8. Elena
Elena
«¿Ya no te intereso de esa forma?».
Me clavo las uñas en los muslos mientras me reprendo mentalmente por haber dejado que se me escapara la pregunta.
Me sentía un poco confusa, en parte por el orgasmo que había disfrutado hacía media hora y en parte porque la cabina empezaba a asemejarse a un ataúd. La pregunta salió disparada de mi boca directa hacia él. Como si acostarse con Kal Anderson fuera lo más importante del universo.
Cierto es que no he pensado en otra cosa desde que me desvirgó con fiereza hace unas semanas, pero, aun así…
Después del caos de las últimas veinticuatro horas y de que trastocara mi vida por completo, el sexo debería ser mi última preocupación.
Debería estar contenta de que no quisiera eso de mí.
Debería darme fortaleza, como si me hubiera dejado mantener la única moneda de cambio de que dispongo.
Y aun así, viéndolo desde mi asiento del sedán negro donde nos han metido tras desembarcar del jet, el dolor que me produce el rechazo, tan conocido, se propaga desde mi coño, recorriéndome las venas como si ese fuera su sitio.
Él se sienta prácticamente pegado a la puerta y ha colocado la chaqueta del traje doblada entre nosotros. Lleva las mangas de la camisa negra arremangadas hasta la mitad del antebrazo, dejando a la vista los músculos definidos bajo la piel bronceada. No recuerdo haberlo visto nunca así de moreno.
Avanza por la pantalla del móvil con el pulgar mientras se acaricia la barba de cuatro días con la otra. Pasa pantallas con tanta rapidez que me cuesta creer que procese la información que ve.
Frunzo los labios. Me agacho para buscar mi móvil en el interior de la mochila, pero no consigo encontrarlo. Me vuelvo a mirarlo, me retiro un mechón de la cara y abro la boca para preguntarle dónde lo ha metido.
—Es un riesgo —dice antes de que haya dicho nada, sin siquiera mirarme a la cara—. Cuando lleguemos a casa te daré uno nuevo.
«A casa». Me acaricio las mallas con la palma de las manos mientras contemplo, a través de los cristales tintados, cómo vamos dejando atrás el paisaje verdeazulado de dondequiera que hayamos aterrizado.
El océano se pierde en la línea del horizonte por encima de las copas de los árboles.
No sé si eso significa que seguimos en el continente.
—¿Y dónde se encuentra la casa exactamente?
—En Isla Aplana, aunque los lugareños la llaman Aplana sin más. Está un poco más alejada de las islas del puerto de Boston.
—No la conozco —digo mientras acciono el botón que baja la ventanilla del coche.
Al hacerlo, un ruido mecánico rompe el silencio que nos rodea. Me relaja. Me ayuda a deshacer el nudo en el estómago que tengo desde que entré en el dormitorio de Mateo. La subo y la bajo una y otra vez, hipnotizada por el ruido.
Por el rabillo del ojo veo a Kal revolverse en su asiento. Cruza y descruza las piernas como si no encontrara la postura. Se lleva la mano izquierda a la rodilla y la aprieta bien fuerte hasta que parece que le van a explotar las venas mientras coge aire deprisa una y otra vez.
Me pregunto si se estará arrepintiendo de todo: de casarse conmigo, de follarme, de secuestrarme y sacarme de Boston. A lo mejor el médico peligroso no sabía en lo que se metía cuando se inmiscuyó en mi vida como mi caballero de no tan reluciente armadura.
Antes de que pueda preguntarle si todavía estamos a tiempo de pedir la nulidad, Kal saca la mano de un latigazo y la coloca sobre la mía. Siento el aire salado en la cara. Me aparta el dedo y devuelve la ventanilla a su estado original: cerrada. Le cuesta respirar.
Levanto la cara y me percato de que tiene los ojos entrecerrados y se le han contraído las pupilas.
Tiene un aspecto salvaje. Como si un monstruo se acabara de despertar con la imperiosa necesidad de saciar su hambre.
Por unos segundos me falta el oxígeno en los pulmones.
No porque le tenga miedo. Sino porque me gusta.
El caos que percibo en sus ojos me arrastra como una corriente submarina, me sumerge en las profundidades de aguas peligrosas. Por un instante, elijo ahogarme en ellas antes que salir a la superficie. Se me forma un nudo en la garganta.
Intento controlar los latidos de mi corazón cuando se cierne sobre mí e inundan mis sentidos su aroma a whisky y canela, el mismo que llevo semanas intentando olvidar. Sigue el contorno de mi cara con una mirada enloquecida que le confiere una apariencia distante.
Se agarra a la puerta y suelta el aire poco a poco. Se le hincha el pecho por completo al hacerlo. Pestañea con rapidez para recuperar la normalidad. Cuando me mira con sus ojos marrones, sus pupilas vuelven a ser las de siempre.
—¿Estás bien? —pregunto casi en un susurro. No estoy muy segura de lo que acaba de ocurrir, pero no quiero que vuelva a sucederle.
—Sí. Me basta con que dejes de bajar la ventanilla.
