6. Elena
Elena
Lo primero que noto al despertar es que tengo la boca sequísima. Casi no distingo la lengua del paladar de lo pegada que está, y aún perdura el sabor del agua con gas mentolada que me he tomado en el trayecto a casa de mis padres.
Lo segundo que noto es que estoy en una habitación extraña, lujosa pese a su tamaño reducido.
Las paredes están recubiertas con paneles de madera encerada y hay una chimenea eléctrica justo delante de la cama en la que estoy metida.
Noto un dolor punzante en la base de la nuca, entre la clavícula y el hombro.
Me incorporo en la cama y estiro los brazos por encima de la cabeza para deshacer los nudos.
Lo tercero que noto cuando se me resbala la sábana de seda y se me yerguen los pezones con el frío es que estoy desnuda de cintura para arriba.
Introduzco la mano bajo las sábanas blancas y la llevo a la entrepierna. Cojo aire de la sorpresa: no estoy desnuda de cintura para arriba. Estoy desnuda del todo.
Aprieto los muslos y me cubro los pechos con las manos mientras busco mi ropa por la habitación. La mochila que cogí de casa está abierta y vacía sobre el aparador que hay junto a la cama.
Hay una única ventana redondeada en la pared contigua a la cama. Subo la persiana para mirar por ella y confirmo lo que ya se temían mis huesos: estoy en un avión.
Se me sube el estómago a la garganta y me cuesta respirar. Me esfuerzo por inhalar oxígeno, pero mi cerebro no deja de mostrarme una imagen del avión cayendo en picado mientras observo las nubes blancas, impidiéndome fijarme en la tierra que sobrevolamos.
Me levanto de la cama cubierta con la sábana y me quedo quieta unos segundos hasta que mi cuerpo consigue orientarse. Me tiemblan las rodillas. Mi cuerpo se rebela ante la idea de volar, pese a no poder evitarlo.
Me agarro al colchón para no perder pie y abro los cajones de la cómoda por si hubiera ropa mía en su interior. Están todos vacíos.
«¿Para qué me pediría que hiciera las maletas si me iba a quitar mis cosas?».
Me pongo colorada de la frustración que siento y doy vueltas sobre mí misma tratando de averiguar qué hacer. Miro en el baño y veo una ducha de granito impoluta, un váter y un lavabo pequeño en un rincón, pero nada de ropa.
O más bien, no está mi ropa.
En la puerta de la ducha, todavía húmeda de la condensación, hay colgados unos calzoncillos y una camiseta negros. Se me cierra el estómago al pensar que Kal se ha desnudado y se ha duchado a unos pocos metros de mi cuerpo dormido.
La noche que pasamos juntos no llegó a desnudarse por completo, como si tratara de mantener el misterio que lo rodeaba. Me pregunté qué quería esconder.
A mí me despellejó por completo, literalmente, mientras él permanecía tan hermético como siempre, haciendo que mi cuerpo se amoldara al suyo de formas que ni siquiera sabía que existían.
Me excito al recordarlo y froto el interior de un muslo contra el otro, repleto de sensibilidad. Siento el contacto de la carne mutilada contra la suave piel.
Debería haber salido corriendo cuando sacó la navaja, pero la punzada de dolor que sentí quedó amortiguada casi al instante cuando me pasó la lengua por encima evitando que manchara las sábanas de sangre.
Toda mi vida ha transcurrido a base de moretones.
Siempre acababa con los nudillos despellejados y rompiéndome los dedos de pelea en pelea porque pensaba que así complacería a mi padre; pensaba que así me vería como algo más que a su princesita y que tal vez me dejara vivir mi vida como yo quisiera.
Hasta las navidades pasadas no averigüé el placer que podía provocar que alguien te marcara con su propia violencia.
Me trago el nudo de deseo que se me ha formado en la garganta y me muevo para apartarme del baño, solo para chocarme contra unos pectorales duros que me resultan muy familiares.
El corazón me late desbocado como si se me fuera a salir del pecho.
—Kallum —digo en susurros.
Lo miro a los ojos pese a saber que no debería después de lo que acaba de hacer. Sin embargo, igual que una polilla, me acerco a su fuego.
Se le oscurecen los ojos color caoba por la lujuria.
