22. Elena
Elena
—Hazme caso: esa mujer ha perdido el norte.
Pongo los ojos en blanco y miro la tierra labrada del exterior.
Suelto un bufido al comprobar que sigue sin brotar nada de lo que planté el mes pasado en el jardín.
Las semillas han germinado y sobresale algún tallo que otro de entre la tierra, pero no ha florecido nada.
Ni siquiera los lirios, pese a su corto periodo de floración.
He empezado a preguntarme si no será el aire mortuorio que rodea la casa lo que mantiene a las flores bajo tierra, a salvo. O tal vez fue Kal quien succionó la vida a la zona cuando le dejé arrancar las malas hierbas y labrar la tierra.
Me quedo mirando el tiesto en el alféizar de la ventana que hay sobre el fregadero, donde la menta que plantó Marcelline ha empezado a sobresalir de la maceta y crece a la luz del sol.
Por el altavoz del móvil, mi hermana Ariana sigue divagando sobre lo mucho que me echa de menos Mamma.
—Se sienta en tu balcón cada noche mirando al infinito como si estuvieras muerta.
Me siento abrumada por la tristeza. Causarles dolor a mis padres no me gusta nada, ni siquiera cuando los motivos de su tristeza no son del todo desinteresados. Da la sensación de que mi cometido en esta vida ha sido añadir desgracias al mundo.
Es algo que me atormenta desde niña. Siempre me he esforzado por ser lo que querían mis padres. La princesita perfecta para la mafia, dócil y sumisa, dispuesta a hacer cualquier cosa para que se sintieran orgullosos de mí.
Cualquier cosa para ver una chispa de orgullo en los ojos oscuros de mi padre o para que mi madre no me considerara una versión juvenil y empeorada de sí misma a través de la que poder seguir viviendo.
Pero estoy donde estoy, soy quien soy, por ellos y por las decisiones que han tomado. Lo mínimo que podría hacer mi madre es no ser tan dura conmigo, pero ella sigue intentando que me sienta culpable, sigue intentando controlarme, cuando ni siquiera vivimos en el mismo sitio.
—En Estados Unidos la mayoría de la gente se va de casa de sus padres cuando se hace mayor y se casa —le digo a Ariana mientras cojo una hoja de menta muerta y la tiro a la basura—. De hecho, me da un poco de vergüenza no haberme ido antes.
—Tampoco te habrían dejado irte a ninguna parte. —Cojo el teléfono y vuelvo a la videollamada. Veo sus grandes ojos cuando se acerca a la cámara para pintarse la raya del ojo—. Tienes suerte de que Kal te sacara de aquí cuando lo hizo.
Enarco las cejas.
—Eso suena siniestro. ¿Qué no me has contado?
Se ríe de medio lado, como suele hacer ella, y se hace tirabuzones en un mechón de pelo castaño con el dedo.
—Nada… Es solo que las cosas han cambiado desde que te fuiste.
—¿El qué?
—No sé. Hay muchísimo hermetismo. Papà apenas sale de su despacho y cuando lo hace tiene una mirada turbia en los ojos como…
Deja la frase sin terminar. Yo me agarro al borde de la encimera de mármol esperando a que continúe.
—¿Cómo qué?
—Como si estuviera condenado. —Se queda mirando algo que queda fuera del alcance de la cámara y abre los ojos un poquito, molesta. Hace ese gesto desde que éramos niñas—. ¿Qué tal va la vida de casada? ¿Ya sabes dónde estás? Mamma sigue empeñada en encontrarte.
No me gusta nada la forma en que ha cambiado de tema, me hace sentir incómoda, pero decido ignorarlo y seguirle la corriente; mis hermanas no son de esas personas que se callan las cosas, y menos si se trata de algo que pueda ser peligroso para ellas.
O eso quiero creer cuando me dirijo a la biblioteca y me acomodo allí mientras Kal está en otra reunión.
Nos hemos acercado físicamente estas últimas semanas.
El hombre es como una estatua de piedra.
Cada vez que follamos, su capa externa se descascarilla otro poquito, pero las esquirlas son tan diminutas que no me parece que haya hecho ningún progreso.
Está más tenso que el péndulo de un reloj de pie y en cada ocasión es más que evidente que trata de canalizar sus frustraciones directamente con ello.
No es que no esté disfrutando del viaje: tengo el cuerpo constantemente dolorido en partes que ni siquiera sabía que existían y pierdo la cabeza cada noche en una marea de éxtasis. Es solo que más que un viaje parece una montaña rusa de la que no me deja apearme el empleado del parque temático.
El problema es que quiero que se abra conmigo.
Desde la noche que me atacaron, he abandonado la ardua tarea de mantener mi atracción en secreto e intento disfrutarla siempre que puedo.
A veces lo consigo entrando en su despacho mientras revisa contratos inmobiliarios o demandas por mala praxis (la suya no, curiosamente; aunque le gusta estar al día de las que sacuden el mundo de la medicina «por si acaso»); me apoyo en su mesa y separo las piernas despacio hasta que se da cuenta de lo que le ofrezco y deja de trabajar para darme lo que quiero.
