Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 13. Kal
33%

13. Kal

Kal

—¿Qué sitio es este?

Me quedo mirando a mi esposa con el estómago un tanto revuelto.

Igual es porque apenas pasé tiempo con ella cuando era pequeña, ya que sus padres mantenían a sus hijas al margen de todo, pero no me había percatado de lo protegida que había estado su vida.

Una veinteañera debería saber lo que es un bar, incluso si nunca ha puesto un pie en uno.

La mayoría de los de su edad lo han hecho.

Una parte de mí se siente culpable por corromper la vida de esta chica antes de que haya tenido la oportunidad de vivirla, pero, por otro lado, mi parte más oscura se acuerda de que la mía la corrompieron sus padres. Eso ayuda a mitigar la sensación de culpa.

«Yo era muchísimo más joven que ella».

—Un bar —respondo mientras le indico un sitio libre en la barra a nuestra izquierda, donde se sienta Vincent, uno de los secuaces de Jonas, hurgándose los dientes con un tenedor de plástico.

Hace una mueca y echa un vistazo alrededor.

—¿Por qué me han dejado entrar? Todavía no he cumplido los veintiuno.

—Has venido conmigo, y las normas que afectan al resto del mundo no me afectan a mí. Lleva años siendo así.

Apoyo la mano en la parte baja de la espalda de mi esposa, esforzándome por ignorar la textura suave del vestido de algodón rojo de manga larga que lleva puesto.

Tiene un escote en forma de uve que le llega hasta los pechos, atado con un lazo justo por la base.

Lo que más deseo en estos instantes es desatárselo y darme un festín con ella aquí mismo.

Después de que dejaran la memoria USB en el porche de mi casa, hemos entrado en una especie de rutina.

Yo he estado trabajando horas extra para encontrar al culpable, aunque de nada me ha servido, y ella ha pasado los días comprando cosas por internet con mi tarjeta de crédito y tratando de averiguar qué uso darle a sus compras.

El primer día le dio por la pesca. Compró una caña de color rosa metálico, una caja de aparejos de pesca a juego y se levantó a las cuatro de la madrugada para probar.

En menos de una hora estaba de vuelta, bufando porque nadie le había advertido de que pescar era tan aburrido.

Otro día le dio por la astronomía, aunque no tuvo tiempo de observar las mejores constelaciones porque se quedó dormida.

Lo sé porque yo no he dormido desde que llegó.

Paso las noches en el salón, sentado en un sillón con una botella de whisky escocés intentando reunir valor suficiente para acostarme en la misma cama que ella.

Pero hay un motivo por el que todavía no me ha visto desnudo, el mismo que hay para que no me muestre vulnerable a su lado.

La cartografía de mi cuerpo, esbelto y escultural gracias a años de duro ejercicio, está destrozada, llena de imperfecciones.

Años de fechorías tatuadas en mi piel de forma definitiva.

Aunque ese no es el motivo por el que todavía no he follado con ella.

No hay una razón concreta para eso. Cuando por fin lo haga, quiero hacerlo bien; no quiero arriesgarme a malgastar mi empalmada por estar distraído, pensando en la gente que nos persigue o en cómo se va desarrollando mi plan antes incluso de llevarlo a la práctica.

Nuestra primera vez fue precipitada: un instante robado antes de que se casara con Mateo. Quiero algo más. No deseo solo su cuerpo.

Por eso hemos venido a La Cuadriga Llameante, con sus suelos de madera desvencijados y las ventanas cubiertas con tablones para que no traspase la luz solar. Me sorprende que mi esposa no se dé media vuelta y salga corriendo de aquí. Está claro que no es un sitio al que vendría por su cuenta.

En cuanto le rozo con la mano, parece fundirse con el movimiento y me deja guiarla por la sala. Ando con los hombros tensos y cada vez más furioso al percatarme de los ojos de los demás siguiendo las líneas de su cuerpo, como si estuvieran allí para ellos.

Supongo que no me han reconocido por la falta de luz.

Nos sentamos en un reservado al fondo del bar, el mismo en el que Rodillas Morelli se sentó hace dos semanas.

Gwen, una camarera rubia de pelo corto y piercing en la nariz, viene a atendernos.

Elena saca con cuidado el menú de papel del dispensador de servilletas y frunce los labios mientras le echa un vistazo.

—No como mucho marisco —dice Elena mientras le da la vuelta al menú. Mira a Gwen y le pregunta—: ¿Qué me recomiendas?

—Nada sólido —dice en tono monótono, dando golpecitos con el boli en su libreta.

—Gwen —murmuro mientras apoyo el brazo en el respaldo del reservado por detrás de Elena—. Atención al cliente. ¿Recuerdas?

Pone los ojos en blanco y cambia el peso del cuerpo de pierna.

