23. Kal
Kal
La puerta del despacho de Jonas se abre de repente y golpea en la pared con tanta fuerza que el pomo atraviesa el enyesado. En el umbral aparece Elena. Está tan furiosa queparece que le van a salir rayos de esos ojos color miel,que brillan con el ambiente del bar de fondo.
—Si te estás acostando con otra tía, ya me lo puedes ir diciendo.
Me reclino en la silla y cruzo los brazos sobre el regazo mientras la observo: el cabello le cae ondulado y revuelto por la espalda mientras que el vestido corto azul que lleva poco hace por esconder su figura. Me he vuelto adicto a sus curvas, mi droga favorita.
A mi derecha, Jonas se aparta del escritorio y mete las solicitudes de empleo de portero en su carpeta, sin hacer mención de salir del despacho.
Debería haberme sorprendido verla aquí, pero nada más lejos.
Tras el ataque que sufrió equipé su teléfono para saber su ubicación a todas horas.
Además, no deja de haber ciertos rasgos de carácter de una persona que son imposibles de cambiar.
Tras haber probado la libertad, no se va a encerrar en una jaula de nuevo sin intentar luchar.
No deja de sorprenderme que haya tardado tanto en salir de la finca. Al fin y al cabo, no puedes pasar todos tus días contemplando el huerto a la espera de la primavera.
—Elena —digo procurando sonar calmado pese a lo irritado que me siento. No con ella, con mi vida en general—, estoy ocupado. ¿Puedes esperar?
—No lo sé, Kal, porque no hemos llegado a hablar de enfermedades de transmisión sexual y acabo de mantener una charla de lo más interesante con una chica que te conoce.
—Hace una mueca de desprecio—. Eres el único con quien he estado, así que tú no tienes nada de qué preocuparte.
¿Y yo? Quién coño sabe. Al parecer soy la típica virgen que se fía de que un hombre con más experiencia que ella, un puto médico, para más inri, tenga más cuidado.
—Dios. —Me paso la mano por la cara y me froto la mandíbula, que tengo dolorida. Miro a Jonas y gesticulo hacia la puerta—. Ya sabes dónde está la salida.
—No me importaría quedarme a ver el espectáculo.
Le lanzo una mirada fulminante. Suelta un bufido, pero se levanta y avanza hasta la puerta haciendo más ruido de lo normal con las botas. Elena se echa a un lado para dejarlo pasar sin apartar los ojos de mí.
—No seas muy duro con él, cielo —dice Jonas.
Tengo que aferrarme a los reposabrazos de plástico de la silla para no lanzarme sobre él y sacarle los intestinos por el culo por dignarse a mirarla después de todo lo que ha ocurrido.
Se da la vuelta y pestañea, claramente desconcertada.
No sabría decir si por su acento o porque le haya dirigido la palabra.
El efecto es inmediato: la atención que le presta ha extinguido el incendio como quien apaga el pabilo de una vela con los dedos.
—¿Y tú quién eres? —pregunta con los ojos entornados mientras observa la chupa de cuero que lleva sobre los hombros, la barba sin arreglar, esa sensación de peligro que lo sigue como un nubarrón.
Echa un pie atrás de forma casi imperceptible. Jonas no parece percatarse, pero yo sí, y me pone enfermo.
—Jonas Wolfe. Encantado de conocerte —dice mientras saluda con una inclinación de cabeza—. No me sorprende que no lo sepas. A ese de ahí se le dan fatal las presentaciones.
Me señala con el pulgar. Se me está agotando la paciencia con cada minuto que se queda, desafiándome abiertamente.
—¿Qué te parece si te presento el interior de un ataúd?
—digo al tiempo que desengancho la pistola que llevo junto a la cadera, la amartillo y cargo la recámara.
Apunto con ella directamente a la rodilla de Jonas y paso con suavidad el dedo índice por el gatillo mientras cuento mentalmente lo que tarda en moverse.
Pasa de mí. Sonríe a Elena con complicidad.
—No es un tío muy educado. ¿No te parece?
—La verdad es que no —conviene ella, que se vuelve a mirarme a los ojos. El fuego de antes se ha sofocado, transformándose en algo más sutil, vulnerable.
La noto incómoda. Me lleva un segundo darme cuenta de que tal vez no se sienta bien aquí después de que la atacaran.
Que hayan pasado unas cuantas semanas no significa que no necesite regresar poco a poco.
Al entrar como un torbellino para enfrentarse a mí, se ha saltado unos cuantos pasos importantes para su recuperación.
Incluso el cristal más resistente se rompe si ejerces la presión necesaria.
