19. Kal
Kal
He besado a apenas un puñado de mujeres en mi vida. He follado con muchas más para intentar borrar el abuso que sufrí cuando era un niño. Incluso cuando mis pensamientos y mis sentimientos seguían confusos y eran complicados, mi cuerpo ya sabía lo que había sucedido.
Lo de besarse nunca ha ido conmigo. Es demasiado íntimo. Te hace vulnerable. Cuando unes tus labios a los de otra persona, pueden atacarte de muchas maneras y yo me he pasado la vida en estado de alerta, anticipando un posible ataque.
Cuando Elena se pega contra mí, me rodea con sus brazos y me acerca la cabeza para besarme, dejo que lo haga.
Es un gesto muchísimo más inocente que las imágenes que me vienen a la mente, imágenes de cómo la inmovilizo contra la pared y la empalo con mi polla como si no tuviera ya bastante con lo que ha vivido estas últimas veinticuatro horas.
«Lo último que debería desear es dejarle también mi huella».
No sé cómo lo hace, pero cada vez que nos besamos sabe a gloria bendita, como una sagrada escritura que me absuelve de mis pecados, algo dulce y suculento y demasiado puro para ser bueno.
Aunque, claro, un alma pura no me habría mirado jamás como lo hizo ella tras matar a Vincent; no me besaría cubierto como estoy de su sangre y restos de sus entrañas.
«Tal vez sea más siniestra de lo que ninguno de los dos pensábamos».
Sus pechos se aplastan contra mi cuerpo, noto los pezones en la piel, y me meto debajo de la ducha, me sumerjo en ella, empapado. La obligo a dar un paso atrás hasta la pared y me coloco delante de ella. La cojo de las caderas hasta oírla gemir bajo mis manos.
Le abanico la cara con mi aliento cálido, un movimiento que hago con esfuerzo, pues me dejo llevar por el contacto húmedo de su boca, que pelea con la mía.
Está fuera de sí, resuelta a coger de mí lo que necesita.
Suelto un gemido cuando me muerde el labio inferior y el leve picotazo consigue acabar con la determinación que me quedaba y se me empalma la polla.
Le suelto las caderas y deslizo las manos hasta el culo, donde le agarro los glúteos con fuerza mientras con un movimiento rápido la empujo con la pelvis hacia arriba.
Se amolda a la postura sin romper el beso y ambos gemimos cuando me rodea la cintura con sus piernas y yo la apoyo contra los azulejos de un golpe.
—Te deseo —murmura en mi boca, gimiendo levemente cuando levanto la mano y repaso con el dedo el tatuaje de granada que tiene en la piel antes de pasarle el pulgar por el pezón endurecido.
El agua sigue cayendo sobre nosotros. Ella mantiene la cabeza fuera del chorro y me mira pestañeando con esos ojos de miel, roja de deseo.
Sé que me desea; esa ha sido siempre una parte del problema.
En estos instantes, con su cuerpo glorioso delante de mí, sus pechos abundantes mostrando el vaivén de su respiración entrecortada, el coño palpitante sobre mi estómago, y el agua, que baña cada centímetro de su piel, la misma que quiero lamer de arriba abajo, me olvido de absolutamente todo, excepto de que es mía.
Qué más dan las circunstancias que nos han traído hasta aquí, qué más da la falta de amor o de realidad entre nosotros.
—¿Estás segura? —no puedo evitar preguntarle. Necesito que me lo confirme verbalmente incluso después de haberle hecho el chequeo. Asiente con la cabeza.
—Hazme tuya.
Aparto mi boca de la suya y agacho la cabeza mientras la levanto desde el culo hasta que puedo meterme un pezón en la boca. Le paso la lengua con rapidez, en ráfagas, y se estremece de cuerpo entero.
—Ah, mi pequeña Perséfone —digo sin dejar de dibujarle círculos sobre la cima sonrosada y sin apartar la mirada—. Ya lo eres.
Cierra los ojos con fuerza cuando aprieto los labios sobre el pezón, pese al hematoma que tiene en el ojo.
Lo chupo y lo recorro con la lengua hasta que se retuerce de placer, jadeante, hermosa.
Entrelaza los dedos en mi pelo mojado y tira de él, pidiéndome más, mientras me busca con sus caderas, implorante.
Le suelto la teta con un ruidito húmedo y cambio de postura para hacerle lo mismo a la otra. Le coloco la lengua debajo del pecho y empiezo a subir, reemplazando las gotas de agua con mi ADN, devorándola por fin cuando llego al pezón.
Le clavo los dedos en el culo. Seguro que le voy a dejar marcas, aunque en ese momento no me preocupa en absoluto.
Quiero dejarle marcas por todo el cuerpo, amoratado por las yemas de mis dedos, la quiero con los labios rojos y en carne viva por culpa de los míos, quiero su coño hinchado y que gotee de él mi semen.
Quiero que se le abra la piel y que sangre por mí.
Después de esta noche, no quiero que quede ninguna duda de en qué cama duerme; qué polla es la que acepta sea cual sea la forma en que yo se la entregue, de quién es la sangre que hierve por la suya.
