21. Kal
Kal
—Se te ve descansado. Qué raro.
Le doy un mordisco al cruasán y miro a Jonas desde mi escritorio con la ceja enarcada.
—¿Por qué es eso raro?
Se rasca la barba y se encoge de hombros mientras revuelve los papeles que tiene delante.
—Te conozco desde hace muchos años y siempre has tenido aspecto de zombi. Me parece interesante el cambio.
—Interesante —repito tragándome el último bocado del bollo—. Eso es una forma pedante de decir aburrido.
—Ya veo. Quieres cambiar de tema. Así que tiene que ver con cierta mujercita… —Se arrellana en el asiento—. ¿Por fin habéis consumado el matrimonio?
—No pienso hablar de eso contigo.
—Considéralo… ¿qué término utilizan en el fútbol americano? ¿Bloquear al contrario?
Saca un sobre de entre sus papeles: es el contrato que firmé hace años, justo antes de que se muriera mi abuelo, gracias al cual puedo acceder a un fondo fiduciario multimillonario que el viejo cabrón creó para mí.
Ya me había cedido los derechos de propiedad de media docena de negocios de Aplana además de acciones y participaciones en otras empresas de distinta índole. Supongo que nunca dejó de intentar compensarme por no haberse enterado de mi existencia hasta que ya era demasiado tarde para salvar mi alma.
Una de las condiciones del fondo era que tenía que cumplir los veinticinco años para acceder al depósito. También tenía que estar limpio, es decir, tenía que abandonar la vida criminal en la que había caído. Una proeza mucho más difícil de lo que pueda parecer a simple vista.
Una vez te conviertes en un miembro de la mafia, ya no hay escapatoria.
No te dejan irte sin luchar. Sinceramente, cuando le conté a Rafe hace unos meses que quería renunciar, esperaba más resistencia por su parte.
También esperaba que la otra condición que estipulaba el fondo, que me casara y que el matrimonio fuera legítimo, se solucionara con la primera.
He amasado una fortuna sin ayuda de nadie en los últimos años, así que tampoco es que me interesara cumplir con las condiciones para acceder al dinero que me había dejado mi abuelo por sentirse culpable.
Pero entonces intenté reconectar con mi hermana.
Tanto ella como sus dos hermanos habían quedado estratégicamente excluidos del testamento, la herencia y el fondo fiduciario.
De hecho, se supone que no deberían ver un céntimo jamás, motivo por el que he estado firmando los cheques de Violet con cargo a mis ahorros personales.
Mi intención es transferir el dinero del fondo a un banco extranjero y darle a ella los datos bancarios.
Sin embargo, ha rechazado todos mis cheques y la fecha de vencimiento del fondo se acerca, así que no me ha quedado otro remedio que tomar medidas desesperadas.
Era consciente de que Miles, el abogado de mi abuelo, acabaría viniendo a comprobarlo todo. Simplemente lo había dejado para más tarde porque había otros asuntos en mi vida que me parecían prioritarios.
—¿Quién usa un término deportivo para hablar de entrometerse? —pregunto mientras limpio los restosde cruasán del escritorio y los tiro a la papelera. Tras esto le quito el contrato de las manos.
Voy pasando las hojas meticulosamente impresas, fijándome en el garabato de mi firma y la letra impecable de mi abuelo al final de cada página.
—Sea como fuere, la fecha de vencimiento se acerca. ¿Cómo convencerás a Miles de que vas en serio con Elena?
Doy unos golpecitos con el dedo sobre la cláusula de matrimonio del contrato y suspiro.
En circunstancias normales, solo con haberme casado bastaría; sería prueba suficiente; pero en un mundo donde se conciertan matrimonios por conveniencia a todas horas por este mismo motivo, supongo que no puedo guardarle rencor a mi abuelo por querer asegurar su legado.
No es como si mi matrimonio fuera real donde verdaderamente importa: en el alma; en nuestros corazones. Solo existe sobre el papel y en la cama.
Me paso la mano por la cara y suelto otro suspiro.
—Está claro que no pienso entregarles las sábanas ensangrentadas como prueba de que la he desvirgado.
—Tampoco es que pudieras conseguirlas a estas alturas.
Entorno los ojos hacia él. Jonas se revuelve incómodo en su asiento y se toquetea el cuello de su chupa.
—Anticonceptivos —digo por fin al recordar la conversación que mantuve con Elena después de empalarla con mi polla en la ducha.
Jonas enarca la ceja.
—Por favor, dime que los estáis usando.
Le hago una mueca y me yergo en la silla para buscar algo en el ordenador.
—Le estoy pidiendo cita con el doctor Martin para que le recete anticonceptivos. Le mandaré la receta a Miles.
—¿Crees que le valdrá con eso? Podría tomarlos por muchos motivos. ¿Y no quería un heredero? ¿Cómo te va a ayudar eso?
—La cláusula sobre tener un heredero no tiene fecha de vencimiento.
Los anticonceptivos son una muestra de que somos sexualmente activos, así que cuando deje de solicitar la receta, tendrá una prueba de que estamos intentando tener un hijo.
—Abro el calendario de la aplicación y escribo los datos personales y le doy a «enviar»—. Será suficiente.
