10. Elena
Elena
—No hay duda de que aquí es donde tortura a la gente.
El pequeño cobertizo parece devolverme la mirada en silencio, burlándose de mí por hablar sola.
Unas parras verdes recubren la fachada revestida de piedra.
No hay ningún edificio alrededor; solo este y la casa.
Está construido en un lugar apartado de la finca, como si la distancia fuera a hacerlo menos llamativo.
—¿A quién quieres engañar, Kal? —murmuro mientras entrecierro los ojos para mirar entre los barrotes de metal que cubren el cristal opaco de la única ventana y los tablones de madera clavados en la puerta obstruyendo la entrada.
¿Para qué otra cosa iba a utilizar esta construcción?
—¿Estás hablando sola? —dice en voz alta Marcelline desde la ventana de la cocina, que está lo suficientemente cerca como para que no tenga que gritar.
—En efecto, Marcelline. Eso hago. Como tú no me haces el tour guiado, pues me lo voy inventando yo sobre la marcha.
La verdad es que esta es la tercera vez que salgo a explorar fuera del Asfódelos desde que Kal me dejó en nuestro dormitorio el primer día.
No había planeado volver a inspeccionar el terreno, pero internet no funciona muy bien aquí y tampoco es que me interese continuar con los cursos en los que estoy matriculada en la Universidad de Boston, así que… ¿por qué no?
Marcelline es una constante en el hotel renovado, pero se niega a participar. A lo que sí que me ayudó fue a deshacer el equipaje que hizo traer Kal a la isla. Cuando vio los conjuntos de lencería que me habían regalado para la boda se le puso la cara del mismo color que el pelo.
Suelto un suspiro y me giro con las manos en las caderas para inspeccionar el resto del terreno: el muro de cemento que rodea la propiedad y los arbustos sin podar, probablemente para disuadir a los mirones; la terraza de piedra casi sin amueblar: una barbacoa oxidada y un jacuzzi que necesita una buena limpieza; el jardín a medio terminar que hay enfrente de la ventana de la cocina y que parece un lecho de malas hierbas.
Sobre el muro se ve una franja de arena y el mar hasta perderse en el horizonte. Hace que eche de menos mi hogar. Meto la mano en el bolsillo, saco el teléfono que me dio Marcelline y busco uno de los pocos contactos quesigue disponible.
Mi hermana Ariana contesta al cuarto tono.
Transforma la llamada en videollamada y se ilumina la pantalla con la imagen de su cara.
Lleva puesta una mascarilla de aguacate.
Siento un pinchazo en el corazón al verla: las mascarillas y las pedicuras formaban parte de nuestra rutina de los viernes por la noche.
No estar ahí con ella disfrutando de todo me resulta desconcertante.
—Ahí está mi recién casada favorita —canturrea Ariana casi sin mover los labios para no estropear la mascarilla—. ¿Cómo está la primerísima señora de Kal Anderson?
—Volviéndose loca poco a poco —digo mirando de nuevo el cobertizo.
—Ay, Dios. ¿Has visto algo?
Frunzo el entrecejo.
—¿Que si he visto algo?
—Venga, desembucha. Llevas una semana con el doctor Muerte. Tienes que contarme todo lo que ocurre en la clínica de los horrores.
Vuelvo a la casa, abro la puerta corredera de cristal de la terraza y entro en la cocina. Marcelline se ha marchado, así que le doy la vuelta a la cámara y le enseño las encimeras de mármol negras y los electrodomésticos de acero inoxidable de la estancia.
A la izquierda de la cocina hay un comedor de estilo formal y, al otro lado de la cocina, bajando un escalón, una sala de estar con una chimenea de piedra gigantesca y un módulo blanco con ribetes dorados.
Ningún cuadro ni foto adornan las paredes color crema.
Tampoco hay polvo encima del piano de media cola que hay junto a la entrada de la sala de estar ovalada o en las estanterías de la biblioteca que hay al fondo del pasillo.
No hay ninguna prueba de que haya habitado este sitio nadie más que Marcelline antes de que me mudara yo.
¿Para qué querrá Kal una casa tan grande si ni siquiera vive aquí?
El tiempo que está en casa se lo pasa encerrado en el despacho, de donde no se digna a salir ni para cenar conmigo.
Desde que llegué, he comido cada día sentada a la mesa yo sola, en completo silencio y mirando por la ventana hacia el exquisito jardín lateral, imaginándome todas las maneras en que podría escapar de aquí.
—Puaj. Es más escalofriante aún de lo que me imaginaba. —Vuelvo a cambiar la cámara y veo a Ariana con sus inmaculadas cejas enarcadas—: ¿Dónde están sus cosas? ¡Ni siquiera he visto una tele!
Me siento junto a la isla rectangular de la cocina y apoyo el móvil en un frutero. Giro el anillo de diamante en el dedo y me encojo de hombros.
—Ya lo sé. Hay una en el dormitorio, pero no está conectada a televisión por cable ni a internet.
—Qué raro. ¿No tiene ningún hobby?
