24. Elena
Elena
Antes de que diga nada, ya sé que no me lo va a contar «todo». ¿Por qué iba a revelar sus cartas antes de que se acabe la partida?
Kal me cambia de postura para encajarme el culo entre la silla y su antebrazo. En esta posición quedo más alta que él, como si quisiera reconocer que no me va a contar todos sus secretos, pero estuviera dispuesto a ceder algo de poder.
Desliza la mano izquierda entre mis muslos y, por un instante, creo que va a tratar de distraerme, que va a seguir metiéndome la mano por debajo del vestido, pero no lo hace.
Me da un ligero apretón con los dedos y deja la mano quieta.
Después me mira como si esperara que siga hablando.
Entrelazo las manos y me encojo de hombros.
—Si te digo la verdad, no sé ni por dónde empezar.
—No hace falta que te cuente toda mi vida en una tarde. ¿Por qué no nos ceñimos a lo que más te preocupa?
Tiene tanta lógica lo que dice, es tan sensato, que casi me siento estúpida por haber venido.
Es evidente que mi pequeña rabieta ha sido una manifestación de algo más grande, por lo menos para mí lo es, pero eso no evita que la vergüenza se extienda por mi pecho como si tejiera un complejo tapiz.
Es imposible ignorarlo. Me mordisqueo el interior del carrillo mientras lo pienso.
—¿Te estás acostando con alguien?
—De ser así, ¿te molestaría? —pregunta, mirándose la mano—. ¿Por otro motivo que no fuera el de poner en riesgo tu salud?
Le miro fijamente la parte de la clavícula que le queda al descubierto tras haberle bajado la camisa mientras sopeso las consecuencias de contarle la verdad, de abrirme a un hombre que sé a ciencia cierta que no me amará jamás.
¿Cómo me sentiría si, por una vez, me atreviera a sangrar sin esperar que viniera él a lamer la herida?
Aunque a mí siempre me ha gustado el dolor.
—Sí —murmuro. Parece que a mi lengua le costara asimilar lo que ha decidido mi cerebro—. De hecho, lo odiaría.
Dobla los dedos y noto la alianza de matrimonio fría contra la piel. Por un momento tiene una expresión dura en la mirada, se le dilatan las pupilas, por lo demás se queda completamente quieto.
—No. No me estoy acostando con nadie.
Exhalo un suspiro prolongado, aliviada, que me deja sin aire en los pulmones.
Me dispongo a hacerle la siguiente pregunta, con la mente trabajando a toda velocidad.
La mano que tiene en mi muslo se cierra con fuerza, lanzándome un chispazo de dolor por toda la pierna, dejándome colorada la zona.
No la vuelve a abrir hasta que me muevo para apartársela, cuando me pasa las yemas de los dedos por encima.
—Au —digo, molesta.
—Creo que sería mejor preguntar por qué crees que me acuesto con otra. —Ahora sí que asciende con su mano. La yema del dedo corazón desaparece debajo del vestido. De momento se queda ahí—. ¿No te dejé muy claro que nuestro matrimonio era de verdad?
Niego con la cabeza.
—Es solo que…
—¿Qué? ¿Inseguridad? ¿Celos? —Sigue avanzando con la mano. Se me corta la respiración cuando me roza la cicatriz de la K—. Admito que tus celos son exquisitos, pequeña. Se me pone dura como el acero solo de pensarlo.
Como si la hubiera invocado con sus palabras, siento la erección debajo de mí, estirando la tela de los pantalones. Se me humedece la entrepierna y se enciende mi cuerpo hambriento. Enarco las cejas, sorprendida, y aparto la mirada de su erección con la piel de gallina.
—A la mayoría de la gente le repugnan los celos.
—Tal vez sea así para gente menos evolucionada que yo, o más evolucionada, quién sabe.
Todo depende de cómo lo mires. —Cojo aire al notar el roce de su dedo en el coño.
Ha sido una caricia corta y casi imperceptible, como si estuviera comprobando algo—.
Pero lo que me dice, en lo que se refiere a nosotros dos, es que realmente estás tan loca como yo.
Pestañeo. Se me ha detenido el corazón.
—¿Qué?
—Solo de pensar en que miras a otro hombre siento un dolor indescifrable —dice mientras me introduce el dedo y abre espacio donde no lo había—.
Un dolor que no tengo derecho a sentir, no tengo derecho a disfrutar de él, pero que no puedo evitar.
Solo con que otro hombre te mire me entran ganas de arrancarle el corazón. Me gusta saber que tú sientes lo mismo.
Se acurruca contra mí y me acaricia despacio, hasta volverme loca.
Dejo caer la cabeza hacia atrás del todo hasta que casi se me parte en dos el cuello del peso repentino.
Mi pecho es un subibaja acompasado con el movimiento de su dedo.
Él me observa con los labios semiabiertos y los ojos entornados, como si le excitara cada suspiro entrecortado que exhalo.
—¿Lo entiendes ya, pequeña? —dice mientras me mete otros dos dedos y los abre dentro de mí para que me ensanche alrededor de ellos. Estoy desesperada por que llenen mi interior—. Nadie me hace sentir así. ¿Cómo iba a tentar otra cama? Me haces sentir…
Un gemido suave lo distrae. Se me está concentrando el orgasmo en la base de la espina dorsal, se entreteje de tal forma que tengo que doblarme sobre mí misma.
