Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 21. Kal #2
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21. Kal #2

Un escalofrío me recorre el cuerpo. Rodeo el escritorio mientras Rafe sigue con su cháchara y saco la pistola del cajón. Apunto con mano férrea pese a los nervios, le quito el seguro y disparo. Observo la trayectoria de la bala.

Atraviesa el marco de la foto rompiendo el cristal y se aloja en la pared que hay detrás. Saltan esquirlas por los aires y el péndulo se cae por la fuerza del impacto. Observo la caída y cómo se le rompe uno de los brazos basculantes. El ruido cesa de inmediato.

—¿Me está oyendo, Anderson? —me pregunta Rafe—. Tienes dos opciones: o me das el dinero o me juras lealtad y trabajas para mí. De lo contrario eres hombre muerto.

Me aparto el teléfono de la oreja, guardo la pistola en el cajón y cuelgo la llamada.

Un rato después encuentro a Elena en el jardín de atrás, sacando sacos de tierra de unas cajas de cartón y arrastrándolas por la hierba hasta un espacio que ha preparado para trabajar junto al seto.

Marcelline está de pie a unos metros de distancia, observándolo todo mientras sumerge una vez tras otra una bolsita de té en una taza de cerámica azul.

Elena se retira un mechón de pelo sudoroso de la cara y se gira a contemplar el jardín con las manos en las caderas. Lleva un vestido morado que le realza el culo y, al acercarme, me acuerdo de cuando se lo agarré para sentarla sobre mi polla.

Por un instante, me olvido de todo lo que sucede a mi alrededor y me pierdo en ella. Elena es como una tarde de primavera reconfortante: capullos en flor y brisa marina. Me dejo abrazar por la sensación, bloqueando la cruda realidad.

Nunca he sido el tipo de hombre que huye ante las adversidades, pero al observar a la mujer que tengo delante, a la que he arrastrado a mi caos, me sorprendo a mí mismo deseando poder hacerlo. Deseando que esta sea la vida que alguien como Elena se merece.

—No te enfades conmigo —dice antes de que llegue hasta ella, dándose la vuelta para verme la cara.

Se la ve feliz, hay algo delicado en sus rasgos que borra la rigidez de estos días atrás.

Una sensación de bienestar que solo se explica como un efecto secundario del sexo alucinante del que hemos disfrutado.

—¿Por qué iba a enfadarme? —le pregunto mientras le pongo la mano en la mejilla. Le acaricio con el dedo pulgar la parte baja del cardenal que le rodea el ojo. Se le ha reducido considerablemente la hinchazón y ya no está tan morado como anoche.

—Estoy a un paso de destrozarte el jardín. —Señala con la mano los sacos de tierra—. Y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Se supone que Marcelline iba a leerme la página de la Wikipedia, pero…

Desvía la mirada para centrarse en mi asistenta, que se encoge de hombros y bebe de su té.

—Pero la jardinería no está dentro de mis tareas.

Elena da un resoplido.

—Tampoco lo estaba secuestrarme, ¿o sí?

Algo se me revuelve en las entrañas al oírle pronunciar esa palabra tan a la ligera. Me pregunto qué le habrán contado sus hermanas sobre lo que dice la prensa en Boston. Si le hace ver las cosas de otra manera.

Carraspeo y le aparto la mano para meterla en el bolsillo de mi chaqueta.

—Tengo unas cuantas reuniones que me van a mantener ocupado los próximos días, pero podría ayudarte con esto el fin de semana.

—¿En serio? —Enarca las cejas sorprendida y señala con la cabeza el rectángulo que ha dibujado con restos de madera—. ¿Sabes cómo plantar flores?

—Ayudé a instalar un triple baipás durante mi residencia y he cosido más heridas de las que vas a ver en tu vida. Creo que podré con las plantas.

Vuelvo al Asfódelos mientras las dos se quedan fuera. Trato de pasar desapercibido en la biblioteca a ver si me libro de esa extraña sensación que se me ha instalado en el estómago. No es que me duela, se trata más bien de una oleada de náuseas que se suceden sin llegar a desaparecer del todo.

Abro una botella de whisky escocés de cincuenta años y me sirvo tres dedos en un vaso, cojo el primer libro sobre el que se posa mi mano y me dejo caer en uno de los sillones de cuero que hay frente a la chimenea apagada.

Abro el libro, me lo apoyo en la rodilla y contemplo la página sin llegar a leerla. El corazón me late a toda máquina y sigo asqueado por la forma en que han vuelto a jugármela los Ricci. Por eso protesta mi estómago.

Porque este es el meollo de la cuestión: si no fuera por la ayuda amistosa y la promesa de una vida de lujo que me ofreció Rafael cuando nos conocimos, lo más seguro es que mi vida habría sido de otra manera.

Podría haber tenido una oportunidad con mi hermana. Tal vez me habría casado por amor y no porque necesitara a una reina a mi lado. Puede que todavía tuviera la carrera de médico que quería mi madre y no sentiría que debía abandonarla como castigo por las vidas que he quitado.

