Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 20. Elena
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20. Elena

Elena

Me siento plena.

Es lo único que me pasa por la cabeza cuando Kal me ensarta la polla hasta el punto de que noto el cosquilleo del capullo en el útero.

Estoy tan cachonda que la excitación se me atora en la garganta y me florece en el pecho como una flor tras una ardua noche; sus pétalos se despliegan uno a uno hasta que el brote se estira por completo, listo para empaparse del sol.

Sus movimientos son lentos, exasperantemente lentos, mientras nuestras bocas se enredan en un beso que siento hasta en los dedos de los pies. Kal me sostiene con los muslos y se aferra con las manos a mis glúteos, que sube y baja en ritmo acompasado.

Sé que han pasado semanas desde la última vez que lo sentí dentro de mí, pero no necesito prolegómenos; no los quiero.

Me vibra el coño con cada empujón, estrecho mis paredes internas para que se quede dentro, estimulándome esa zona que tanto placer me produce.

Estoy a punto de sentir un segundo orgasmo, pero entonces retrocede, me saca la polla y me la vuelve a meter.

La ausencia de satisfacción inmediata hace que le clave las uñas en el cuello en un intento de acercarme todavía más a él.

Separa sus labios de los míos y suspira entrecortadamente al mirar entre nuestros cuerpos y observar con los ojos vidriosos cómo desaparece su miembro en mi interior.

Las gotas del agua de la ducha le resbalan por la piel, se le pegan a los mechones húmedos de pelo negro como el azabache y le empapan la ropa.

No parece importarle, lo único que le importa es la desnudez que tiene ante él.

Esa expresión lujuriosa que se le dibuja en el rostro me está poniendo a cien, pero no basta.

—Kallum —digo con un gemido. Ya he perdido la cuenta de las veces que he dicho su nombre. Inclina sus caderas para sellar nuestros cuerpos produciéndome un estremecimiento embriagador.

Hay un matiz oscuro en sus ojos cuando me mira con la ceja enarcada.

—¿Pasa algo? —pregunta sin interrumpir sus embestidas.

Tiene una gota de mi sangre en la comisura de los labios.

Me acerco a él y la chupo con la punta de la lengua.

Disfruto de su sabor metálico. Me estallan fuegos artificiales en el cuerpo, que se enciende como un Cuatro de Julio al recordar lo que sentí cuando me hizo sangrar: una ligera punzada de dolor mitigada por el brillo enajenado en su mirada oscura cuando la chupaba como si fuera zumo de granada y él estuviera hambriento en el Inframundo.

Le muerdo el labio inferior. Me encanta que ese pequeño gesto consiga que me embista con más fiereza. Cojo aliento mientras memorizo lo que siento al tenerlo en mi interior. Después me la saca con un chasquido.

—¿Qué sucede? ¿A mi lasciva esposa no le basta con mi polla? —Sus palabras quedan acentuadas por movimientos bruscos de cadera, que me golpean en el punto G y me hacen perder la cabeza.

—Más —ronroneo cambiando la posición de mis caderas para ser yo la que guíe sus movimientos.

Extiende las palmas de las manos en mis glúteos.

—Intento ir despacio.

—No necesito que vayas despacio.

Se ríe enigmáticamente mientras me la saca de nuevo casi por completo dejándome el coño huérfano.

—No lo hacía por ti, pequeña.

Kal acelera el movimiento de sus caderas y me folla con tanta fuerza de repente que la puerta de cristal casi se sale de los goznes. Golpeo el cristal con la palma de las manos, que resbalan con cada embestida. Se me acumula la tensión en las entrañas, estoy a punto de explotar.

—Las buenas esposas necesitan estar bien folladas —dice Kal besándome en la sien—. He sido muy descuidado contigo.

—Dios, sí —jadeo en un susurro ronco, como si hubiera pasado mi voz por las brasas hasta dejarla crujiente. Golpeo con la cabeza en la puerta mientras me folla, sujetándomecon los brazos a su cuello para no caerme—. Oh, Dios, por favor. Sí, justo ahí.

—Aquí no hay salvadores —dice con los dientes apoyados en mi frente—, solo yo, tu marido, arrastrándote hasta el infierno.

«Si esto es el infierno, enciérrame aquí y tira la llave».

La tensión que siento en las entrañas empieza a expandirse, disparada como una bola de fuego que arrasara con todo a su paso. Me tiembla el cuerpo, se aproxima el orgasmo e intento dejarme llevar, pero no lo consigo.

—Estoy a punto… —gimo sin importarme lo desesperada que sueno.

Sí, me siento desesperada, deprimida, enfadada y desdichada por todos los momentos que no he disfrutado de la sensación de tenerlo dentro de mí, llenándome con su oscuridad sin que cuestione la mía.