«No queda más remedio».
Después de revisar los posibles sustitutos para los tres empleados de La cuadriga llameante que perdimos ayer y de convocar una reunión con el equipo de Ivers Internacional, Jonas sale del despacho. El teléfono empieza a vibrar hasta que casi se cae del escritorio.
Hay un péndulo de mesa sobre el armario del rincón balanceándose de un lado a otro que me está poniendo de los nervios. Cojo el teléfono y miro la pantalla. Me invade una oleada de irritación. Descuelgo la llamada antes de que me dé tiempo a echarme atrás.
—Carmen —digo esperando oír su voz chillona, pero me contesta una voz grave.
—Anderson. —Es Rafe. Su voz suena entrecortada. Nunca lo había oído hablar así—. Pensé que tendría que insistir para hablar contigo, pero ya veo que sigues con las mismas ganas de hablar con mi esposa de siempre.
—Créeme —le contesto al tiempo que me apoyo en la mesa y cruzo las piernas—, nunca tengo ganas de hacer nada con esa demonio.
—No te he llamado para hablar de Carmen.
Claro que no. Cualquier conversación que verse sobre ella acaba en derrota. Es una causa perdida, va a la deriva mientras los demás se limitan a mirar.
—¿Cómo está mi hija?
Me entran ganas de reír, pero me contengo, consciente de que tengo que obrar con inteligencia ante lo que quiera decirme.
—¿Te refieres a después de que hicieras que la atacaran? Está todo lo bien que cabría esperar.
Estoy a punto de contarle que me la he tirado dos veces desde anoche, pero me muerdo la lengua a tiempo; no quiero avivar las llamas todavía.
—No tengo ni idea de lo que dices —contesta. Me lo imagino tocando con el dedo el enorme sello que lleva en el pulgar, mirando el emblema grabado en la tarjeta que dejaron en la estación de autobuses—. Hace días que no contesta a los mensajes de su madre y estábamos empezando a preocuparnos.
—Tal vez si no fueras contando mentiras sobre la forma en que empezó su matrimonio estaría más dispuesta a hablar con vosotros.
—¿A qué mentiras te refieres, Kal? —Se detiene como si esperara una respuesta, aunque enseguida vuelve a la carga—.
¿Acaso no mataste a su prometido mientras se preparaba para el día de su boda?
¿No me obligaste a presenciar la ceremonia con la que me robaste la mano de mi hijita después de haberle robado la virtud?
—Yo no te obligué a nada. Te mostré las opciones que había y te di la oportunidad de elegir. Antepusiste tu propia seguridad al contrato que tenía ella con esos buitres de los medios de comunicación.
Se sorbe la nariz y yo pestañeo en el despacho vacío. ¿Estará llorando?
—La cuestión, doctor Anderson, es que queremosque nuestra Elena vuelva a casa. Haremos lo que sea para quevuelva. Por favor, no la retengas contra su voluntad. Es mi bambina …
Se le vuelve a quebrar la voz al pronunciar la última palabra. Ha utilizado el italiano con toda la intención para sonar dramático. Es entonces cuando me percato de lo que está ocurriendo y me levanto de la silla enfurecido.
—¿Qué quieres, Rafe? —le pregunto lanzando una mirada asesina a la única foto que tengo, de cuando tenía dieciséis años. Estoy entre Rafe y Carmen y fue tomada durante su fiesta de aniversario. Carmen me rodea la cintura con su brazo, reteniéndome a su lado, donde permanecería años como un idiota.
No sé por qué sigo teniendo esa foto. Rafe mira al frente sin enterarse de nada, como ella quería. Hasta que un día se enteró, y empezaron a torcerse las cosas.
Supongo que ese es el motivo de que se ande con tantas reservas; tiene toda la pinta de ser una trampa; la sola idea de que esté intentando jugármela hace que me hierva la sangre.
Sobre todo porque no me ha encargado ningún trabajo desde nuestro pacto y, pese a que había empezado a pensar que era porque había aceptado mi renuncia, ahora me doy cuenta de que su plan desde el principio era devolvérmela de una manera más creativa.
Junto a la fotografía, el péndulo sigue con su vaivén, consiguiendo que me palpite el músculo que hay debajo del ojo.
Un segundo después, Rafe carraspea y, cuando vuelve a hablar, la tristeza que inundaba su tono de voz ha desaparecido por completo.
—Quiero dinero. Me jodiste bien el contrato con Bollente y tuve que darles un buen mordisco de los negocios Ricci para saldar cuentas con ellos.
—No fui yo quien te dijo que vendieras a tu hija. Tampoco le pedí que se metiera en mi cama.
—Ya, como tampoco se lo pediste a Carmen, ¿no? —dice con odio, cada vez más nervioso.
«Yo nunca me acerqué a Carmen —quiero decirle—. Siempre fue ella la que vino a mí».
Pero no se lo digo.
Me trago el suspiro que tengo ganas de soltar y me preparo para soportar la rabia que está a punto de desbordarse como el agua de una presa y que amenaza con ahogarme. Me centro en el suave vaivén del péndulo y bloqueo todo lo demás hasta que solo oigo el tictac.
Tic tac.
Tic tac.
Tic tac.