11. Kal
Kal
A Elena se le enciende la mirada. Esos ojos color miel se han transformado en hogueras llameantes mientras se pasa la lengua, pequeña e impertinente, por los labios carnosos.
—Eso podré soportarlo. —Lo dice prácticamente ronroneando. Sus palabras cargadas de excitación me acarician la piel.
El conjunto rosa que lleva puesto es tan fino que no consigue disimular su deseo y le marca los pezones duros contra la tela satinada. Un sofoco ardiente le sube desde la garganta resaltando la marca que le dejé en la base del cuello pese a que ha intentado disimularla con maquillaje.
No estaba exagerando cuando dije que no estaba de humor para compañía. De hecho, antes de que entrara me disponía a volver al cobertizo insonorizado para continuar con lo que había dejado a medias.
La sangre de Leo «Rodillas» Morelli es la que mancha mis pantalones. El único objetivo que he tenido estos últimos días ha sido hacerle llegar un mensaje al padre de Elena.
No he podido hablar con los Ricci por teléfono y tampoco estoy dispuesto a dejar a Elena sola en el Asfódelos por si estuvieran planeando llevársela de aquí, así que, desde que me enteré de las noticias que filtraron a la prensa, he sido una presa fácil: me he limitado a esperar, observar y aguardar el momento oportuno.
Me he mantenido alejado de mi esposa para tratar de mantener la ira que siento por su padre separada de nuestro pequeño pacto.
Blue, uno de los empleados de Jonas en La cuadriga llameante, se percató de que había un forastero que parecía haber salido de la nada.
No tenía familia ni amigos en la isla y tampoco le interesaban las actividades turísticas.
Entraba en el bar, se sentaba en uno de los reservados del rincón y se pasaba el día bebiendo cerveza.
Por la noche desaparecía sin dejar rastro.
Según informó Blue a Jonas, caminaba cojeando a causa de una cicatriz inconfundible en forma de zigzag que le recorría la pierna desde la parte superior de la rodilla hasta el talón.
Nadie la habría descubierto de no ser por una pelea que había provocado su segunda noche aquí, cuando inmovilizó a un camarero contra la mesa por haber derramado el vino.
Conozco esa cicatriz. Fui yo quien se la hizo al atravesarle la piel con un bisturí de dermaplaning.
El Rodillas es uno de los primos de Ricci, aunque ni eso se le da bien.
Hace unos años lo pillaron amañando las cuentas en uno de los negocios de apuestas ilegales de Ricci.
En lugar de mandarlo al fondo del Charles, como deseaban los Ancianos, Rafe me encargó que le hiciera temer a la famiglia y lo excomulgó.
Lo último que supe de él es que seguían sin hablarse, aunque el hecho de que esté en Aplana resulta contradictorio.
No sé qué le habrá encargado Rafe. No le he sonsacado nada, pero lo que fuera se ha acabado aquí.
Jonas no tardará en enviarle su cabeza desde la oficina de correos que hay al norte de la isla.
Elena da un paso hacia mí y alarga la mano, rozando con las uñas la parte de arriba del pijama sanitario.
Llevo meses sin ejercer como médico, pero este pijama era lo único que había en la planta de abajo cuando llegué hace un rato, y no quería perder tiempo subiendo a la planta de arriba y arriesgarme a que Jonas se lanzara sobre el Rodillas antes que yo.
Entremete los dedos por la costura del dobladillo y se acerca todavía más. Ya casi no hay separación entre nosotros y puedo sentir el aliento del más mínimo susurro contra mi garganta.
—No creo que esto sea una buena idea —digo.
Trago saliva al mismo tiempo que ella levanta la cabeza y me mira con esos ojos dulces enmarcados por sus pestañas espesas.
Me pasan por la cabeza un sinfín de formas en las que me gustaría follarla, hacerle arrepentirse de haberme conocido o de insinuarse a mí.
Me había prometido a mí mismo no hacer nada de eso hasta que llevara un tiempo aquí y se hubiera aclimatado.
Sin embargo, aquí estoy, rindiéndome a la histeria que desprende su mirada.
Niega con la cabeza. El pelo negro ondea sobre sus hombros esbeltos.
—Ya sé que no lo es.