Unos minutos más tarde, se abre la puerta de la biblioteca y entra Elena. Cierra la puerta tras de sí y se acerca de puntillas hasta colocarse frente a mí.

—¿Estás bien? Parecías un poco tenso ahí afuera. —Se fija en el lomo del libro y se horroriza—. Oh, oh. ¿Dorian Gray? Sé que ya tienes unos años, pero hoy en día tener treinta y dos se considera ser joven. El hombre más viejo de la Tierra tiene ciento quince años. ¿Lo sabías? Te queda mucho tiempo.

Cierro el libro de golpe, lo lanzo sobre la mesa del fondo y la cojo por la muñeca.

Tiro de ella para sentarla conmigo en el sillón.

Reacciona dando un gritito, pero se acomoda sentándose a horcajadas sobre mí.

Se apoya sobre las rodillas de forma que le queda el coño justo encima de mi polla.

Se me pone dura al instante, lista para la próxima dosis.

—¿De verdad el hombre más viejo del mundo es tan mayor? —le pregunto mientras le paso la nariz por el contorno de la mandíbula.

Se estremece, se encoge de hombros y me rodea el cuello con sus brazos mientras gira sus caderas.

—No tengo ni idea, pero ha conseguido que dejes de pensar en tus historias.

Me aparto lo justo para mirarla fijamente a los ojos y suspiro, negando con la cabeza levemente.

—Eres tú la que me ha distraído. Parece que tienes un talento natural para ello.

—Ya veo. —Sonríe y se acerca para pasarme la punta de la lengua por el contorno de la oreja y me mordisquea el lóbulo—. Te voy a compensar por ello.

Aparta la mano de mi cuello y la desliza por el pecho antes de metérmela por los pantalones. Dobla el codo y me rodea la polla con firmeza. Estoy cada vez más empalmado. Me pasa el pulgar con suavidad por el capullo húmedo.

Echo la cabeza hacia atrás y exhalo. Todo el estrés ha desaparecido, se ha transformado en estas ganas de correrme al concentrarse toda la sangre ahí abajo.

—Creo que estás listo para mí —susurra mientras me la menea. Me baja la cremallera del pantalón y me la saca antes de levantarse.

—Siempre —digo entre dientes mientras le subo el vestido hasta la cintura y sujeto la tela en un puño para que no se caiga. Se me escapa un gruñido cuando descubro el coño desnudo, húmedo como un pétalo de rosa con rocío—. Dios, pequeña. ¿Llevas bragas alguna vez?

Ella sonríe y me la coge para colocármela debajo de ella.

—No, y no pienso hacerlo jamás.

Baja despacio, centímetro a centímetro, hasta que toca mis piernas con el culo. Cojo una bocanada de aire cuando llega hasta el fondo y ella traga saliva. Levanta la mano y me la enreda en el pelo.

Empieza a girar las caderas mientras se desliza arriba y abajo con cuidado, como si no tuviera muy claro qué debe hacer. Entonces caigo en la cuenta de que no tiene ninguna experiencia en el sexo. Otro problema del que preocuparme…

Aunque me dura poco la preocupación, porque estar dentro de ella es como el cielo en la tierra. Es una diosa que ha descendido solo para salvar mi alma de la perdición.

—Lo siento —murmura, ruborizada.

—Joder, ¿por qué pides disculpas? —Casi no me salen las palabras. Tiene el coño tan apretado que veo fuegos artificiales. Le llevo las manos a la cadera para seguir el ritmo con ella.

—Yo… Esto es nuevo para mí. No quiero fastidiarlo todo.

—Eso es imposible —digo mientras me muerdo el labio cuando empieza a caer con más fuerza. Al parecer ha encontrado ese punto que le vuelve loca—. Sigue así y voy a explotar antes de que esté listo.

—Mierda —ronronea arqueando la espalda, contrayendo las paredes internas—. Lo dices como si fuera algo malo, pero a mí me suena a gloria.

—A mi mujercita cachonda le gusta que pierda el control.

Asiente con la cabeza. Me coge una de las manos y se la lleva a la garganta. El movimiento de sus caderas me lanza descargas en las pelotas, que están llenísimas; el orgasmo se abre paso y le estrujo el cuello al mismo tiempo que su coño vibra espasmódico, incapaz de posponerlo más.

Veo puntos blancos mientras me descargo entero en lo más profundo de su ser; las contracciones de su coño exprimen hasta la última gota de mi semen. Me apoya la cabeza en el pecho y me hunde los dientes para ahogar el grito, mordiéndome hasta traspasar la piel.

Me pasa la lengua por el cuello antes de apartarse y besarme en los labios de una forma que a punto está de salvarme. Noto el sabor de la sangre en su paladar y casi me vuelvo a correr sin necesidad de más estímulo.

Después, cuando se relaja sobre mi cuerpo con la cabeza en el pecho mientras espera a sentir las piernas de nuevo, vuelvo a tener un presentimiento, aunque ahora el objetivo es otro.