14. Elena
Elena
Sigo sin apartar los ojos de la camarera cuando Kal sale del edificio, dejándome completamente sola sin dignarse a darme una explicación antes de marchar.
Pestañeo cuando me alcanza la luz solar del exterior, que se extiende por el suelo, permitiéndome ver los cuadros de temas marinos que adornan las paredes revestidas y la enorme lubina parlante que hay detrás de la barra.
Nunca he entrado en un bar de Boston, así que no puedo juzgar con precisión, pero apostaría a que el ambiente que reina en este local no tiene nada que ver con la vida nocturna en la ciudad.
Tal vez forme parte del encanto kitsch que tiene la isla. O a lo mejor lo que ocurre es que estoy cabreada porque Kal parece un especialista en dejarme plantada. Esto tenía toda la pinta de ser una cita; sin embargo, he acabado sola, como siempre.
Gwen camina hacia el reservado con un cuenco de cerámica en las manos y lo deja en la mesa delante de mí. Desprende un vapor espeso y un tufillo vomitivo me golpea en la cara. Arrugo la nariz y lo aparto de mí mientras bebo.
Gwen se coloca una mano en la cadera y señala la lasaña con un movimiento de cabeza.
—¿No vas a comerte lo que has pedido?
Su tonillo me corroe los nervios, resulta agotador.
—No sé. ¿Vas a quedarte ahí mirando?
—No creo. Paso de ver cómo echas las tripas.
Pongo los ojos en blanco y saco el teléfono para revisar los mensajes.
No he recibido muchos: un par de Ariana, que me pide opinión sobre su vestuario; unode Stella donde dice que echa de menos que la proteja de las conversaciones de Ari sobre la moda y otro de Mamma diciéndome que no me preocupe, que viene a buscarme.
Por lo que parece, y pese a que llevo en Aplana más de una semana y no he lanzado ninguna señal de socorro, mis padres siguen con la idea de que soy una víctima en este matrimonio.
No deja de ser irónico, porque no les supuso ningún problema condenarme a un destino similar con otro hombre. Supongo que mi relación con Mateo les beneficiaba de algún modo y la que tengo con Kal no.
Pero nunca me dejaron elegir. Era cumplir con lo que se esperaba de mí o enfrentarme a morir a manos de los Ancianos. Debería haber elegido la muerte. Al final, tampoco es que esto sea tan diferente.
Les mando un mensaje rápido a mis hermanas y dejo el de mi madre sin contestar. Después me guardo el móvil en el bolso y salgo del reservado.
Gwen enarca una de sus rubias cejas.
—¿Vas a irte sin pagar? Menuda clase.
Me cuelgo el bolso del hombro y me lo pego a la cadera. No pienso contarle que, por mucho que quisiera pagar, no tendría con qué hacerlo. Mi considerado marido no solo me ha abandonado en el centro de la isla, sino que lo ha hecho dejándome sin dinero y sin saber dónde estoy.
—Por lo que he entendido, mi marido es el dueño de este sitio, así que cárgalo a su cuenta.
Doy media vuelta sin esperar respuesta y me dirijo a la puerta.
Estoy a punto de abrirla cuando noto que alguien me coge del codo y tira de mí hacia atrás.
Agito el brazo de forma descontrolada en dirección a mi asaltante, a quien consigo darle en la cara con el reverso de la mano.
El placentero sonido del cachetazo reverbera en el aire.
—¡Joder! —maldice el hombre, que me retuerce los brazos detrás de la espalda y tira de mí para acercarme a su pecho. Noto su aliento cálido en la oreja y me revuelvo con violencia intentando escapar mientras me pregunto por qué no me ayuda ninguno de los clientes.
—Deja de moverte, zorra —dice de un gruñido dándome una sacudida.
—Suéltame y haré lo que me pides.
Tengo mechones de pelo pegados a la cara y la frente perlada de sudor. No es la primera vez que estoy en una situación semejante; sin embargo el miedo me ha calado hasta los huesos.
