kal sin apartar los ojos de mí.
Se endurece su mirada con cada minuto que pasamos en silencio.
Entonces mis hermanas, que parecen haberse cansado de esperar, entran en el salón riéndose y dando grititos de alegría. Me separan de Kal para abrazarme.
No parece que hayan cambiado en absoluto en las semanas que he pasado fuera.
El pelo castaño de Ariana parece un poco más claro y se le ven más las pecas de la cara con la llegada de la primavera.
Stella sigue llevando sus gafas de montura gruesa, su expresión familiarmente afable en su carita redonda.
—Vale, ya es oficial. Hemos pasado demasiado tiempo sin verte —dice Ariana. Se aleja un poco y me coge por los bíceps para mirarme bien—. Tienes que contarme de dónde sale ese brillo que tienes, E. Seguro que es toda esa «vitamina D» que recibes.
Sube y baja las cejas, sugerente. Pongo los ojos en blanco y me suelto. Mamma está resentida y se aleja de la chimenea para acercarse a nosotras y no perderse detalle.
—Ariana, por favor. —Bebe y la mira fijamente—. ¿Es esa forma de hablarle a tu hermana?
—¿Qué pasa? ¿No puedo alegrarme de que por fin le estén dando un buen repaso?
Papà carraspea.
— Che palle, Ariana. Vigila esa lengua.
Se mofa por lo bajo, se gira hacia mí y empieza a juguetear con las puntas de mi pelo.
—No sé cómo lo han conseguido, pero se han vuelto todavía más estirados desde que te marchaste —susurra Stella mientras se sube las gafas por la nariz—. ¿Cómo si no iban a interpretar estos dos robots sin alma el papel de padres afligidos? —dice hablando un poco más alto.
—¿Tan mal se han portado? —pregunto mientras miro por encima del hombro de Stella a Papà, que camina hasta la mesita que hay cerca de la puerta, saca un puro y lo enciende. Jamás le había visto hacer eso fuera de su despacho.
—Las cosas no andan bien —dice Ari, quien se frota los brazos con las palmas de las manos—. Papà casi nunca está en casa. Stella cree que tiene una aventura.
Stella suelta el aire de golpe y mueve la cabeza de un lado a otro, haciendo que se le escapen mechones del moño.
—Yo no dije eso. Dije que me sorprendería que no la tuviera, que no es lo mismo que acusarlo directamente.
—Sea como sea, yo estoy segura de que la tiene —dice Ari—. Ya sabes que Mamma no lo hace con él desde la aventura que tuvo ella.
Casi se me sale el corazón del pecho. Con esa frase ha conseguido derrumbar todo mi mundo. Miro a mi madre y luego a mis hermanas tratando de procesar lo que acabo de oír.
—Perdona, ¿qué has dicho?
Ariana y Stella se miran, incómodas, como si estuvieran tratando de decidir qué contarme. Stella agacha la mirada y se fija en mi anillo de diamantes por primera vez. Se olvida de lo que iban a contarme y se centra en él.
—Jesús, María y José —dice acercándose mi mano a la cara—. Es enorme.
—Seguro que no es lo único grande que tiene…
—Ya basta —grita mi padre, que se acerca y agarra a Ariana de la muñeca, retorciéndosela para alejarla de mí.
Me vuelvo a mirar a Kal, que sigue de pie, en silencio, con las manos en los bolsillos del traje. Le tiembla un poco el párpado, que es el único indicio de que le molesta lo que está ocurriendo.
—Ya he pasado bastante vergüenza con vosotras dos —dice Papà, que sale de la habitación con Ariana—. Ve a esperar en el tejado al padre Sabino y a tu madre. A lo mejor ellos consiguen encauzarte.
Sus palabras me encogen el corazón y noto la ansiedad acumulándose en el estómago. «¿Qué significa eso?».
—¿Que vaya al tejado? —Lucha contra él mientras la arrastra hasta la escalera—. ¿Qué van a hacer allí conmigo? ¿Tirarme?
—No seas tan dramática, Ariana. Tienes suerte de que no te meta en un convento después de todo lo que has hecho.
Sus gritos resuenan en las paredes, rebotan en el techo y vuelven a nosotros hasta desaparecer en el silencio. Stella se revuelve incómoda mientras mira por encima del hombro a mi madre.
Mamma da un paso adelante y coloca su mano sobre el hombro de Ariana con un suspiro. Es el tipo de consuelo que me habría ofrecido a mí hace unos meses, pero ahora no aparece por ningún lado, pese a las historias que me han contado de cómo me ha echado de menos todo este tiempo.
Cuando se acerca a Stella aprovecho para apartarme y me acerco a Kal. Encuentro consuelo en su cuerpo fornido y el aroma a canela y whisky que desprende.
Mamma se da cuenta de lo que hago y me mira con los ojos entornados.
—Stella, carina , ¿por qué no subes arriba y te pones a estudiar? ¿No tenías que escribir un ensayo para la clase de historia?
Cómo no. A Mamma le encanta esconder a Stella tras la apariencia del rendimiento académico cuando lo que sucede es que no la considera lo suficientemente interesante para dejar que se quede.
A Ariana se la llevan porque reclama demasiada atención y a Stella la mantienen en secreto porque no reclama la suficiente.
Mientras que yo parezco haber encontrado el equilibrio perfecto. Mi único propósito era mantenerlas a las dos alejadas del abuso que podían llegar a ejercer nuestros padres.
El nudo que tengo en el estómago es un recordatorio de que no lo he hecho demasiado bien.
Stella se ríe.
—Ojalá. —Duda un instante y me mira como si no estuviera segura de si debe dejarme sola.
—Tu hermana seguirá aquí mañana —le dice mi madre dándole un empujoncito en dirección a las escaleras—. Vamos, vete.
Me da un abrazo que casi me deja sin aire y desaparece por la misma dirección que Papà y Ari. Durante un rato solo se oye el sonido de sus pasos. Después se escucha un portazo y nos quedamos a solas los tres, sumergidos en ese silencio.