12. Elena
Elena
Cuanto más tiempo paso desnuda en la cama de Kal mirando el techo con los brazos cruzados, más avergonzada me siento de haber tomado la iniciativa abajo.
No ha pasado mucho tiempo desde que lo vi asesinar a mi prometido y me obligó a casarme con él. Por lo que parece, en situaciones estresantes, una vez pasados el susto inicial y el enfado, mi cerebro se relaja y deja que mi vagina tome las decisiones.
O tal vez sea el efecto que tiene Kal en mí. A lo mejor llevar toda la vida obsesionada con él cuando ni siquiera se dignaba a mirarme me ha traído hasta este punto, y ahora, por muy perturbadora que sea la situación, por fin soy libre de explorar.
Echo el aire despacio por la boca y me pellizco con suavidad los pezones para intentar recrear la sensación que me produjo Kal al hacerlo.
Se me pone la piel de gallina y noto un calorcillo en el pecho al acordarme de sus palabras: «Así que esta zorrita que tengo por esposa se ha paseado todos los días por casa esperando que la follara».
No lo he hecho conscientemente. Al menos no tenía la intención expresa de que Kal viera que no llevaba ropa interior y se aprovechara del acceso directo.
La cuestión es que no había nadie más y las normas puritanas de mis padres ya no tenían sentido, así que quitarme las bragas me pareció lo más lógico.
Quería encerrar el estilo de vida de los Ricci en un ataúd.
Igual es por eso por lo que me he lanzado al vacío y me he acercado a Kal pese a que estaba cubierto de sangre y tenía una mirada casi salvaje.
Cuando se me presenta la oportunidad de elegir, tiendo a ser temeraria. Eso ya había quedado claro cuando le pedí a Kal que me desvirgara. Ahora solo se ha hecho más patente.
Es cierto que amenazó a mis seres queridos y me chantajeó para que me casara con él. Me arrancó de la única vida que había conocido y me arrojó a un lugar extraño, sola y confundida. Pero es un amante habilidoso y mi cuerpo recuerda su talento.
Se me tensan los músculos del vientre cuando deslizo la mano por mi pecho, resbalando en el calor abrasador que ha dejado él.
—Está claro que quienquiera que dijera que Kal Anderson no tenía madera de marido no ha sentido su mano entre las piernas —murmuro. Casi se me escapa un gemido al recordarlo.
—¿En serio?
Me sobresalto al oír su voz profunda pese a que lo estaba esperando. Me tapo los pechos con un brazo y me cubro el coño con la mano en un acto reflejo.
Está apoyado en el marco de la puerta con un pijama negro y una expresión extraña en su hermoso rostro: no parece excitación ni tampoco ira.
De alguna manera, sus rasgos parecen haberse quedado congelados entre las dos.
Su mirada oscura refleja su hambre, mientras que su boca presenta un rictus severo.
Me mira de arriba abajo y se detiene en mi piel sonrojada. Se acaricia el labio con el dedo pulgar.
—No era mi intención interrumpirte. ¿Decías?
—Hablaba sola.
—¿Has oído muchos cotilleos sobre mí?
—No muchos —acepto poniéndome colorada—. Algunas cosas que cuentan mi madre y sus hermanas.
—Claro. Carmen y su gran bocaza.
El rencor que destilan sus palabras me pilla desprevenida.
Sé que la relación que hay entre él y mis padres se remonta a mucho antes de que empezara a trabajar para las empresas Ricci.
Hasta donde yo sé, mis padres lo consideraban parte de la familia; ese familiar lejano y misterioso que solo aparecía por la ciudad cuando era imprescindible y del que no dejaban de echar pestes, pero que era familia al fin y al cabo.
Kal exhala como si tratara de guardar la compostura.
—¿Qué más dicen?
Pestañeo y frunzo el ceño.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué más dicen de mí? —Levanta las cejas casi hasta el nacimiento del pelo y extiende las manos abiertas a los lados invitándome a continuar—. ¿Te han puesto en contra de mí? ¿Te han contado con todo lujo de detalles el mal que he infligido?
