27. Kal
Kal
Apoyo la cabeza en las manos y me aprieto los ojos con la palma hasta que se forma un caleidoscopio de color.
Siento un dolor punzante en la sien que me está volviendo loco mientras repaso la lista de posibles direcciones de IP que encuentro en el USB del culpable.
Me enfurece la incapacidad de Ivers Internacional para dar con el responsable.
Esta mañana temprano ha aparecido un tercer USB con otro vídeo de baja calidad que no puedo atribuir a mi sistema de seguridad de última generación, sino a una grabación externa.
Lo ha traído Marcelline con el correo. Cuando lo he conectado a mi ordenador, me he encontrado con la prueba, en blanco y negro, de cómo le mostraba mi alma a mi esposa, desnudos en el océano.
Comparado con los otros vídeos donde nos habían pillado en actos libidinosos, este me pareció más íntimo, más revelador, con un objetivo más claro.
Todavía no he conseguido desentrañar el motivo de su aparición.
Si su propósito fuera desenmascararme ante la prensa por alguno de los delitos de los que he salido airoso, ya los habrían filtrado.
No parece obra de Rafael. Su forma de extorsionarme ha sido más violenta y menos pública.
Atacar a su propia hija y tratar de asustarla no le ha funcionado, pero, aun así, no creo que le diera un volantazo tan drástico a su estrategia.
El relato que han impuesto a la prensa les hace parecer víctimas.
Esta evidencia fotográfica de Elena disfrutando conmigo los contradice.
Si alguien se hiciera con uno de estos USB, su relato perdería toda la credibilidad.
Me arrellano en la silla del despacho y me quedo mirando pensativo el techo abovedado unos minutos. La casa está en silencio. Elena se ha retirado al dormitorio con una copia de Una habitación propia de Virginia Woolf, que compró en la única librería que hay en la isla.
Por primera vez en mucho tiempo, meto la mano bajo el escritorio, la paso por encima de la pistola que guardo allí a la altura del muslo y despego la Polaroid que hay en la parte inferior.
No tiene nada que ver con la foto arrugada de Violet que llevo en la cartera. Esta la cojo tan pocas veces que sigue en perfecto estado, con los bordes rectos y los colores un tanto desvaídos por el paso del tiempo. Si no fuera por eso parecería que se acababa de hacer.
En ella aparece mi madre sentada en una cama de hospital, con un pañuelo rosa que le cubre la cabeza porque había empezado a perder el pelo tras una nueva sesión de quimioterapia.
Yo estoy sentado en una silla de plástico a su lado, observándola con la mirada aterrada de un niño que no llega a comprender del todo que ella se está desvaneciendo poco a poco de su vida.
Está sacando una cucharada de pastel de chocolate de un vaso de plástico con la vista puesta en quien estaba sacando la foto, aunque su sonrisa me la dedica a mí. Incluso allí sentada mientras su propio cuerpo la devora, intenta darme ánimos, decirme que todo irá bien.
«Así es el amor de madre», solían decir las enfermeras, porque mantener el buen humor mientras luchas contra una enfermedad terminal no lo hace cualquiera, año tras año, día tras día. Sin embargo, ese era su objetivo: hacerme ver el lado bueno de las cosas.
Era fuerte, decidida. Jamás la vi llorar, aunque a menudo escuché sollozos cuando iba al baño o cuando caía dormido a su lado.
Pero siempre se había enjugado las lágrimas antes de que pudiera verlas, como si así fuera a dolerme menos, como si hacer que no decayera mi ánimo fuera lo más importante de su vida.
Todo lo que hizo lo hizo por mí. En lo único en lo que podía pensar yo era en lo injusto que era que hubiera enfermado.
Hacía muchísimo tiempo que no me permitía sentir dolor al ver su amplia sonrisa. Y me siento profundamente avergonzado porque no puedo evitar pensar en la decepción que sentiría mi madre si se enterase de la vida que llevo.
—Parece que hubieras visto un fantasma.
La voz de Elena me arranca de mis pensamientos y doy un respingo. Me pongo recto de golpe cuando entra en el despacho. Se acerca a mí y se sienta en mi regazo antes de que se lo pida. Como si supiera que es ese su sitio.