Se me dispara la temperatura solo de pensarlo; tengo tantas ganas de marcarla que ya no puedo hacer otra cosa.
Le raspo con los dientes suavemente para ver cómo reacciona: se le arquea la espalda como si pidiera más.
Me coloco el pezón entre los dientes y lo muerdo.
Observo cómo levanta la barbilla y abre los ojos de golpe.
—Joder —jadea mientras me da un tirón en el pelo.
—¿Te gusta? —murmuro mordiendo con más fuerza.
Aguanta la respiración y asiente con la cabeza.
Sonrío y vuelvo a morderla. La apoyo en el suelo para colocarme de rodillas en la ducha y le subo los muslos a mis hombros. Lleva las bragas rosas empapadas y poco hacen por esconder su sexo hinchado de mi mirada lasciva.
Me humedezco los labios mientras la miro y deslizo las manos por sus muslos. Le meto el pulgar por debajo de la tela a la altura de las caderas. Las bragas son de encaje y se rompen con facilidad. Las tiro a un lado. Me tomo un momento para admirar la carne sedosa de la entrepierna de mi mujer.
Se lleva una mano al pecho y lo masajea. Observa cada movimiento que hago con los ojos encendidos. Me acerco a sus muslos y le lamo la cara interna de uno de ellos bajo su atenta mirada.
Me detengo al ver el corte que le hizo el que la agredió en la estación de autobuses: un tajo en la piel hecho por un principiante y que remata la K que le hice yo.
Elena pestañea mientras me observa. Las lágrimas empiezan a acumularse en sus ojos como si al dudar yo hubiera suscitado malos recuerdos. Aprieto los dientes un segundo y le paso el dedo sobre la herida para reabrirla.
Enseguida sale una gota de sangre. Cubro la zona con mi boca y le paso la lengua por el líquido cúprico. Sigo chupando para que su sabor inunde mis papilas gustativas, disfrutando de que no oponga resistencia, de la mirada ardiente que brilla en sus ojos.
Le tiembla el cuerpo y me araña el cuero cabelludo mientras le chupo la zona, desesperado por memorizar su sabor, sin que ella aparte la mirada ni un segundo. Parezco el actor de una obra montada para que la disfrute solo ella y no puede dejar de mirar por si se pierde algo importante.
«Si lo que quiere es un espectáculo, le voy a ofrecer fuegos artificiales».
Paso por encima de la herida hacia la cara interna del muslo dejándole un rastro de sangre. Me encanta el contraste del rojo con su piel color crema, parece un campo de amapolas rojas y blancas.
Se me hace un nudo en la garganta cuando llego a su coño húmedo, le rozo con la nariz los pliegues e inhalo el olor salobre de su excitación.
Le rodeo los muslos con las manos e, inmovilizándola contra la pared, me sumerjo en ella, le separo los pliegues con la lengua y le lamo el clítoris con la punta.
Gime al primer contacto de mi lengua con su parte más sensible y enseguida noto el temblor de sus piernas en las orejas, como si fuera justo lo que estaba esperando.
Me excita, siento un estremecimiento por la espalda e intensifico mis esfuerzos. Pego todo lo que puedo la boca a su húmedo interior y lo lamo, en movimientos circulares, atormentándola hasta que gimo en su interior, borracho de su dulce sabor.
Antes de la noche que pasamos juntos, llevaba años sin estar con nadie.
Tras una temporada un tanto caótica, me dediqué a trabajar y a intentar forjar una relación con mi hermana, completamente ajeno a los placeres carnales.
Hasta la pasada Navidad no me había dado cuenta de que me faltaba algo.
No me había dado cuenta de que me faltaba uno de mis miembros, de que estaba intentando vivir mi vida como si no pasara nada.
No era el sexo en sí lo que me hacía sentir perdido.
Era el sexo con ella. Me llegué a sentir enloquecido, desesperado por sumergirme en su cuerpo después de haberla deseado en la distancia tanto tiempo.
Y ella se sentía igual de angustiada, respondiendo a mis embates con fiereza, impaciente por obedecer mis órdenes.
Nuestro tiempo juntos se terminó enseguida.
La chispa prendió con rapidez y se extinguió antes de que pudiera propagarse el fuego.
No voy a permitir que suceda lo mismo ahora.
—Kallum… —dice con el aliento entrecortado, acercándome las caderas, apretándose contra mí—. Por favor…
Le palpita el coño al contacto con mi lengua. Yo relamo con voracidad el cúmulo de nervios como si ella fuera el antídoto a una vida miserable. Sus movimientos envían descargas eléctricas a mis venas, y acelero el ritmo, le chupo con más fiereza para acrecentar la fricción.
—Por favor ¿qué? —pregunto sin apartarme de su coño. Las palabras vibran en su piel y tiembla con violencia, a punto de correrse.
Cambio el ángulo de la lengua y se la paso en sentido contrario a las agujas del reloj cada vez más despacio hasta que deja caer la cabeza y sigue cada uno de mis movimientos con su cuerpo.