Noto el paladar seco.
—Papà nunca entra en detalles.
—Pero algo habrás oído, ¿no? No se puede sobrevivir en este mundillo sin que los mentideros trabajen horas extra, sobre todo cuando dejas bien claro que quieres que te dejen en paz.
Clavo los talones en el colchón y me incorporo hasta sentarme para no sentirme tan vulnerable a su mirada. He dejado la ropa sobre el banco que hay a los pies de la cama, así que me agarro bien a las sábanas y me cubro con ellas.
—¿Qué haces? —me pregunta.
Me detengo con los dedos bien aferrados a la colcha. Como siga así me van a entrar calambres en los nudillos.
—Tengo la sensación de que no debería estar desnuda mientras hablamos de esto.
—Vuelve a ponerte los dedos en el coño y demuéstrame lo que piensas de toda la mierda que echan sobre tu marido.
Se chupa los labios y sube una rodilla a la cama. Me agarra de la muñeca con rapidez y me estira los dedos uno a uno soltándolos de la colcha.
—Ni siquiera conozco a mi marido —respondo mientras intento soltarme. El deseo que sentía hace unos minutos se evapora al notar el tono agitado con el que habla. Me entran ganas de pelear.
Le enseño los dientes y cojo impulso con la mano que tengo libre para darle un bofetón en la cara. Es una estupidez. Kal la detiene antes de que haga contacto. Me lleva la mano con la que agarraba la sábana a la espalda y la otra se la lleva a los labios.
—Sabes más de lo que cuentas.
Me levanta los dedos índice y corazón y se los mete en la boca. Los lame con la lengua sin dejar de mirarme a los ojos. Una nueva oleada de placer me atraviesa de arriba abajo y se me encogen los dedos de los pies.
«El síndrome del cuerpo traicionero» lo llamaba Mamma; o lo que es lo mismo: dejarse llevar por lo carnal, pese a que tu mente sabe lo que le conviene. Trataba de hacer que me sintiera mejor antes de mi boda con Mateo y me dijo que mientras él «me diera placer» mi cuerpo aprendería a disfrutarlo.
La mente, meditaba ella, era un campo de batalla completamente diferente, pero también podía conquistarse, y se citaba a sí misma como ejemplo.
El problema era que yo ya sabía lo que se sentía al desear a tu amante, y de ninguna manera iba a llegarle Mateo a la suela de los zapatos.
Incluso ahora, mientras procuro explicar la reacción de mi cuerpo a través de la biología, sé que su razonamiento no era certero. Mi cuerpo no me está traicionando. Ojalá lo hiciera. Facilitaría muchísimo las cosas.
Me envuelve los dedos en su puño y me lleva la mano a la cima de mi entrepierna. Me los pasa por la abertura. Muevo las caderas acompasadamente y él sonríe con las narinas ensanchadas.
—¿Y bien? —se mofa con la ceja enarcada mientras me obliga a pasar los dedos con suavidad alrededor de mi clítoris. Se me corta el aliento. Se acerca para ponerse a la misma altura que yo—. ¿Qué más sabes de mí, pequeña?
En esa postura me pesa la cabeza y me duelen los músculos del cuello. La dejo caer en la almohada. El placer se extiende por mis venas con mayor intensidad haciendo que me tiemblen las piernas.
—Tienes treinta y dos años y tu cumpleaños es en Halloween. Te gusta leer poesía y memorias, aunque no escribes. Te graduaste en Medicina en Tufts y fuiste residente en el Johns Hopkins.
Hace un ruidito con la boca, pero no sé si es porque le he impresionado o de aburrimiento al oírme recitar la Wikipedia. No sé mucho más de él que lo que aparece allí. Solamente sé que es un peligro al que nunca he podido resistirme.
—¿Sabes que cuando nos hemos visto en el despacho acababa de matar a un hombre?
—susurra. Su aliento caliente me roza la cara.
Me cuesta centrarme en sus palabras, perdida como estoy en la sensación que me produce su mano guiando mis dedos, creando magia en mi entrepierna—.
