Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 9. Kal
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9. Kal

Kal

—¿Tratas a todas tus invitadas como a putas o solo a aquellas de las que necesitas algo?

Suelto el pomo de la puerta y me encuentro con Jonas al darme la vuelta.

Está apoyado en la pared al otro lado del pasillo.

Lleva el pelo castaño más largo que la última vez que lo vi y se le ensortijan las puntas alrededor de las orejas, justo encima de la barba.

Me mira con sus extraordinarios ojos violetas con desaprobación.

Lleva una cazadora de cuero negro con el logo de su bar: un minotauro que escupe fuego sobre una cuadriga, y unos tejanos oscuros rotos a la altura de la rodilla.

No pega nada con la inmaculada decoración de estilo moderno de mi casa.

Cuando visitaba Aplana con mi madre, solíamos quedarnos en la pensión Asfódelos, en la zona sur de la isla, que estaba mucho más aislada. La playa que había a espaldas del hotel era rocosa y carecía de puerto deportivo, por lo que los turistas la evitaban.

Cada año mi madre ahorraba todo céntimo extra que ganaba como cuidadora en un centro asistencial en Boston, e incluso se desplazaba caminando desde nuestro apartamento ruinoso en Hyde Park.

También renunciaba a la cena después de asegurarse de que yo hubiera comido lo suficiente y cosía ella misma la ropa que llevábamos con una máquina de coser eléctrica que había encontrado en un callejón cuando yo era un bebé.

Para ser sinceros, creo que habría preferido una comida que no fuera a base de judías por una vez en la vida antesque ir de vacaciones un fin de semana en invierno, que era el único momento del año en que podía faltar al trabajo.

Pero para Deidre Anderson era importante que su único hijo saliera de vez en cuando de Boston, que saliera de la pobreza a la que nos había abocado mi donante de esperma, pobreza que se agravó cuando le diagnosticaron el cáncer a mi madre.

Cuando volví a la isla tras su muerte, años después, Jonas Wolf se había labrado un nombre allí.

Era uno de los pocos residentes de Aplana que pasaba en la isla todo el año.

Sus padres, procedentes de Londres, se habían mudado aquí cuando él era todavía un niño.

Se crio en la zona norte, donde los negocios florecían y todo el mundo parecía llevarse bien.

Un verano, un cazador de talentos lo contrató para una agencia de modelos y se hizo famoso antes de llegar a la adolescencia.

Aplana es conocida por las exportaciones de cangrejo y menta silvestre, así que el descubrimientode Jonas consiguió colocar la isla en una posición aventajada sobre las que forman el área recreativa del puerto de Boston.

Durante muchísimo tiempo, la isla se esforzó por atraer visitantes al mismísimo lugar de residencia del próximo ídolo de América.

Todo terminó al cumplir Jonas los veintiuno, cuando fue arrestado por intento de asesinato de Tom Primrose, dueño de la isla.

Tras su breve paso por chirona, donde llegó a confesar que tenía tratos con una organización secreta, los residentes de Aplana simplemente lo rehuyeron.

El mismísimo Tom pidió una orden de alejamiento que le prohibía acercarse a la finca Primrose.

Me reconocí en él en cuanto saltó la noticia de su arresto, así que contraté a un abogado para que redujera su condena y fui a buscarlo a la salida de la cárcel.

Había comprado La Cuadriga Llameante, su garito de mala muerte, mientras cumplía condena. Estaba claro que lo utilizaba de tapadera para sus trapicheos con la banda o la sociedad a la que era leal. Le ofrecí compartir el negocio si aceptaba trabajar para mí.

Al final resultó que lo había pillado porque alguien había dado un chivatazo.

En el mundo del hampa de la Costa Este, a Jonas Wolf se le conocía por su rapidez y porque no dejaba huellas.

Me aseguré de resultarle imprescindible.

Incluso por aquel entonces sabía que mis días con los Ricci llegarían a su fin.

De lo que no me daba cuenta era de lo rápido que ocurriría.

Jonas es una pieza clave para que mi plan salga bien, igual que Elena. Lo que no me esperaba es que se presentara en mi casa sin avisar. Me resulta inquietante. Noto la presión en cada una de las vértebras como si me las oprimiera una boa constrictor hasta hacerme perder la visión.

Sigo apoyado en la puerta del dormitorio con las manos en los bolsillos fingiendo que todo esto no me afecta.

—¿Tienes ganas de comprobarlo?

Se ríe entre dientes.