—No sé.
—¿No lo sabes? —Hace una pausa y pone cara de extrañeza. Los reflejos anaranjados de sus ojos color avellana se iluminan cuando mueve el teléfono y la luz del balcón entra en su dormitorio—. A mí me parece importante saber esas cosas sobre tu marido.
Me mordisqueo el labio mientras me llevo el dedo pulgar a las marcas de dientes que me hizo Kal el otro día y las acaricio, manchándome el dedo de corrector.
—Le gusta la poesía —le digo. Sé de sobra adónde se dirige esta conversación.
Chasquea la lengua.
—Y a ti también. Elige algo menos aburrido, anda. Algo que no sepamos ya.
—Es que todavía no hemos hablado de nuestros hobbies.
Entrecierra los ojos hasta tal punto que solo se le ven dos ranuras.
—Elena, dime que sabías algo más de Kal que el tamaño de su polla antes de casarte con él.
Aparto la mano del cuello y farfullo:
—¿Qué?
—¡Venga ya! Estamos todos al tanto de lo que ocurrió en Navidad. Papà nos contó lo del affare illecito ; tan maduro y a la vez tan atípico de su complaciente niñita.
Me siento resentida por la condescendencia que destilan sus palabras.
—Yo no soy complaciente.
—No hay duda de que lo eres. Nadie te culpa por ello. Cada una ha elegido los mecanismos de defensa que mejor le funcionan contra Papà. El tuyo resultó ser no oponer resistencia.
Descarto la idea con un gesto y cojo una ciruela del frutero, dándole un mordisco a la carne roja.
—Bueno, no creo que Papà quedara muy contento con cómo acabaron las cosas el día de mi boda, de eso estoy segura.
—Ay, Dios —se queja echando la cabeza hacia atrás—. Así que era cierto que te secuestró, como dijo Mamma. ¿Qué trapos sucios conoce? ¿Cómo puedo ayudarte a escapar de sus garras?
—Joder, Ari. —El sudor me ha humedecido la frente y me resbala por la espalda—. Haces que parezca un supervillano.
—¿Y no lo es? No finjas que no te acuerdas de los rumores que hemos oído sobre él, o de los cotilleos que nos contaban Mamma y sus hermanas.
«No tiene madera de esposo», recuerdo que insistió una de mis tías, aunque nunca supe por qué. ¿Por qué no merecía casarse un hombre con la cara, el cuerpo y la mente de un dios griego?
«Supongo que porque ese dios griego es quien reina en el Inframundo de la misma forma en que Kal parece reinar sobre aquellos con quienes entra en contacto».
Pero incluso Hades se procuró una esposa. Sí, «se procuró», haciendo hincapié en el verbo.
Me trago el bocado de ciruela y miro a mi alrededor, a esta casa tan vacía que retumba como el eco en una caverna inmensa, sin un hombre que se haga cargo de ella.
A veces tengo la sensación de que la temperatura cae durante la noche, como si sus fantasmas salieran a jugar cuando deberíamos estar durmiendo.
A lo mejor era precisamente a esto a lo que se referían. Los hombres en el mundo del hampa arrastran sus demonios. Me pregunto qué demonio perseguirá a Kal y si estoy aquí para actuar como escudo.
—¿Sabes qué? —digo dándole otro mordisco a la ciruela—. Recuerdo oírte decir en la fiesta de Navidad que querías montártelo con Kal.
Hace una mueca.
—¿Y? Follar con alguien y casarse con él son cosas distintas, E. Lo sabrías si te hubieras acostado con más de una persona. —Se detiene y se queda pensativa unos segundos. Tras esto vuelve a centrarse—. ¿Es eso lo que ha ocurrido? ¿Te ha seducido y te has vuelto adicta a su polla?
—Ariana…
—¿Qué? Fue tu primera vez. Eso si Papà estaba en lo cierto cuando afirmó que tú y Mateo queríais esperar hasta la boda. Tiene sentido que sientas una conexión sobrenatural y profunda con él.
Mastico la ciruela en silencio mientras lo medito.
Tendría sentido, pero eso significaría que el motivo por el que acepté su propuesta de matrimonio forzada fue menos altruista de lo que pensaba y me niego a aceptar que sería capaz de lanzar a mi familia a los leones solo porque me lo pidiera un sociópata de cabello oscuro y mandíbula afilada.
Así que en lugar de aceptar lo que acabo de descubrir, lo mando al último rincón de mi cerebro y doy marcha atrás.
—Espera un momento. Has dicho que me secuestró, como dijo Mamma. ¿Qué quieres decir con eso?
—¿Todavía no te lo ha contado? Papà y Mamma les dieron un chivatazo a Bollente y a otras agencias de noticias de la ciudad. Les contaron que Kal le rebanó el pescuezo a Mateo y te secuestró desde tu balcón. Ofrecen una recompensa astronómica para quien les proporcione información sobre tu paradero.
La observo mientras suelta el teléfono y se maquilla los párpados con sombra dorada.