Me mira de arriba abajo mientras le da un mordisco a una manzana que lleva en la mano.
Al morderla, el jugo se esparce en varias direcciones.
El crujido reverbera en mis oídos y lo siento hasta en las entrañas.
Sigo con la mirada la mano cuando la aparta de la boca y mastica sus jugos.
Noto el pulso en la entrepierna. Su semblante serio, cargado de peligro, me está mareando.
Se le mueve la nuez al tragar y se acerca todavía más a mí, pese a que nuestros cuerpos ya están prácticamente pegados.
Se me sube la sangre a la cabeza y pierdo la capacidad de razonar, abandono toda lógica; me olvido de todos los motivos por los que debería ser precavida.
—Joder —dice en un susurro ronco—. Qué bien suena mi nombre en tus labios, pequeña.
—¿D-dónde está mi ropa? —tartamudeo. Me sorprende haber sido capaz de formar esa frase cuando en lo único que pienso es en sus labios sobre los míos.
—En el armario del pasillo. No pensé que fueras a despertarte antes de que aterrizáramos.
Da un paso hacia delante, forzándome a entrar en el baño.
—¿Y mi vestido?
Le tiembla un músculo de la barbilla que le forma un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—Incinerado. Lo hice antes de despegar.
Me quedo boquiabierta de la sorpresa.
—¿Has quemado mi vestido de novia?
—No me gustó nada que te casaras conmigo llevando el traje de bodas que pretendías dejar en el suelo del dormitorio de Mateo esta noche.
Frunzo el entrecejo.
—A decir verdad, no tenía intención de acostarme con Mateo esta noche ni nunca, si podía evitarlo.
Da otro paso en mi dirección encajándome contra el lavabo. Pongo un brazo detrás de mí para evitar caerme sin dejar de aferrarme a la sábana. Se reclina en mi dirección y se apoya en el aparador que hay junto a mi cadera.
—Ah, ¿no? —Su aliento cálido me acaricia la cara—. Así que la lencería tan escasa que llevabas no te la habías puesto para él. ¿Tampoco te afeitaste el coño por si tu querido maridito quería saborearlo?
Me paso la lengua por los labios mientras él me coge el nudo con el que mantengo la sábana cerrada y niego con la cabeza. Mi respiración se vuelve errática cuando se acerca todavía más. Lo tengo tan cerca que prácticamente hemos dejado de ser dos personas.
Lo miro a los ojos a través de mis tupidas pestañas con el pecho encogido mientras intento respirar despacio. La atracción que hay entre nosotros es evidente y yo quiero probarla un poquito.
—Tal vez quería dejar ese vestido en tu suelo esta noche.
Los ojos de Kal se oscurecen todavía más y se queda casi sin aliento.
—¿Ibas a pensar en mí mientras te follaba?
Sin esperar mi respuesta, tira de la sábana y me separa los dedos con la mano que tiene libre al mismo tiempo que le da otro mordisco a la manzana.
El ruido que hace al separar la fruta de la boca me resulta tan obsceno que me estremezco por completo y aprieto los muslos al notar la humedad que se concentra en la parte más alta, calentándome desde el interior.
Con un movimiento de la mano me aparta la sábana del cuerpo, que se queda atrapada a la altura de la cintura, apoyada en el lavabo. Kal exhala un suspiro entrecortado mientras mastica y pasea la mirada hambrienta por mi cuerpo.
Deja la manzana sobre la repisa que hay a mi espalda y me acaricia con dedos pegajosos el tatuaje de la granada que tengo debajo del pecho. El que me hice porque no quería otra cosa que ser su Perséfone.
Noto el tacto frío, desprovisto del calor que emanan sus ojos, y aun así me quema.
«¿Qué coño me pasa?».
Hace tan solo unas horas este hombre me ha chantajeado para que me casara con él; ha amenazado la vida de mis seres queridos para que acepte ser un peón en este juego que se trae entre manos y que todavía no logro comprender.
No sé si me trago que a él también lo han chantajeado. Un hombre al que todo el mundo conoce como doctor Muerte no se plegaría con esa facilidad a la voluntad de los demás. Esa disposición tan inmediata a aceptar los términos de su chantajista hace que me salten todas las alarmas.