—Joder, yo también —dice golpeándome con más fuerza, casi como si quisiera abrirme por la mitad—. Me encanta follarte.

Levanta las manos, coloca sus largos dedos alrededor de mi cuello y presiona para no dejarme respirar, sacando el aire de mis pulmones como ya había hecho antes, solo que ahora no deja de apretar; siento la presión a ambos lados del cuello y se me acelera el pulso al no poder respirar.

Lo miro a los ojos asombrada, inquieta, pero me excita ver el placer que suscita.

Que te dejen sin oxígeno con tu consentimiento es una sensación extraña, el ahogamiento se transforma en algo más grande, mejor, en placer mezclado con miedo.

—Así me gusta —me dice en un arrullo, haciendo que me estremezca de placer—. Toma mi polla, pequeña. Así.

Empuja sus caderas contra las mías y suelta un gemido desgarrado.

Se me nubla la vista y pierdo el control, se me encoge el pecho mientras mi cerebro se deja llevar.

Siento un espasmo y grito por el orgasmo que me sobreviene, estrechando mis paredes internas para sacarle hasta la última gota.

Jadea satisfecho mientras deja caer el peso de nuestros cuerpos contra la puerta de la ducha.

Me quita la mano del cuello y me coge por las costillas.

—Madre del amor hermoso.

Sigue con la respiración agitada. Tiene la cabeza apoyada en mi pelo mojado. Con la mano que tiene libre cierra el grifo de la ducha, que le queda a la espalda.

No nos movemos durante unos minutos. Tampoco hablamos, protegidos por la seguridad que nos confiere el silencio, y que ninguno de los dos está dispuesto a romper.

Siento un escalofrío por los brazos que me hace temblar.

Él sonríe y sale de mi interior, haciendo que me estremezca al sentir el vacío repentino.

Intento no darle demasiada importancia a la sima que se ha abierto en mi interior.

¿Pasará lo mismo que pasó la última vez que nos acostamos?

¿Pasará de mí antes incluso de que pueda procesar lo que ha pasado?

—¿Estás bien? —me pregunta bajándome al suelo y dando un paso atrás. Me mira de arriba abajo, inspeccionándome como el médico que es, por si tuviera alguna herida. Me pasa el dedo por la cicatriz del muslo y frunce el entrecejo. Se le ensombrece la mirada—. No debería haberte hecho eso.

Pestañeo y echo una mirada a la zona que me está tocando para limpiarme los restos de sangre.

—Me gustó que lo hicieras.

Enarca una ceja, sorprendido, y traga saliva.

—¿Sí?

No es más que una sílaba pronunciada como colofón de un suspiro y cargada de inseguridad. Eso no me lo esperaba. ¿Cómo puede un hombre tan mortífero y poderoso como Kal sentirse vulnerable?

Asiento con la cabeza, le pongo la mano encima de la suya y me la llevo a la entrepierna, donde todavía gotea su semen.

—Me gusta todo lo que me haces —susurro.

Lo confieso para tratar de pagarle con la misma moneda, aunque me duele en el alma admitirlo.

Aunque Kal me pidiera sacarme el corazón del pecho y servírselo en bandeja de plata, lo haría sin planteármelo siquiera.

Igual le pedía que supervisara la operación para asegurarme de que lo hacía correctamente. Es solo que no creo que me corresponda.

—No tomas anticonceptivos —afirma inexpresivo. Lo dice con tanta autoridad que me da que pensar.

—No. —Me retiro un mechón de pelo del hombro—. Papà ni siquiera me dejaba pensar en el sexo, como para pensar en métodos que me libraran de las complicaciones que acarrea.

Se queda callado unos segundos mientras a mí se me acelera el corazón hasta retumbarme en los oídos. Me siento mareada, exhausta y, por algún motivo, despreciada.

—Te pediré cita con un amigo para que te recete anticonceptivos.

—¿Tengo opinión en todo esto?

Me envuelve con la toalla ajustando la esquina bajo la axila y me gira para que lo mire a la cara.

—No soy un carca que no reconoce que eres tú quien decide sobre tu cuerpo —dice cogiéndome de la barbilla—. Es tu cuerpo. Solo pensé que sería lo más fácil.

Echo una mirada al hueco que se le forma en la base del cuello y me centro en él mientras medito lo que acaba de decir.

—Si te pido que uses condones, ¿lo harías?

Kal hace una mueca.

—Pues claro. Me perdería la gloriosa visión de mi corrida goteando de tu dulce coño, pero no soy ningún monstruo. Nuestro matrimonio es tan legítimo como cualquiera, pero sería una locura tener hijos.