Con Mateo siempre sabía cómo iba a terminar: con algún moretón y algún que otro diente descascarillado. Antes de cumplir los diecisiete, ya le habían hecho dos implantes y le habían puesto al menos cuatro fundas en los dientes porque me defendía.
Pero este es un desconocido en un lugar extraño y no conozco ninguna de sus debilidades. En la postura en la que me encuentro, con los brazos a la espalda, mis mecanismos de defensa habituales están cuando menos debilitados.
Consigo soltar un brazo, cierro la mano en un puño y golpeo por encima del hombro. Oigo el contacto con el hueso, roto por la fuerza del impacto, y mi asaltante me suelta para llevarse las manos a la nariz mientras lanza una ristra de improperios.
—Joder. Esta zorra acaba de partirme la nariz —se queja, cubriéndose la cara con las manos.
Está encorvado tratando de recuperar el aliento. El cabello rubio oscuro, largo hasta la altura de la barbilla, le cae sobre los ojos.
Se mete la mano en el bolsillo de los pantalones cortos de camuflaje que lleva puestos y, por un momento, me viene a la memoria una pesadilla recurrente que estuve teniendo durante semanas tras pasar la noche con Kal.
Siempre comenzaba de forma apacible, conmigo leyendo o escribiendo en alguna loma.
Me sentía conectada con la naturaleza de una forma esencial.
Hasta que aparecía Mateo en escena y lo echaba todo a perder.
Después alguien acababa asaltándome con un paño empapado en algún compuesto químico y perdía el conocimiento.
La imagen me viene tan de sopetón que me provoca un fogonazo de luz blanca que acaba mutando, pasando de la imaginación a ser algo más concreto; se convierte en algo real.
Más que un sueño, es un recuerdo: el de Kal acercándose a mí en el balcón de mi casa, sacándose una jeringuilla del bolsillo de la gabardina; el recuerdo de mi rendición inmediata simplemente porque no me apetecía pelear.
¿Para qué iba a hacerlo? Iba a acabar encontrándome de todos modos.
Por segunda vez, que yo recuerde, tuve la opción de elegir. Era una elección de mierda, pero ahí estaba: casarme con Kal o contemplar cómo masacraba a mis seres queridos. Y después lo más seguro es que acabara conmigo también. No me cabía ninguna duda de que lo haría; era capaz de eso y más.
Ese es el problema de juntarte con hombres como él,que rezuman poder, saben cómo usarlo y lo que tienen que hacer para mantenerlo.
El tipo de hombre que te escupiría en la cara y después te ofrecería un pañuelo para que te limpiaras con él y así le debieras algo; el tipo de hombre que no tiene mucho que perder.
No he tenido esa pesadilla desde que puse un pie en la isla, tal vez porque se había vuelto realidad. Por el motivo que fuera, cuando veo a Vinny sacar algo parecido a una jeringuilla y quitarle el capuchón con el pulgar, actúo instintivamente por primera vez desde que he llegado a la isla.
—Esto… —dice Gwen, que se acerca en nuestra dirección con la mirada puesta en la aguja que lleva Vinny en la mano—. ¿Te ha dicho que podías drogarla?
Vinny le quita importancia al asunto.
—Me ha dicho que no le quite ojo de encima. ¿Cómo coño voy a hacerlo si no está aquí?
—Esto no va a acabar bien para ti. Te lo aseguro —murmura, y niega con la cabeza. Pero no lo detiene.
Se abalanza sobre mí como un cazador sobre su presa.
Intenta llevarme las manos al cuello y yo me valgo de ese movimiento para atacar.
Es bastante fornido, pero en cuanto lo cojo por las muñecas queda patente que sus músculos son de adorno.
Enseguida pierde el agarre y suelta la jeringuilla, que cae al suelo con un repiqueteo.
Al agacharse para recuperarla, me golpea con el codo en la cara.
Siento el impacto a la altura del ojo. Trastabillo hacia atrás por la fuerza del golpe mientras el dolor se me extiende por la frente.
Ya casi puedo sentir el moretón, la sangre coagulándose tras la piel.
Qué satisfacción. Me envuelve como una niebla espesa; se aloja en las profundidades de mi alma mientras me centro en el dolor y lo utilizo para tomar impulso.