De mi coño sale un sonido acuoso, que reverbera en las paredes del despacho.
Se oye tan alto que me pregunto si no traspasará las paredes y llegará a oídos de los clientes.
Sin llegar a sacarme los dedos, Kal se levanta y avanza hasta apoyarme en la puerta. Me pasa la mano que tiene libre por el cuerpo. Me baja el escote del vestido hasta dejarme las tetas al aire y me pasa el dedo por el pezón endurecido antes de arrodillarse.
—Dios. ¿Oyes eso? ¿Oyes lo húmeda que te ponen mi voz y mis dedos? ¿Sientes las ganas enloquecidas que tiene tu dulce coñito de tragarme?
La verdad es que me está costando concentrarme en sus palabras, por no hablar de la forma odiosa en que mi cuerpo se abre para él.
Me levanta la tela del vestido hasta la cintura y se me queda mirando con esos ojos siniestros que hacen que se me encoja el alma.
—No dejes que se caiga —dice cogiéndome una de las manos y poniéndome la tela en las caderas. Tras esto se inclina un poco más hacia mí. Noto su aliento cálido en el coño.
—Kal, hay gente…
Sonríe con malicia, hambriento y desconocido. Nunca lo había visto sonreír.
Levanta el antebrazo y lo utiliza para inmovilizarme contra la puerta, atrapándome entre sus labios y la madera. Trago saliva. Se me forma un nudo en el estómago al ver el fuego en sus ojos.
—Quiero que lo oigan, pequeña. Quiero que sepan lo que te hago, lo que solo yo puedo hacer. —Me lame de atrás adelante mientras me mete los dedos cada vez más rápido. Me siento en la cúspide esperando una revelación—. Si tú estás celosa, yo soy un puto psicópata.
Se aferra con la boca a mi clítoris, consiguiendo que gima desde lo más profundo, un gemido que me parte en dos al escaparse de mis labios. Sigue con movimientos cortos y rápidos al tiempo que me acaricia con la lengua haciendo que se me enciendan todas las terminaciones nerviosas.
—Mírame, Elena —dice entre lametones. Su voz vibra en mis pliegues y me produce una sensación deliciosa que rivaliza con sus caricias—. Contempla a tu marido mientras te corres para él.
—Dios. —Se me cae la cabeza hacia atrás y golpea contra la puerta. Se me cierran los ojos.
—Dudo que Él fuera capaz de ponerte así —dice Kal, que enseña los dientes como advertencia—. No apartes los ojos de mí.
Sus órdenes no dejan espacio a la protesta. Me atrapa con su mirada y no me deja marchar. Sella sus labios a mi alrededor y me succiona el clítoris mientras presiona con la lengua contra los labios mayores.
—¿Qué? —digo con voz ronca al recordar la confesión que ha dejado a medias. Levanto las caderas para sentirlo por completo en busca del orgasmo—. ¿Qué te hago sentir?
La mirada lujuriosa se ensombrece hasta que sus iris son tan oscuros como su pelo y separa su lengua de mí un segundo, dejándome vacía, con ganas de más.
—Vivo —dice de un gruñido antes de volver a sumergirse en mí para seguir con el festín por el que se ha arrodillado—.
Me. Haces. Sentir. Vivo. —Sigue con su labor, metiéndome los dedos y masajeándome con la lengua hasta que me tiembla el coño, que está a punto de explotar—.
¿Sigues ahí? Córrete para mí, esposa. Muéstrame hasta qué punto te hago perder la cabeza.
Asiento, frenética, incapaz de mantener el contacto visual cuando la oleada de euforia asoma la cabecita y me golpea con tanta fuerza que veo doble mientras mi cuerpo se convulsiona.
Sigue acariciándome con la lengua, gruñendo como si fuera la mayor delicia que hubiera probado nunca, y esos sonidos me dan alas, me provocan más oleadas de placer mientras el orgasmo me atraviesa de parte a parte.
Mi cuerpo vuelve a aterrizar poco a poco en la tierra cuando se separa de mí. Lleva la boca manchada de mis jugos. Se la limpia, junto con los dedos, contra la cicatriz de mi muslo, como si se tratara de un ritual.
Se levanta, se pasa las manos por el pecho y me recoloca el vestido dejándome los pechos a la vista. Me fijo en el contorno de su polla, apenas sujeta por la tela, mientras se detiene a contemplar el subibaja de mis hombros.
—Tienes una piel preciosa —dice al tiempo que observa el corte que le gusta recorrer cada vez que follamos.
—Márcame —le digo casi en susurros.
Me mira a los ojos con los suyos llenos de deseo. Traga saliva con dificultad, la nuez casi se mueve de un salto, y se acerca a mí.
—¿Eso te gustaría?
Asiento mientras me humedezco los labios con la lengua y mira el espacio que hay entre nosotros. Acabo de correrme y, sin embargo, noto el cuerpo excitado de nuevo al ver su erección, mi coño se contrae como si tuviera hambre.
Alarga los brazos y me coge las tetas, apretándolas contra la palma de sus manos y pasando los pulgares por mis pezones endurecidos.
—Ponte de rodillas.