7. Kal
Kal
Elena no sale de la habitación hasta que comienza el aterrizaje. Estoy sentado en la cabina con las piernas cruzadas y con el vaso de whisky que me ha entregado Marcelline entre las manos esperando a que salga de la habitación y me cante las cuarenta, pero ese momento nunca llega.
Siento una punzada en las entrañas que se expande por mi cuerpo como una enredadera espinada y se me clava en ese órgano que me late en el pecho. Guarda cierto parecido a la culpa, bordea el sentimiento sin llegar a asentarse del todo.
No me había sentido mal por mis actos en años. Para eso trabajo de voluntario con varias clínicas gratuitas: para expiar mis pecados. No me ayuda a dormir mejor por la noche, pero consigue que mi madre no se retuerza en su tumba.
Sin embargo, ahora, al pensar en la forma en que he involucrado a Elena en mis asuntos y en cómo la he dejado con ganas de más, la vergüenza se va abriendo camino hasta mi cerebro y me rodea con su manto negro.
Me termino la bebida. Noto el ardor del alcohol bajando por la garganta y amortiguando ese sentimiento de culpa antes de que tenga tiempo de echar raíces.
La puerta del dormitorio se abre en el mismo instante en que el piloto anuncia que hemos llegado al aeropuerto internacional de Aplana.
Elena lleva puesta una camisa blanca ligera y unas mallas negras que le cubren la K que le grabé en la cara interna del muslo.
La polla me reacciona al recordar cómo se la hice; cómo disfrutó al sentir el cuchillo contra su piel sensible, arqueando la espalda y elevando el coño por el orgasmo.
El sabor de la sangre que le resbalaba por la piel, esa esencia cobreña que lamí como si me estuviera muriendo de sed. Porque así era.
Me moría por bebérmela a ella, por consumir a la joven virginal de la misma forma en que lo había hecho ella el día que me pidió que fuera el primero. Esa noche pensé que sería la única que compartiríamos. En ese momento no entendí que fuéramos a intimar tanto.
Ya he roto mi propia regla de ir poco a poco al meterle los dedos en el coño apretado, necesitado.
Me sentí indefenso ante la forma en que me miraba mientras me comía la puta manzana.
Mordí la fruta con más intención de la necesaria para expresar lo que me gustaría hacerle a su coño: darme un festín, conquistarlo, deshonrarlo.
Y ella me miró como si fuera a morirse si no lo hacía.
Tuve que recurrir a toda la fuerza de voluntad de la que dispongo para no quitarme los pantalones allí mismo, sacarme la polla y metérsela hasta el fondo, pero estas cosas hay que hacerlas en su debido momento para que salgan bien. Tendremos que esperar a consumar nuestro matrimonio.
Marcelline se acerca, abre la puerta de la cabina y sale sin decir palabra. Seguro que está deseando volver a la rutina.
Elena se deja caer en el asiento de cuero que hay frente al mío y reclina la cabeza.
Se queda observando los paneles de madera impolutos que recubren el techo mientras yo hojeo la revista Hogar y jardín , que tengo apoyada sobre el regazo, esperando a que diga algo. Cierra los ojos con fuerza y suspira.
—Tienes un avión privado.
Observo el interior de la sala. Está anticuada, pero resulta ostentosa.
—Así es.
Reacciona con un resoplido y niega con la cabeza.
—Quién se lo habría imaginado.
Lo compré hace unos años en una subasta.
Se trata de un McDonnell Douglas MD-87 clásico de 1987.
Casi nunca voy de visita a la isla, así que tampoco he tenido oportunidad de usarlo.
Se pasa la mayor parte del tiempo aparcado en el hangar que tengo alquilado mientras yo me desplazoen transporte público de trabajo en trabajo.
Hasta ahora solo ha hecho vuelos cortos para la tripulación y algún que otro vuelo de prueba.
Este es el primer viaje que hago en él. Supongo que es apropiado, como si fuera un viaje de transición de mi vieja vida a la nueva.
Enarco una ceja, cierro la revista y la coloco en la mesa que nos separa.
—¿Tienes algo en contra de los aviones privados?
—Si ignoramos que contaminan el medioambiente, no. Nada en contra. Es solo que no me esperaba que alguien como tú tuviera uno.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Abre uno de sus ojos color miel y me observa antes de volver a cerrarlo.
—Un avión es fácil de localizar. ¿No es eso lo que intentáis evitar todos los que trabajáis para mi padre?
—No vivo como un vagabundo. Tengo posesiones. Incluso tengo una casa, como ya he dicho antes.
—¿Lo sabe alguien más?
Me fijo en su cuerpo inmóvil con el ceño fruncido. Algo no anda bien. Se la ve asustadiza, apenada. Se aferra al reposabrazos del asiento con tanta fuerza que se le han emblanquecido los nudillos y tiene la respiración entrecortada, aunque intenta controlarla inspirando con fuerza.
