Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 18. Elena
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18. Elena

Elena

Cuando era pequeña, mi madre solía ponerme una compresa caliente sobre el ojo para curarme los hematomas. Me juraba que el calor haría que la sangre se diluyera y que podría ir al día siguiente al colegio sin tener que sentir vergüenza por haberme metido en otra pelea.

Nunca funcionaba. El calor hacía que se me inflamara la piel y acababa viendo borroso durante dos días enteros.

Iba al colegio con un parche en el ojo y cuando las chicas susurraban entre ellas y me señalaban con el dedo, yo me ponía coloradísima.

Como si llevar un ojo morado en una escuela católica para chicas no fuera normal.

Todas acumulábamos más rabia de la que podíamos aguantar. Era consecuencia directa de la vida que nos había tocado vivir y que nos obligaba a reprimirlo todo. A menudo sacábamos esa rabia en el recreo a puñetazos y patadas limpios.

Mis padres jamás me preguntaban qué había ocurrido cuando llegaba a casa con un corte nuevo o algún que otro cardenal, pero siempre había un brillo en los ojos de Papà, que me hacía sentir una calidez empalagosa en el pecho.

Me dejaba entrever que se sentía orgulloso de mí por pelear aun sin saber qué lo había motivado.

Tampoco es que importe mucho. Soy una Ricci: llevo la pelea en la sangre; es lo que se espera de mí.

Es hasta necesario. Por eso, cuando abro los ojos y atisbo la mirada dura y contrariada de mi marido, me siento momentáneamente desconcertada.

Sobre todo porque no tengo ni idea de por qué me mira así.

Pestañeo y miro a mi alrededor. Reconozco los muebles negros del dormitorio y las cortinas que cubren las ventanas. Si no fuera por la luz tenue de la lamparita de la mesilla, estaríamos rodeados de tinieblas.

—Hola —digo con la voz ronca. Me quema la garganta al hablar.

—Bebe —sentencia Kal, claro y directo, mientras sostiene un vaso de poliestireno con una pajita. Cuando nuestras miradas se cruzan, no percibo ni el más mínimo atisbo de emoción.

«Ni siquiera se siente aliviado».

Había oído que el doctor Anderson era eficiente aunque frío con sus pacientes, pero nunca hasta ahora lo había visto en acción.

Lo encuentro… impactante. Su tono no da cabida a la discusión.

Contrasta radicalmente con el hombre sereno pero apasionado que he llegado a conocer, aunque supongo que no pinta mucho la pasión en un contexto médico.

Cojo la taza y bebo con cuidado. Procuro no perder la compostura cuando el líquido me quema en la garganta destrozada.

Cierro los labios en torno a la pajita mientras lo inspecciono.

Me está mirando la barbilla. Lleva el mismo traje de la última vez que nos vimos, aunque ahora está arrugado y tiene manchas de distinta índole.

Lleva el pelo despeinado con mechones que le sobresalen en ángulos extraños como si no hubiera parado de pasarse las manos por él.

«Me pregunto si se sentirá culpable por haberme dejado sola».

«Lo más seguro es que no», medito en silencio. Luego me centro en el dolor que decora mi cuerpo.

Noto el pulso en el párpado, que me late acompasado con el corazón. Parece que me han retorcido cada músculo del cuerpo, los tengo hechos jirones, como si acabara de correr una maratón sin haber entrenado antes.

Dejo el vaso en la mesilla y estiro los brazos por encima de los hombros. Noto un dolor punzante que me hace estremecer. Vuelvo a bajar los brazos, me llevo la mano al pelo e introduzco los dedos entre los mechones. Me detengo al notar cierta resistencia.

—¿Qué…? —Me acerco el pelo a la cara para ver a qué me enfrento. Una sustancia transparente me apelmaza el pelo. La olfateo a ver si consigo identificar el olor.

—No quieres saberlo… —dice Kal con los dientes apretados y juntando las manos.

Enarco las cejas y abro la boca de par en par.

—¿Qué me ha ocurrido?

—Te encontraron unos hombres en la estación —dice en voz baja, peligrosa. Su aliento me roza la piel—. No sé quiénes eran ni para quién trabajan, aunque supongo que eso es irrelevante. El daño ya está hecho.

Siento náuseas, estoy a punto de vomitar.

Cierro los ojos con fuerza e intento acordarme de algo más, aparte de haberme desmayado, pero está todo borroso, como una película muda desenfocada.

Lo único claro es la sensación de estar atrapada.

Esa misma sensación de la que llevo tratando de escapar toda la vida, aunque siempre acabo en sus garras.

—¿Qué me han hecho?

Le tiembla la mandíbula.

—No lo sé. Estaba esperando a que te despertaras para averiguarlo juntos.

Me escuecen los ojos por las lágrimas. Me llevo la mano a la cara para secarme las mejillas en cuanto se derramen, pero no llegan a hacerlo.

Se me acumulan en los ojos, me queman, pero se niegan a salir.

Me arrolla un sentimiento de vergüenza con la fuerza de la marea y tiemblo con violencia.

Cierro las manos en sendos puños para aplacar el miedo y la confusión.