Me detengo porque no dice nada. Enarco una ceja y me aparto un poco. Se queja y me tira del pelo para que continúe.
—Por favor ¿qué?, Elena —repito con la voz pastosa.
Frunce el entrecejo.
—Ya lo sabes.
—Quiero oírtelo decir.
Me suelta un poco el pelo y me mira.
—¿Estás de broma?
—Nunca bromeo sobre hacer que te corras. —Se me pone la polla durísima solo de pensarlo.
—Entonces, hazlo y ya está.
—Eso pienso hacer… —le prometo, y dejo que el aire de mi aliento le roce el clítoris. Da una sacudida y vuelve a tirarme del pelo con fuerza y traga saliva con dificultad— en cuanto me lo pidas.
Aprieta los dientes y se le expanden las narinas como si a su cerebro le estuviera costando procesar lo que le pido. Ya lo habría hecho en otras circunstancias, pero ahora mismo Elena está flotando en ese limbo erótico en el que no le permiten correrse y en lo último que piensa es en obedecer.
Aun así, un segundo después, claudica y me lo suplica frustrada.
—Por favor, haz que me corra, Kallum. Te lo suplico.
Antes de que haya terminado de hablar, vuelvo a la carga, le abro los pliegues con la lengua y me doy un festín con su clítoris.
Está hinchado con mis atenciones, late al mismo ritmo que mi corazón.
Por fin estalla cuando dibujo ochos sobre la capucha del clítoris.
Abre la boca en un grito mudo y tensa las piernas en mis orejas.
Me tira del pelo hasta que me duele el cuero cabelludo y se corre con tanta intensidad que se queda sin aire en los pulmones.
Yo sorbo sus jugos mezclados con el agua de la ducha y casi me corro allí mismo al notar su humedad en la cara. El orgasmo se prolonga en oleadas de placer, como un tsunami tras un terremoto submarino, y se retuerce y arquea la espalda tratando de prolongarlo.
Por fin se le relaja el cuerpo y se apoya contra la pared. Yo me separo poco después de darle un último lametón de abajo arriba, limpiarme la boca en el interior de su muslo y separar las piernas de su férreo agarre alrededor de mi cuello.
Jadea sin aliento mientras me incorporo tambaleándome. Tengo la polla tan dura que se me ha nublado la vista. Se queda mirando con una sonrisa cómo mi miembro presiona contra los pantalones y me lo acaricia con mano temblorosa.
Me dejo llevar por su caricia. Estoy a punto de estallar. Su cuerpo desnudo parece relucir cuando da un paso adelante y vuelve a amoldarse a mi cuerpo, sugerente.
—Te toca.
Yo niego con la cabeza y vuelvo a cogerla en brazos. Cierra las piernas alrededor de mi cuerpo y me giro para apoyarla contra la puerta de cristal de la ducha. La sostengo con la cadera mientras me bajo la cremallera.
—Si me haces una mamada no duraré un segundo —digo entre dientes. Me cuesta horrores seguir el ritmo de mi deseo. Me detengo a admirar sus húmedas curvas, maravillado por sus suaves planitudes, los delicados relieves, las huellas que le he dejado marcadas—. Necesito correrme dentro de ti otra vez.
—Por fin —dice mientras me ayuda a sacármela.
Se le corta el aliento cuando me saco la polla. Una gota cremosa adorna el capullo, confirmando cuánto la deseo. Se muerde el labio sin dejar de mirarme bajo esas pestañas espesas. Me rodea la polla con los dedos sin tocarme con las yemas y empieza a meneármela despacio.
Suelto un gemido mientras inhalo el aroma de su pelo. Sus caricias me producen una descarga que me recorre el cuerpo de arriba abajo y me atenaza las pelotas hasta provocarme dolor de las ganas que tengo de correrme.
—Joder —digo con voz ronca, aferrándome a sus muslos hasta arañarla—. No puedo, Elena. Es demasiado bueno. No quiero correrme en tus manos la primera vez.
—Yo diría que es la cuarta —dice meneándomela cada vez más rápido, con mayor intensidad hasta que estoy completamente cegado—. Córrete para mí, Kallum.
Vuelvo a negar con la cabeza y le aparto la mano al tiempo que le aplasto el culo contra el cristal.
—Es lo que pienso hacer, pequeña. —Me cojo la polla y la coloco junto a su entrada—. Vas a desear no haber abierto esta puerta. Voy a darte tan fuerte que cuando acabe contigo se te va a salir el semen por los poros, lo vas a sudar, y jamás nadie que no sea yo te volverá a poner una mano encima.
Le levanto la barbilla con la mano que tengo libre y la obligo a mirarme a los ojos mientras le deslizo la polla en su interior húmedo y cálido poco a poco, hasta el fondo.
Me agarra por el cuello y me da un beso ardiente, gemimos a la vez con los cuerpos unidos, dando legitimidad a nuestro matrimonio y cristalizando mi obsesión de una vez por todas.