Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 29. Kal
71%

29. Kal

Kal

Me muero de ganas de abrir de piernas a Elena en el asiento trasero de este coche de alquiler, pero no me parece la mejor idea cuando estamos a punto de ver a sus padres.

Parece que se ha tranquilizado un poco una vez que hemos dejado atrás a los paparazzi y reporteros, cada uno de ellos ansioso por ser el primero en contar la historia de su regreso.

Aparentan sentirse aterrorizados y la llaman a gritos sin caer en la cuenta de que soy yo quien está a su lado, su enajenado secuestrador, escondido tras una bufanda gruesa, un gorro de lana y unas Ray-Ban.

Hemos mantenido una breve charla en el jet sobre qué decir si por casualidad oía alguna de las preguntas que le lanzaban.

Lo mejor era no contestar o decir «sin comentarios» si era imprescindible hacerlo.

Pese a eso, la ansiedad me reconcomía mientras salíamos del aeropuerto Logan, expectante por si Elena perdía los nervios.

Por si se giraba hacia las cámaras y confirmaba su relato; por si les decía que no solo la secuestré, sino que la forcé a casarse conmigo después de asesinar a su prometido.

No deja de ser cierto, pero aun así… Por algún motivo parece ser la única que no me lo echa en cara.

¿A quién le iba a importar que asesinara a un cabrón maltratador que habría intentado matarla después de la boda?

Especialmente cuando averiguara que no era virgen.

Tampoco importa que, al hacerlo, mi objetivo fuera protegerla a ella y comprar mi libertad.

Cuando les muestras los huesos del monstruo, el público en general se cree cualquier cosa que les cuentes sin indagar mucho en ello. Los han alimentado a base de mentiras y, como son demasiado estúpidos para pensar por sí mismos, a nadie se le ocurre preguntar por qué su sopa sabe a veneno.

—Ariana dice que Mamma sigue empeñada en que vuelva a casa —dice Elena tras un largo silencio sin dejar de revolverse en su asiento.

Le miro el sujetador (rosa, como los zapatos de tacón con los que me encantaría que me rodeara la cintura ahora mismo), que se transparenta a través del vestido de encaje, y hago un ruido inclasificable con la boca, intentando que no se me note demasiado cuánto desprecio a esa mujer.

Han pasado demasiadas cosas entre nosotros como para contárselo a Elena. Mi pasado con Carmen Ricci quedará enterrado para siempre en la tumba a la que lo tiró ella y yo seguiré arrepintiéndome de que ocurriera toda la vida.

Como sucede con la muerte, el fin de una relación es inexorable. El fin de los fines. Un final en estado puro.

«Espero que ella permita que siga enterrado».

—¿Te plantearías… mudarte a Boston?

Miro a Elena a los ojos, que me observan con curiosidad. Me froto la rodilla con el pulgar y ladeo la cabeza, fingiendo que me lo planteo.

—¿Mudarnos del todo?

—Sí. Ya sabes, convertirte en un auténtico bostoniano. Hablar con ese acento tan típico —dice imitando el acento y riéndose por cómo lo ha exagerado. Percibo un rayo de esperanza en su mirada.

—¿No te gusta Aplana?

Le cambia la expresión del rostro, que se queda congelado.

—No es que no me guste, pero…

—Entonces prefiero no volver a escuchar lo desesperada que estás de largarte de allí —le suelto. No me ha dado tiempo de calibrar las palabras antes de hablar, y se interponen entre nosotros, tajantes.

Echo la cabeza hacia delante y me pellizco el puente de la nariz, suspirando. Alargo la mano por el asiento hasta la suya, pero la aparta, colocándola en su regazo.

—Joder. Ya sabía que volver era mala idea. Tienes que entender que…

—No hace falta que te expliques. Ha quedado muy clarito. No volveré a sacar el tema.

Cuando me vuelvo a mirarla, la veo levantar la nariz y girar la cabeza con toda la intención.

