Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 18. Elena #2
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18. Elena #2

Los gritos de Vincent suenan más desesperados, como si se los arrancaran directamente del alma. El corazón se me acelera cada vez más al presenciar su agonía. Me pregunto si la dosis que le ha puesto Kal será lo bastante fuerte, si se quedará inconsciente antes de que llegue lo bueno.

—No tenemos mucho tiempo —dice Kal mientras se coloca unos guantes de látex. Coge una sierra circular del suelo y la enchufa a la toma de corriente.

Abro la boca, sorprendida.

—¿Vas a usar eso?

Desvía la mirada hacia la sierra y asiente con la cabeza una vez.

—Yo no hago nada a medias; no me apiado de los hombres que me cabrean, Elena.

Lleva más tiempo del que esperaba, pero en cuanto aplica la sierra al pecho de Vincent, ya no puedo dejar de mirar. Me quedo embelesada con la forma en que la piel y el hueso se van abriendo para él, se rinden a la fuerza y precisión de Kal. Como almas que se rinden ante la Muerte.

Algo se me revuelve en las entrañas al verlo trabajar, y eso me deja preocupada, porque no parece que tenga que ver con la masacre que estoy presenciando, sino con el hecho de que no me siento en absoluto asqueada.

Espero pacientemente a entrar en estado de shock, a quedarme aturdida cuando mi cerebro decida bloquearlo todo y evitarme el trauma, pero no llega a ocurrir. Lo que siento es que me arde el pecho al contemplar cómo Kal abre a Vincent en canal. Junto las piernas del todo para tratar de aliviarme.

Tal vez sea porque me crie como una princesita de la mafia y la muerte no me es ajena. O a lo mejor es porque esta violencia la ejercen en mi honor, lo hacen por mí como nadie lo ha hecho jamás.

Cuando creces rodeada por la familia, aprendes a convivir con el abuso de poder. Puedes defenderte, pero en general se espera que lo toleres, sobre todo en lo que respecta a los hombres. Por eso, pese a todo, iba a casarme con Mateo de Luca; porque creía que podía controlarlo.

Cuando Kal termina su trabajo unos minutos después y se limpia la cara con el antebrazo, extendiendo la sangre por las mejillas, lo que siento es excitación, una atracción complicada y embriagadora.

Lo recoge todo con rapidez y me acompaña a la casa. Yo ni siquiera protesto; estoy demasiado aturdida por la tormenta que se está fraguando en mi interior y que amenaza con inundarlo todo a su paso.

Me lleva al baño que hay en el dormitorio, me coloca frente a la ducha y abre el grifo.

Tiene las manos manchadas de la sangre de Vincent y se le ha echado a perder la ropa, aunque eso no parece importarle mucho cuando se acerca a mí.

El aire se vuelve espeso por el vapor de la ducha y por el deseo que se acrecienta en ese silencio prolongado.

Me quita el albornoz por los hombros sin apartar la mirada de mis ojos ni un segundo, como si temiera que este momento etéreo y palpitante entre nosotros fuera a desaparecer si pestañea.

Introduce los dedos por debajo del dobladillo del vestido, el mismo vestido rojo que llevo desde ayer, y asciende despacio por mis muslos hasta las caderas, donde se detiene para tomar aliento.

Traga saliva al mismo tiempo que una brisa fresca me roza las bragas de encaje y se me eriza la piel de los muslos.

Me acaricia con el pulgar la cicatriz que tengo en el interior del muslo izquierdo, arrugando el entrecejo cuando ve que me estremezco y me muerdo la punta de la lengua al sentir el dolor que irradia de ella.

El corazón me late descontrolado, retumba contra las costillas como un monstruo enjaulado, desesperado por escapar. De repente me siento insegura y me pregunto si él también puede oírlo; me daría mucha vergüenza que mi marido supiera el efecto que tiene en mí.

Continúa subiéndome el vestido hasta la altura del estómago, y tras esto hasta los pechos, donde vuelve a detenerse. Tiene un brillo peligroso en la mirada que consigue que me derrita por dentro, que me acople a él, que arda en deseos de que me acaricie.

Cambia de postura y sigue levantándome el vestido.

Me roza con los pulgares los pezones, que se repliegan al mismo tiempo que un rubor se extiende por mi pecho.

Me saca el vestido por la cabeza de un movimiento rápido y lo tira al suelo.

Después da un paso atrás y señala con la cabeza hacia la ducha.

—¿Necesitas ayuda? —me pregunta, apartando la mirada, dejándome abrasada.

Me paso la lengua por los labios, niego con la cabeza y me doy la vuelta.

Entro en la ducha y me meto bajo el chorro de agua caliente para lavarme los restos de suciedad y polvo.

Cojo el jabón de manos que hay en uno de los aparadores, me enjabono el cuerpo y me libro de cualquier prueba de las últimas veinticuatro horas para que no quede ni rastro de lo que ha sucedido.

Me froto el cuerpo con las manos de cara a la pared, aprovechando para cerciorarme de que no haya más daños.

Oigo el ruido de la puerta al abrirse y veo el brazo de Kal, que me pasa por delante para coger el frasco de champú de granada que me traje de casa.

Se echa una cantidad generosa en la palma de la mano y se lo extiende por las manos.

Unos segundos después, entremete sus dedos en el pelo húmedo para aplicarme el champú en el cuero cabelludo y me lo masajea.

Me paso la mano por un corte que tengo en la cara interna del muslo y me fallan las rodillas.

Saco las manos enseguida de entre los muslos para no perder el equilibrio y me rozo accidentalmente el clítoris, cubierto todavía por el encaje.

Siento la tensión en el bajo vientre al mezclarse el roce inesperado con la suavidad de su masaje y a punto estoy de gemir.

Me estremezco acaloradamente, me hierve la sangre, quiero más. Con él siempre quiero más.

Me mueve para que me quede la cabeza debajo del agua y me aclara el pelo con cuidado.

—Lo has hecho bien, pequeña —murmura. Lo dice tan bajito que al principio tengo dudas de que haya hablado.

Levanto las manos y las apoyo en los azulejos negros de la ducha.

—¿El qué?

—Defenderte de Vincent y de aquellos hombres. Otros en tu lugar habrían salido peor parados. Lo has hecho muy bien.

Se me forma un nudo en la garganta por la calidez de sus palabras, que resbalan por mi cuerpo cargadas de miel y estrechan cada vez más el nudo. Tengo la respiración entrecortada como si estuviera hiperventilando mientras persigo ese sentimiento para borrar los recuerdos nefastos.

Me doy la vuelta despacio conteniendo el aliento a propósito, insegura porque no sé cómo se tomará que cambie de posición. Está muy cerca, fuera del alcance del chorrode la ducha, pero un poco inclinado hacia delante para ayudarme.

Frunce el entrecejo cuando levanto la barbilla y abre la boca para decir algo, aunque parece que se le atoran las palabras cuando le apoyo las manos en sus fornidos pectorales y las deslizo hasta el cuello de la camisa.

Suelto el aire despacio y me lanzo a sus brazos mientras tiro de él hacia mí. Por tercera vez en nuestro corto matrimonio lo beso en los labios.