Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 17. Kal
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17. Kal

Kal

No me caracterizo por perder los nervios con facilidad.

En lo que concierne a mis dos líneas de negocio, la ansiedad es un lujo que nunca me he podido permitir.

Sin embargo, cuando se empiezan a oír ruidos a través de la línea telefónica que me conecta con Elena y pierdo la señal, la preocupación me golpea de lleno, cava hondo en mi interior y planta allí sus raíces.

Parpadeo mirando a la pared de la oficina de Jonas mientras espero más de lo que debería a que se restablezca la conexión y vuelva a sonar el ruido estridente de la línea.

El pitido dura un minuto, provocándome un tic nervioso debajo del ojo.

Se me enturbia la mirada. Siento una comezón bajo la piel mientras oigo el eco de la llamada después de que haya dejado de sonar.

Coloco el teléfono sobre el escritorio metálico de Jonas y me doy la vuelta.

Vincent está sentado en una silla, atado con cinta americana. Le he metido un calcetín de Jonas en la boca para no oír sus patéticos lloriqueos. Casi ni lo he tocado y el muy cabrón ya se ha meado dos veces encima.

Apoyado en el borde del escritorio, entrelazo los dedos mientras lo observo luchar contra sus ataduras. Su miedo me saciaría si no fuera por la violencia contenida que se le adivina en la mirada y que me confirma que dista mucho de sentirse arrepentido. Eso me facilita tomar la decisión.

Me vibra el teléfono un segundo después: es un mensaje de Jonas.

Jonas: Estación 13, en la intersección de la calle Quinta con la del Álamo.

Todavía no se ha dejado ver por el bar esta semana, pero andaba cerca supervisando la exportación de una cerveza artesana en la que ha estado trabajando en su tiempo libre. Lo he agregado a la llamada de Elena por si él estuviera más cerca de ella y pudiera llegar antes que yo.

Me ato los puños de la camisa con los gemelos y hago lo que puedo por esconder las manchas de sangre mientras admiro el buen trabajo que ha hecho Elena con Vincent.

Cuando he entrado en el bar, seguía encogido en el suelo mientras Gwen le vendaba la mano.

Tras hacerme un resumen de lo que había ocurrido, añadió que pensaba que tenía la mano rota.

Los dedos estaban contorsionados en un ángulo extraño y no fue capaz de moverlos cuando le pedí que lo hiciera.

Entonces vi la jeringuilla en el suelo, detalle que Gwen había omitido en su versión de los hechos.

Sonreí a Vincent y le di un pisotón en la mano maltrecha.

Disfruté del grito confuso que le salió del pecho. Ahora seguro que está rota.

Lo arrastré hasta el despacho de Jonas con la ayuda de Blue, que por fin había regresado de su generoso descanso de la comida, y me abrí los nudillos al pegarle en la nariz hinchada.

Utilicé la palma de la mano para asegurarme de que se le rompiera también el cartílago.

Mientras me limpiaba y llamaba a Elena, le pedí a Blue que atara a Vincent a la silla y lo amordazara.

Quería oír la versión de mi mujer antes de continuar.

Por desgracia para él, la llamada no ha acabado de forma muy halagüeña.

Blue lo observa todo desde un rincón, sentado en un sofá viejo de cuero, con un botellín de cerveza en la mano. Tiene los ojos del color azul del océano, de ahí su mote, y mantiene la vista fija en mí mientras espera órdenes en silencio.

Cojo la chaqueta del traje del perchero que hay junto a la puerta, la sacudo para quitarle los restos de suciedad y me la pongo sobre los hombros.

Blue sigue en completa calma. Ha regresado de su descanso y se ha lanzado de cabeza a la acción, sin preguntas.

Es el tipo de cualidad que se busca en un empleado, en un soldado.

No conozco su historial, pero, a juzgar por su corte de pelo, cuadrado y pulcro, y el tatuaje de ancla en el brazo moreno que asoma por debajo de la camiseta, diría que tiene experiencia militar, por lo que entiende el concepto de lealtad.

Que sea él el portero del bar consigue que se me pase un poco el cabreo con Jonas por su escasa habilidad para contratar personal.