Noto un pinchazo en el pecho, aunque no le presto atención. Me limito a asentir con la cabeza.

—Vale. Creo que… lo probaré.

—Si no funciona, ya pensaremos en algo. —Me rodea la cara con sus manos y me besa con suavidad en los labios. Es muchísimo más tierno de lo que me habría podido imaginar, y me pone a cien.

Me acompaña hasta el lavabo y nos lavamos los dientes. No puedo dejar de mirar su imagen en el espejo, consciente de que este acto tan doméstico es el resultado de la agresión que he sufrido, nada más.

«No significa nada, Elena».

Aun así, cuando me subo a la cama un instante después, muerta de cansancio, me tapo con la manta hasta la barbilla y me acuesto de lado mientras lo observo sacar el pijama de su armario, llevárselo al baño y regresar con él puesto unos minutos después.

Se seca el pelo con la toalla y la tira a un cesto cercano. Se acerca a mi lado de la cama con un kit de primeros auxilios en la mano. Lo abre y saca con cuidado un sobre de pomada antibiótica y un apósito.

—Anda —digo meneando las cejas tratando de no quedarme dormida—. ¿Vamos a jugar a los médicos?

Sin hacerme caso, mete la mano debajo de las sábanas para localizar la herida del muslo. Abre uno de los sobres con los dientes y se echa una gota del tamaño de un guisante en el dedo y lo mete bajo las sábanas también para extender la fría pomada por el corte.

Cojo aire de repente y observo cómo se le tensa la mandíbula.

Retira el plástico del apósito y me lo coloca sobre la herida en silencio, trazando los contornos de la K.

Deja el kit de primeros auxilios sobre la mesilla, se levanta y rodea la cama.

Tras esto retira la colcha para meterse dentro.

Casi me quedo sin oxígeno. Tenerlo tan cerca hace que me estremezca y el corazón me retumba en el pecho como si fuera una sirena.

Sin mediar palabra, coge una copia cosida en piel de las obras completas de Witter Bynner y se acomoda a mi lado.

Me doy la vuelta de nuevo y apoyo la mejilla en la almohada para contemplar cómo se pone las gafas de montura negra y empieza a leer, deslizando los ojos con lentitud por la página de manera hipnótica.

Me empapo de la pendiente limpia de su mandíbula afilada y el hoyuelo diminuto que se le forma en la mejilla cuando está concentrado. Quiero grabármelo en la memoria por si todo esto no ha sido más que un golpe de suerte y mañana cuando me despierte vuelve a ignorarme.

La ansiedad que siento en la boca del estómago me hace sospechar que va a ser así.

«Lo bueno no dura».

Por algún motivo, es precisamente ese miedo el que no me deja conciliar el sueño, no el hecho de que haya alguien persiguiéndome, como dijo Kal que harían, o que mi antigua vida en Boston se haya desmoronado por completo.

Lo que sea que haya cambiado esta noche, ya sea por el trauma o como el progreso natural de la rendición, es fugaz. Estoy atrapada en un matrimonio sin amor, en una prisión, como siempre he temido.

—¿Cómo es que nunca te he visto desnudo? —le suelto procurando que no se me note la ansiedad.

Enarca una ceja por encima de las gafas y se vuelve a mirarme.

—Te aseguro que es tan grande como parece cuando la ves por completo.

Me ruborizo al pensar en el tamaño de su polla y junto los muslos, distraída, acercándome un poco a él sin darme cuenta.

—No es eso. Es solo que… tú me has visto desnuda. De hecho, estoy desnuda ahora mismo.

—No hay queja por mi parte.

Baja una de las manos y me la coloca en la cintura. Cuando abro la boca para seguir hablando, me acerca a él de un empujón hasta que no queda espacio entre nuestros cuerpos.

Noto palpitar el clítoris allá donde roza su cuerpo, hambriento de nuevo, aunque está claro que Kal está utilizando el sexo para distraerme, así que dejo de hacerle preguntas y me conformo con lo que ya sé de él.

En estos momentos, sé que haría todo lo que estuviera en su mano por protegerme y, pese a la situación en que nos encontramos y las complicaciones que acarrea, me parece todo un logro.

Le resta fuerza a la idea de que tiene más sangre en sus manos que la mía.

Yazco a su lado un rato, mirando a la pared que tengo enfrente y oyendo de tanto en tanto el ruido que hace al pasar las páginas, el sonido acompasado de su respiración, que me acuna y me acompaña al borde del sueño.

—«Tú eras la primavera y yo el borde del precipicio, y una cascada luminosa se precipitó sobre mí» —recita en voz baja. Casi no soy capaz de asimilar el verso antes de que el sueño me vuelva a acoger en sus brazos.