Por eso había sangre en mi ropa. Sé que la has visto.
He visto que te afectaba momentáneamente en esos ojos tuyos tan tentadores.
Después he visto cómo la preocupación desaparecía al decidir que te interesaba más correrte que lo que hago en mi tiempo libre.
Me suelta el brazo que me sujetaba a la espalda y me empuja del hombro para que me acueste del todo en el colchón sin dejar de manejar mis dedos. Ha cambiado la dirección del movimiento, que ahora va en contra de las agujas del reloj. Tengo que morderme el labio inferior para no gemir de placer.
—Nunca te ha importado lo que la gente piense de mí, ¿me equivoco? Nunca te han preocupado las almas que he robado o las vidas que he quitado con estas manos.
Me pasa los dedos por la cicatriz que tengo en el muslo, después vuelve a subir, rodeando mi entrada.
Me mete la yema de uno de los dedos un segundo y no puedo evitar gemir.
Siento un remolino en el vientre, algo salvaje se conforma en mi interior al oír la verdad de sus palabras, que solo consiguen que me excite más.
«No me importa a cuánta gente ha matado. Ese ha sido siempre el problema».
—Alguien nos está observando —dice, enviando señales de alarma a mi cerebro. Se me abren los ojos de golpe y lo busco, pero en ese instante me penetra con tres dedos y me quedo sin palabras.
Gimo al notar que curva las yemas contra mis paredes internas. Me atormenta con su masaje, distrayéndome.
—Tengo la sensación de que podría ser tu padre. Lo que no me queda claro es por qué.
Retiro la mano cuando sus palabras consiguen traspasar la neblina de mi cerebro, pero entonces me golpea la cara interna del muslo y doy una sacudida al sentir la carne sensible maltratada.
—No te he dicho que pararas. —Mueve los dedos con mayor rapidez en sacudidas poco profundas y se me levantan las caderas para rogarle sin palabras que siga—. Si lo que quiere es mirar, vamos a ofrecerle un buen espectáculo.
La sola idea debería hacerme reflexionar, debería horrorizarme, pero nada más lejos. Un fuego invisible me enciende la entrepierna y se extiende por mi cuerpo como una fiebre, anclándose a mis huesos.
—Me temo que tus padres, sobre todo tu madre, creen que pueden rescatarte. Así que, por si han intentado plantar esa semilla en tu cerebro, voy a sacarla de ahí de una vez por todas.
Estoy a punto de explotar cuando empieza a darme sacudidas más rápidas mientras yo me froto el clítoris frenéticamente tratando de seguir su ritmo. Ese duelo de sensaciones me nubla la vista.
—No vas a ir a ningún sitio, pequeña Perséfone. No te traje a mi isla para que te fueras y de ninguna manera voy a librarte de tu sentencia. La cumplirás a mi lado como la reina de mi Inframundo y lo único que podrá hacer tu familia es mirar.
Cojo una bocanada de aire cuando termina de hablar. Encuentro la imagen de mis padres observando cómo me folla Kal deliciosamente prohibida y embriagadora. Supongo que es el acto más subversivo que existe.
Arqueo la espalda cuando me sobrecoge el orgasmo, que me rompe en mil pedazos irregulares. Me agita con tanta fuerza que me atraganto. Separo la mano pegajosa de mi clítoris y la dejo caer al lado mientras me palpita con las réplicas.
—Te corres como una diosa, pequeña.
Kal se separa de mí tras limpiarse los dedos en mi cicatriz y me acaricia el pómulo con el pulgar. Se me forma un nudo en el estómago cuando le veo la cara, la delicadeza con la que me toca, tan diferente a como lo ha hecho hasta ahora.
—¿Quién vino a verte? —pregunto. Ahora que por fin puedo formar un pensamiento coherente, me viene a la memoria lo que nos interrumpió antes de que se evapore el placer posorgásmico—. ¿Qué quieres decir con eso de que Papà nos vigila?
—No te preocupes por eso. —Kal se incorpora y se levanta de la cama carraspeando—. Descansa, Elena.
Tras esto, sale de la habitación.