—¿Vas a dejarlo aquí? —pregunta Blue, sorprendido, cuando me dirijo a la puerta.

Me detengo un instante.

—¿Algún problema?

Levanta la mano que tiene libre y niega con la cabeza.

—Ninguno. Solo quiero asegurarme de que nos hemos entendido.

—Volveré a por él. No lo pierdas de vista y no dejes que entre nadie en mi ausencia.

Debería quedarme para interrogarlo, pero la idea de no estar presente en el rescate de Elena hace que se me revuelva el estómago. No me cabe la menor duda de que Rafael tiene algo que ver con el ataque de Vincent. Ya lo averiguaré más tarde.

Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria y me aseguro de que no quede ningún cliente en el bar. Después de echar a patadas a Gwen, anuncié que íbamos a cerrar temprano y eché el pestillo a la puerta para que no entrara nadie más.

Salgo por la puerta trasera, la cierro con llave y camino por el callejón hasta la limusina, que me espera en la calle principal.

Informo al chófer (cambian tan a menudo que no me molesto en aprender sus nombres) de nuestro destino y conduce por las calles, prácticamente desiertas a estas alturas del año, hasta llegar a la Quinta. Se detiene frente a la estación.

La estación de autobuses lleva años cerrada.

Los Primrose, propietarios de la mayor parte de la isla, redujeron el presupuesto destinado a transporte público, aduciendo que las tasas de turismo en verano no justificaban el gasto.

Por eso la mayoría de las estaciones que había se demolieron para construir algo más rentable o, en el caso del sur de la isla, se convirtieron en un semillero para delincuentes.

Esta estación en concreto es conocida por sus operaciones turbias, pero ¡cómo iba a saber eso Elena, si la traje a mi mundo sin darle ninguna explicación! La saqué de una jaula para encerrarla en otra. Y probablemente haya sido todo en vano, dependiendo de lo que me encuentre en el interior.

Más les vale no haberle puesto la mano encima o no respondo de mis actos. Hacía mucho tiempo que no sentía estos deseos de matar indiscriminadamente. En el trayecto del coche hasta la puerta de cristal de la estación, lo único que me viene a la mente son imágenes de una masacre.

«Sería todo culpa mía también».

Ese pensamiento me envenena el alma, que se ha empeñado en predecir una muerte rápida y dolorosa. Toda esa cháchara sobre que de nada me servía muerta y al final voy a ser yo quien la deje en manos de la muerte.

Jonas acude a mi encuentro en la puerta. Lleva un palillo de plástico en la comisura de la boca. Se desabrocha la chupa de cuero y camina a mi lado mientras reconocemos la zona, buscando indicios de peligro o de lucha.

No veo nada raro a primera vista. Jonas se desvía en dirección a los baños sin decir nada mientras yo me pregunto si los ruidos y las voces que he oído por teléfono habrán sido producto de mi imaginación.

Pero entonces veo por el rabillo del ojo un mechón de pelo negro en la parte delantera del recinto.

Tengo que mirar dos veces porque no reconozco la silueta a la primera.

Elena yace tumbada en los asientos de plástico; lleva el dobladillo del vestido subido hasta la cintura y el pelo apelmazado a causa del sudor y…

—Mierda. Joder —murmuro.

La ira me cala hasta lo más profundo, donde se entremezcla con el tuétano.

Me quedo paralizado, mirando de arriba abajo su cuerpo desmayado.

Se me va acelerando el pulso, siguiendo el ritmo de mi cabreo.

Con el vestido así puesto, queda a la vista la «K» que le tallé en el interior del muslo, que se le ha abierto un poquito.

Tiene restos de sangre por la piel, que le descienden en hilera como si su agresor hubiera arrastrado los dedos por ella.

Como si hubiera tocado lo que me pertenece solo a mí.

Oigo los pasos de Jonas, que se acerca después de salir del baño, y cómo coge aire de repente cuando ve lo que ha ocurrido.

—Joder —dice, atusándose los rizos—. ¿Eso no será…?

Me trago la náusea que me sobreviene y asiento con la cabeza.

—Tiene toda la pinta.

