Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 25. Kal #2
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25. Kal #2

Tampoco es que me haya sorprendido verlo impreso.

Casi puedo sentir la creciente desesperación de Rafe cada vez que rechazo uno de sus mensajes.

Y la gente desesperada hace lo que esté en su mano para sobrevivir.

No tengo forma de calcular la cantidad de dinero que salió de su cuenta bancaria por culpa de mi boda con Elena.

Sus finanzas ya estaban tocadas, así que, sin mi respaldo, seguro que le ha entrado el pánico.

O tal vez tenga que ver con el corazón y el dedo que le envié como mensaje: me importa una mierda si su mundo se tambalea. De hecho, ojalá se desmorone.

Cuando aparto la mirada del periódico, veo a Elena en el jardín trasero con las manos en las caderas y los ojos entornados contemplando la tierra.

—No consigo entender por qué no ha brotado ninguna de las flores que planté. ¡Estamos casi en verano!

Cierro el periódico y lo dejo sobre la mesa de cristal de la terraza, levanto una pierna y coloco el tobillo sobre la rodilla de la otra.

—Igual las semillas eran defectuosas.

Niega con la cabeza.

—Eso no es posible, Kallum. —Se detiene—. ¿No te parece? Las semillas no vienen mal de fábrica. Ay, Dios. ¿O sí?

Se me encoge el pecho al oír mi nombre salir de sus labios con tanta facilidad. Me levanto y me acerco a la tierra labrada. Tiene razón: ninguna de las flores ha germinado. La tierra sigue igual de marrón y perfecta que el día que la plantamos.

—No pasa nada —digo mientras le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja—. Cuando no se tiene éxito en una empresa, no se tira la toalla del todo y se deja de intentarlo. Lo que se hace es empezar algo nuevo, y así hasta que encuentres lo que se te da realmente bien.

Pone una mueca.

—Ya sé lo que se me da bien, aunque gracias por el voto de confianza.

Se aparta de mi lado y se agacha a tocar la tierra con los dedos como si buscara cualquier signo de vida. Yo la observo con los brazos cruzados.

—¿Entonces por qué te preocupa tanto este jardín?

Suspira y me mira por encima del hombro con las manos todavía en la tierra.

—Quería tener algo en el Asfódelos que pudiera considerar mío. El balcón de mi casa estaba lleno de plantas de distintas especies. Yo solía salir allí a leer, rodeada de flores. Me relajaba. Pensé que, si podía recrear ese sentimiento, dejaría de sentirme tan sola.

De nuevo siento un pinchazo en el pecho, como espinas que se me clavaran en los músculos envenenándome.

Elena aparta la mirada y se seca el ojo derecho con el dedo índice.

De repente recuerdo cuál es mi objetivo: ella no es más que un peón; una participante involuntaria en un juego que ni siquiera entiende; un medio para conseguir un fin.

Eso no evita que le pida que me siga. Avanzo por el jardín con rapidez hasta la puerta cerrada con candado porla que se accede a la playa. Se incorpora, sale detrás de mí (lacuriosidad vence a la autocompasión) hasta alcanzarme.

Abro la puerta vieja de un empujón. Una hilera de roca negra erosionada divide en dos la arena dorada, marcando el camino hasta un muelle desvencijado.

Antes de alcanzar la arena hay una franja de hierba donde florecen rosas salvajes de colores brillantes, que pintan la playa de hermosos tonos de rosa y morado.

—Considera este sitio tus… Campos Elíseos, mi Perséfone.

El rostro de Elena se ilumina con una sonrisa sincera al ver las flores.

—Es precioso.

Me quedo mirándola, apreciando la vista.

—Estoy de acuerdo —digo. Cuando me mira, le tiembla la sonrisa y las mejillas se le ponen del color de las flores.

Se vuelve hacia el océano y se lleva la mano al dobladillo de la camiseta.

—¿Cómo de apartada está esta playa?

—No hay otra casa en kilómetros. —Es la única razón por la que me siento cómodo dejándola salir de la propiedad, lejos de mi vista.

Elena hace un mohín y se pasa la camiseta por la cabeza, dejando al descubierto sus pechos desnudos y el tatuaje de la granada. Mi polla reacciona al instante. Ardo en deseos de recorrerle con la lengua el contorno del tatuaje, que ya he memorizado por completo.

—Qué lástima —dice mientras introduce los pulgares por la banda elástica de los pantalones cortos blancos que lleva y se los baja por las caderas. Se suelta el moño y mueve la cabeza para soltarse los rizos, completamente desnuda—. Tendremos que buscar otra forma de hacerlo interesante.

Trago saliva. Se me ha quedado la boca seca.

—¿Qué hay que hacer interesante?

—Bañarnos desnudos.

Se da la vuelta y se dirige al agua sin importarle lo más mínimo que la brisa marina le roce cada milímetro de la piel.

Yo permanezco en la orilla observándola mientras se mete en el agua hasta las rodillas antes de darse la vuelta hacia mí.

—¿Y bien? —grita—. ¿No vienes?

Enarca las cejas y yo vuelvo a tragar saliva a ver si así consigo deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta.

Nadie me ha visto desnudo jamás. Ni siquiera a mí me gusta contemplar la maltrecha topografía de mi cuerpo, que es el vívido recordatorio de la vida a la que fui abocado antes de saber lo que hacía.

Cuanto más tiempo pasa Elena en el agua, esperándome, más incómodo me siento con su mirada.

Ya estoy lo bastante preocupado con la forma en que me mira normalmente.

No deja de venirme a la mente la molesta idea de que tal vez sea esto lo que la aparte de mí.

Tal vez acabe por fin de entender que soy el monstruo del que todo el mundo le advierte.

—No muerdo —grita mientras sigue adentrándose en el mar, cogiéndose los pechos con la mano, profundizando el escote—. Bueno, sí que lo hago, pero te gusta.

Me río sin querer y niego con la cabeza despacio. Tengo la polla aprisionada en los pantalones. Está viva, desesperada por volver a encontrarse con ella. Acabo por suspirar al recordar que ha dicho que se siente sola.

Es la primera vez desde que estamos en Aplana que no la veo triste, exceptuando nuestros encuentros sexuales. Así que, pese a que me siento como si me estuvieran arrancando la piel, acabo por desabotonarme la camisa.