24. Elena #2
«No era eso en lo que estaba pensando», pienso, mientras me arrodillo para devolverle el favor. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para que este hombre me siga mirando como si fuera yo quien coloca las estrellas en el firmamento.
Tal vez, para un hombre tan acostumbrado a la oscuridad, eso sea precisamente lo que acabo de hacer.
Se desabrocha los pantalones y baja la cremallera despacio, diente a diente. Respiro entrecortadamente y pestañeo mientras lo miro con la boca a la altura de su polla cuando por fin se la saca, curvada ligeramente hacia su abdomen.
Se me hace la boca agua al ver la erección gruesa y venosa y enseguida me inclino para besarle la corona purpúrea. No le he hecho mamadas porque hasta ahora no parecía que las quisiera, pero el siseo que se le escapa cada vez que me la meto en la boca me confirma que lo estoy haciendo bien.
Kal me entremete los dedos en el pelo y me sujeta la cabeza con la punta de la polla en los labios.
—Quiero contártelo todo sobre mí —dice mientras me mueve la cabeza de un lado a otro, bañándome con el líquido preseminal que tiene en la punta—. Haces que quiera contarte todos mis secretos, Elena. Eso no ocurre muy…, bueno, no había ocurrido nunca. A mí no.
No respondo con palabras. Abro la boca y me meto su polla para mostrarle cómo me hace sentir su confesión. A pesar de que no tengo la sensación de que vaya a darme muchas respuestas hoy, la promesa encubierta en sus palabras lo compensa.
No importa no saberlo todo todavía si hay tiempo de averiguarlo.
Me meto la polla hasta la garganta y le paso la lengua por la verga ahuecando las mejillas para llegar más lejos. Noto sus manos cálidas, tiernas, pese a la urgencia de su respiración y el tono desesperado de sus palabras.
—No me sorprende que mi esposa cachonda tenga una boca tan sucia —gruñe mientras da latigazos con la cadera al tiempo que le lamo el centro de la punta y vuelvo a lamerle desde la base—. Estás hecha para mí, ¿a que sí? Hecha para mi polla. Para ser la zorrita de mi polla.
Gimo en señal de acuerdo, espoleada por la excitación que me producen sus palabras sucias. La necesidad de que esto sea espectacular no me deja pensar en otra cosa.
Me aferro con las uñas a sus pantalones hasta clavárselas en los muslos en un intento de acercarme aún más mientras subo y bajo la cabeza siguiendo el compás de mi excitación.
—Tócate —dice amenazante. Su voz de mando hace que me estremezca.
Me aparto con un ruido seco. El coño se me contrae por la anticipación.
—No quiero que me duela después. No puedo.
—Vas a hacerlo —contesta, retándome. Me coge de la cabeza con más fuerza y me conduce de nuevo a su polla mojada, abofeteándome con ella en la mejilla una vez, otra, antes de metérmela en la boca—. Relaja la garganta y juguetea con tu coño. ¿Puedes hacer eso por mí?
Dudo un instante en el que muevo los dedos nerviosa, pero al final acabo por asentir. Él suspira y me la mete hasta la garganta. Bajo la lengua en el último momento. Apenas me ha dado tiempo de registrar lo que ha dicho sobre relajar la garganta. Intento no vomitar.
Sigue mirándome a los ojos, incluso cuando me tiene aplastada contra su cuerpo, cosquilleándome la nariz con su vello púbico. Cuando queda claro que no va a aflojar hasta que empiece a tocarme, me llevo los dedos entre las piernas y me los paso por los húmedos pliegues.
Me estremezco en cuanto siento los dedos en la zona todavía sensible del orgasmo anterior.
Me arde la cara y se me está nublando la vista. Kal me la saca a la fuerza y yo echo saliva y toso cuando vuelve a entrarme el oxígeno por los orificios nasales.
La saliva me cubre los labios, me resbala hasta la barbilla; una capa fina que me mantiene conectada a él. Noto la conocida presión bullendo en mi interior, imponiéndose al dolor.
Dibujo círculos sobre mi clítoris con dos dedos, frenéticamente, hasta que empiezo a notar el éxtasis acumulándose en mi interior y lo oigo reírse mientras vuelve a metérmela en la boca y a dejarme sin aire.
Una expresión desencajada, a medio camino entre el dolor y el placer, se apodera de su rostro. Suelta un suspiro cuando me la saca de nuevo.
—Voy a correrme, pequeña; a marcarte, como me has pedido. Y vas a salir con ello encima, como la esposa zorrita que eres. —Me pasa el dedo pulgar por los labios hinchados y yo me froto con más rapidez para llegar al mismo punto que él—. ¿Te parece?
Asiento. Saco la lengua para aceptar su ofrenda.
Vuelve a metérmela hasta tocarme la garganta con la punta de la polla repetidas veces como si se preparara para el final. Se me hincha el clítoris hasta el punto de que creo que voy a explotar. Salen chispas de la zona que me toco. Entonces me la mete hasta atrás dejándome paralizada.
Me desaparecen todos los pensamientos y me concentro en relajarme, en absorber la sustancia salada de su orgasmo y la forma en que se le tensa el abdomen al estar a punto de correrse.
Muevo los dedos con frenesí, me froto y me masajeo hasta que casi no siento el pecho y me cuesta cada vez más respirar.
La conciencia se va alejando por la yema de mis dedos, lejana, y con ella llega el orgasmo.
—Quiero oírlo —dice dándome un golpecito en la nariz—. Cuando te corras con mi polla en la boca, quiero oírlo.
Empiezo antes incluso de que haya terminado de hablar, sale de mí como un volcán en erupción mientras se me velan los ojos.
Me tiembla el clítoris bajo la presión de los dedos y, cuando Kal me la saca un poquito para volver a metérmela, grito en una mezcla de sorpresa y euforia que siento en las entrañas encendiendo cada nervio de mi cuerpo.
—Así me gusta —dice con un gruñido a la vez tierno y primario, y juraría que siento su rigidez al correrse, liberando hilos de tibio semen.
Me la saca de la boca antes de que acabe de eyacular, y me pasa la punta de la polla por los labios y por los pechos, regándolos de su semilla.
Se deja caer contra la puerta y coge una bocanada de aire mientras se seca el sudor de la frente.
—Joder, un día de estos vas a acabar conmigo.
Yo sigo en el suelo recuperando el aliento y me doy un minuto para volver en mí.
—Eso sí que sería interesante.
—No me importaría si fueras tú. —Sus palabras suenan duras, tranquilas e incómodas—. Creo que sería un honor morir a tus manos.
Siento el corazón apesadumbrado, en desacuerdo con lo que acaba de ocurrir.
—Menos mal que matarte no está en mis planes.
—Por ahora.
Me levanto con piernas temblorosas, confusa, y busco un pañuelo de papel con el que limpiarme. Me acerco al escritorio y saco uno de la caja, pero Kal chasquea la lengua con desaprobación.
—¿Qué haces? —Se acerca a mí y me quita el pañuelo de la mano. Ya no queda rastro de la oscuridad de hace un momento y me siento como si me estuvieran dando un latigazo—. ¿Crees que bromeaba cuando he dicho que ibas a salir cubierta de mi semen?
Se me encienden las mejillas.
—Pensé que te habías dejado llevar por el calor del momento.
—Siempre es así contigo —dice con esa sonrisa tan extraña de nuevo en su rostro mientras me ayuda a colocarme el vestido metiéndome los brazos y recolocándome el escote en su sitio. Noto el semen frío contra la tela, que lo cubre, aunque sigo oliéndolo.
Sé que está ahí, como un secreto que compartimos, y eso me hace sentir… viva.