De repente me viene un recuerdo a la mente: estoy luchando con el camarero a quien Kal pidió que me vigilara; él ha sido quien me ha golpeado con el codo en la cara y quien me ha clavado una jeringuilla.

En cuanto recuerdo ese momento, el resto me viene de golpe. Recuerdo salir corriendo, voces, Kal insistiendo para que volviera con él… Después, silencio.

—No recuerdo nada de lo que ocurrió tras la llamada —le digo, descartando los demás recuerdos.

Se le endurece la mirada, que se vuelve despiadada.

—Te desmayaste antes de colgar. La dosis de GHB que te administró Vinny era pequeña y no te hizo efecto de inmediato, aunque se notaba que te estaba empezando a afectar mientras hablábamos por teléfono.

—¿Me drogó?

—Sí. Supongo que estaba compinchado con los que te agredieron, aunque todavía no sé por qué.

—Se reclina en el sillón y se agarra de las rodillas, apretándolas con fuerza.

Consigue que se le suelte el vendaje que lleva en la mano, dejando al descubierto los nudillos rotos y ensangrentados.

Son casi del mismo color que las manchas de la camisa.

Le observo la carne malherida y siento cierta ternura que me atora la garganta. Kal se pone de pie y se acerca a la cama. Se sienta en el borde del colchón y me levanta la barbilla con la mano sana.

—¿Lo has matado? —le pregunto. Me rindo a su caricia pese al dolor. Con él siempre hay dolor.

—No —dice con dulzura. Me gira la cara para inspeccionarme detalladamente, buscando heridas. Frunzo el ceño y abro la boca dispuesta a protestar, pero él niega con la cabeza y me vuelve la cara hacia delante para que lo mire a los ojos—. ¿No quieres estar presente?

«Lo sabía».

Kal rompe la cerradura del cobertizo con una cizalla. Empuja la puerta con una mano y me hace un gesto para que lo siga con la otra. No entiendo por qué no ha usado una llave. Tal vez haya querido darle un toque a una situación un tanto incómoda.

Piso la gravilla con los pies descalzos. Al entrar, una corriente de aire frío me golpea y me rodeo el cuerpo con los brazos pese a que llevo un albornoz que me dio Marcelline al salir del dormitorio.

Tras un chequeo rápido y ligeramente invasivo para asegurarnos de que la agresión no había sido también sexual, nos dirigimos a la planta de abajo. Marcelline me dio unos analgésicos y salimos al exterior por la puerta trasera. En cuanto rodeamos la mansión y vi el cobertizo me sentí defendida.

—¿Eres consciente… —le digo al entrar. Me esfuerzo para que no se me noten los nervios, que palpitan entre mis oídos— de que este lugar dista mucho de ser discreto? Lo identifiqué el primer día.

Kal se me queda mirando y enciende una luz que ilumina un pasillo pequeño.

—No es mi intención mantenerlo escondido.

—Ah, ¿no?

—¿De la gente de la isla? Nada más lejos.

—¿Porque eres dueño de la mitad? —Llegamos al fondo del pasillo y nos detenemos delante de una puerta cerrada.

—No soy dueño de la mitad de la isla —dice mientras me sacude una pelusa del albornoz—.

He invertido en muchos de sus negocios más rentables además de haber heredado propiedades de uso comercial de mi abuelo.

Por si esto fuera poco, he invertido cientos de horas como voluntario en el único hospital de la isla y subvenciono con regularidad proyectos de investigación y otros programas que necesitan financiación.

—Es decir, que eres dueño de la gente. —Eso explica que nadie moviera un dedo en el bar. ¿Quién querría inmiscuirse en los negocios del mismísimo diablo?

—Te sorprendería lo que la gente está dispuesta a pasar por alto cuando eres generoso con ellos.

Tras esto, abre la puerta dando paso a una estancia amplia con paredes de hormigón, cubiertas por armarios. Vincent está en medio de la habitación, desnudo y sujeto con correas a una camilla. Lleva la boca amordazada con un trapo sucio.

Se me eriza la piel por el desasosiego que me produce ver las marcas del tamaño de una moneda de dos céntimos que le adornan el estómago y la gasa ensangrentada que le envuelve la mano izquierda.

Junto a la camilla hay un carrito de acero inoxidable con ruedas, sobre el que descansan instrumental variado y una bandeja con uñas.

Y no me refiero a los restos después de haberlas cortado.

Kal se acerca a un fregadero de servicio que hay en el otro extremo de la habitación y se lava las manos. Se las seca mientras me mira con una expresión inescrutable en el rostro.

Vincent suelta un gemido. Se le abren los ojos de par en par al percatarse de mi presencia y empieza a revolverse en la camilla. Da tantas embestidas para liberarse de las ataduras que la camilla se desplaza adelante y atrás.

—¿Qué le vas a hacer? —pregunto mientras observo cómo se acerca Kal a la camilla y coge un frasquito y una jeringuilla de la mesa.

Entorna los ojos, pone el frasquito del revés e introduce la aguja por la parte de arriba para extraer el líquido del interior. Lo vuelve a depositar en su sitio antes de girarse hacia mí. Le clava la aguja a Vincent en el cuello y presiona el aplicador sin dejar de mirarme.