Se queda mirando la foto y luego me mira a mí, como esperando a que diga algo.
—Es mi madre —digo con una sonrisa frágil—. Murió cuando yo tenía trece años.
Me rodea el cuello con el brazo y junta su cabeza con la mía.
—¿De cáncer?
—Carcinoma lobular invasivo —digo asintiendo levemente.
Siento una punzada en el corazón al decirlo, como si me lo acabaran de seccionar por la mitad—.
Cuando la diagnosticaron, lo llamaron «crecimiento anormal» en el seno izquierdo.
Creo que les costó admitir que era ese tipo de cáncer porque era muy joven.
Como si me hubiera alcanzado un rayo, siento un dolor agudo en el pecho que me traspasa el corazón. Treinta y dos años. Esa era su edad cuando murió.
Me doy cuenta de que pronto habré estado en este planeta más tiempo del que estuvo ella. Eso me deja destrozado, hurga en una herida que creía ya cerrada, aunque el tipo de dolor que siento, la forma en que se abre la herida y vuelve a sangrar, dice lo contrario.
—Es guapa —dice Elena con suavidad, sacándome de la espiral descendente de mis pensamientos sin siquiera intentarlo. Observa la foto con ternura, sin percatarse de la tormenta que se está formando en mi cabeza, satisfecha porque comparto con ella uno de los secretos de mi vida.
No me atrevería a hacerlo con ninguna otra persona. Jamás me habría traído a nadie a vivir a mi casa y mucho menos habría desnudado mi alma en su presencia.
No soy un jugador. No me gusta dejar mi vida en manos del azar, pero hay algo en esta mujer que hace que quiera arriesgarlo todo.
—Ella fue quien hizo que me interesara por la poesía de pequeño. Siempre estaba leyendo a Shakespeare y citaba a Chaucer como si fueran las Sagradas Escrituras. Le habrías encantado.
Le aparto el pelo de los hombros. El siguiente pensamiento no lo comparto con ella, lo guardo en las profundidades de mi alma, a donde pertenece: «¿Me habría querido a mí?».
—Eso es cierto. Es muy fácil quererme —se ríe Elena.
El sonido de su risa me traspasa el alma, como si me hubieran clavado un cuchillo romo y me hubieran atravesado la carne y los huesos hasta llegar al otro lado.
Me inclino hacia delante y saco la cartera del bolsillo de los pantalones para enseñarle la foto que guardo allí.
Es una foto pequeña que robé de la graduación de Violet y que he guardado todos estos años como recordatorio de que existe alguien ahí afuera que podría tener una relación conmigo, pese a que mi padre no estuviera interesado.
Resulta que ella tampoco quiere saber nada de mí.
Elena se yergue y se acerca para verla mejor.
—¿Quién es?
Lo dice con brusquedad, nada queda del tono juguetón que ha empleado hace un momento. Sonrío y la estrecho entre mis brazos, intentando empaparme de sus celos.
—Mi hermana.
—¿Tu hermana? —Parpadea con el ceño fruncido—. Esa es la chica que conocí en la entrada de La Cuadriga Llameante.
—¿Conociste a Violet?
—La encontré de pie junto al bordillo. Dijo que había intentado entrar varias veces, pero no lo había conseguido.
—Ladea la cabeza y estudia la foto con más detenimiento, perdida en sus pensamientos—.
Supongo que ahora entiendo por qué se ofendió tanto cuando le dije que no sabía quién era.
¿Qué tipo de mujer no reconoce a su cuñada?
—La que no sabe qué aspecto tiene.
—Genial, Kal. Ahora piensa que soy una gilipollas.
—Bienvenida al club.
Hace un mohín y me aparta el brazo del cuello, dejándolo caer sobre su regazo y arrellanándose contra mí.
—¿Hay más familiares secretos de los que no sepa nada?
Me hace dudar. Me viene la palabra «abuelo» a la punta de la lengua, pero me la trago. No estoy preparado aún para abrir la caja de Pandora. Además, no me ha preguntado por los muertos.
Se ha percatado de mis dudas y entorna los ojos. Sonrío a ver si así interpreta el silencio como una distracción causada por ella.