Mi neceser de maquillaje está arriba todavía en la maleta.
Probablemente a estas alturas se haya echado todo a perder, pero ¿qué sentido tiene maquillarse para un hombre que apenas te presta atención las pocas horas que está en casa?
Tal vez Nonna tuviera razón: mi generación enseguida se da por vencida cuando se casa.
Dibujo una expresión de perplejidad.
—Pero saben dónde estoy. Y, aunque no lo supieran, estoy hablando por videollamada contigo ahora mismo. ¿Tan difícil sería encontrarme?
—Más de lo que podría parecer. ¿Por qué si no se pondría Papà en el disparadero?
Siento una sensación extraña en el bajo vientre que se ancla a mis miedos. Hay algo que huele mal en todo esto.
Acabo de colgar con Ariana después de asegurarle que estoy bien y que no necesito que me rescaten cuando se abre la puerta de la casa. Golpea con tanta fuerza contra la pared que sacude la ventana que hay encima del fregadero.
Pasan unos segundos en silencio. Por algún motivo albergo la esperanza de que Kal entre en la cocina, aunque buscarme no parece formar parte de sus rutinas vespertinas. Si llego a saber que iba a sentirme tan sola al casarme con él…
—Entonces ¿qué… qué habrías hecho, Elena? —me pregunto a mí misma mientras tamborileo con las uñas sobre la encimera. El diamante que luzco en el dedo refulge a la luz de la lámpara colgante proyectando sombras fragmentadas—. Tampoco es que tuvieras elección. Con él nadie la tiene nunca.
Pasan otros cinco minutos y, cuando ya es más que evidente que no va a venir a buscarme, me levanto de la butaca, tiro el hueso de la ciruela a la basura y voy a buscarlo yo.
Avanzo de puntillas por el pasillo. Procuro no pisar ninguna tabla que cruja hasta llegar a su despacho, arrinconado al fondo del todo. La luz se filtra por debajo de la puerta. Giro el pomo con cuidado y la abro empujando con el dedo índice.
Kal viste unos pantalones de pijama azules y está inclinado sobre el enorme escritorio de madera.
Con una mano se apoya sobre la superficie y con la otra sujeta un vaso de cristal.
El pelo moreno le cuelga en mechones mojados que gotean sobre la mesa y le empapan el cuello de la camiseta. Parece que acaba de salir de la ducha.
Se me forma un nudo en la garganta solo de verle la espalda, esa forma en que los bíceps parecen querer salirse de los confines de la piel para sentirse libres.
«Dios. Verlo desnudo tiene que ser impresionante».
Capto un destello rojo cuando se mueve; es un color apagado que salpica el frontal de sus pantalones, pero está ahí, mofándose de mí. Me recuerda que no sé nada del hombre con quien comparto la vida y que eso debería aterrorizarme. Que debería estar buscando la forma de escapar.
—Márchate, Elena. —Su voz resuena en mi interior imponente y brusca; me atraviesa como el filo de una navaja—. No tengo ganas de compañía.
Debería hacerle caso y buscar otra cosa que hacer. Cualquier cosa antes que dejarme llevar por el profundo deseo que siento.
—A tu esposa no se le puede considerar compañía —digo mientras me pellizco el muslo para que no me tiemble la voz—. Además, estoy aburrida.
Suelta el vaso y levanta la cabeza sin darse la vuelta.
—¿Aburrida?
—Claro —digo mientras paso el peso del cuerpo de una pierna a la otra—. Me trajiste a este lugar extraño y llevas ignorándome desde entonces.
Me trago la mezcla de deseo y nervios que se me ha formado en la garganta y entro en el despacho jugueteando con la tela del salto de cama.
Es de satén rosa, a juego con el pijama que llevo debajo.
La tela sedosa me roza la piel mientras me acerco a él, consiguiendo refrescar las partes de mi cuerpo que se calientan en su presencia.
—Ya sé que la idea de entretener a alguien puede resultarte ajena, pero necesito algo que hacer. Los libros que hay en el piso de arriba podría recitarlos de memoria.
—¿No deberías estar estudiando?
—He dejado la universidad.
Mueve la cabeza a un lado. Tiene el ceño fruncido.
—¿Y por qué has hecho eso?
—No sé. Me pareció que no tenía sentido seguir. No me interesa la docencia y tampoco me imagino combinando una carrera como profesora con ser tu prisionera.
Se vuelve despacio hasta que se coloca frente a mí y me mira en silencio. Pasa su mirada oscura de uno de mis ojos al otro como si estuviera tratando de descifrarme.
«Buena suerte».
—No eres mi prisionera —murmura.
El aire se vuelve pesado entre nosotros. Noto los huesos densos y me cuesta moverme. Se va acercando a mí poco a poco haciendo que me hierva la sangre. Es esa energía que bulle en mis venas la que la bombea, pues se me ha detenido el corazón.
—Ah —digo, incapaz de articular palabra.
—Pero, si no te das la vuelta y te marchas ahora mismo de aquí, haré que te sientas como si lo fueras.