26. Elena
Elena
Me pide que cierre los ojos, lo que no me gusta nada, sobre todo porque me he adentrado bastante en el mar y he llegado a ese punto en que no hago pie. Aun así obedezco, porque se está poniendo un poco verde y no quiero empeorar las cosas.
No sé por qué, pero este hombre parece tener algún tipo de complejo con su cuerpo. Ya sé que no debería inmiscuirme en sus asuntos, pero, en serio, ¿cuántas veces se puede tener sexo con un hombre completamente vestido sin sentirse como una extraña?
El mar está rizado y las olas me golpean en la piel. Oigo a Kal cuando se mete en el agua: silba como si estuviera más fría de lo que esperaba.
—¿Qué pasa? —le digo con los ojos cerrados—. ¿El dios del Inframundo no tolera el frío?
Doy un grito de sorpresa cuando me desliza los brazos por la cintura.
Abro los ojos de golpe y busco a qué agarrarme para mantenerme erguida.
Apoyo las manos en sus hombros, gozando del músculo fornido que se aprecia bajo la piel.
Enseguida me detengo al percibir tramos de piel rugosa.
Cuando acerco mi cuerpo al suyo, noto esa misma rugosidad.
Se me cae el alma a los pies mientras el corazón sigue martilleándome el pecho.
Lo miro a los ojos sin dejar de explorar su cuerpo con mis manos. Me esfuerzo por no agachar la mirada para no encontrarme con nada que lo humanice. No sería capaz de resistir la angustia y mi atracción se desataría y se convertiría en algo real; en algo que puede hacerme daño.
Me embarga la tristeza al recorrer sus cicatrices. Le cuento ocho marcas en el hombro derecho, cinco en el izquierdo. Deslizo la palma de las manos hacia su cuello, fijándome en la forma en que traga saliva.
Su mirada sigue impertérrita. No se muestra vulnerable ni inseguro ni avergonzado. Es más bien una mirada hueca que muestra una ambivalencia ensayada. Aun así, intuyo por la forma en que se le tensan los tendones del cuello que no está disfrutando nada de todo esto.
—No soy ningún dios —dice por fin mientras exhala un suspiro forzado.
Me coloca los dedos en el trasero y me levanta en brazos.
Siento su polla contra mi cuerpo, buscando una entrada por su cuenta, sin que la guíen—.
Solo un alma con poca fortuna que, sin saber cómo, ha conseguido engañar a la muerte más de cien veces.
Me atrevo a bajar la barbilla y le echo un vistazo a su piel tersa y morena. Se ve suave y bronceada en mayor medida, el tono supongo que es natural dada su propensión a estar en el interior.
Sin embargo, tiene el torso destrozado, decorado con terrones brillantes que refulgen en la luz que se refleja en el agua. Algunos son más pequeños; otros son largos y anchos, diseminados por su torso.
Hay uno especialmente largo que se extiende por las costillas. Bajo mi mano hasta la cicatriz con cuidado y le paso el pulgar por encima. Es nudosa al tacto, como si lo hubieran cercenado, y está menos sonrosada que las otras, que sobresalen de la piel.
Coge aire de repente apretando los dientes y me quedo paralizada, con los ojos muy abiertos.
—Mierda. Lo siento mucho. ¿Te he hecho daño?
Me agarra mejor del trasero y se echa a reír mientras me levanta un poco más en brazos. Me enciende el coño al entrar en contacto con su cuerpo. Casi me mareo al sentir la arremetida.
—No es una sensación agradable —dice con la boca tan pegada a la mía que no consigo concentrarme—.
Tampoco es que duela, pero las cicatrices suelen tener más sensibilidad que el resto de la piel.
—Cambia de postura y me coloca una mano debajo del trasero y con la otra me acaricia el muslo, recorriendo la K—.
Las terminaciones nerviosas se regeneran.
Las cicatrices queloides como esa suelen ser las peores por culpa del exceso de colágeno.
Le paso la mano despacio por la zona mientras busco alguna señal de alarma en su cara.