—Solo trato de evitar que se ponga mala. Vincent se encarga hoy de la cocina y ni siquiera Jonas es capaz de comerse lo que prepara él. —Se queda mirando a Elena y abre mucho sus ojos marrones—. Jonas es capaz de comer cualquier cosa, a no ser que haya pasado por las manos de Vincent.

Suspiro y me masajeo el entrecejo con el nudillo a ver si así consigo disipar el dolor que siento siempre que pongo un pie en este establecimiento.

Si no fuera un lugar de culto en Aplana, no habría forma de seguir con el negocio en el estado en el que está, pero mi madre siempre me advirtió de que no destruyera nada que no necesitara arreglo.

Así que aquí sigue, en toda su gloriosa decrepitud.

—¿Qué hace Vincent detrás de la barra si se supone que está al mando de la cocina?

Gwen se encoge de hombros.

—Nos faltan manos. La chica nueva se ha puesto enferma, así que Blue me ha estado ayudando con las bebidas.

«¿La chica nueva está enferma?». Mierda.

—Y si Blue está en el bar, ¿quién se encarga de la puerta?

—Esto… —Gwen se revuelve incómoda, y mira por el bar como si buscara al metro ochenta y los cien kilos de puro músculo que contraté para vigilar a la clientela. He entrado por la puerta principal, así que ya sé la respuesta—: ¿Nadie?

Respiro hondo para tratar de sofocar la rabia que burbujea en mi interior como si hirviera en un caldero. Me quema y amenaza con desatar la violencia. Gwen da un paso atrás como si hubiera percibido que estaba a punto de estallar.

—Querría probar la lasaña de marisco. Voy a intentar ser fiel a mis raíces italianas, ¿sabes? —dice Elena de repente, y deja el menú en la mesa—. Y una Coca Cola light, por favor.

Gwen observa a Elena con detenimiento con la ceja enarcada. No recoge el menú. Lo que hace es volverse hacia mí, como si esperara mi aprobación.

Elena se tensa y me roza con el hombro en el brazo.

—No necesito permiso de Kallum para pedir algo de comer.

A la camarera se le iluminan los ojos, divertida, al oírle usar mi nombre completo.

—Es solo que no sé si eres consciente de que Vincent es un cocinero pésimo.

—Eso ya lo juzgaré yo por mí misma.

Elena levanta la barbilla, desafiante, y se acerca a mí hasta que nuestros muslos se tocan. El calor que emana su cuerpo es como un cable de alta tensión que le envía una sacudida a mi entrepierna. El dulce aroma de su champú me embriaga.

No tengo claro que lo haya hecho a propósito, así que me dispongo a apartarme para darle un poco de espacio cuando apoya su mano sobre la mía en la mesa.

El diamante que luce en el dedo brilla a la luz del bar.

Con un resoplido, Gwen asiente, recoge el menú de la mesa y apunta algo en su libreta antes de marcharse.

En cuanto desaparece tras la puerta de la cocina, Elena me suelta la mano y la coloca bajo el muslo mientras se separa de mí.

—¿De qué conoces a esa chica?

—Soy su jefe, aunque de forma indirecta. En realidad su jefe es Jonas, mi socio, pero él trabaja para mí y yo soy dueño de la mitad del bar, así que…

—¿Eres dueño de un bar? —Mira a su alrededor mientras se coloca un mechón detrás de la oreja—. ¿Este bar?

Sonrío mientras me deslizo hacia la izquierda para volver a juntarme a ella porque, por algún motivo que desconozco, su ausencia hace que me sienta incompleto.

—No pensarías que el trabajo que hacía para tu padre era mi única fuente de ingresos, ¿no? ¿Cómo crees que puedo permitirme la casa que tengo? ¿Y el jet? ¿Y mi reclusión?

Frunce el entrecejo.

—Supongo que pensaba que Papà pagaba bien.

Me río, aunque es una risa efímera.

—Rafael está muy lejos de pagar lo suficiente.

—¿Es por eso por lo que también trabajas como médico? ¿Para compensar el bajo salario?

—No, no suelo cobrar por eso.

—¿Trabajas de voluntario en hospitales?

Muevo la mandíbula de un lado a otro. No tengo claro cuánto quiero contarle sobre mi pasado. No quiero que averigüe en qué circunstancias conocí a sus padres.

—De pequeño era muy pobre, así que, de alguna manera, mi trabajo de voluntario es una forma de devolverle algo a la sociedad. La sanidad es escandalosamente cara en este país y los hospitales benéficos están faltos de médicos, y los que hay están desbordados. Lo hago por ayudar un poco.

—Se me hace raro pensar que un amigo de mis avariciosos padres sea capaz de hacer algo desinteresado por los demás. —Se queda mirándome a los ojos—. Además de la actividad criminal, claro.

—Bueno, yo no diría que soy amigo de tus padres. —Me inclino en su dirección y le paso el dedo índice por el labio inferior—. Y los dos sabemos que no siempre soy buena persona.

