15. Kal
Kal
En el mismísimo instante en que mi hermana abre la boca para escupir veneno, me golpea una oleada de nostalgia que a punto está de tirarme al suelo.
Por un microsegundo vuelvo a ser aquel niño plantado en el porche de hormigón de una casita en Carolina del Norte con la ropa pegada al cuerpo por la lluvia.
Las gotas me resbalan desde la punta de la nariz mientras aguardo con la esperanza de que, esta vez sí, el hombre que ayudó a concebirme abra la puerta.
En un puño dentro del bolsillo de la gabardina llevo el mensaje de despedida de mi madre.
Lo he leído tantas veces que me lo sé de memoria: «Funeral Blues», de Auden, garabateado con manos cancerosas, encima de la dirección de un hombre del que nunca me habló.
Un hombre que, trece años antes, conoció a una morena misteriosa en un bar, se la llevó a casa y jamás volvió a ponerse en contacto con ella.
Mi madre no descubrió que estaba casado hasta que lo buscó, con la prueba evidente de su aventura.
Su esposa acababa de dar a luz a su primer hijo y no quiso saber nada de mí.
Le dijo a mi madre que se librara del problema y que no volviera a molestarlo.
No lo hizo. Me refiero a librarse del problema.
Pasé la primera década de mi vida sin saber que era un descarte, el fruto de una mala decisión.
Había nacido porque mi madre era prácticamente una santa y no quería que nadie más que ella pagara por sus errores.
Y a pesar de eso el universo no la recompensó.
Por eso me encontraba allí, frente a la puerta de mi donante de esperma, rezando por que los trece años que habían transcurrido hubieran amortiguado el impacto de tener un hijo fuera del matrimonio.
Tal vez se alegrara de tener otro hijo, como si fuera un amigo incorporado para el que no era ilegítimo.
Con el corazón en un puño, espero frente a la puerta igual que he esperado otras cuatro veces esa misma semana con los nudillos rojos de tanto llamar. El chaparrón no acalla el ruido que oigo en mi cabeza; en mi mente nunca cesa el sonido de llamar a la puerta, ni siquiera cuando bajo el brazo.
No sé qué espero, la verdad. Mi madre lleva menos de un día bajo tierra y yo ya ando buscando una figura paterna que la reemplace. Tal vez sea tan malvado y egoísta como dice mi abuelo.
Tras la ventana salediza de la fachada de la casita blanca alguien ha encendido la luz y un instante después se abre la puerta. La esperanza florece en mi pecho como los girasoles que hay plantados a mi derecha, grandes y luminosos, lista para absorber cualquier sustento que pueda obtener.
Una niña con el pelo del color del ónice se asoma tras la puerta sin soltarla. Se me queda mirando a través de la contrapuerta con ojos tiernos, que reflejan una inocencia que los míos jamás tendrán. Levanta esa carita pálida con forma de luna y me observa con mirada ausente, pensativa.
Ahora que la misma niña pequeña me mira con ojos de adulta, no consigo evitar el resquemor que me embarga al volver al presente.
Cuando la conocí aquella vez eché a correr y ahora me muero de ganas de hacer lo mismo, de alejarme de mi hermana todo lo que pueda para que mi existencia no acabe por destruirla.
Cambio el peso de las piernas, como si estuviera planteándome escapar, pero Violet se percata del gesto y me bloquea el paso con rapidez.
—Eso sí que no. De aquí no te vas. Me engañaste con tus cantos de sirena para que viniera a esta isla de mierda, tentándome con un trabajo que sabía que era demasiado bueno para ser cierto. Lo mínimo que puedes hacer ahora es explicarte.
Carraspeo y me fijo en la ropa que lleva, toda negra, ridículamente parecida a la mía. Por poco me echo a reír. Supongo que la naturaleza acaba por imponerse a la crianza.
Tenso los músculos para controlar los nervios que me atenazan, me meto las manos en los bolsillos y me encojo de hombros.
—Apuesto a que ya sabes por qué estás aquí, Violet. No cobras los cheques que te envío y has bloqueado la cuenta del banco para que no pueda hacerte transferencias. No me has dejado alternativa.
Enarca una ceja.
—De hecho, sí que la hay: la alternativa sería que me dejaras en paz, como ya te he pedido cientos de veces.
—Acepta el dinero y lo haré.