Sin añadir otra palabra ni darme tiempo para pensar, me agarra la camisa con un puño y tira de mí hacia ella, se pone de puntillas y funde su boca con la mía, llevando la iniciativa antes de que pueda detenerla.
Es la segunda vez que nos besamos; sin embargo, parece que lo hubiéramos hecho un millón de veces y al mismo tiempo que esta fuera nuestra primera vez.
Joder. Ese sabor tan suntuoso no ha cambiado nada; noto un ligero regusto afrutado, restos de algo que ha comido y que perdura como una invitación.
Se mezcla con el aroma a granada del champú, y de repente ya no quiero volver a probar otra fruta en mi vida.
Si Elena es la mitad de divina que la fruta del Jardín del Edén, no me extraña que Eva sucumbiera a la tentación.
Puede que solo esté aburrida y que me esté saltando pasos importantes de mi plan, pero ¿a quién coño le importa eso cuando me está devorando con su lengua?
De nuestros labios se escapa un gemido y no sé de qué pecho ha salido. Se me hincha la polla al rodearle la cintura con los brazos y apoyarme contra las suaves curvas de su cuerpo. La giro y la coloco con la espalda apoyada en la mesa.
Jadea al golpear con el culo contra la superficie de madera. Me desliza las manos por los pectorales y las coloca en mi nuca, utilizando los dedos para mover mi cabeza a su antojo.
Levanta un remolino de pasión con sus besos y mordiscos, azotándome con su lengua como si mi boca fuera una isla ignota que quisiera cartografiar.
Dejo caer una de mis manos hasta su nalga derecha y le clavo los dedos mientras levanto la otra para bajarle el cuello de encaje de la camisola de un tirón.
La carne redondeada y pálida de su pecho queda al descubierto mostrándome una cumbre sonrosada.
La acaricio con el pulgar en movimientos circulares disfrutando de la forma en que se estremece en cuanto la toco.
Se le arquea la espalda y gime consiguiendo que vibren nuestros labios con el sonido gutural.
—Vuelve a hacerlo —me susurra en la boca mientras me pasa la lengua por el interior del labio superior.
Se me dispara la polla al oír su tono seductor.
Nada queda de la tímida virgen a quien prácticamente mutilé hace unas semanas.
No sé qué ha cambiado. Tal vez me mintiera cuando me dijo que no había estado con nadie más.
Cuando le agarro un mechón de pelo a la altura de la nuca y la obligo a arquear la espalda para acceder a sus tetas, me doy cuenta de que me importa una mierda.
En este preciso momento podría decirme que se ha acostado con toda la ciudad de Boston y seguiría sintiendo esta necesidad de sumergirme en su interior. Hacerla olvidar que existió alguien antes que yo.
Me aparto un poco y la miro a los ojos bien abiertos y llenos de lujuria.
—Una vez que lo hagamos…
Me araña la nuca con sus uñas, enviándome una descarga eléctrica que me atraviesa el cuerpo y que me llega hasta las pelotas.
—¿Una vez que lo hagamos…?
—No podré parar.
—¿Quién quiere que lo hagas?
Le rodeo el pezón con los labios y se lo chupo mientras le acaricio el muslo. Le meto la mano por debajo de los pantalones cortos y busco la cicatriz que le dejé en la piel. Gime en el mismo instante en que le toco mi marca.
Se le escapa otro gemido cuando le acaricio la cicatriz y sigo subiendo la mano por su muslo. Aparto la tela de los pantalones y le rozo con los nudillos el coño empapado. Maldigo para mis adentros cuando accedo directamente a la carne sin malear.
—No me he puesto bragas desde que llegué aquí —sisea dejando un gemido a medias cuando le empiezo a acariciar el clítoris con el pulgar en movimientos circulares e insistiendo hasta que se deja llevar por el ritmo acompasado.
—Ah, ¿no? —pregunto al mismo tiempo que levanto la cabeza para volver a besarla, llevando yo la iniciativa ahora que sus músculos se han relajado—. Así que esta zorritaque tengo por esposa se ha paseado todos los días por casa esperando que la follara.
—Dios, sí…
Llaman a la puerta con insistencia y su sonido se propaga por el pasillo justo cuando le meto un dedo en el coño cálido y deliciosamente húmedo.
