Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 28. Elena
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28. Elena

Elena

Cuando saqué el tema de mis hermanas lo último que me esperaba es que Kal me ofreciera ir a visitarlas.

Me da la sensación de que llevar a tu rehén a la gente que la está buscando contradice las leyes elementales de los secuestros.

Por otro lado, nunca he formado parte de una situación como esta, así que ¿qué sabré yo?

Marcelline me ayuda a hacer la maleta. Saca la ropa en silencio del armario y la mete en la maleta abierta. La observo mientras lo hace y jugueteo con el diario que tengo en las manos. ¿Debería llevármelo?

Antes de llegar a la isla, escribir era una actividad tan natural para mí como respirar. Era la forma que tenía de canalizar la inspiración que me despertaban los poemas y los libros que leía, ponía negro sobre blanco cualquier idea que se me ocurriera o anécdotas ficticias sobre mi vida.

No he abierto el diario desde que llegué aquí.

Pese a la tranquilidad que se respira en la casa, no me ha llegado la inspiración.

A primera vista, el Asfódelos parece el lugar perfecto para escribir, aunque resulta extraño crear nada en un lugar que parece rebosante de muerte y oscuridad.

Igual es por eso por lo que no lo he intentado.

—¿Qué opinas, Marcelline? —Levanto el diario y lo giro para que pueda ver la cubierta de piel rosa—. ¿Debería retomar mi antiguo pasatiempo?

Dibuja una mueca mientras se enrolla un mechón de su cabello rubio rojizo en el dedo. Nuestra relación hasta ahora se ha basado en que yo le lance alguna palabra sin venir a cuento y ella esquive la bala, haciendo caso omiso de mis comentarios cuando Kal no está presente.

—¿A qué pasatiempo te refieres? —pregunta con voz ronca, como si no la usara con frecuencia.

—Escribir. —Me siento a los pies de la cama y hojeo el diario, mostrando mi letra ordenada en cada página.

—¿Qué escribes? ¿Cuentos? ¿Poemas?

Me da tanta vergüenza la pregunta que me arden las mejillas.

—Las dos cosas, supongo. Solía escribir a todas horas, lo que horrorizaba a mis padres. Querían que me centrara en ser una buena anfitriona y en las labores del hogar. La verdad es que me he olvidado un poco de ello desde que llegué a Aplana.

Asiente con los ojos muy abiertos.

—Sí, la isla tiene ese efecto en la gente.

Cuando llegas aquí es como si tu identidad se evaporase.

Algunos lugareños lo llaman el efecto «Triángulo de las Bermudas» de Nueva Inglaterra.

Tuve una tía que decía que en Aplana había una magia ancestral que sustituía la naturaleza de las personas por la de la isla.

—¿Tú te crees eso?

—No. Lo que yo creo es que es muy fácil olvidarse de todo en cuanto pones un pie en la arena. —Marcelline se encoge de hombros y señala el diario—. Más aún cuando estás ocupada enamorándote.

El calor que me ruborizaba las mejillas se extiende ahora por el esternón hasta instalarse en las entrañas.

Me inclino hacia delante para guardar el diario en el bolsillo delantero de la maleta en un intento de mostrarme impasible ante su comentario, pese a que el corazón me late con tanta fuerza y tan rápido que temo que se me vaya a salir por la boca.

—Voto por la arena —digo con rapidez para aplacar la sensación desagradable que siento en las entrañas.

Marcelline borra todo gesto de su rostro y asiente con la cabeza. Después mete la última camiseta en la maleta.

—Sí —conviene cerrándose en banda como todas las veces que trato de hablar con ella—. Tienes razón.

No la vuelvo a ver hasta que nos vamos de la casa. Antes de montarme en la limusina, me dirijo al huerto y le susurro palabras relajantes al jardín, que sigue sin brotar. Contemplo el trozo de tierra yermo y suelto un suspiro, sin saber muy bien qué decir.

—Todos los blogs que he leído recomiendan hablarles a las plantas.

Juran que tiene un efecto positivo. Incluso mi hermana Stella dijo que podía ser beneficioso, a pesar de que no hay datos científicos que avalen esa teoría.

Y es superlista, así que seguro que sabe de qué habla.

Por eso estoy aquí. De momento. Vamos a hacer un viaje a Boston, pero cuando vuelva espero que el jardín haya florecido, ¿vale?

—«Si Mamma me viera ahora, me acusaría de brujería y me quemaría en la hoguera»—.

Lo entiendo —les digo con la esperanza de que me oigan los bulbos bajo la tierra—.

Tenéis miedo de lo que os vais a encontrar en la superficie.

Allí estáis calentitos y cómodos. Os sentís seguros.

Es normal sentir miedo, no es fácil reunir el coraje necesario para dar un salto de fe, pero no os podéis esconder para toda la eternidad.

Al final no queda otra que aferrarte a las oportunidades que se te presentan y confiar en que el universo sepa lo que hace.

—La esperanza se me acumula en el pecho como si estuviera en una tubería atascada, pero no la dejo salir.

No quiero hacerme ilusiones—. « Abril es el mes más cruel » —añado, citando La tierra baldía de T.