—¡No quiero tu dinero! —grita enfadada. Unas cuantas personas que salían del Dunkin’ se vuelven a mirar—. Lo digo muy en serio, Kal. Es un bonito gesto, pero no es necesario.
Aprieto los dientes y exhalo con brusquedad.
—Tienes muchísimas deudas, Violet. Déjame ayudarte.
—¡Dios, es que no lo entiendes!
Niega con la cabeza y se gira sobre los talones para cerciorarse de que no la oye nadie. Como si a la gente de Aplana le importara la vida de los demás. Ese es, de hecho, el motivo por el que la isla vive del turismo el año entero: la gente viene aquí para escapar. O, en mi caso, para esconderme.
Para lo que está claro que no vienen es para cotillear, y los lugareños han aprendido que es mejor no meter las narices en mis asuntos, aunque no sepan explicar por qué.
—Pues explícamelo mientras tomamos un café —sugiero mientras señalo al Dunkin’ con la cabeza. Es bastante extraño que haya una franquicia en esta parte de la isla con la de pequeños negocios familiares que abarrotan la calle, pero no le va nada mal.
—No quiero tomarme un café contigo. Ni siquiera quiero estar en esta isla.
Pero aquí estoy. Y eso que mi mejor amiga me avisó de que había algo raro en todo este asunto.
¿Qué podía salir mal? Pensé yo. Es una isla de menos de cien habitantes.
—Suelta un resoplido y entorna los ojos—.
Y justo en el momento en que estaba empezando a olvidarme de ti.
Sus palabras son un dardo destinado a clavarse en mi corazón. Atraviesan la masa muscular y vuelan hasta agarrarse con fuerza a él, negándose a soltarse. Me froto el pecho para mitigar el dolor y retrocedo un paso mientras me planteo entrar de nuevo en el bar y dejarla en paz de una vez.
—Ese es tu problema, Kal: quieres forzar la relación a base de arreglar lo que tú crees que son problemas. No te he pedido ayuda y estoy segura de que mi padre tampoco lo ha hecho.
Me muerdo el interior de los carrillos. Ha mencionado a su padre, no al nuestro.
No le respondo. Dejo que el peso de sus palabras se interponga entre nosotros, que ocupe el espacio que una vez ocupé yo.
Al final suspira y da un paso atrás, como he hecho yo antes, mientras se coloca la mano encima de los ojos para bloquear la luz solar.
—¿De verdad has secuestrado a esa chica?
—¿Qué pasa, hermanita? ¿Sigues mis movimientos de cerca?
Arruga la nariz.
—Vayas donde vayas no puedes evitar oír hablar de ello. Es una princesita de la mafia, Kal. ¿Qué es lo que te traes entre manos?
En parte me hace gracia su tono condescendiente. Como si me asustara la mafia.
—Ya sé quién es y no, no la he secuestrado. Elena se ha casado conmigo por voluntad propia. Si quieres conocer los sórdidos detalles de cómo anduvo detrás de mí, y de cómo fui yo tras ella después, te los contaré cuando cobres uno de mis putos cheques.
—¿No iba a casarse con otro? Un reportero o periodista, no sé. —Ladea la cabeza inspeccionándome—. Te has enterado de que encontraron su cadáver, ¿no?
Su impertinencia tiene un regusto amargo.
—No sé por qué habría de importarme eso.
Aprieta los labios y se mira las sandalias Birkenstock que lleva puestas.
—Ese es parte del problema. Que no te importa.
Saco las manos de los bolsillos y me recoloco el cuello de la camisa del traje mientras niego con la cabeza.
—De hecho, no hay ningún problema entre nosotros. Por no tener, no tenemos ni relación. Tú has querido que sea así.
Me dispongo a marcharme en dirección contraria, pero antes me detengo para ver la sorpresa en su rostro.
—Yo he sido pobre, ¿sabes? La mayor parte de mi vida eso es lo que fui: pobre. Es una puta mierda y no se lo desearía a nadie. Ni siquiera al hombre que a día de hoy sigue sin reconocerme como hijo suyo.
Violet parpadea. Me recuerda a la chiquilla que abrió la puerta tantos años atrás, la que me observaba como si fuera un extraño. Supongo que lo sigo siendo.
—Le diré a Jonas que no te interesa el trabajo —digo mientras me acerco a la puerta de La cuadriga llameante—. Asegúrate de abandonar mi isla antes del anochecer.
Tras esto, vuelvo al interior del bar.