—¿Qué ocurrió?
Sonríe.
—¿Con cuál de ellas? Los sicarios no siempre nos salimos con la nuestra.
Le toco una cicatriz que tiene cerca de la clavícula con forma de zeta.
—¿Con esta?
—Me alcanzó una bala durante una redada en un almacén a las afueras de la ciudad en el que buscaba algo para tu padre. Me agaché un segundo tarde.
No había pensado hasta ahora en lo peligrosa que había sido su vida al trabajar para mi padre. ¿Habría sido muy diferente si nunca hubiera conocido a Rafael Ricci?
«Nunca se sabe».
—¿Y aquí? —Le señalo una cicatriz ovalada que tiene en el hombro.
—Me mordió un chihuahua. Mi madre me advirtió de que no le tirara del rabo. No le hice caso.
Eso me arranca una sonrisa. Sigo inspeccionándolo. Me quedo sin aliento un segundo al ver la cicatriz más grande. Intento imprimir la huella de sus bordes rugosos en la palma de la mano mientras los reconcilio con la figura estoica que me lleva en brazos.
—¿Cómo te hiciste esta?
Su rostro se vuelve sombrío y siento un escalofrío. Empieza a adentrarse en el océano. No sé cuánto queda antes de que deje de hacer pie, pero parece que estamos a puntode ahogarnos. No se me ocurre una metáfora más adecuada.
—Me traicionaron —susurra. Levanta la mano derecha y me la lleva al cuello, donde la entrelaza entre mi pelo—. Juré que jamás volvería a dejar que nadie se acercara tanto a mí como para hacerme daño.
Parece una confesión, aunque no sé muy bien de qué. Algún tipo de promesa, de esas que se susurran a la piel y te llegan directamente al alma. Abre una brecha en la mía, que se muestra indecisa cuando le roza la superficie. Me inclino hacia él y le hablo con los labios pegados a los suyos.
—No eres desafortunado —susurro, temerosa de romper la burbuja que se ha creado a nuestro alrededor. Me late el corazón con tanta fuerza que creo que voy a vomitar.
Tal vez sus palabras sean una advertencia, pero no me importa. Disfruto de ellas igualmente.
Dobla los dedos en mi pelo y suspira. Noto su aliento mentolado en la barbilla.
—Ahora mismo no me siento desafortunado, la verdad.
Insensatez.
¿Por qué si no iba a regresar a La Cuadriga Llameante? Como si no me hubieran pasado ya bastantes cosas allí…
Pero la curiosidad es una zorra rabiosa y estoy decidida a encontrar a la chica del otro día y averiguar qué relación tiene con Kal. Si es ella quien lo traicionó.
El gorila de la puerta me mira de arriba abajo al bajarme del asiento de atrás de la limusina de Kal, con sus enormes brazos cruzados a la altura del pecho.
Por debajo de la manga de la camiseta le sobresale la mitad inferior de un tatuaje de un ancla y tiene los ojos del color azul más cristalino que haya visto en mi vida.
Me quedo parada como una estúpida un segundo, perdida en su translucidez.
Carraspea y me planta la palma de la mano delante de la cara.
—Lo siento. No se admiten menores. El Dunkin’ está en esa dirección.
Miro detrás de mí por si hubiera alguien a mi espalda, confusa. Pasa por mi lado una mujer con un vestido de flores ancho hablando por teléfono sobre un escándalo hollywoodiense, pero eso es todo. No hay nadie más en la acera.
Vuelvo a fijarme en el gorila. Me aparto el pelo del hombro.
—No, no. No busco el Dunkin’. Solo quiero entrar al bar a esperar a alguien. Estoy buscando a una persona y creo que podría aparecer por aquí si me quedo el tiempo suficiente.
—Eso es merodear y está prohibido.
Su tono cortante y despectivo me está poniendo de los nervios.
—No es merodear. Acabo de decirte el propósito de mi espera.
El hombre se queda mirándome y se encoge de hombros.