—Lo único que digo es que me parece una forma un poco rara de tratar a tu esposa. ¿Quieres que te odie?

«Sí».

Sería muchísimo más sencillo lidiar con su odio que con ese calor que desprende su mirada cada vez que me mira. También ayudaría que no tuviera tantas ganas de empotrarla cada vez que tengo la oportunidad.

—Estaría bien.

—¿Siguen las ventanas selladas con pintura ahí dentro?

Me encojo de hombros y me aparto de la puerta para descender por la escalera de la izquierda hacia mi despacho, alojado en un rincón del ala derecha de la casa.

Dejamos atrás a Marcelline, que limpia el polvo de encima de la nevera.

Lo más seguro es que siga traumatizada por haberla hecho cómplice de mis asuntos.

Jonas me sigue de cerca. Su presencia me sigue pareciendo perturbadora.

—¿Has venido a hablar de cómo organizo mi casa o tienes algo para mí?

—Estamos un poco ambiciosos, por lo que veo.

Niega con la cabeza. Pasa por delante de mí y se dirige al mueble bar que hay detrás de mi mesa. Después saca dos vasos y varios ingredientes para preparar un cóctel.

Me siento ante mi escritorio y conecto las cámaras de seguridad de la casa. Enseguida localizo la del dormitorio. Me invade una sensación de déjà vu al entrar en la transmisión de la cámara; me recuerda a la última vez que la vi de la misma forma, detrás de esta misma pantalla.

De no ser por la cámara que había escondida en el dormitorio de su casa, no me habría percatado de los nuevos moretones que lucía en el cuerpo.

Sabía que eran obra de Mateo y, pese a que me había prometido no volver a tocarla, acabé perdiendo los estribos y me planté delante de ella para exigirle que me contara lo que había ocurrido.

En lugar de eso follamos. A veces parece que seamos incapaces de mantener una conversación sin que la cosa se ponga algo tórrida. Tampoco es que parezca importarnos.

Se me despierta la polla. Me paso la palma de la mano por la cremallera mientras la observo sentarse a un lado de la cama y pasar la mano por el cabecero de tapizado negro.

Dios. Lo único que deseo es subir hasta allí, tirarla a la cama, atarla a los postes y recrear el tiempo que pasamos juntos en Navidad.

Esta vez me quedaría con ella. Cuando se despertara por la mañana, ensangrentada y dolorida por culpa de mi verga, de mis dedos, de mi navaja, volvería a empezar hasta que me rogara que la follara otra vez.

Hasta que me rogara que le volviera a causar dolor.

Y joder si lo haría.

—Dios bendito —dice Jonas mientras rodea el escritorio con dos bebidas rosas en la mano, con la mirada estratégicamente fija por encima de mi cabeza—. Si necesitas un rato a solas con ella no tienes más que decirlo. Cojo lo que necesito y salgo pitando de aquí.

Pongo los ojos en blanco, cambio de postura para que me quede el regazo debajo de la mesa del escritorio y cojo el vaso que me ofrece.

Doy un trago a la bebida, refrescante y fuerte al paladar, mientras espero a que continúe.

Se toma el vodka de arándanos en cinco tragos y se limpia la boca con el reverso de la mano.

—Vale. El motivo por el que he venido es que llevamos tres días intentando rastrear la identidad de quien te envió el vídeo sexual.

Estamos en el mismo punto que hace setenta y dos horas y, según Ivers, tampoco se vislumbra el desenlace.

Quienquiera que lo grabara en la memoria USB no quería que lo encontrasen.

—Se supone que Ivers Internacional es la mejor empresa de seguridad que existe. ¿Me estás diciendo que no son capaces de encontrar un puto ordenador o archivo privado de origen?

—Están sometiendo la unidad a todo tipo de pruebas. Son palabras de Boyd Kelly, no mías. Está claro que está siendo un suplicio. Quería informarte de que necesitaban más tiempo.

Junto las manos y suelto un bufido, irritado. Hasta me pica la piel.

—Vale, pero como tenga que ir hasta King’s Trace, Ivers Internacional dejará de existir cuando salga de allí. Asegúrate de que reciba el mensaje.

Jonas alza las cejas y me mira con curiosidad.

—¿No es esa la empresa familiar de tu protegido?

Es cierto. Kieran Ivers me sustituyó cuando renuncié a parte del trabajo que hacía para los Ricci desde Maine. El ermitaño se enganchó a los amaños de la misma forma que yo me enganché a Elena: con tanta facilidad como coger una bocanada de aire y volver a soltarlo.