Otras veces lo acribillo a preguntas. Empiezo por las menos importantes hasta que se irrita tanto que acaba porcontestar lo que realmente quiero averiguar, comopor qué nunca llegó a conocer a su padre o por qué no se enteró de que tenía hermanos hasta que murió su madre.
O sobre cómo vivió en la pobreza hasta que mi padre lo ayudó a salir de ese hoyo.
Lo que intento es derretir su corazón helado.
Cada día que pasa lo que siento por él se multiplica por diez.
No debería ser un problema si no fuera porque contrasta tanto con lo que sentía al comienzo de nuestra relación, y sigue punto por punto lo que Mamma dijo que ocurriría.
«Aprenderás a quererlo», me dijo. Y aunque el contexto (y el marido) era diferente, no puedo evitar sentir un chispazo de rebeldía al comprobar que tenía razón en esto.
A Ariana no le cuento nada de todo esto, claro.
Ella cree que mi relación con Kal es real y profunda, pese al venenoque quieren verter sobre nosotros mis padres.
Le aseguro que están llevando las cosas demasiado lejos cada vez que saca el tema de que todo Boston parece creer que me han secuestrado.
Ya sabe cómo son nuestros padres y que les gusta controlar el relato, así que suele aceptar lo que le cuento y pasa a otra cosa.
Técnicamente sí que me secuestraron. En eso no se equivocan. Aunque tampoco lo saben todo.
—Cuando me llamas no hacemos más que hablar de mí —digo para tratar de reconducir la conversación y tranquilizar mis pensamientos—. Estoy harta de mí misma. ¿Cómo os va a ti y a Stella?
—Stella sigue como siempre. Nada nuevo bajo el sol —dice Ari dando un resoplido—. Yo tengo un recital dentro de un par de semanas.
Se me cae el alma a los pies.
—Mierda, el recital. Me había olvidado.
—Exacto. —Pronuncia la palabra con mucho cuidado, consiguiendo que me sienta como una cabrona—. El cascanueces , para la función de Navidad del instituto que montan en primavera. Un poco rarito celebrar la Navidad en primavera, pero supongo que así es más sencillo elegir los temas de la función.
Me siento superculpable. Me acuerdo de los recitales a los que sí que he acudido. Nunca jamás me he perdido una de sus actuaciones desde que empezó las clases de ballet.
—Iré a verte.
Ariana pestañea una vez. Otra.
—No hagas promesas que no puedas cumplir.
No sé a qué viene esa actitud. ¿Qué estará pasando en casa que no me cuenta? Vuelvo a prometérselo de todo corazón. No me doy cuenta hasta un poco más tarde de lo difícil que puede llegar a ser cumplir mi palabra.
Hemos colgado en cuanto mi madre ha entrado en la habitación y se ha echado a llorar al ver mi cara en la pantalla. Un rato después de colgar con Ariana, Marcelline avisa al chófer para que me lleve hasta La Cuadriga Llameante.
Me bajo de la limusina y le hago una señal al chófer para que se vaya sin mí.
Me quedo de pie un segundo en el bordillo frente al bar con el bolso bien apretado a las caderas al recordar lo que pasó la última vez que estuve aquí: la aguja perforándome la piel, la forma en que me miró Vincent como si fuera un despojo, la agresión de después…
Se me forma un nudo en la garganta y me cuesta respirar al recordarlo. Se me ponen los pelos de punta y tiemblo de pies a cabeza.
A una persona normal le habría afectado la forma en que lidió Kal con el problema, pero lo cierto es que yo no he perdido ni un minuto de sueño pensando en ello.
Puede que se deba a que, desde aquel día, nos hemos embarcado en un frenesí de rigurosa actividad amatoria y no hay día que no lo hagamos, o igual es porque estoy demasiado cansada para pensar en ello.
Me gusta el carácter irreversible que tuvo su forma de resolver el problema. Hasta ahora no he querido pensar en ello, pero al volver al bar y tener delante la viva imagen de mis pesadillas, me entran ganas de salir corriendo.
Oigo una risa suave a mi lado que hace que me distraiga del edificio por un momento.
Giro la cabeza despacio conlos músculos atenazados por el miedo y me encuentrocon una chica de pelo moreno peinado en dos trenzas de raíz a unos pasos de distancia.
Parece una réplica de mí misma, con los brazos cruzados y mirando el bar de esa forma.
Arrugo la nariz y aparto la mirada a ver si así me tranquilizo, porque tengo los nervios avanzando por el torrente sanguíneo como rabiones.
¿Cuánto tiempo se necesita tras sufrir un acontecimiento traumático para enfrentarte a tus demonios?
—Dieciséis.
Abro los ojos de par en par y me vuelvo hacia la chica que está a mi lado. Se tira del dobladillo de la camisa negra mientras niega con la cabeza. Por un segundo siento pánico. ¿Habré hablado en voz alta sin querer?
Me mira de reojo y deja caer las manos a los lados.
—He venido hasta aquí en dieciséis ocasiones en las últimas dos semanas, pero no consigo entrar.