Me suelta el cuello y me clava las manos en los bíceps con expresión de alarma a pesar de que sus paredes internas siguen contrayéndose alrededor de mi dedo.
Me quedo petrificado con el dedo un poco más adentro mientras espero a oír los pasos de Marcelline.
Silencio.
—¿Marcelline? —la llamo y giro la cabeza para mirar por encima del hombro, como si así fuera a averiguar dónde anda.
—Hum —se queja Elena y me golpea en el hombro—. ¿Te importaría no decir el nombre de otra mujer mientras me metes el dedo en el coño?
Me quedo mirándola con la ceja enarcada.
—¿Estás celosa?
Entrecierra los ojos.
—Para nada. Oh, Mateo, qué bien lo haces. No…
Le saco el dedo índice del coño con la velocidad de un rayo, le echo la cabeza para atrás y se lo meto en la boca, dejándola a media frase.
—No puedo matarlo dos veces, Elena. ¿Seguro que quieres ir por ahí?
Vuelven a llamar a la puerta, esta vez con más fuerza. Ella contrae las mejillas y me rodea el dedo con la lengua. Mi polla derrama una gota de líquido preeyaculatorio al acordarme de cómo me la chupaba. Sonríe con mi dedo todavía en la boca hasta que lo suelta con un chasquido.
—Sé que te gusta tener el espacio de trabajo limpio —dice—, incluido el instrumental.
Abro la boca para decir algo más, pero no dejan de llamar a la puerta y me está sacando de quicio, como si alguien estuviera haciendo rechinar las uñas contra una pizarra.
Relajo los dedos con los que le sujeto el pelo mientras enraíza en mis entrañas la irritación que me resulta tan familiar. Va creciendo como una mala hierba y se extiende por el área cognitiva de mi cerebro. Inspiro profundamente y la suelto al mismo tiempo.
Pestañea con el pecho izquierdo todavía fuera de la camisola, enrojecido y sensible por mis labios y la barba de cuatro días.
—No irás a contestar, ¿verdad?
—No me visita mucha gente. Creo que debería hacerlo, ¿no te parece?
—Ya, pero es que tenemos algo entre manos. ¿No podrías atenderlos en otro momento?
Normalmente diría «a la mierda» e ignoraría los golpes. Pero, si consideramos la traición de sus padres y que he eliminado a un soldato de los Ricci —de baja graduación, sí, pero soldato al fin y al cabo—, me inclino a pensar que la visita no tiene muy buenas intenciones.
Solo Jonas y Marcelline saben que este sitio es mío. Y el teléfono que programé para Elena la localiza al norte de la isla, gracias a una aplicación de Ivers Internacional.
Levanto la mano y le elevo la barbilla para que me mire a los ojos.
—Vete arriba, desnúdate y métete en la cama. Espérame allí. Enseguida me libro de la visita.
Asiente con una sonrisa dibujada en los labios. Yo también sonrío y le doy un golpecito con los dedos.
Admiro la forma en que contonea el culo al separarse de mi lado y salir del despacho. Tras esto me quito el pijama médico, lo tiro a la papelera de residuos biológicos que hay escondida en el armario y me pongo unos pantalones del pijama de franela.
Saco la pistola del escondrijo que hay bajo la mesa y me la meto por la cinturilla de los pantalones. Luego la cubro con la camiseta. Me paso la mano por el cabello y cojo aire unas cuantas veces a ver si así consigo que se me baje la empalmada antes de ir a la puerta.
No veo a nadie por la mirilla. Pongo la mano sobre la pistola y abro la puerta despacio con la otra mientras busco un intruso por el porche. Pero lo único que encuentro es un sobre pegado con cinta adhesiva por encima de la ranura para el correo.
Lo despego de la puerta, la cierro con rapidez y me apoyo en ella para abrir el sobre. Se me cae el alma a los pies al tocar su contenido: ya sé lo que es.
Vuelvo al despacho para guardar la pistola. Saco la memoria USB y la conecto a mi portátil. Le doy al play cuando aparece la ventana del reproductor y se muestra un vídeo poco nítido que muestra un momento íntimo entre Elena y yo…, de unos minutos antes de que llamaran a la puerta.
Inspecciono el despacho en busca de una cámara oculta con la respiración entrecortada, temiéndome lo peor.