Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 25. Kal
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25. Kal

Kal

Jamás podré olvidar la mirada del primer hombre al que asesiné.

Tenía dieciséis años y llevaba ya tres a las órdenes de los Ricci. Había conocido a Rafael en una de las visitas al Instituto Dana Farber contra el cáncer, donde mi madre se sometía a una terapia experimental con un fármaco que podía detener el crecimiento de las células cancerígenas.

Rafael estaba sentado en la sala de espera pendiente de que le informaran sobre si su abuela había entrado en remisión. Se sentaba erguido, con el traje azul marino almidonado, mientras pasaba las cuentas del rosario de un dedo a otro sin mucha convicción, escéptico.

Recuerdo pasar por delante de él de camino a la cafetería y fijarme en el anillo de oro que llevaba en el pulgar y que refulgía a la luz del fluorescente.

En los pocos años que llevaba sobre la faz de la tierra, jamás había visto nada ni a nadie tan lujoso. Transmitía opulencia y autoridad, y lo sabía. Dejaba que se formara una aureola a su alrededor como si con ella retara a la gente a que le llevara la contraria.

No llegué a conocerlo de verdad hasta mi último día en Boston. Llevaba un rato fuera, observando mi aliento aparecer y desaparecer en el frío aire de noviembre, tratando de enmascarar la decepción para cuando la enfermera trajera a mi madre.

Rafael salió del recinto vestido con un traje oscuro, se sacó un puro del bolsillo interior de la chaqueta y lo encendió.

Tras esto se apoyó en la pared de hormigón donde había un cartel que indicaba que no se podía fumar.

Se me quedó mirando y asintió con la cabeza, como si hubiera entendido una petición muda.

—¿Estáis solos tu madre y tú, chico?

Tragué saliva y asentí. Sabía que no debía hablar con extraños, pero ¿qué podía haber de malo en hablar en un hospital con alguien que era claramente rico?

Le dio una calada a su puro: Cohiba Behike, una marca que llegué a conocer bien, y bajó la barbilla.

—¿Cómo te llamas?

Entorné los ojos.

Le hizo gracia mi expresión. Se rio como si hubiéramos compartido un chiste que solo los dos conocíamos.

Un rato después, se unió a él una morena de piernas largas envuelta en un abrigo de piel morado oscuro.

Llevaba un bebé en brazos. Se acercaron al Cadillac completamente negro que esperaba en el acceso a emergencias no sin antes darme un apretón en el hombro y tirar una tarjeta al suelo con su nombre y con el emblema de las empresas Ricci.

Se trataba de un blasón sencillo: un león con una corona de calaveras, pero consiguió grabarse en mi retina ese día, como si siempre hubiera sabido que era ese su sitio.

Sin embargo, fue la mujer quien me fascinó. Cuando su mirada cautivadora se cruzó con la mía justo antes de desaparecer en el interior del coche, supe que estaba perdido.

Era demasiado joven y estúpido como para darme cuenta de que había algo malo en que me prestara atención. Simplemente me gustó que me mirara.

Después de que muriera mi madre y mi padre biológico volviera a rechazarme, busqué a los Ricci sin saber hasta qué punto su presencia cambiaría mi destino para siempre.

Todo comenzó de forma inocente: me encargaba de los boletos de un local de apuestas ilegal que tenía Rafe en la trastienda de una charcutería en Roxbury. Después, cuando me enseñó a pelear, a defenderme, supe que las cosas estaban a punto de cambiar.

Cumplí con mi primer encargo una madrugada, en un callejón oscuro. El hombre, a quien habían acusado de delatar al padre de Rafe, se meó encima.

Cuando le inserté la bala entre los dientes, la sangre roció la camisa blanca de su esposa y me saltaron a la cara los restos de sus sesos. Lo único que podía recordar era su mirada aterrorizada. Lo que vi en su rostro al pedirme clemencia era pavor en estado puro, congelado en el tiempo.

No he conseguido olvidar esa mirada en todos estos años. Y no ha sido porque me afectara, sino porque no sentí nada.

Le paso el escalpelo por el pecho a uno de los atacantes de Elena tratando de recordar esa sensación; empujo lo que me pueda quedar de brújula moral a los recovecos más recónditos de mi cerebro y me dejo llevar por la sima que se abre en mi interior; la utilizo para evitar lo que sentiría una persona normal: culpa, preocupación, náuseas al abrir el cuerpo en canal.

Tiene los ojos llorosos, abiertos de par en par siguiendo todos mis movimientos sin dejarde chillar a través de la mordaza; probablemente me esté suplicando que me detenga.

Por un segundo me siento tentado a escucharlo, a comportarme como deseaba mi abuelo, a mostrar una versión de mí mismo que mi hermana estuviera más dispuesta a conocer.

Pero entonces veo por el rabillo del ojo el anillo que lleva en la mano derecha, el mismo que lleva Rafael, y eso me recuerda que todavía no puedo permitírmelo.

Tony se quedó un par de días por el muelle después de que ahuyentara a Jonas de su despacho y este lo reconoció por una foto que había circulado por las redes unas semanas atrás, donde se veía a Rafe y Carmen posando como unos padres abatidos.