Ni siquiera lo soy la mitad del tiempo, para ser sinceros. Se le acelera la respiración y le brillan los ojos de tal forma que sé que es consciente de ello y que no le importa. Me obligo a apartar la mirada.

Saco el teléfono del bolsillo y entro en los mensajes de texto para enviarle uno a Jonas rápidamente.

Yo: Gracias por avisarme de que Violet había llamado…

Tarda unos segundos en responder.

Jonas: Que te jodan. No sabía que no iba a estar en el bar. Llevo sin ir toda la semana.

Siento una tormenta de inquietud en la boca del estómago. Me llevo la lengua al interior del carrillo mientras entro en el hilo de mensajes que he intercambiado con mi hermana. No ha respondido a ninguno de los seis últimos que le he mandado.

Sabía que engatusarla para que viniera a la isla con un trabajo de camarera podía no funcionar, pero fue lo único que se me ocurrió para tenerla cerca y poder volver a hablar con ella.

La última vez que lo intenté no salió bien, de ahí que no responda a mis mensajes. Incluso cuando le señalé quesi se asociaba conmigo se acabarían todos sus problemas financieros se empeñó en mantenerse alejada de mí.

Aunque compartamos ADN, de alguna manera mi hermana, a quien di por perdida durante tanto tiempo, sabe evitar lo que no le conviene. No así mi esposa, que le lanza miradas asesinas a Gwen.

—Cuidado, pequeña —murmuro, reclinado para hablarle al oído—. La gente va a pensar que te gusto.

Elena suelta un bufido y coloca las manos sobre la mesa.

—Soy tu esposa. Se supone que me tienes que gustar. Lo que pasa es que me parece de muy mala educación flirtear con hombres casados.

Me acaba de clavar una daga con su comentario, que se incrusta en los huesos rasgándome el músculo, alcanzándome el corazón.

Me froto el pecho para aliviar el escozor de la puñalada.

Cuando viene Gwen con la Coca-Cola light para Elena y una pinta de cerveza para mí, me limito a asentir con la cabeza.

Nos informa de que la comida estará lista en un minuto y se pasea hasta otra mesa sin importarle la mirada de odio que le lanza mi esposa.

—No nos va a dar tiempo de comer nada —le digo mientras abro el GPS instalado en el teléfono y busco la ubicación de Violet.

—Pero he pedido una lasaña.

—Ya te lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir: no me sirves de nada muerta, Elena. No te comas la puta comida.

Me arrastro por el asiento, salgo del reservado y me dirijo hacia la barra, donde he llamado la atención de Vinny. Se aparta el pelo rubio de la cara cuando se apoya en la barra.

—¿Qué pasa, jefe?

—¿Ves a esa chica del reservado del fondo?

Mira hacia la derecha por encima de mi cabeza. Le gusta lo que ve y asiente con entusiasmo.

—Como para no verla. ¿Dónde has encontrado a ese bombón? No me importaría que se diera una vuelta por el increíble Vincent. Ya me entiendes. Tiene pinta de necesitar relajarse.

La tarde no está yendo como esperaba y el enfado empieza a intensificarse hasta alcanzarme la garganta. Agarro a Vinny por el cuello de la camiseta de jugar a los bolos y entrelazo los dedos en la cadena de oro que lleva al cuello.

Tiro de ella para colocarlo en un ángulo extraño contra la barra mientras se aferra a mi mano.

—No puedo… respirar —dice con la voz ronca y la cara cada vez más colorada.

—Me alegro. Acuérdate de esto que sientes ahora la próxima vez que decidas hablar de mi esposa como si fuera una de tus putitas.

—Me echo para atrás y lo suelto, ignorando la profunda decepción que siento al no acompañar mi amenaza de un final más apropiado—.

La próxima vez te rebanaré el esófago y me quedaré mirando cómo te ahogas en tu propia sangre. ¿Ha quedado claro?

—Joder, Kal. —Se frota el cuello mientras me miracon odio. No entro al trapo. Me limito a alisarme el traje conlas manos. Se pone de pie y se apoya en el dispensador de refrescos—. Clarísimo. Ni siquiera sabía que te habías casado.

—Ahora ya lo sabes. —Me vibra el teléfono. Se me cae el alma a los pies al ver ese nombre que aparece en la pantalla—. No le quites ojo de encima. Asegúrate de que no deambule por aquí y de que nadie se quede mirándola mucho rato. Soy plenamente consciente de que es demasiado atractiva.

Vinny asiente.

—A la orden, mi capitán.

Elijo ignorar su tono y me dirijo a la puerta sin mirar atrás. Puedo sentir la mirada de Elena a mi espalda mientras salgo del bar. Me quema y me siento tentado a volver adentro y quedarme con ella. Pero tengo asuntos que resolver.

La luz solar contrasta con el interior oscuro del bar al salir. Me cuesta un poco adaptarme y no veo a la chica que hay de pie en el bordillo con los brazos cruzados.

Se burla de mí al verme con expresión seria.

—Lo sabía.