5. Kal #2
Cuando nos conocimos hace diez años en la isla de Aplana, el lugar al que solía llevarme mi madre de pequeño cuando conseguía ahorrar un poco de dinero, lo único que sabía de él era que tenía prohibida la entrada a la finca Primrose, donde viven los dueños de la isla.
Le pagué la fianza, lo saqué de la cárcel y lo contraté sin tener la menor idea de dónde me metía. Pero es una de las pocas relaciones duraderas que tengo, así que lo aguanto pese a su verborrea.
—Ya veo que no lo has pensado bien —dice.
—Las cosas han de suceder de una determinada manera, Wolfe —le suelto en voz baja para no alertar de mi presencia a quien quiera que esté en el interior de la habitación—. No puedo meterla de lleno en esto y esperar que le parezca bien.
—Ya, pero… ¿casarte? No dijiste nada de eso cuando te fuiste a Boston.
—Los planes cambian. Es la forma más rápida y sencilla de conseguir lo que quiero.
Dinero. Poder.
«Una familia…».
Jonas suspira.
—Está bien. Imagino que sabes lo que haces. —Hace una pausa en la que puedo sentir la duda que lo corroe—. ¿Y ella no acabará siendo un problema?
Sujeto el pomo de la puerta con la mano y lo hago girar despacio.
Se me acelera el corazón al abrir la puerta y me entra la risa al observar la escena que tengo delante; se meva formando en el pecho y me cosquillea la garganta.
No hay nada gracioso en lo que veo, pero la traición me resulta tan excitante que me corta la respiración.
Cuelgo la llamada, me guardo el teléfono en el bolsillo sin responder a Jonas y entro en la habitación.
Me chirrían los dientes al ver a la madre de Elena.
Estar en la misma habitación que ella me hace sentir como si alguien hubiera prendido fuego a mis pulmones y me viera obligado a respirar a través de los rescoldos.
Carmen frunce el ceño al verme, aunque la piel bronceada que le rodea las cejas permanece impolutamente tersa.
—¿Qué coño has hecho, Kallum? —sisea. Aprieto tanto los puños que me duelen las manos—. ¿Por qué no se ha casado mi hija con Mateo de Luca?
—Elena ha elegido casarse conmigo.
—Te la has tirado, ¿verdad? —dice Carmen asqueada—. Sabías que si la jodías a ella nos joderías a nosotros. Has estado esperando tu oportunidad.
—Ha decidido casarse conmigo libremente.
—Claro, y me imagino que a Mateo le ha parecido estupendo.
Su táctica siempre ha sido hacerte reaccionar. Sabe qué teclas tocar y hasta dónde llegar para que pierda los papeles. Solíamos jugar a ese juego: ella me cabreaba con sus ocurrencias y descalificaciones, con sus celos y su desprecio, y yo la seguía hasta el matadero como un puto corderito.
Sonrío sin molestarme en contestar mientras hago un barrido por la habitación. Me fijo en la puerta entreabierta del balcón que queda a su espalda.
Tengo esta habitación grabada a fuego en mi cerebro. Conozco mejor estas paredes blancas que las de mi propia casa. Los libros que hay en las estanterías han sido sugerencias mías a lo largo de los años.
Me tranquiliza que estén ahí. Elena no se iría jamás de aquí sin llevarse a los románticos; sin embargo, veo que los volúmenes de poesía siguen donde siempre, abandonados, sin que los haya tocado nadie.
Siento un nudo en el estómago. Vuelvo a fijarme en Carmen, que me mira con odio con las manos en sus anchas caderas.
—¿Dónde está? —pregunto. Me esfuerzo por sonar tranquilo cuando lo que me pide el cuerpo es lanzarme sobre ella y aplastarla contra la pared.
Se encoge de hombros.
—A mí me ha parecido muy interesada en que la ayude a escapar. Es un poco raro para una recién casada, ¿no crees?
—No sé, Carmen. —Me acerco hasta el balcón y veoque se mueve una sombra tras las puertas—. Tampoco es que eso te haya detenido nunca.
En silencio, avanza al mismo tiempo que yo para bloquearme el paso. Me pica la piel cuando me apoya las manos en el pecho. Me siento asqueado y se me está nublando la vista.
—No pienso permitir que corrompas a mi hija —dice con lágrimas en sus grandes ojos marrones.
Hubo un tiempo en que me habría dado lástima, cuando era joven e ingenuo y creía que Carmen se preocupaba por alguien más que por ella misma.
Todavía dudo al ver las lágrimas resbalarle por las mejillas.
Siento el efecto que tiene sobre mí su manipulación, que perdura como si fuera retroactivo por naturaleza pese al tiempo que ha pasado.
El ensueño se rompe en cuanto vuelve a abrir la boca.
—No te atrevas a usarla para hacerme daño.
Me mordisqueo el interior del carrillo hasta percibir ese sabor cobreño que me inunda los sentidos. No puedo evitar reírme. Me acerco hasta que casi le rozo la oreja con los labios, haciendo que se estremezca. Me entran ganas de vomitar.
—No voy a corromperla —le digo cogiéndola de la mano y entrelazando los dedos con los suyos—. Voy a mancillar su alma y cada vez que sangre por mí voy a pensar en cuánto disfruta con todo lo que tú despreciabas.
Doy un tirón con la mano hacia delante y oigo el ruido de los huesos al romperse. Ella grita desconsolada mientras la aparto de un empujón. Se lleva la otra mano a los dedos rotos y las apoya en el pecho sin poder contener el llanto. La ignoro de la misma forma que ella ignoró mi dolor.
No está en mis planes disfrutar de Elena todavía.
Pero Carmen no lo sabe. Lo que ella cree es que el matrimonio es legítimo a todos los niveles.
Justamente lo que necesito que crea. La venganza no entraba en los planes que he preparado, pero tampoco voy a desperdiciar la oportunidad de hacer sufrir a Carmen.
Abro las puertas del balcón y me encuentro a Elena todavía vestida de novia con una mochila rosa al hombro y un libro apoyado contra el pecho.
Está despeinada y se le ha corrido el maquillaje bajo esos ojos de miel.
Se apoya contra la barandilla del balcón con expresión aburrida y sin inmutarse por los gritos de su madre.
Suspira cuando me ve.
—Te has tomado tu tiempo.
No parece muy sorprendida de que haya venido a por ella. Es más, cuando saco la jeringuilla que llevo en el bolsillo de los pantalones y le quito el capuchón a la aguja, reclina la cabeza y se aparta el pelo, como si me estuviera invitando a llevármela.
Introduzco la jeringuilla bajo la piel con suavidad. Me acerco a ella y, sin poder evitarlo, le paso la lengua por la zona. No tarda nada en perder la consciencia. Me la echo al hombro, le cojo el libro de la mano procurando no leer el título.
La metamorfosis de Ovidio.
Dejo a Carmen en el suelo hecha un desastre lloriqueante y me llevo el cuerpo inconsciente de Elena al coche que espera a la entrada de la casa mientras pienso en la pregunta que me ha hecho antes Jonas. No creo que Elena acabe siendo un problema. Creo que ya lo es.