—Adiós, Jonas —suelto al tiempo que guiño un ojo para apuntar mejor. Estoy a punto de disparar sin importarme que haya clientes fuera cuando abre la puerta.
—Está bien —dice apuntándome con la carpeta y haciendo una inclinación de cabeza a Elena—. Encantado de conocerte por fin, señorita Elena. Seguro que volvemos a vernos pronto.
Ella asiente con la cabeza sin dejar de mirarme a los ojos mientras Jonas sale sin decir nada más, cerrando la puerta tras de sí.
—Echa el pestillo y acércate despacio —le ordeno mientras hago un gesto con el dedo para que se acerque.
Duda al principio, pero luego se gira y obedece conmanos temblorosas. Traga saliva y camina hacia mí con las manos apoyadas a la altura del estómago. Nunca la había visto tan recatada ni sumisa.
El contraste es casi alarmante; la chica que ha irrumpido en el despacho hace unos minutos no tiene nada que ver con la que tengo delante.
—Y ahora —le digo mientras dejo la pistola sobre el escritorio, yergo la espalda y me paso las manos sobre elregazo—, siéntate.
Echa un vistazo a su alrededor con el ceño fruncido; la única silla aparte de la mía es la que hay detrás del escritorio de Jonas. Vuelve a mirarme a mí, despacio, con un dulce rubor en la cara.
—¿Te parece apropiado que me siente ahí? Tu amigo podría entrar en cualquier momento.
—¿Con el pestillo echado? Lo dudo. —Me doy unas palmaditas en el regazo con las cejas enarcadas, expectante, observándola mientras se decide—.
Puedes sentarte donde quieras, pequeña, si aquí no te sientes cómoda: sobre la mesa, en el suelo…
También puedes quedarte de pie. Es irrelevante.
Lo que necesito es que me lo cuentes todo, empezando por lo que has soltado al entrar como una exhalación.
Abre y cierra los puños. Le cuesta soltarse conmigo.
Busca por el despacho con la mirada como si fuera a encontrar ahí las palabras.
Al final asiente con la cabeza, se acerca hasta donde estoy yo y se acomoda en mi regazo.
Al hacerlo, se le levanta ligeramente el vestido por el muslo.
Le recoloco la tela mientras coge la postura.
Estoy desesperado por volver a tenerla así, aunque no me olvido de que le pasa algo.
Esta vez un revolcón rápido y salvaje no va a solucionar las cosas.
—A ver —empiezo yo mientras le enredo los dedos en el pelo a la altura de la nuca, inclinándole la cabeza ligeramente hacia atrás—.
Has conocido a una chica ahí afuera… —le cuesta tragar saliva.
En esta postura se le ven los ojos grandísimos, vulnerables cuando se fuerza a levantar la mirada hacia mí, consiguiendo que se me desate un incendio en el alma— y has dado por hecho que me he acostado con ella.
O que lo sigo haciendo, a juzgar por la acusación de antes.
—Me ha dicho que te conocía.
Le inclino la cabeza hacia atrás otro poco y le rozo con la nariz la suave curvatura de su cuello. Inhalo su aroma despacio. Abro la boca y le raspo con los dientes de arriba la costra que se le ha formado sobre la herida que decorala depresión entre el cuello y el hombro.
He contemplado muchísimas obras de arte en mi vida, en todas sus variantes, pero jamás había admirado nada tan apabullante como ella; su piel tersa como un pálido lienzo, pintado con la prueba de nuestros pecados.
—Conozco a muchas personas, Elena. No me acuesto con todas. —Aprieto los dientes, hundiéndolos en el grueso músculo que le asciende por el lateral del cuello. Ella se estremece al sentir el dolor y yo la estrecho más fuerte contra mí.
—También me conocía a mí —susurra con los dedos aferrados al cuello de mi camisa—. Se sorprendió al percatarse de que yo no la conocía a ella y eso me hizo darme cuenta de que…
Deja la frase sin concluir. Separo un poco la cabeza hasta que se rozan nuestras narices y espero a que continúe.
—¿De qué?
—De que apenas te conozco. —Lo dice con toda la ternura de la que es capaz y, aun así, no me pasa desapercibido lo que conlleva, el tono acusador que subyace, como si deseara creer en mí, pero no consiguiera hacerlo.
El aire que respiro me quema en la garganta. Exhalo el aliento poco a poco por la nariz concentrado en el percutir de su pulso en la base del cuello. Cuando hablo, lo hago con la boca pastosa; un obstáculo que he de salvar.
—¿Qué quieres saber?
Antes siquiera de que abra la boca, ya sé que la respuesta va a ser «todo».