Le pongo las manos en las costillas y las subo hasta rozarle la parte baja de los pechos con los pulgares a través del pijama de seda azul cielo que lleva puesto.
—Violet tiene dos hermanos, pero no los conozco.
Gime al sentir el contacto y se vuelve a mirarme los dedos mientras continúan su ascenso. Le cubro los pechos con las manos y aprieto hasta que ahoga un grito.
—Sé lo que intentas.
—¿Disfrutar de mi esposa? —digo. Dejo la foto sobre el escritorio y acerco la cabeza al cuello para rozarle la piel con los dientes.
Me deja morderla, pero no cierra los ojos.
—Violet me dijo que nunca hablabas de ella.
—Así es. —Elena se tensa sobre mi regazo, yergue la espalda y yo suspiro, me aparto y bajo la mano—.
El hombre que ayudó a crearme, si quieres llamarlo así, acababa de traer al mundo a su primogénito cuando tuvo una aventura con mi madre.
Estaba casado y no quiso saber nada de mí.
Pensé que cuando Violet creciera tal vez fuera más fácil conectar con el resto de la familia si conectaba antes con ella. Pero no quiere saber nada de mí.
«Aunque eso no me ha detenido».
—Vaya, Kal…
Hay algo en su tono que consigue exasperarme más de lo que ya estoy. Exhalo con brusquedad y le llevo las manos a la garganta. Se queda sin aliento, atrapada por mis manos, que no la dejan respirar, y se me despierta la polla al sentir que tengo su vida en mis manos.
—No sientas lástima, pequeña. No es lo que quiero. —Cambia de postura, frotándose contra mi empalmada. Incluso a través de las capas de ropa puedo sentir lo húmeda que está—. Si quieres darme algo, si quieres hacer que me sienta mejor, ofréceme ese coñito tan dulce.
La mirada de Elena se ha vuelto vidriosa, aunque no sé si es de tristeza o de deseo. Se libra de ella de un parpadeo y baja la barbilla para mirarme a través de sus espesas pestañas.
—Vale —dice mientras se da la vuelta para sentarse a horcajadas sobre mí, y empieza a girar las caderas sobre mi polla—. Lo que necesites, Kallum. Es tuyo.
Más tarde, después de haberla llenado con mi polla, se queda tumbada sobre el escritorio jugueteando con el tirante roto del pijama observando el techo.
—¿En qué piensas? —Le pregunto mientras dibujo círculos con los dedos en su piel sensible, manchándola con mi semen. Agradezco que se esté tomando la píldora para poder marcarla de esta forma cuando quiera.
Yo estoy de pie a su lado, con la polla colgando entre las piernas, vacía. A ninguno de los dos nos apetece abandonar la tranquilidad de la habitación.
Se me queda mirando, pensativa.
—Estaba pensando en Ariana y Stella; en la suerte que tengo de haber crecido con mis hermanas.
Ya sé que no era esa su intención, pero el comentario me arranca de golpe los puntos que mantenían la herida cerrada, haciendo que el dolor vuelva a inundarme.
—Las echas de menos —señalo mientras bajo el brazo.
Asiente con la cabeza.
—Siempre. Ari tiene pronto un recital y me está matando tener que perdérmelo. —Me mira de reojo como si estuviera comprobando mi reacción. Procuro que no se note mucho lo que pienso—. No es que no esté disfrutando de Aplana. En serio, está siendo extrañamente refrescante, pese a que vivo recluida.
—No estás…
Se ríe y dobla las rodillas mientras niega con la cabeza. Parece que se ve forzada a hacerlo, lo que me preocupa.
—No pasa nada. Ya me he acostumbrado a este síndrome de Estocolmo. Es solo que también echo un poco de menos mi antigua vida.
Hago rechinar los dientes mientras contemplo el espacio vacío en una mesita donde solía haber un retrato de su familia en el que también salía yo.
¿De verdad voy a decir lo que mi cerebro desea?
Las palabras se forman en mi boca sin darme tiempo a pensar en las señales de alarma y salen disparadas antes de que pueda contenerlas.
—Entonces iremos a Boston.