8. Elena #2
Del techo cuelga una lámpara de araña de cristal elegante y las paredes color crema, más bien escasas, están decoradas con algún que otro cuadro de marco dorado típico de los hoteles.
Al fondo del pasillo se vislumbra una cocina blanca con encimeras de mármol.
Desde la ventana panorámica que hay encima del fregadero se ve el mar, separado de la casa por una extensión de césped y más arbustos.
Sin retirarme la mano de la espalda, Kal me guía hacia la escalera de la izquierda y me indica que la suba. Me aferro al pasamanos con tanta fuerza que me duelen los nudillos. Camino unos pasos por delante de él mientras intento ignorar la forma en que me afecta su contacto.
«En serio, Elena. Céntrate».
Giramos al llegar al descansillo de la escalera. Separa la mano de mi espalda y me la coloca en el hombro para guiarme hacia la izquierda. Pasamos de largo por una docena de puertas cerradas a ambos lados del pasillo hasta detenernos frente a la última, momento en que se aleja de mí por completo.
—Este es… nuestro dormitorio —dice mientras abre la puerta con la mano.
—¿Nuestro?
No se parece en nada al resto de la casa.
El dormitorio principal sí que parece de Kallum.
Sigue sin haber efectos personales a la vista, pero todos los muebles que hay en su interior son negros y están estratégicamente colocados en distintos puntos de la estancia.
Largas cortinas cubren los ventanales para que no traspase ni un rayo de luz.
—Claro. ¿Qué pensabas? ¿Que iba a prepararte un dormitorio para ti sola?
Me encojo de hombros, me coloco las manos en los muslos y giro sobre mis tacones.
—No sé cómo funcionan los matrimonios falsos. Supongo que he dado por hecho que viviríamos cada uno por nuestro lado.
Entorna los ojos y me mira con ferocidad. Da un paso hacia mí y yo retrocedo hasta que choco con el culo en un aparador. Le centellean los ojos.
—No es la primera vez que insinúas que nuestro matrimonio no es legítimo —dice con un gruñido mientras avanza hasta que las punteras de nuestros zapatos se tocan. Tiene el cuerpo a un milímetro de distancia del mío—. ¿Qué coño piensas que ha ocurrido?
Trago saliva. Se me abren las narinas y casi me ahogo con ese aroma que me envuelve.
—No lo sé. No me has contado nada.
—Aclaremos una cosa, pequeña. —Me coge del culo con fuerza antes de subir la mano por el lateral de mi cuerpo hasta llegar al cuello, y me rodea la garganta con los dedos.
Ejerce presión en los lados haciendo que expulse el aire de los pulmones mientras se acerca a mí y me frota la nariz con la suya—.
Estamos casados. Somos marido y mujer ante los ojos de Dios.
Tiene la misma legitimidad que si te hubieras casado con Mateo, o incluso más, porque nosotros nos conocemos íntimamente.
Me pongo de puntillas en un intento de hacer palanca y aliviar el escozor que noto en la garganta por la falta de oxígeno.
El deseo se arremolina en el vientre alentado por el contacto de sus ásperas manos sobre mi cuerpo.
También siento miedo; sin embargo, es el deseo lo que me hace perder la cabeza.
—¿Te acuerdas de cómo te hice sentir cuando te penetré?
—me pregunta mientras se mueve para levantarme la barbilla y mordérmela con fuerza, atrapando mi piel entre sus dientes.
Una descarga de ardiente lujuria me recorre el cuerpo al sentir el dolor—.
¿De la forma en que te desgarré con mi polla y de cómo me implorabas que te hiriera?
Me suelta la barbilla, desciende hasta la base del cuello y vuelve a morderme. Cojo aire de la sorpresa cuando veo una mancha roja, prueba de que se me ha abierto la carne por él.
—¿Te acuerdas tú? —contesto entre dientes y hago girar las caderas despacio contra su cuerpo. Se me pone la piel de gallina en los brazos al percatarme de su evidente erección.
—Es el material del que están hechas mis pesadillas —sisea mientras empuja su erección contra mi vientre y me pasa la lengua por la zona erógena que me acaba de dejar marcada en el cuello.
Lleva la mano que tiene libre al seno izquierdo y me acaricia el pezón con movimientos excitantes. Se me arquea la espalda de placer.
—Cada vez que cierro los ojos te veo a ti. Te veo abierta de piernas y sangrando debajo de mi cuerpo con ese dulce coño que llora por mí, esperando a que lo folle.
Me pellizca el pezón y suelta un gruñido cuando me oye gemir.
No puedo apartar los ojos de las luces empotradas en el techo de bandeja que me nublan la visión y trato de anclarme al suelo, pero las caricias de Kal demandan mi atención.
Yergue la espalda y aparta la mano de mi pecho para pasarme los dedos por la herida del mordisco del cuello con cara de satisfacción.
—¿Sería esa prueba suficiente de que este matrimonio va en serio? —me pregunta mientras acaricia la carne magullada con el pulgar—. ¿Si volviera a hacerte mía? ¿No te bastó con que te mancillara una vez? ¿Sigues reclamando mi oscuridad, pequeña?
Sigo cegada por la lujuria incluso cuando se aparta.
Me llevo la mano al cuello y me froto la zona dolorida.
Él se ríe para sus adentros mientras se recoloca el cuello de la camisa.
Me siento tan avergonzada que se me encienden las mejillas.
Me avergüenza no ser más que una marioneta en manos de este hombre y me avergüenza que él lo sepa.
En lo que concierne a mi reciente marido, cualquier tipo de resistencia que pensaba que podía ofrecer desaparece en cuanto me toca. Se me cierra el estómago de solo pensarlo; es una mala señal, un aviso de lo que está por venir.
Kal carraspea, sale del dormitorio y agarra el pomo con los mismos dedos con los que me ha apretado la tráquea.
—La cena es a las ocho. Marcelline te traerá un teléfono nuevo. Puedes explorar la finca con total libertad.
Durante una milésima de segundo parece dudar. ¿Qué estará pensando? Me pregunto si me desea tanto como lo deseo yo a él o si no soy más que un pasatiempo. Si para él soy solo un medio para conseguir un fin, como lo era para Mateo.
Soy consciente de que dijo que había aceptado casarse conmigo porque lo habían chantajeado, como a mí, pero tengo la sensación de que eso no es todo.
Miro hacia los ventanales que cubren la pared de la habitación y calculo si serán accesibles. ¿Será muy dura la caída desde esta planta? Tal vez pueda escaparme de este matrimonio antes de que me destruya.
La voz de mi madre resuena en mis oídos, advirtiéndome a gritos de que salga de allí mientras pueda.
En cuanto se enteró de con quién me había casado en lugar de Mateo, metió mis cosas en una mochila y trató de tirarme por el balcón a empujones.
Ya entonces sabía que no tenía tiempo de escapar, pero eso no la hizo detenerse.
No le impidió meterme esa idea en la cabeza.
—Si te escapas —dice Kal, que parece haberme leído la mente, con frialdad. No parece el mismo hombre que acaba de ponerme las manos por todo el cuerpo—, te encontraré. Y te arrepentirás de haberlo hecho.
Tras esto, cierra la puerta, dejándome hundida, apoyada en la estantería, para que me vaya acostumbrando a este lugar extraño.