Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 16. Elena
38%

16. Elena

Elena

No llego muy lejos porque no se me ha permitido salir de la finca de Kal para explorar la isla y no sé ubicarme en ella.

Me alejo del bar unas cuantas manzanas corriendo, hiperconsciente de que el viento me levanta la falda del vestido a cada paso que doy.

«Menos mal que hoy me he puesto ropa interior».

Veo una estación de autobuses al fondo de una de las bocacalles y me dirijo hacia allí.

Cuando entro, procuro no dejarme llevar por la paranoia al comprobar que no hay nadie en su interior.

La verdad es que la gente de la isla no parece particularmente diversa.

Apuesto a que la mayoría se desplaza a pie o en coche.

O eso es lo que quiero creer cuando me acerco a la ventanilla en busca de señales de vida. Las luces de la oficina están apagadas, igual que las pantallas de los ordenadores. Da la sensación de que no ha pasado nadie por allí en semanas.

Maldigo por lo bajo y apoyo la cabeza sobre el mostrador.

Repaso mentalmente mi cuerpo buscando señales de la droga que me ha inyectado Vinny.

Han pasado ya unos minutos, pero no me siento diferente.

Tal vez un poco más nerviosa que de costumbre mientras espero a que aparezcan los síntomas.

Suspiro y me acerco a uno de los asientos de plástico que hay frente a la ventanilla y me dejo caer en él. Luego saco el móvil.

El nombre de mi hermana aparece en la pantalla.

Me está haciendo una videollamada, pero la rechazo.

El cansancio no me deja pensar con claridad.

Vuelve a vibrar el teléfono. El número que aparece no lo tengo guardado en la agenda, pero me lo sé de memoria.

Se me endurece el corazón, lo aprieto en un puño para evitar que me hagan más daño.

También rechazo esa llamada. Me hundo en la silla y echo atrás la cabeza hasta apoyarla en el respaldo.

Tamborileo con los dedos sobre la rodilla desnuda y pienso en mi próximo movimiento.

Lo más probable es que no me quede mucho tiempo, ya que Kal conoce Aplana al dedillo y yo no.

Además, seguro que me ha rastreado el teléfono.

Me encuentro a tan solo unos minutos del bar y estoy convencida de que el primer lugar en el que se le ocurrirá buscar será en una estación de autobuses que parece abandonada.

Es un tipo listo. Un depredador en esencia, siempre alerta, sin que se le escape nada, igual que un león agazapado en la maleza antes de atacar.

Podría esconderme en el baño o en algún armario de la limpieza, o quizá debería buscar una puerta que se pueda cerrar por dentro y enmascarar mi aroma con la tierra de uno de los tiestos que hay cerca de la salida.

En el fondo sé que no serviría de nada. Kal se casó conmigo por un motivo, así que no existe ni la más mínima oportunidad de que renuncie a mí por menos.

Me pesa la mano como si fuera de plomo. Le doy la vuelta al teléfono con ella mientras me planteo que tal vez mi madre tuviera razón al querer rescatarme de esta vida.

Al menos con Mateo no viviría presa de mis sentimientos, inestables y cambiantes como la marea, a merced de sus embates como si fuera una embarcación.

No consigo decidirme entre el encaprichamiento y el miedo.

Hasta ahora iba ganando el encaprichamiento.

Mi cerebro, falto de sexo, entra en cortocircuito cada vez que estoy cerca de mi marido.

Tendría más sentido el miedo. Debería pasar todo mi tiempo tratando de averiguar cómo alejarme lo más posible de él, en lugar de mojar las bragas cada vez que se me acerca.

Tal vez si no hubiera sido tan descaradamente sensual no me habría llevado a ese bar y nadie me habría atacado.

«Quizá si no me hubiera dejado sola, nada de esto habría ocurrido».

Vuelve a sonar el teléfono. Es el mismo número de antes. Sé que no debo hacerlo, pero aun así contesto y activo el altavoz con el meñique. Siento el cuerpo pesadísimo, como si se hubiera llenado de agua.

—¿Dónde coño te has metido? —La voz de Kal suena fría como el acero. Me lanza la pregunta, que me golpea como un rayo.

Se me dibuja en los labios una sonrisa perezosa.

—¿De verdad quieres saberlo?

—No tengo por costumbre hacer preguntas si no quiero que me respondan, Elena. Ya deberías saberlo —dice amenazante.

Miro mi reflejo en la cristalera y hago una mueca.