—¿Cómo ha podido pasar esto? —pregunta con el ceño fruncido—. Han pasado apenas diez minutos desde que se cortó la llamada y les ha dado tiempo a agredirla por segunda vez esta tarde.

Me tiembla todo el cuerpo con las ansias de violencia; el impulso de mutilar a quienes le hayan hecho esto es feroz. Verla allí tumbada, utilizada e indefensa, me provoca una reacción visceral que me abrasa el alma.

Jonas se me queda mirando.

—¿Crees que…?

Hago rechinar los dientes mientras niego con la cabeza. No estoy preparado para pensar en eso ahora, aunque no pinta nada bien.

—Primero vamos a llevarla a un lugar seguro. Luego ya me preocuparé de hacerle un chequeo completo.

—¿No deberíamos llevarla a un hospital?

Giro la cabeza a la velocidad del rayo, con las narinas ensanchadas, y le pregunto a media voz:

—¿Insinúas que los médicos encontrarán algo que yo no sea capaz de encontrar? ¿Algo que yo no sea capaz de curar?

—No, lo que creo es que igual necesita que le des un respiro. Ya sabes a qué me refiero; por si se despierta y lo único que recuerda es el ataque y el hecho de que la dejaste sola en un bar desconocido y bastante sórdido.

Rodeo la fila de asientos y me fijo en cada una de las heridas de su cuerpo.

Las clasifico para más tarde. Tiene un ribete morado en el lateral del ojo y el cuello en carne viva, como si la hubieran estrangulado.

Le bajo la tela del vestido, me quito la chaqueta y la cubro con ella, remetiéndola a su alrededor.

—¿Crees que habrá instalado un sistema de seguridad en este sitio? ¿Cámaras o audio?

Jonas mira a su alrededor y frunce el ceño.

—No creo que pierdan su tiempo con esas cosas en un edificio abandonado. Aquí no hay crimen organizado como en la ciudad.

Deslizo las manos bajo el cuerpo de Elena, equilibro el peso en las rodillas, la levanto de los asientos asegurándome de que la chaqueta la cubra por completo y la abrazo contra mi pecho.

Ignoro la peste a fluido corporal que mana de su pelo y la llevo hasta la puerta.

El corazón me retumba en el pecho; mi interior se ha transformado en un jardín venenoso donde florece la culpa.

Si me dejo llevar lo más mínimo por lo que siento ahora mismo, ya no habrá marcha atrás.

Me convertiré en esclavo de la violencia y del dolor que suelo mantener a raya.

«Todos los que la hayan tocado morirán».

—Anderson —dice Jonas cuando llego a la puerta.

Miro por encima del hombro y lo veo de pie delante de la ventanilla con la ceja enarcada. Me muestra en alto lo que parece una tarjeta con el membrete de los Ricci.

Me centro en la tarjeta negra, respirando fuerte, y cojo mejor a Elena para evitar que se desplome. La mente me funciona a mil por hora e intento decidirme sobre qué medida tomar mientras la sangre me hierve en las venas, borboteante, tentándome con el canto de su pulso desbocado.

¿Se están mofando de mí con esa tarjeta?

Es la prueba de que Rafael y Carmen siguen con la historia de que yo secuestré a su hija, en lugar de negociar su mano con todas las de la ley.

Estoy convencido de que ha sido una treta para exagerar mi naturaleza depravada.

Quienquiera que haya agredido a Elena, seguro que ha borrado todas las huellas para dejarme a mí en evidencia.

O a lo mejor lo que querían era asustarla para que se alejara de mí. O las dos cosas a la vez.

«¿Cómo sabían que la encontrarían aquí?».

Es evidente que nos vigilan, lo que hace que me plantee que el USB que contenía la grabación del interior de mi casa tal vez esté relacionado con esto.

«¿Hasta dónde llegarían los Ricci para dejarme clara su postura?».

Me muero de ganas por descubrirlo. ¿Estaría Vincent involucrado en esto o ha sido un golpe de suerte?

Pero entonces pienso en la diosa destrozada que llevo en brazos.

Lo más importante en estos momentos es darle atención médica, así que salgo del edificio y la coloco tumbada en los asientos traseros del coche.

Cuando sale Jonas un instante después, me entrega la tarjeta y se marcha en dirección contraria.