Cuando se aparta de mí y se recoloca en su asiento como si él fuera un trozo de metal atraído por un imán, frunzo el entrecejo.
—¿Qué va a pasarme si lo hago? ¿Me va a secuestrar alguien peor que tú?
Se da un tirón del cuello de la camisa y me mira con seriedad. Me pone tan cachonda esa mirada…
—Hay muchísimas cosas ahí afuera peores que yo, pequeña.
Y no se trata de si van a secuestrarte o no, sino de cuándo van a hacerlo.
—Habla en un tono uniforme, con firmeza.
No sé lo que le ha pasado hace unos segundos, pero ya lo ha olvidado; vuelve a vestir la máscara de la compostura—.
No me he casado contigo para que vayas haciendo el gilipollas por ahí y acabes muerta, así que cuando te digo que hagas algo, espero que me escuches.
No hagas que me arrepienta de protegerte.
—También has dicho que me estás utilizando —señalo cruzando las piernas a la altura de los tobillos mientras el conductor detiene el coche—; que de nada te sirvo muerta. Decídete. ¿Te has casado conmigo para salvarme o para blandirme como un arma?
El conductor aparca el coche. Nuestros cuerpos se balancean ligeramente hacia delante cuando apaga el motor.
Al momento, alguien abre la puerta de Kal.
Un hombre uniformado de edad avanzada con el cabello gris lo espera fuera con expresión estoica.
Kal se me acerca para desabrocharme el cinturón de seguridad y sale del coche sin darme una respuesta.
Pongo los ojos en blanco y sigo sus pasos.
El calor del sol me acaricia la piel al salir con la mochila.
Hemos aparcado al fondo de un aparcamiento abovedado.
Estoy demasiado ocupada mirando boquiabierta el enorme portón de hierro forjado que tengo delante para darme cuenta de que Kal me ha cogido por el brazo.
Tira de mí hacia atrás cuando me dispongo a cruzar la puerta.
—No eres ningún arma —me dice. El tacto de su mano me quema por dentro—. Eres un peón. Esa alianza que llevas en el dedo te convierte en mi peón. No lo olvides.
Noto el resentimiento abriéndose camino dentro de mí, la terquedad alzando la cabeza como una llaga supurante en la piel.
—¿O qué, Kallum? ¿Qué estás pensando hacer conmigo? ¿Vas a encerrarme en tu casa y a tirar la llave?
Se le expanden las narinas. Me mira a los ojos como si no pudiera evitar hacerlo, pero entonces avanza tirando de mí.
La puerta se abre automáticamente y da paso a un jardín inmaculado bordeado de setos. Al fondo hay vistas del océano. En el centro de la finca se erige una casa enorme de fachada gris, rodeada de un porche y tres chimeneasde ladrillos. Es el único edificio que se ve desde la entrada.
—Madre mía. —Suelto el aire mientras observo el edificio con los ojos como platos—. ¿Vives aquí?
—Técnicamente sí. Aunque no paso mucho tiempo aquí.
—Es muy grande para una sola persona.
—El Asfódelos solía ser un hotel. Lo compré hace unos años y lo renové para convertirlo en una residencia.
«El Asfódelos». Extrañamente apropiado.
Me pregunto si se habrá percatado de lo irónico que resulta que su casa se llame como una de las regiones del inframundo griego.
Kal se vuelve a mirarme cuando llegamos a la puerta de la casa. Un mechón negro le cae sobre la frente al agacharla cabeza. Se me contraen los dedos de las ganas que tengo de apartárselo y me tiembla el cuerpo al tratar de no sucumbir a ellas. Casi agradezco que me tenga cogida del brazo.
Sentir deseo por mi marido no debería provocarme tanto asco. En otras circunstancias, sería lo normal. Se daría por hecho.
Mientras me observa durante unos segundos junto a la puerta, recuerdo que nada de lo que ha ocurrido es normal. Y menos aún la forma en que he reaccionado yo a que me obligaran a casarme a base de amenazas a mis seres queridos.
Debería haberme afectado más presenciar la muerte de mi prometido.
Debería haber peleado con más ahínco cuando su asesino pidió, o mejor dicho, tomó mi mano sin permiso.
Debería haberme defendido con uñas y dientes, como me ha enseñado siempre Papà.
De la misma manera que habría peleado Kal si se hubieran cambiado las tornas.
Carraspeo y aparto la mirada. Él me suelta el brazo en cuanto lo hago. Busca las llaves en el bolsillo e introduce la adecuada en el pomo de latón y la hace girar hasta que cede la cerradura.
Me estremezco cuando me apoya la mano en la parte baja de la espalda. Tiene la piel fría al tacto y aun así me abrasa a través de la tela de la camisa, derritiéndome por dentro. Intento centrarme en la entrada de la casa para reprimir la sensación.
Dos tramos de escaleras imperiales dividen las dos plantas, separadas por una puerta abovedada que conduce a un largo pasillo. Los suelos son de madera de cerezo oscura y están tan pulidos que me veo reflejada en ellos. En cuanto al mobiliario, parece sacado de un catálogo de Pottery Barn.