—Si entras al bar y no pides nada de beber, estás merodeando, según las normas de la casa.
—Vale, entonces pediré una bebida.
Se ríe, aunque lo hace sin cambiar la expresión del rostro.
—Cariño, si piensas que me voy a creer que tienes más de veintiún años, eres más tonta de lo que aparentas con ese vestido tan corto.
Sé que no aparento tan poca edad. Lo que ocurre es que se está portando como un gilipollas porque estoy claramente fuera de mi elemento y no me parezco en nada a su clientela habitual.
Me enerva el alma cuando me escupe el insulto. Me recojo el pelo en un moño bajo.
—El vestido es así de corto para poder hacer esto.
Levanto la pierna para darle una patada en los huevos (mi cuerpo reacciona al instante sin pedir permiso).
Pero entonces alguien me agarra por los bíceps y me aparta, girándome de forma que quedo de cara a la calle.
Me pongo rígida al verme atrapada. El miedo me golpea en las entrañas con tanta rapidez que casi hace que me doble sobre mí misma para contenerlo.
—Guau. ¿Qué coño está pasando aquí? —El acento británico me resulta vagamente familiar.
Me suelta los brazos con la misma rapidez con la que los ha cogido, como si tocarme lo quemara.
Levanto la mirada y me fijo en la barba oscura recortada y la chupa de cuero.
Suspiro aliviada al reconocer al hombre que conocí en el despacho el otro día.
Wolfe no sé qué. El amigo o confidente de Kal con quien comparte el bar.
Doy un paso atrás, me cruzo de brazos y me hago a un lado mientras fulmino con la mirada al portero.
—Lo que sucede es que este empleado tuyo me está insultando y se niega a dejarme pasar porque piensa que no soy buena para el negocio.
—Ya tenemos más que suficiente ahuyentando a la gentuza del bar —dice el portero a su jefe, encogiéndose de hombros—. Solo procuro mantener el orden ahora que nos falta personal.
El amigo de Kal frunce el entrecejo y ladea la cabeza para apartarse la mata de rizos oscuros de los ojos.
—Blue, ¿acostumbras a intimidar a los clientes que pagan?
«Jonas Wolfe. Así se llamaba».
—No la intimidaba. Solo estaba…
Jonas se pasa la mano por la cara y suspira mirándome a mí.
—Tal vez deberías prestar más atención a quién niegas la entrada al bar antes de empezar a insultar su inteligencia. ¿Sabes lo que te haría el doctor Anderson si se enterara de que has llamado estúpida a su mujer y has dado por hecho que iba a ser una fuente de problemas?
El portero, Blue, por lo que parece, me mira de arriba abajo prestándome más atención esta vez. Se detiene un poco más de lo necesario en las piernas, pero enseguida vuelve a mirarme a los ojos, antes de que pueda hacerme sentir incómoda.
Este tío no me pone nerviosa. Mi intuición femenina no me dice que salga corriendo de aquí ni que me mantenga alejada como me pasó con Vincent. Blue es simple y llanamente un gilipollas.
—¿Su mujer? —Jonas asiente con la cabeza y Blue suelta el aire de sus mofletes hinchados poco a poco—. ¿No es un poco joven para él?
—Nadie te ha pedido tu opinión —le espeto, pero Jonas levanta la mano para pedir silencio.
Eso me cabrea todavía más.
—Voy a mataros a los dos —digo en susurros, para mis adentros, y me imagino un final sangriento para ambos.
La imagen me viene a la mente antes de que pueda pensar en ello: violencia, una pared manchada de rojo con sus cuerpos mutilados en el suelo colocados de cualquier forma, esperando a que alguien venga a limpiar sus restos.
Pestañeo para deshacerme de esa imagen y me llevo la mano a la tripa para tapar el calor que se está acumulando en la zona. Ni siquiera conozco a estos hombres; sin embargo, aquí estoy imaginando cómo los ejecuto.
Jonas se echa a reír. Su risa es escandalosa e inesperada. Contrasta fuertemente con la naturaleza callada y reservada de mi marido.