Aunque yo tampoco lo llamaría mi protegido. Le enseñé todo lo que sé porque sabía que se le daría bien y necesitaba que me reemplazara, no porque me quisiera convertir en su mentor. No fue más que una pieza en la maquinaria.

Le hago un gesto con la mano a Jonas para que se marche mientras tomo un trago de la bebida. Se saca una libreta del bolsillo de la chaqueta y la abre por la mitad.

Se muestra dubitativo. Luego suspira.

—Violet sigue rechazando las transferencias.

Noto que me tiembla la barbilla, pero asiento con la cabeza, impasible.

—Era de esperar. Tampoco pensaba que se lo fuera a plantear antes de conocer a Elena.

Jonas frunce el ceño.

—¿Acaso tiene la princesa de la mafia una lengua particularmente persuasiva?

Siento una oleada de deseo al oír la pregunta y no puedo evitar sonreír.

—Ninguna que pueda utilizar con mi hermana. Lo que he pensado es que si Violet ve que formo parte de una familia, que no soy un vagabundo cualquiera que quiere conocerla y pagar sus deudas, estará más receptiva a la idea.

—Ya veo. —Tamborilea con el pulgar en el margen de la libreta con los labios fruncidos—. Ahora que mencionas lo de la familia…

Dejo la bebida en la mesa y lo miro con fastidio.

—Si vas a seguir insistiendo con lo de la boda, más te vale aceptarlo. Lo hecho hecho está. No pienso volverme atrás. Ella necesita que la protejan de quien sea que esté chantajeando a los Ricci y yo necesito…

—Una esposa —termina él por mí mientras deja la libreta sobre la mesa. Me quedo mirándolo, confuso, pero él se limita a encogerse de hombros—. Conozco las condiciones del fondo fiduciario. Tu abogado se va de la lengua cuando se emborracha.

Hago una nota mental para no olvidarme de hacerle una visita a Miles Parker la próxima vez que vaya a Boston y rebanarle el pescuezo. Más que nada porque todo esto es solo una estratagema.

Jonas desvía la mirada hacia la pantalla, donde Elena sigue recostada en la cama, con los brazos extendidos por encima de la cabeza.

La postura hace que se le levante la camiseta y se le vea una parte del estómago, plano y firme.

Noto el pulso entre las piernas. Me agarro al borde de la mesa para tratar de sofocar la forma visceral en que mi cuerpo reacciona al verla.

—No se trata de eso. —Jonas se saca el teléfono de los pantalones vaqueros, desbloquea la pantalla y gira el dispositivo para que la vea.

Ha introducido mi nombre en el buscador y han aparecido una docena de artículos.

Algunos incluyen actualizaciones que se muestran debajo de una biografía parca de cuando era residente.

El cabreo se apodera de mí tras echarles un vistazo a los titulares.

Busco mi teléfono y llamo a Rafe sin perder ni un segundo.

«Médico venido a menos secuestra a miembro de la alta sociedad italiano-americana; su actual prometido, magnate de un conglomerado mediático, se encuentra en paradero desconocido».

Me hierve la sangre con tanta furia que noto el enfado hasta en el tuétano.

Se extiende por mi pecho como lava ardiente.

Cuando la llamada es rechazada, mi visión se tiñe de rojo.

El tono que suena tras la desconexión solo consigue que me tiemble el cuerpo con virulencia.

Dejo el teléfono con tanta fuerza sobre la mesa que se rompe la pantalla.

Empujo la silla hacia atrás y me levanto.

Me aliso el traje con las manos y cojo aire lentamente para recobrar el aliento y mantener la calma.

Solo tenía que cumplir una puta promesa, solo por esta vez.

Debería habérmelo imaginado: Rafael se ha convertido en una serpiente que te ataca por la espalda cuando se ve acorralada.

Hace tan solo unos días le arranqué de raíz su posesión más preciada. Mi plan era guiarme con prudencia e inteligencia, y ahora se ha ido todo al traste por culpa de este truquito. Si Rafe quiere guerra, se la serviré en bandeja.

Me acerco al armario que hay al fondo del despacho, abro la puerta de un tirón y saco unos guantes de cuero negro nuevos. Me los pongo disfrutando de la elasticidad del material al entrar en contacto con mi piel. Están impecables, aunque sé que pronto se teñirán de rojo.

Tengo la mente a rebosar de pensamientos intrusivos, que me invaden una y otra vez mientras salgo del Asfódelos; sin embargo, pese al ruido que generan, nunca me he sentido tan relajado.