S. Eliot como si las flores fueran a apreciarlo—.

« Cultiva lilas en la tierra baldía, mezcla recuerdos y anhelos, salpica las raíces inertes con la lluvia primaveral. Ha llegado la hora ».

Al darme la vuelta, veo a Kal merodeando por la puerta trasera, observándome con una expresión inescrutable.

—¿A tu jardín le gusta T. S. Eliot? —me pregunta divertido.

—No te rías —digo mirando al cielo, percatándome de las nubes espesas que se arremolinan sobre el océano—. El amor es capaz de devolverle la vida a cualquier cosa, y en mi opinión nada lo expresa mejor que la poesía.

Se queda callado cuando paso por su lado en dirección a la entrada, donde está aparcado el coche. Marcelline nos espera en el asiento delantero.

El avión de Kal despega con lluvia, lo que no ayuda a mitigar mis nervios cuando nos montamos en él.

En cuanto hemos ascendido y nos podemos levantar y mover por el avión me desabrocho el cinturón de seguridad y me marcho al dormitorio.

Me meto bajo las lujosas sábanas intentando olvidarme de lo que ha dicho Marcelline antes.

—No me conoce —digo entre dientes—. No es ella quien decide si me estoy enamorando. —Me detengo a reflexionar. «¿En qué momento se convierte en algo más una obsesión?». Probablemente cuando empiezas a sentir que eres correspondida.

«Si tú estás celosa, yo soy un puto psicópata».

Doy un bufido e intento olvidarme de lo que me dijo empujándolo a un lugar recóndito de mi mente, como hago con todo lo que no quiero recordar.

—Eso sería descabellado, ¿no?

Alguien carraspea en la puerta y me pongo tensa. Siento el miedo recorrerme el cuerpo. Me apoyo sobre el codo y miro a Kal, que está apoyado en el quicio de la puerta con una copa de Martini llena de un líquido rojo.

Noto mariposas en el estómago al ver su hermosa cara llena de malicia. Trago saliva a ver si así desaparece la nube que me nubla el pensamiento.

—¿Hablando sola otra vez? —pregunta entrando en el dormitorio y colocando el vaso sobre el aparador que hay encima de la cama. Por unos segundos, no hace mención de meterse en ella conmigo, y me inunda una sensación de temor. ¿Cuánto habrá oído?

—Soy una acompañante estupenda —digo sacando el hombro de debajo de las sábanas.

—Eso no lo puedo negar. —Vuelve a coger la bebida y me la ofrece—. Le he pedido a Marcelline que te prepare esto. Pensé que te ayudaría con tu miedo a volar. No me preguntes qué es porque no tengo ni idea. Lo único que sé es que lleva sirope de granada porque le he pedido yo que lo use.

Observo la bebida con la ceja enarcada.

—¿Tienes sirope de granada en el avión?

—Ahora sí. —No aparta la mirada de la mía; irradia fuerza, atrevimiento, descaro. Todo lo que siempre he deseado ser yo lo demuestra él sin siquiera intentarlo.

—Sabes que todavía no he cumplido los veintiuno, ¿verdad? —bromeo para disipar un poco la tensión que hay entre nosotros.

—«Vejez, a ti te desafío» —dice citando a Shakespeare mientras me invita a coger el vaso con un gesto. No estoy segura de si es consciente de lo que acaba de hacer ni si se ha percatado de la forma en que ha cambiado el ambiente y ha reescrito el código genético de mi ADN.

Igual está tan acostumbrado a escribirme poemas que no le saben diferente al salir de sus labios. Tal vez para élno signifique nada.

—Tus plantas acabarán saliendo —dice al cabo de un rato mientras recorre con el dedo el culo del vaso.

Me cubro la cara con las manos.

—Así que me has podido oír desde ahí afuera. Qué vergüenza.

—No deberías sentirla. Me gusta escucharte.

El contexto me da igual. Me da igual si es el sonido de la respiración cuando duermes a mi lado, cuando recitas poemas a tu jardín o esos sonidos que haces cuando te corres con mi polla dentro.

—Se inclina hacia delante y me roza con la nariz—. Quiero oírlo todo.

Con el corazón en la garganta latiendo tan fuerte que no consigo oír nada más, le cojo la bebida y le doy un trago.

En ese mismo instante, mientras el líquido dulce se desliza por mi garganta refrescándome donde su mirada me calienta, lo sé; lo siento en la boca del estómago, en el tejido del que está hecha mi alma, lo sé: estoy enamorada de mi marido.

Cuando aterrizamos en Boston, lo último que me esperaba es que nos estuvieran aguardando todas las cámaras de la ciudad a la salida del aeropuerto. Parecen desesperados por conseguir una exclusiva de la primerísima imagen de la chica secuestrada por el doctor Muerte.

No sé cuál es el motivo. Tal vez porque la gente de Aplana no le dio crédito a la noticia o no le importó, pero la verdad es que no se me pasó por la cabeza que la gente estuviera salivando por oír mi versión de los hechos.