Pero tampoco es que tuviera alternativa. Sé que él no amenaza en vano, así que no me ha quedado más remedio que aceptar el trato. Eso no significa que tenga que disfrutar con este acuerdo. Claro que, cuanto más me mira, menos fuerzas me quedan.
Me agarro a la encimera hasta que me duelen los nudillos para contener el deseo irrefrenable de devolverle las caricias.
Me pasa el pulgar por el tatuaje haciéndome temblar como una hoja. Sonríe. Va bajando la mano hasta rodearme la cadera con ella y me acaricia el hueso púbico antes de sumergir la mano del todo para acariciarme el clítoris.
No puedo contener el gemido. Él ensancha la sonrisa, surcando las comisuras de sus labios de arrugas.
—Puede que no te hayas afeitado para él, pero no recuerdo que te afeitaras para mí —dice. Su voz resuena en mi pecho—. Así que ¿con quién has estado follando en mi ausencia?
Recorre mi abertura de adelante atrás en movimientos repetitivos rozándome el clítoris al retroceder. Se me cierra la garganta hasta causarme dolor y cojo aire desesperadamente para no explotar. Solo con que me toque este hombre ya casi llego al orgasmo.
—Con n-nadie —respondo en un staccato , tragándome el gemido que me sale de las entrañas. Me separa los pliegues y chasquea la lengua.
—Por tu bien, espero que eso sea cierto.
—Lo es. Lo juro.
«Nunca ha habido nadie más». Abro la boca para preguntarle lo mismo a él, pero no me salen las palabras. Me he quedado en blanco, cegada por el placer.
—Así me gusta —murmura. Sus palabras me inundanel vientre de un líquido ardiente haciendo que me palpite elcoño—. Que no vayamos a consumar este matrimonio esta noche no significa que puedas acostarte con otro.
Parpadeo. Salgo del estado de excitación.
—¿Qué?
—Cuando lleguemos a nuestro destino, tendré que salir de viaje para tratar unos asuntos. Los planes que tengo para ti, pequeña… —Me mira despacio de arriba abajo haciendo que me estremezca—. Por desgracia, por ahora, por mucho que tu coño lo desee, mi polla no va a entrar ahí.
Enarca una ceja oscura y vuelve a centrarse en mi entrepierna. Me separa los muslos para que le quepa la mano entera. Coloca dos dedos junto a mi entrada y me da unos golpecitos con suavidad para ver mi reacción. Sonríe con lascivia al sentir mi humedad y los introduce hasta los nudillos.
La repentina invasión me roba el aire de los pulmones y cuando empieza a moverlos, estimulando mi clítoris con la palma de la mano mientras me mete y saca los dedos rítmicamente con las puntas encorvadas hacia mis paredes internas, me deshago casi al momento.
Gruñe al notar mis sacudidas y me acaricia la cabeza con la otra mano.
—Qué esposa tan obediente.
Se me abre la boca para gemir y aprovecha para meterme la manzana. Inclinado sobre mí, me mira a los ojos mientras sigue masturbándome y mordiendo la manzana por el otro lado.
Se me queda atrapado un gorjeo en la garganta cuando nuestras narices se rozan, mi coño se contrae con fuerza alrededor de sus dedos y siento una sacudida que me recorre de arriba abajo incendiándolo todo a su paso.
Kal se lleva la manzana al separarse de mí. Le doy un bocado y saboreo el dulzor de la fruta. Sé que me ha dado solo un aperitivo porque sabía que no sería suficiente.
Me palpita el coño con las sacudidas después del orgasmo y cuando se aparta de mí escupe la manzana en la papelera, se lleva los dedos a la boca y lame mis jugos, sonriendo como un depredador que ha cazado a su presa.
Al dar un paso atrás ha salido de la habitación.
Señala con un gesto de la cabeza por encima de su hombro en dirección a la puerta.
No me había percatado hasta ahora de que estaba abierta.
Me ruborizo al mirar hacia el pasillo y ver a la empleada pelirroja al fondo dándonos la espalda, preparando unas bebidas en el minibar.
—Acuérdate de vestirte antes de salir —dice Kal guiñándome un ojo.
Me siento mortificada. Me agacho a coger la sábana y me tapo con ella.
—Aterrizamos en quince minutos.