No podía ser una coincidencia…

Lo engatusó con un trato falso para suministrar cocaína, lo inmovilizó y lo amordazó, y me lo trajo a la puerta de casa.

Yo ya me había resignado a disfrutar de una jubilación temprana tanto en mi profesión de médico como en el negocio oficial; sin embargo, cuando se presentó allí, no pude dejarlo pasar. Necesitaba mandarle a Rafael un mensaje sobre su hija: que es mía.

La incisión no es lo bastante profunda como para atravesarle la carne del todo a Tony en la primera pasada, aunque consigue formar un espectáculo sangriento, que le baja hasta el ombligo.

Me acerco a él y le bajo la mordaza con la mano enguantada. Suda profusamente. El sudor le resbala por la frente y le cubre el pelo oscuro rapado. Coge una bocanada de aire; está a punto de hiperventilar.

—¿Ya estás listo para contarme por qué te envió el capo a darle una paliza a mi mujer?

Asiente con la cabeza, tosiendo al abrir la boca dispuesto a hablar, pero lo único que sale de ahí es un lamento estridente.

Le vuelvo a colocar la mordaza. Noto el tic debajo del ojo.

Me entran ganas de cubrirlo con la tela hasta ahogarlo, que no pueda respirar; sin embargo cierro los ojos y procuro calmarme con la respiración.

—Voy a quitarte esto de la boca por última vez —digo al fin, exhalando despacio—. Lo único que quiero que salga de ahí es la respuesta a mi pregunta. ¿Lo has entendido?

Vuelve a asentir y gruñe como si intentara decir algo. Le saco la mordaza de la boca, aunque le dejo un extremo metido entre los labios secos, por si acaso.

—Dinero —dice atragantándose. Se le corta la voz de la sequedad—. El capo dijo que necesitaba dinero y que estarías más dispuesto a ofrecérselo si te amenazaba con algo que te importara.

Se me revuelve el estómago. El enfado se va transformando en furia.

—¿A su propia hija?

—Tiene problemas —dice Tony entre dientes. Cierra los ojos de golpe y sisea cuando le aprieto con el dedo una costilla rota—. ¡Joder! ¡Te estoy contestando!

—Me temo que lo haces demasiado bien. —Le hundo la palma de la mano en un costado y echo el peso del cuerpo para fracturarle todavía más los huesos hasta que grita—. Suena ensayado. Como si Rafael hubiera sabido que iba a encontrarte.

Coge aire, dolorido, y patalea en la mesa, tratando de librarse de las tiras que lo amarran a la camilla.

—¡Pues claro que lo sabía! Por eso utilizó a Vincent, para que fuera más sencillo. ¿No se te conoce por tu capacidad para encontrar a cualquiera?

—Se me conoce por muchas cosas —le explico mientras rodeo con los dedos el escalpelo y le rebano el pezón rojo con el filo. No me sorprende que utilizaran a Vincent—, pero sobre todo por hacerles autopsias a los vivos.

—Joder, no. Venga ya, tío. Te diré lo que quieras.

Me detengo con la punta del filo cerca de la herida que le he abierto en el pecho.

—¿Por qué insiste con la historia del secuestro?

Tony niega con la cabeza.

—No es él. Es Carmen. Ella lo filtró a la prensa sin perder el tiempo. Les contó que te habían despedido y que te habías vengado secuestrando a la primogénita.

Pongo los ojos en blanco y suelto un bufido. «Cómo no. Es una zorra celosa».

—¿Qué más?

Tony expulsa el aire y busca por la habitación mientras piensa en algo.

—Te quiere muerto. Incluso si le das el dinero, te matará.

Sonrío y finjo sorpresa. Como si no hubiera sabido que era ese su plan desde que decidí salir de la mafia.

En realidad, nunca llegas a salir de ese mundo. O permaneces en él hasta el día de tu muerte, o sobrevives al borde de la locura, consciente de que las sentencias de muerte no tienen fecha de caducidad, esperando a que vengan a por ti.

—Supongo que yo me limitaré a hacerle una visita —le digo a Tony, aunque no sé por qué me molesto en darle explicaciones, porque no va a poder llevarle el mensaje. Dejo el escalpelo sobre la mesa, me agacho y cojo la sierra circular. Me ajusto el gorro de cirugía—. Le mandaré recuerdos de tu parte.

Más tarde, cuando el eco de sus gritos ya no resuena en mi cerebro y he terminado de limpiar la sangre y los restos del suelo, le saco el corazón del pecho y lo tiro a una bolsa de plástico de riesgo biológico junto con su pulgar, que todavía lleva puesto el anillo.

Cierro la bolsa al vacío, la meto en otra de lona y la dejo junto a la puerta del cobertizo, lista para que Jonas la envíe a Boston.

—Esto es ridículo.

Por un momento siento que me falta el oxígeno. ¿Habrá visto Elena el titular que aparece en portada del periódico de Aplana? Famosa sigue desaparecida en Boston. Los padres afirman que puede estar en peligro.