Reconozco el miedo aunque no lo vea. El cuerpo libera una cantidad ínfima de feromonas cuando se siente amenazado, pero si te has pasado tanto tiempo como yo estudiándolo, reconoces cualquier cambio en el olor y el comportamiento a la primera.
El miedo huele a cerrado, a humedad. Se empapa de sudor y lo segregamos por los poros. Afecta al cerebro a nivel químico y provoca que nos comportemos de forma extraña e impredecible.
Elena tiene miedo.
—Elena —digo despacio pronunciando cada sílaba con sumo cuidado—. ¿Te encuentras bien?
No se mueve ni un ápice.
—No me gustan los aviones.
—¿No?
Niega con la cabeza y se ríe entre dientes.
—Ya sé que se supone que los Ricci no le tememos a nada. Al menos así nos han criado. Para eso nos apuntaron a mis hermanas y a mí a clases de defensa personal desde que éramos bien pequeñas. Deberías haber visto cómo se le iluminó la mirada a mi padre la primera vez que me vio ponerlo en práctica.
Pienso en los nudillos despellejados y los cortes en los labios que le he visto a lo largo de los años. Siempre parecía tener alguna magulladura. Nunca me pareció que esa sed de violencia tuviera mucho sentido en ella. Es una chica inteligente y afectuosa.
Aunque, bien pensado, si te crías en un ambiente violento, acabas haciendo cualquier cosa por llamar la atención.
—El caso es que no puedo usar los puños para defenderme de una supuesta caída en picado. Por eso evito viajar en avión.
Supongo que el hecho de que Rafael apenas deje a su familia salir de Boston tampoco ha ayudado.
—Si miramos las estadísticas, tienes más probabilidades de morir en un accidente de coche que en un avión.
—Eso díselo a Buddy Holly, JFK Jr. y Ritchie Valens.
La señalo con el dedo.
—Esa comparación no es del todo justa. Dos de las víctimas murieron en el mismo accidente. Además, eres demasiado joven como para que te haya dejado traumatizada.
Elena tararea con tranquilidad. Se incorpora y abre los ojos. Me mira de arriba abajo como si estuviera catalogando cada centímetro de mi defectuosa piel. Ladea la cabeza y frunce los labios.
—Has matado a Mateo —dice despacio.
—No he tenido más remedio. Me daba muchos problemas. Además, es muy probable que estuviera involucrado en la brecha de seguridad que hubo en tu casa.
—¿Es muy probable? ¿En eso basas tus decisiones? —pregunta sorprendida.
Cojo aire profundamente, coloco las manos sobre el regazo y le lanzo una mirada siniestra.
—No, pequeña. Absolutamente todas las decisiones que he tomado en mi vida adulta las he planificado exhaustivamente tras mucho reflexionar. No me arriesgo a no ser que esté seguro del resultado.
—¿Y este matrimonio qué es? ¿Una escalera real?
Tardo un poco en contestar. Me reclino en el asiento y busco con la mano en el aparador que hay a mi derecha hasta que noto el lomo viejo de un libro que solía llevar siempre encima.
Solía copiar versos de ahí, luego arrancaba las hojas y los dejaba en su balcón en las contadas ocasiones en que visitaba Boston.
Por aquel entonces no sabía que ese balcón era el de su cuarto y no el de su madre.
Todavía no había descubierto lo malvada que podía llegar a ser Carmen.
No había llegado a comprender lo que me había hecho y me sentía confuso.
Al cumplir los dieciocho, Elena se acercó a mí en una fiesta para recaudar fondos.
Fue entonces cuando me enteré de que ella era quien había recibido mis notas y quien había dejado alguna para mí.
Esa noche me pidió que me acostara con ella, que le concediera el regalo de la elección de la misma forma que le había dado esperanza para soportar el mundo de su padre.
Me dijo que había reconocido mi caligrafía y que quería que nuestra conexión fuera más sólida.
La rechacé con una cita errónea de El paraíso perdido .
Me pasé todo el mes siguiente tratando de sacarme de la cabeza la imagen de una joven Elena Ricci abierta depiernas en mi cama esperando a que me diera un festín con ella.
Era mayor de edad y estaba dispuesta, pero lo cierto es que no me había fijado en ella hasta ese momento, y era la hija de las dos personas que sin duda me habían cambiado la vida.
Un tiempo después Rafael me pidió que la vigilara y la poesía se convirtió en la única manera que tenía de comunicarme con ella.
La única forma en la que deseaba hacerlo.
Saco el libro que a estas alturas está destrozado y lo abro por una página que está marcada.
Enseguida encuentro el verso que busco, aunque podría recitar la mayoría de los poemas de William Blake de memoria: «Hasta que el ruin dejó los fáciles senderos para seguir los peligrosos y conducir al hombre justo a las regiones áridas».