—Suenas como mi padre.

Se sucede un silencio prolongado, cargado de significado. Se me encienden las mejillas.

—Ah, ¿sí? En ese caso, mueve tu culo hasta aquí para que pueda castigarte como es debido. Voy a tumbarte sobre mis rodillas para mostrarte qué opinión me merece que te hayas escapado de mí.

La tensión se expande desde mis entrañas como un hilo que se desenredara para formar después una intricada telaraña en mi entrepierna.

Me muerdo el labio, procurando aferrarme al enfado que aún siento, pese al calorcillo que mana de mi coño.

Me derrito por completo al imaginarme a mí misma inclinada sobre él.

—No me he escapado de ti —le miento. Estoy a punto de echarme a llorar—. No te encontraba por ninguna parte. Por cierto, gracias por volver a dejarme plantada. Y gracias también por contratar un monstruo para que cuide de mí.

Suspira. Me lo imagino pellizcándose el puente de la nariz para intentar no perder las formas.

—No pensé que Vinny fuera a ser un problema. Ya me encargo yo de él.

Me escuecen las lágrimas en los ojos. Me niego a llorar. Me sorbo la nariz mientras me siento con las piernas pegadas al pecho y apoyo la mejilla sobre una de las rodillas. Doy un golpecito en la pantalla del teléfono para ver la hora.

—Odio este sitio.

—Dime dónde estás e iré a buscarte enseguida.

—No, me refiero… —Niego con la cabeza a pesar de que no puede verme. Se me cierran los párpados y pierdo de vista el plexiglás que tengo delante. Estoy mejor así, descansando—. Me refiero a la isla de Aplana. Me siento sola.

Se queda callado unos segundos. Tarda tanto en hablar de nuevo que, cuando por fin lo hace, tengo la sensaciónde que estoy soñando.

—Lo sé —conviene. Ya no se muestra frío. ¿Con qué está de acuerdo exactamente?

«A lo mejor Hades también se sentía solo y se trajo a Perséfone a su reino porque sabía que ella traería la luz consigo».

Se oye un portazo a lo lejos, cuyo eco resuena en el techo.

Me llega el sonido de voces que se acercan, cada vez más agresivas.

Si fuera capaz de concentrarme en ellas tal vez tendría miedo.

Pero mi mente es una balsa perdida en el océano, se deja llevar por el vaivén de las olas, así que le pregunto a Kal (o eso creo, porque no siento la boca):

—¿Adónde fuiste?

—Tuve que ir a ver a alguien.

—¿A una chica? —No puedo evitar los celos; se deslizan como una serpiente que ataca con rapidez.

—Sí. Pero no es lo que piensas. —Hace una pausa, luego suspira—. Era mi hermana.

—¿Tienes una hermana?

—Sí. O algo parecido. Es… complicado. —Kal carraspea mientras yo me pregunto qué estará haciendo ahora.

¿Estará junto al cuerpo postrado de Vinny apuntándole con una pistola al cráneo?

¿Estará esperando a cerciorarse de que estoy a salvo antes de impartir su castigo?

—. Eso ahora es lo de menos, pequeña. Dime dónde estás.

—No lo sé —hablo muy despacio. Vuelvo a oír ruidos detrás de mí, pasos que retumban en el suelo de hormigón, pero ni aun así abro los ojos—. En una estación de autobuses.

—¿De autobuses? —De nuevo se queda callado unos instantes. Después suelta un improperio y se oye el ruido de papeles a través de la línea—. Quiero que salgas de ahí ahora mismo.

—No puedo —digo. El calor de antes se esparce por mis venas y me siento como si estuviera hecha de gelatina—. Tengo mucho sueño.

—Elena. —Se nota que habla con la mandíbula tensa—. Lo que te ha inyectado Vinny es una versión diluida de una droga ilegal y está empezando a afectarte. Lucha contra ella y sal pitando de ahí a una zona donde la gente pueda verte.

Se oyen risas a mi alrededor y unas sombras se proyectan sobre los asientos en los que estoy tumbada. Los veo brevemente con los ojos entreabiertos, pero estoy demasiado cansada para abrirlos del todo y comprobar qué está ocurriendo. Igual son los empleados, que vuelven de la pausa para comer.

—Bueno, bueno. —Su pronunciación tiene un ligero acento que no consigo ubicar—. Pero ¿qué es lo que tenemos aquí, chicos?

Y después, todo se vuelve oscuridad.