Levanto la pierna y le doy una patada a la altura de las pelotas.
Vinny suelta un rugido prolongado y ronco, como si tuviera problemas de amígdalas, cuando le golpeo con la espinilla.
Se dobla sobre sí mismo y se le cae de nuevo la jeringa.
Vuelvo a golpearlo para quedarme a gusto y camino a su alrededor mientras se retuerce de dolor a gatas.
Lo agarro de las orejas y le doy un rodillazo en la frente.
Levanta las manos en el aire en señal de rendición y agacha la cabeza.
Luego vuelve a bajar una de las manos al suelo.
Me vuelvo hacia Gwen, que observa la escena con expresión aburrida, como si estas cosas pasaran continuamente.
A juzgar por el escaso interés que han mostrado los clientes del bar, tal vez sea así.
Me recoloco la tira del bolso en el hombro, levanto un pie y lo dejo caer con fuerza sobre los dedos de Vinny.
Disfruto del crujido de sus huesos bajo mi peso.
Chilla como un cerdo en la matanza. Retuerce la otra mano y la estira de nuevo como si sintiera dolor empático.
Desvío la mirada hacia la puerta, dispuesta a largarme de allí cuando siento un fuerte picor en la parte posterior de la pantorrilla.
Miro hacia el suelo y veo la mano de Vinny sujetando la jeringuilla de antes.
La retira con premura de la zona donde me la ha clavado.
Siento pavor. Me quedo mirando a Gwen, que me observa boquiabierta y con los ojos de par en par.
—Vinny… —dice con preocupación.
Se gira sobre su espalda y lanza la jeringuilla por encima de la barra. Luego se agarra la entrepierna.
—Me importa una mierda. Se lo merece.
Van pasando los segundos. Tengo el estómago encogido y, por lo que parece, los pies congelados, porque ahí sigo sin moverme contemplando a Vinny mientras él se pone en posición fetal.
Se me acelera el corazón. Me late a tanta velocidad y tan fuerte que no consigo oír otra cosa.
Tengo la garganta atenazada por el miedo y me cuesta respirar.
Me doy la vuelta sin saber muy bien qué hacer.
¿Cuánto tardará en hacerme efecto lo que me ha inyectado?
Gwen no trata de detenerme cuando me dirijo a la puerta y la abro con manos temblorosas.
Entrecierro los ojos por el exceso de luz solar, pero la brisa fresca del mar no me molesta.
Me doy un minuto para que se me acostumbren los ojos al cambio en las condiciones atmosféricas.
Trato de ubicarme en el callejón con el corazón en un puño hasta que me doy cuenta de que he salido por la puerta equivocada.
No sé muy bien cómo he llegado hasta ahí.
Tiro de la manija para volver a entrar, pero está cerrada con llave.
Trago saliva y avanzo por el callejón. Me palpita el ojo con cada paso que doy, pero no me detengo hasta llegar a la calle principal. No encuentro a Kal por ninguna parte. De nuevo me siento abandonada. Se me encoge el estómago, me siento confundida, rechazada, una idiota.
«Solo porque te dé su tarjeta de crédito y te provoque un par de orgasmos no significa que le interese una relación más profunda».
Tampoco es que yo debiera desear algo más profundo.
Apenas ha pasado tiempo desde que me obligó a casarme con él, así que no sé qué esperaba que iba a ocurrir.
¿Que él sentiría la misma obsesión que llevo sintiendo yo porél toda la vida?
¿Que encontraríamos la manera de que funcionara pese a todos los obstáculos que se empeñan en mantenernos alejados?
«No, Elena. Esto no es una película de Disney ni un poema romántico».
«Vaya estúpida que has sido».
He dejado que mi atracción desafíe a la razón. Ni siquiera he intentado escapar de esa casa. Me he quedado allí encerrada.
Vuelvo a echar un vistazo a la calle y frunzo los labios, pensativa. Cojo una bocanada de aire, hago caso omiso del desasosiego que me reconcome y enderezo la espalda mientras me recoloco la costura del vestido con una mano. Después, echo a correr.