—Elena —digo a punto de perder la paciencia. El coche se detiene y aparca en la calle, enfrente de la casa de los Ricci. La piedra marrón de la fachada se ve deslucida por el paso del tiempo y la acción del sol—. No es eso lo que quería decir.

—¿En serio? ¿El gran Kallum nosequé Anderson ha hablado sin pensar? Pensé que no hacías eso.

Entrecierro los ojos, tratando de disimular la risa que me provoca su enfado, que no se note que me han entrado todavía más ganas de follarla.

—¿Nosequé?

Ahora es ella quien entorna los ojos.

—No conozco tu segundo nombre, porque la verdad es que sigo sin saber nada de ti. Y, aun así, tú insistes en que me quede contigo en tu diminuta isla sin hacer preguntas como si fuera una esclava.

«Eres la única que sabe algo de mí».

—Asher —digo con rapidez. Tenso y destenso la mandíbula.

Me desabrocho el cinturón de seguridad y me deslizo a su lado, le cojo el cinturón antes de que pueda quitárselo, dejándola atrapada entre mi cuerpo y la puerta.

Me inclino hacia ella y le recorro el muslo con la mano, deleitándome con el tacto suave de su piel impoluta bajo mis dedos callosos—. Mi segundo nombre es Asher.

—Kallum Asher Anderson —susurra. El pecho le sube y le baja en un vaivén, como si le faltara el oxígeno. Me mira a los labios, provocando que se me despierte la polla.

—Mi nombre suena a plegaria en esos labios sonrosados y hermosos —murmuro mientras sigo acariciándole el costado, hasta meterle el pulgar en la boca—. A esa plegaria no me importaría responder.

Me pasa la lengua por la yema del dedo con mirada ardiente. Noto la excitación en el pecho, que se extiende como la yedra hacia el exterior, me rindo al suave gemido que se me escapa.

—No puedo seguir enfadada contigo cuando me miras así —dice con mi dedo todavía en la boca, mientras el rubor le asciende desde el cuello—. No es justo.

—¿Y cómo te miro, si puede saberse? —Subo la mano por su muslo hasta que alcanza el calor sedoso de su entrepierna y le paso los nudillos por el clítoris con suavidad. Ni para venir a Boston se ha puesto bragas.

Carmen se va a subir por las paredes.

Se le escapa un jadeo entrecortado y aletea las pestañas cuando le meto un dedo en la humedad que se concentra en su carne y le dibujo círculos en el clítoris. Se aferra a mi bíceps y me clava las uñas hasta hacerme daño, y traga saliva.

—Como si lo sintieras de verdad.

Suena como una acusación. Algo que le echarías en cara a alguien en una pelea como prueba de sus defectos. Aunque parece algo peor. Algo de lo que ella debe de haberse percatado y que yo no estoy dispuesto a admitir. Ni siquiera a mí mismo.

El chófer abre la puerta de atrás de mi lado del vehículo y yo me lanzo como un resorte delante de ella para asegurarme de que no la vean, jurando en hebreo al escuchar el asombro colectivo procedente de la multitud.

La cabeza empieza a dolerme incluso antes de oír su voz. Estoy tan enfurecido, me hierve la sangre de tal manera, que suelto a Elena, no vaya ser que se le pegue.

— Dio mio! No lleva aquí más que unas horas y ya la está corrompiendo en público. Bonita manera de probar tu inocencia, Kallum.

Elena se pone tensa al oír a su madre llamarme por mi nombre completo.

Se baja el dobladillo del vestido y abre la puerta, se desabrocha el cinturón de seguridad, sale del coche y lo rodea por el maletero.

La gente vitorea al verla. Todos los vecinos de la plaza Louisburg la reciben con silbidos y gritos de bienvenida.

Me tomo un momento para tranquilizarme, me paso las manos por la cara para regular la respiración. Cuando me doy la vuelta, Elena ha desaparecido entre la multitud, en unos segundos la he perdido de vista.

Pero Carmen sigue al lado de la puerta, observándome.