Exhalo una bocanada de aire, aliviada, y la observo con mayor detenimiento: va vestida entera de negro y lleva los bajos de los pantalones enrollados por los tobillos.
La única nota de color se la aporta un colgante de girasol que tiene en el cuello.
Incluso los ojos, amables pero oscuros y cautelosos, reflejan la morbosidad de su atuendo.
Casi puedo oír a mi hermana Ariana criticando su falta de estilo.
«La gente que va siempre de negro no es normal», diría mi hermana. «O bien son adoradores de Satán o bien se odian a sí mismos. Hay demasiados colores disponibles en la madre tierra como para elegir el único que carece de color».
Y mi madre preguntándose por qué no encuentra un novio decente…
Si añadimos al atuendo la palidez de la chica y su delgadez, podría hacerse pasar por un vampiro. Igual es por eso por lo que no puede entrar.
—¿Tienes miedo a lo que te vas a encontrar dentro? —pregunto por fin. El silencio se había vuelto incómodo.
Frunce los labios.
—Algo así.
De nuevo reina el silencio. Me coloco un mechón de pelo tras las orejas y me encojo de hombros.
—Podríamos entrar juntas. Conozco al dueño. No permitirá que pase nada mientras esté él dentro.
«Otra vez no».
No me parece que Kal sea de los que tropieza dos veces en la misma piedra.
La chica ladea la cabeza y me mira de arriba abajo. Junto los pies, incómoda bajo su atenta mirada y arrepentida de no haberme puesto bragas debajo del vestido azul marino. Puedo sentirlo todo , incluido el peso de su mirada.
—¿Conoces a Kal?
Alzo la mano izquierda y giro el diamante para que reluzca a la luz del sol. Siento el aguijonazo de los celos en el pecho por el hecho de que conozca su nombre. Mejor será aceptarlo que reprimirlo, ¿no?
Hincha las mejillas y suelta un silbido, apoyándose sobre los tacones.
—Así que lo conoces de verdad. Debes de ser Elena.
Me sonríe de medio lado y me ofrece la mano. Yo pestañeo, dudosa, y le doy un apretón de manos dos veces, como me enseño Papà.
No añado nada más, así que me suelta la mano y aprieta los labios.
—Soy Violet, por cierto.
—Ah. —Vuelvo a mirarla por si la hubiera conocido en algún sitio y no me acordara bien de ella.
La verdad es que tampoco he salido mucho por Aplana, con la excepción de un par de visitas que hice al mercado de productos locales con Kal y una vez que fui con Marcelline a recoger unos muffins a una pastelería que hay al norte de la isla.
Mi última incursión en la vía pública no terminó demasiado bien y me he encerrado un poco en casa, resignada a una vida de ermitaña como la que habría tenido de haberme casado con De Luca.
Por lo menos como esposa de Kal no me voy a ver obligada a atender ni organizar un montón de eventos sociales.
Al contrario, la mayoría de las veces Kal rechaza la interacción social.
Se contenta con encerrarse en el Asfódelos y pasar el tiempo conmigo follando.
No es que me prohíba hacer amigos, pero disfruto de que quiera pasar todo su tiempo conmigo, así que no hago nada que lo desaliente.
—No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad? —dice soltando otra risita, aunque esta vez va acompañada de irritación.
—Lo siento —me apresuro a decir—. Acabo de llegar a la isla y…
Levanta la palma de la mano y niega con la cabeza. Tiene restos de tinta verde en el pulgar. Le marca la huella del dedo hasta el punto de que parece que el color estuviera bajo la piel.
—En serio, no hay nada que sentir. Yo tampoco le hablo a nadie de él. ¿Por qué tendría que hablar él de mí?
Frunzo el entrecejo, perpleja. Los celos me atenazan la garganta, aunque no estoy muy segura de por qué.
—¿De qué lo conoces?
Se me queda mirando en silencio unos minutos, tanto que los celos empiezan a extenderse y me encienden las terminaciones nerviosas.
Por un lado, querría ceder ante ellos y perder los papeles ahí mismo.
Pero intento controlarlos, los canalizo y me centro en la idea más evolucionada de que Kal tiene un pasado.
Mucho ocurrió antes de que hubiera algo entre nosotros.
Qué más da el tiempo que llevara yo colgada de él.
Él nunca me correspondió, y ahora que mis sentimientos son más complicados que nunca, ni siquiera sé lo que siente él.
Probablemente siga igual que siempre, utilizándome, como me dijo al principio.
Claro que si esto es lo que significa que Hades te utilice, prolongaré mi estancia en el Inframundo.
Violet se humedece los labios mientras juguetea con una de sus trenzas al tiempo que una pareja pasa por nuestro lado cogida de la mano y hablando de ir a visitar la playa.
Tiene una mirada extraña, hay algo triste y familiar en ella, así que vuelvo a hacerle la misma pregunta para retomar la conversación.
—¿De qué conoces a Kal?
Me mira a los ojos con sonrisa melancólica.
—En realidad no lo conozco.