5. Kal
Kal
—Esto sí que no me lo esperaba.
Me cruzo de piernas y ajusto el minutero de mi reloj para que vaya al compás con el reloj de pie que hay en el vestíbulo.
Pese a que las hermanas Ricci me lanzan miradas lascivas desde las escaleras y me observan como si fuera un animal del zoo, me cuesta concentrarme en algo que no sea el tictac desacompasado de los relojes.
Normalmente me esfuerzo por evitar cualquier interacción social, con más razón si son adolescentes, pero no ha habido forma de evitarlo.
Elena se siente atrapada como un pájaro herido en una jaula de oro que no le quita ojo a la cerradura de la puerta por si viera la oportunidad de escapar.
No me extrañaría que saliera corriendo. Como no puedo arriesgarme a que eso suceda, he tenido que volver a casa de los Ricci en la plaza Louisburg para asegurarme de que sus alas sigan cortadas. Por lo menos de momento.
No ha dejado de juguetear con la alianza durante todo el trayecto mientras me miraba por el rabillo del ojo de cuando en cuando. Como si no fuera a notar yo el peso de su mirada.
Ese es parte de mi problema con esta diosa: estoy hipercentrado en cada uno de sus movimientos.
Estoy tan acostumbrado a vigilarla tras una pantalla que encuentro alarmante esta relación tan real.
Eso no explica que se me ponga dura con solo notar su mirada, claro, pero ese es otro tema.
No tengo ganas de pensar en ello ahora, sobre todo después del beso tan intenso que nos hemos dado.
Tengo que medir bien los tiempos si quiero que esto salga como espero.
—¿Sabéis qué, chicas? —les digo mirándolas a los ojos mientras me quito el reloj de la muñeca—: Las fotos duran muchísimo más.
La más pequeña de las hermanas, Stella, agacha la cabeza cuando las miro y juguetea con su trenza. Abre los ojos de par en par detrás de esas gafas cuadradas que lleva y le da un golpecito a su hermana mayor con el codo, haciendo ruiditos para que la siga.
Ariana, segunda en edad y belleza después de Elena, se ríe. Apoya los brazos sobre el pasamanos y se inclina hacia delante. No aparta la mirada ni amaga con recular. Una sonrisa maliciosa le ilumina los ojos oscuros.
—Qué lástima que los vampiros no salgan en las fotos.
—Muy ingeniosa. —Me sacudo un poco de tierra de los pantalones—. ¿Estás segura de que quieres ponerte en contra de tu nuevo cuñado? Sobre todo ahora que ha quedado establecido que se trata de un vampiro.
Se encoge de hombros y pasa junto a Stella para bajar las escaleras. Sus movimientos son ágiles, de gacela. Se nota que hace ballet hasta en las actividades más mundanas. Se detiene en el último peldaño y me mira con los ojos entornados y un brazo agarrado a los barrotes de la escalera.
—¿Qué le ha pasado a Mateo?
—No sé a qué te refieres.
—Lo que quiero decir es —dice sin dejar de mirarme—: ¿por qué no estamos en la iglesia viendo cómo se casa con Elena? ¿Por qué llevas aquí media hora y él ni siquiera se ha dignado a venir a luchar por ella?
Se me eriza el vello de la nuca. Me estoy poniendo de los nervios pese a no haber ningún motivo.
—Sabe lo que le conviene.
Vuelve a reírse y se cruza de brazos. El tono oxidado del vestido resalta el color de su piel. Lleva el cabello recogido en un moño impecable y los labios perfilados con carmín rojo intenso. Reflexiono sobre lo poco que se parecen las hermanas.
Es más que evidente que la elegancia de Ariana es tan natural como respirar o dormir, no necesita esforzarse. ¿De quién habrá heredado ese rasgo? De su madre no, eso está claro. Al menos no de la Carmen que solía conocer.
Elena, sin embargo, se esfuerza por resultar elegante.
Su interés por las artes y las cosas bellas llegó a formar parte de su personalidad con esfuerzo, como si se tratara de una respuesta pavloviana al tipo de vida a la que estaba encadenada.
Tras su exterior impecable se esconde una fina capa de oscuridad que a menudo la ha llevado a acabar con los puños magullados y los labios rotos.
Ella intenta reprimirla, enterrarla en las profundidades para contentar a su familia y cumplir con sus obligaciones, pero es innegable que existe y que clama por que la dejen salir. ¿Qué habría que hacer para que se desatara?
—¿Se ha metido mi hermana en algún lío? —pregunta Ariana, quien sigue empeñada en llegar al fondo del asunto. Y yo que pensaba que la inquisidora era la pequeña…
Stella se acerca dubitativa al pasamanos desde lo alto de la escalera.
—Ari —susurra lo más alto que puede mientras gesticula para que se acerque su hermana—. Déjalo en paz.
Sus ojos oscuros se posan sobre mí y me mira a los ojos un milisegundo antes de apartar la mirada rápidamente. Se pone coloradísima. Yo no puedo evitar reírme sin saber muy bien por qué me hace tanta gracia su incomodidad. Quizá me recuerde a alguien.