Kal baja detrás de mí las escaleras del avión sin separarse mucho de mi lado. Nos recibe un equipo de seguridad. El que lo lidera, de piel cetrina y con el cuello tan grueso como el tronco de un árbol, saluda con una inclinación de cabeza a Kal en cuanto nos acercamos.

Veo los flashes de las cámaras detrás de las puertas de cristal.

Me marean aunque no aparte la mirada de mis zapatos.

Por primera vez desde que me fui de Boston llevo puestos los Louboutin rosas, a juego con un vestido corto de terciopelo y encaje negro de Givenchy que jamás me habría atrevido a ponerme si siguiera viviendo con mis padres.

O con Mateo. La parte de arriba es escotada y la de abajo apenas me llega a mitad del muslo, así que lo habría considerado «una invitación».

Una parte de mí esperaba que Kal se hubiera opuesto a que fuera así vestida, o al menos que intentara meterse debajo de la falda, pero cuando he salido del baño del avión ni siquiera se ha percatado del cambio.

—Lo mejor que podemos hacer es abrirnos paso por el medio —dice el guardia de seguridad—. Hay un coche esperando en el aparcamiento. Tiene instrucciones de llevarnos a casa de los Ricci.

Me quedo mirando a Kal y pestañeo perpleja.

—¿Vamos a ir primero a casa de mis padres?

Me mira desconcertado.

—Claro. Para eso hemos volado hasta aquí.

Siento mariposas en el estómago, un enjambre que hace que levanten el vuelo todas a la vez. Me abrazo el costado intentando ignorar la sensación.

El rostro de Kal se endurece y pide un segundo a solas conmigo.

—Elena, ¿qué ocurre?

Noto el miedo recorriéndome el cuerpo de arriba abajo, me quema la piel solo de imaginarme lo que pensarán de mí mis padres. Ahora que hemos vuelto a la ciudad, siento la necesidad de que me den su aprobación, pese a que ninguno de los dos se merece ese honor.

—No es nada —digo, y niego con la cabeza.

Se le marcan las líneas en las comisuras de los ojos al fruncir el ceño. Da un paso hacia mí y me coge por la nuca y me levanta un poco la barbilla para que lo mire a los ojos.

—No me mientas, pequeña. No me dejes al margen cuando yo no he hecho eso contigo.

«Eso no es del todo cierto», pienso, aunque haya compartido conmigo más de lo que habría esperado. Tal vez debería conformarme y ser feliz con lo que tengo.

—Es solo que no me imaginaba que iba a verlos tan pronto.

—¿No quieres verlos? Por lo que sé, tus hermanas todavía viven con ellos.

—No, no pasa nada. En serio. —Bato las pestañas con ganas de cambiar de tema—. Supongo que creía que íbamos a pasar algo de tiempo a solas antes.

—Hemos estado a solas en el avión.

Pongo los ojos en blanco y miro por el rabillo del ojo a la multitud que nos rodea y que pulula a nuestro alrededor sin prestarnos atención, de espaldas a los cristales.

—Me refería a esto —digo bajando la voz y la mano, con la que le rodeo la polla.

Se le tensan los dedos y me tira de las raíces del pelo mientras gruñe.

—Ten cuidado con lo que pides, pequeña. Puede que incline tu cuerpo sobre las escaleras del avión y te folle delante de toda la ciudad.

Solo pensar en ello hace que me estremezca, excitándome.

—¿Qué te impide hacerlo?

Da un paso hacia mí atrapándome la mano entre nuestras pelvis y sonriendo con picardía. Alarga el cuello y me roza la oreja con los labios, provocándome un escalofrío.

—¿Quieres que miren mientras te follo? ¿Quieres que les demuestre hasta qué punto se equivocan al pensar quesoy el doctor malvado y tú mi cautiva?

¿Que no solo participas de buen grado en todo esto sino que estás desesperada, que necesitas mi polla, y que cada noche me suplicas que me corra dentro de ti?

¿Es eso lo que quiero? ¿Que la gente vea como me folla, reclamándome como suya, marcándome?

—Todos los hombres se pondrían furiosos conmigo por estar contigo. —Se le entrecorta la voz, como si se estuviera dejando llevar por la fantasía—. Y las mujeres también. Se volverían locas por el hecho de que hubieras conseguido lo que ninguna consiguió. Lo único que les quedaría sería mirar.

—Joder —exhalo. Se me escapa antes de que pueda detenerme. Noto el pulso en la entrepierna. Con esa palabra se lo he confirmado todo. Era lo que necesitaba oír.

Da un gruñido antes de separarse, dejándome fría e insatisfecha, ahogándome en la necesidad que tengo de él. Se le ensancha la sonrisa, que muestra sus dientes perfectos, los mismos que hunde en mi piel. Después, me limpia la comisura de los labios donde se me cae un poco la babilla.

—Les ofreceremos un buen espectáculo —me promete acariciándome la nuca—. Solo hay que esperar un poco. Primero son los negocios.

Asiento con la cabeza y lo sigo hasta donde nos aguarda el equipo de seguridad, perdida en los pensamientos que se van conformando en mi mente, coagulándose, para demostrarme que he perdido totalmente la cabeza por este villano.