No aparto los ojos de su mirada eléctrica mientras recito el verso. Ella frunce el entrecejo.
— El matrimonio del cielo con el infierno .
—El matrimonio de dos polos opuestos: del bien y del mal.
En teoría, lo que somos está por ver. —Coloco el libro cerrado sobre la mesa y lo empujo en su dirección—.
Dadas las circunstancias, no tenemos margen de error.
Estoy encerrado en este matrimonio tanto como tú.
Así que, para bien o para mal, la sentencia es firme, esposa.
Suelta un gruñido mientras tamborilea con los dedos sobre la rodilla, perdida en sus pensamientos.
—¿Qué probabilidad hay de que me mates a mí también?
—Cero.
Enarca una ceja.
—Suenas muy seguro para haber matado a mi prometido y haberme apartado de mi familia. ¿Cómo sé que no vas a llevarme a un lugar lejano para asesinarme?
Su tono aguijonea cierta molestia que se está formando en mi interior, me enfurece. Me desabrocho el botón de la chaqueta del traje. No aparta sus ojos ardientes de mí mientras lo hago y se humedece el labio inferior con la punta de la lengua.
Noto la presión de mi polla hambrienta por debajo de la cremallera. Necesita que la saque de ahí. Sin apartar la mirada de sus ojos, me llevo la mano a la verga y acaricio la erección, que me quema en la mano al moverme del sitio.
No debería coquetear con ella: ya me está costando no sucumbir a la tentación sin los jueguecitos, pero, por algún motivo que desconozco, no puedo evitarlo.
—De nada me sirves muerta, pequeña —digo mientras me acaricio la polla con suavidad. Eso basta para que se me derrame una gota de líquido preeyaculatorio, que empapa la tela de los bóxers.
—Pero no vas a acostarte conmigo.
«Mi zorrita cachonda». Observo cómo se sonroja mientras se mordisquea el labio. Creo que no sé dónde me he metido.
—Todavía no.
—Entonces ¿para qué todo esto? ¿A qué estás esperando? —pregunta mientras se retuerce en el asiento. Aprieta los muslos y cambia de postura para tratar de sofocar la necesidad que le bulle entre las piernas—. ¿Ya no te intereso de esa forma?
Tiene las mejillas sonrosadas y el rubor le va bajando por el cuello, claramente avergonzada. Se la ve tan inocente y frágil.
«No es que no me intereses. Es que me interesas demasiado».
Una vez que empecemos, no habrá quien nos detenga.
—No te preocupes, pequeña Perséfone —digo apartando la mano de la polla y cogiendo aire antes de levantarme—. Follaremos. Simplemente tenemos que esperar.
No se me baja la erección hasta que no aparta la mirada. De alguna forma el rubor se ha ensombrecido.
Me aliso el traje y le ofrezco una mano. Espero pacientemente a que la coja. Si es cierto que odia los aviones, me imagino que no le resultaría fácil desembarcar. No deja de ser un milagro que haya salido de la habitación. El cambio de altitud afecta hasta al piloto más avezado.
Se me queda mirando la mano y luego la cara.
Ya soy bastante más alto que ella cuando está de pie, pero cernirme sobre ella de esta forma cuando todavía está sentada y con los ojos a la altura de mi polla me pone cachondísimo y se me hace cada vez más difícil ignorar la lujuria que siento.
—No quería casarme contigo —dice con voz suave. Nunca la había oído hablar así.
Se me forma un nudo en la garganta y me cuesta respirar. Qué sensación tan familiar.
—No dejas de decirlo.
—¿Y qué quieres que haga? —Se levanta de su asiento. Pierde el equilibrio un instante y vuelve a recuperarlo. Se cruza de brazos.
Me invade el aroma penetrante y dulce del champú de granada.
Siento la tentación de estrecharla entre mis brazos y mostrarle lo que espero de mi esposa.
Todas las maneras en que veneraría su cuerpo terso y perfecto si tuviera la oportunidad.
Cómo la arrastraría hasta las profundidades del infierno mientras la convenzo de que está en el mismísimo cielo.
Utilizaría la lengua para escribirle poemas sin palabras en su piel sensible e hinchada.
Todas las maneras en que la trataría bien, si pudiera.
Si no tuviera tanto que perder. Si pensara que podría amarla y no usarla como un peón en mis retorcidos juegos.
Así que me centro en lo que tengo claro, porque en estos momentos eso es lo que más importa.
—Ya discutiremos la logística más adelante —digo haciéndome a un lado y gesticulando con la mano en dirección a la puerta.
Espero que no se haya percatado de la forma en que se me dilatan las fosas nasales cuando está cerca.
Cuando la tengo junto a mí, siento que he bebido el veneno más dulce y mortífero—. Antes quiero enseñarte algo.