Suspiro y cambio de postura en la banqueta mientras me ajusto la solapa del traje. El minutero de mi reloj vuelve a estar desacompasado con el del vestíbulo, como si tuviera una arritmia, y tenso la mandíbula tratando de ignorar el ruido.
—Es que creo que hay gato encerrado —dice Ariana—. ¿Te imaginas a Elena casándose con él?
—No sé —contesta Stella—. Tampoco me parecía que quisiera casarse con Mateo.
—Ya, pero eso tenía sentido. Llevaban juntos toda la vida.
—Ah, ¿sí? A ver, está claro que a él le gustaba Elena, pero ella se limitaba a seguir el guion. —Stella hace una pausa como si estuviera reflexionando—. Creo que esto tiene más sentido que Mateo.
Ariana responde con un ruido extraño de la garganta.
—Pero él la quería…
—Chicas, ya he tenido suficiente.
Hablo en voz baja. El estrés que me producen su parloteo y el tictac casi imperceptible de los relojes está acabando con mis nervios y no creo que pueda aguantarlo mucho más.
Me agarro con fuerza al asiento de madera.
Noto cómo se astilla el material bajo los dedos.
La furia me estalla en el pecho como una ola que arrasa con todo.
—Agradezco vuestra preocupación porque sé que es sincera. —Me centro en respirar con calma—. Pero ni se os ocurra volver a hablar de mi mujer y su antiguo novio a no ser que sea para decir que hacemos mucha mejor pareja. No quiero que volváis a decir su nombre junto al de ella.
Ariana abre la boca y me saca la lengua. Sé que quiere fastidiarme. Su mirada es desafiante, igual que su figura, y se nota que no sería muy difícil hacer que saltara. Tal vez se parezca más a su hermana de lo que pensaba.
Me vibra el teléfono en el bolsillo. Lo saco y miro la pantalla sabiendo que de nada sirve mi amenaza si no digo nada más.
Y eso no puedo permitirlo en estos instantes.
Así que, en lugar de intentar convencerlas, me quito el Rolex, lo tiro al suelo y me dejo llevar por la ira que despierta en mí ese tictac.
Como sucede con cualquier detonante, el ruido se va acumulando hasta que se transforma en una catarata que ruge entre mis oídos sofocando el resto de sonidos.
Este tipo de episodios son agotadores, te consumen con la rabia que provocan.
La ira va trepando por la espina dorsal y se me acumula en el pecho hasta que explota como una erupción volcánica.
Normalmente evito los arranques violentos que germinan en mi cerebro, pero ahora saco la pistola que llevo en la cinturilla del pantalón y apunto a laesfera del reloj.
La bala sale de la recámara y se convierte en un amasijo de esquirlas de cristal, metralla y cuero en el suelo, que se ondula por el impacto.
De alguna manera, como si se tratara de un miembro fantasma, el tictac perdura en mi cerebro. Con el pecho sofocado y la electricidad recorriéndome las venas, me quedo mirando el agujero y visualizo el disparo una y otra vez en mi mente con los hombros tensos y pesados.
Sigo sin moverme. No puedo hacerlo hasta que desaparece el tictac. No vuelvo a respirar hasta que el silencio que flota en el aire consigue permear mi cerebro nublado. Veo a las chicas estremecidas por el rabillo del ojo y carraspeo mientras me guardo la pistola en la cadera.
Salgo de la estancia y acepto la llamada mientras me invade una sensación de alivio, aunque mi cuerpo siga luchando por volver a la normalidad.
Mi socio no para de decir que no se lo puede creer, sorprendido de que me haya casado. Como siga así voy a acabar cogiendo complejo.
Camino de un lado a otro del pasillo donde se encuentra la habitación de Elena con el teléfono pegado a la oreja, arrepentido de haberle dado mi número a Jonas Wolfe.
—Veo que has tomado medidas desesperadas, Anderson —dice con su acento británico, más marcado con cada palabra pronunciada—. ¿Estás seguro de que merece la pena?
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Oigo el ruido inconfundible de una cremallera de bolsa mortuoria al cerrarse mientras canturrea. Me siento decepcionado. Normalmente me encargo yo mismo de la limpieza, pero no me daba tiempo. Tenía que acompañar a mi reciente esposa.
Joder. Me habría encantado ser la última persona en estar junto al cadáver de Mateo antes de arrojarlo a las profundidades del Charles.
—Entonces ¿ya te has comunicado con tu objetivo? ¿La has puesto al día?
Me detengo y me vuelvo a mirar la puerta cerrada del dormitorio de Elena al oír voces en su interior.
«¿Quién está ahí dentro con ella?».
No he visto a nadie entrar ni salir y llevo haciendo guardia diez minutos.
Me he instalado aquí tras marcharme del vestíbulo, dispuesto a tirar la puerta abajo si era necesario a la mínima señal de que intentara escapar.
Ha estado en silencio hasta ahora. No me gusta nada la forma en que se me han tensado los tendones al percatarme de la intrusión.
Respondo a Jonas con un parco «no» porque sé que no dejará de fastidiarme si no lo hago y me escabullo hasta la puerta.