—No deberías amenazar a asesinos, querida. Se toman las amenazas muy en serio.
Estoy cada vez más furiosa. Me llevo las manos a las caderas y enarco una ceja mirándolos a los dos.
—Ya ha quedado claro que este es mi sitio, ¿no? ¿Puedo entrar de una vez?
—Por desgracia, no, aunque claro está que no tiene nada que ver con la forma en que vas vestida. —Al contrario que su empleado, Jonas no me mira la ropa. De hecho, mira por detrás de mí, como si estuviera buscando a alguien—. Llevas la mala suerte escrita en la cara.
—Eso no es cierto.
Asiente con la cabeza, ignorando mis quejas. Me agarra por el codo y me acompaña calle abajo, lejos del bar.
—Sí que es cierto. Es por esa… pureza que provoca tu presencia. Atraes la vileza como las moscas a la miel. ¿Me equivoco, querida?
—Deja de llamarme así.
—Tienes razón. A Anderson tampoco le gustaría que lo hiciera. —Avanza a grandes zancadas y, pese a que no soy nada bajita comparada con la media, tengo casi que correr para seguir su paso—. Te tiene mucho cariño, ¿no? Es como si hubieras conseguido sacarle el palo del culo.
Arrugo la nariz. No me gusta la idea.
—Yo no he hecho nada.
—Me imagino que no ha hecho falta. El chaval lleva años obsesionado contigo. —Se me queda mirando cuando doblamos la esquina. El Dunkin’ queda al final de la calle—. Bueno, igual no lleva años. Es más algo reciente, pero, madre mía, le ha dado bien fuerte.
Me ruborizo con las palabras de Jonas y cuando nos detenemos en la entrada de la tienda de donuts, me suelta el brazo y me mira de frente.
—No sé a qué te refieres —le digo encogiéndome de hombros. No quiero que sepa que lo que acaba de decir me ha dejado sin aliento. Me cruzo de brazos por si acaso, no vaya a ser que se me note que el corazón me late desbocado.
—Técnicamente hablando, podría haberse casado con cualquiera, pero te eligió a ti.
—Le hicieron chantaje. Nos lo hicieron a ambos.
Jonas parece divertido con la idea y sonríe, dejando a la vista dos hileras de dientes artificialmente blancos y relucientes. Me recuerda a un lobo, como el que lleva en su apellido, Wolfe, que acaba de cazar la cena y no ha aprendido que no se juega con la comida.
—Cierto. Se me había olvidado ese detalle. —Carraspea. Se mete la mano en los bolsillos de la chupa y aprieta los labios—. Aun así, Elena. Piénsalo. ¿De verdad se puede chantajear tan fácilmente a un hombre como él?
Me traicionan los nervios, que se entremezclan sin sentido y se extienden como veneno por mis entrañas.
—No lo sé…
La verdad es que fue lo que pensé cuando se acercó a mí y exigió mi mano después de haber matado a Mateo y dejarme sin elección.
No es que eche de menos a Mateo. Pero sí que me pareció sospechoso.
Entorno los ojos al amigo británico de Kal. Doy un paso atrás y él vuelve a reírse con una risa tan desinhibida y contagiosa que me hace sentir nostalgia.
«Hace semanas que no oía reír a nadie».
—No digo que no lo forzaran a hacerlo —dice Jonas encogiéndose de hombros—. Lo que quiero decir es que tuvo que haber algo más. Tendría que averiguar si hay alguien por ahí que tenga la versión completa.
Cuando se da la vuelta dejándome sola frente al Dunkin’ para regresar al bar, me quedo allí parada unos minutos, preguntándome qué hacer con la información que me acaba de dar.
¿Debería preguntarle a Kal sobre ello o debería ir a buscar a Violet, como tenía pensado?
Al final no hago ninguna de las dos cosas.
En su lugar entro en el Dunkin’, me pido un Long John y me siento a una de las mesas metálicas de la terraza, dispuesta a olvidarme de mis problemas hasta que termine de comer.