4. Elena
Elena
Cuando era más joven, tuve una profesora que juraba que la actitud tenía un poder infinito sobre nuestras vidas.
Creía firmemente que el tiempo era un constructo social y que la gente tenía la habilidad de crear su propia realidad.
Decía que los seres humanos estamos hechos de energía y que esa energía tiene cierto magnetismo que atrae aquello que tememos y aquello que deseamos, y que dependía de nosotros mismos proyectar el tipo de vida que queríamos tener al universo para que este nos lo proporcionara.
Por cierto que, para ser profesora de una escuela católica, no le pegaba nada…
Ante el umbral del «para siempre», mientras observo los ojos desalmados del hombre que lleva las últimas ocho semanas atormentando mis sueños, no dejo de preguntarme si lo que decía la hermana Margaret era cierto.
En las semanas posteriores a que Kal me abandonara en mi habitación el día de mi vigésimo cumpleaños, debí de soñar al menos una docena de veces que me secuestraba y me alejaba de Mateo. El sueño nunca iba más allá. ¿Habrán cobrado vida mis pesadillas?
Miro a Papà, que parece fijarse en todo menos en mí mientras el cura continúa su sermón sobre el amor y cita a los corintios, como si no fuera más que evidente que todo esto es una farsa.
Por el amor de Dios, si Kal todavía me tiene inmovilizada por la cintura y con la otra mano merodea la garganta.
Y estamos actuando todos como si esto fuera de lo más normal.
Como si no acabara de amenazar a mi familia si no aceptaba casarme con él.
Siento el sabor de la traición en la garganta, que desciende como un líquido ardiente quemándolo todo a su paso hasta llegar al esternón. Intento librarme de su agarre una vez más, sacar la mano mientras trato de ignorar la presión de su polla dura, que hace que tenga que apretar los muslos.
Me agarra más fuerte aplastándome la cadera y hago una mueca de dolor.
Echo la mano para atrás, paso la yema del pulgar por su pierna y le clavo las uñas en el muslo hasta que dejo de sentir los dedos.
Sé que ha notado el ataque cuando me inclina ligeramente hacia delante apretando todavía más su pelvis contra mi espalda.
Está tan empalmado que noto la polla entera, caliente y excitante, como si no lleváramos ropa.
Separa la mano de mi cuello unos instantes, dejándome una extraña sensación de vacío en la zona. Me aparta la mano de su pierna de un tirón y la coloca al lado de mi cuerpo justo antes de cogerme por la mandíbula y levantarme ligeramente la cabeza.
—Vuelve a hacer eso —me susurra al oído con un extraño tono en la voz— y tendré que follarte delante de todos.
Suelto un bufido y contesto con la voz igual de suave, igual de estrangulada:
—No te atreverías.
Alguna línea roja tiene que haber que ni siquiera Kal Anderson se atreva a cruzar. Algo me dice que follarte a la hija de tu jefe, un capo de la mafia ni más ni menos, delante de sus narices sería la mayor falta de respeto.
—Claro que sí. Y tú disfrutarías de cada segundo.
«Si tú lo dices…».
Me levanta la barbilla y me pierdo en sus ojos: son tan oscuros, tan insondables. Parece que estoy mirando dos agujeros negros mientras trato de no perder pie.
—Yo no soy el enemigo, pequeña.
—Tampoco eres mi amigo.
Tiene un pequeño espasmo en el ojo izquierdo y baja la mirada hasta mis labios.
—En eso tienes razón —concede mientras me acaricia el labio con el pulgar y me pulsa el labio inferior como si fuera una cuerda de guitarra—. Soy tu marido.
Antes de que pueda protestar (aunque tampoco es que pueda decir mucho, porque he «aceptado» los votos) sube la mano hasta la cabeza, la enreda entre mi pelo y me besa en los labios.
Me sorprende tanto el ataque que me cuesta reaccionar. Kal no es de besar. Incluso la noche que me desvirgó, cuando me degradó de todas las formas posibles, no me rozó con sus labios en la boca ni una sola vez.
Recorrió con ellos cada centímetro de mi cuerpo, acarició con ellos la parte más sensible de mi carne, los utilizó para hablarle directamente a mi alma, pero no me besó. Y ahora que lo está haciendo no sé muy bien qué pensar.
Es un beso suave, casi dulce, sugerente.
Guía mis movimientos antes de que pueda dejarme llevar y participar de él.
Me agarra el pelo con el puño y me inclina la cabeza hacia atrás para llegar mejor, incitándome, engatusándome.
Le llevo las manos al pecho y lo empujo tratando de separarme de él en un acto reflejo.
Cambia de postura y me asfixia, me consume con su calor al profundizar en el beso.
Me quedo sin aliento cuando me mete la lengua y la entrelaza con la mía.
Me lame los dientes, el paladar, dejándome con ganas de más. Me sostiene con más firmeza con el brazo que tiene alrededor de mi cintura, de forma que nuestras caderas quedan encajadas. Las últimas fuerzas que me quedaban se derrumban y me pierdo en el beso. Me pierdo en él.
Se oye el ruido de los dientes arañando, el sonido de la cópula primitiva que hace que me arda el vientre. Un caleidoscopio de colores neón explota tras mis párpados mientras luchamos por marcar el ritmo del beso; nuestras bocas libran una batalla que mi mente es incapaz de comprender.
Es un beso casi doloroso. Duele igual que duele estar con Kal: es agudo y repentino, desgarrador; es un dolor que te destroza y aun así tu cuerpo ansía más. Como si lo necesitaras para subsistir.
De su garganta sale un gemido ronco, gutural, que se me aloja entre los huesos. El calor que noto en el vientre se extiende como un fuego descontrolado, quemándolo todo a su paso, hasta que estoy prácticamente subida en su cuerpo delgado intentando que repita ese sonido.
Alguien da una palmada arrancándome del momento: abro los ojos de repente y miro a los asistentes. El cura sonríe y canturrea algo en italiano que no comprendo, Papà tiene la vista fija al frente y Marcelline estudia con detenimiento las deportivas blancas que lleva.
Siento que me invade la vergüenza al apartarme de él, al tratar de zafarme de los brazos de Kal, que se resiste a soltarme. Me da un último beso ardiente en los labios antes de soltarme tan de repente que me tambaleo.
Me agarro a sus mangas para no caerme mientras cojo aire. Siento los labios hinchados, en carne viva, así que me paso un dedo por ellos. Intento guardarme esto en la memoria porque esta es la última vez que lo voy a besar.
—Los anillos —dice el párroco señalando nuestras manos—. Está usted saltándose pasos, señor Anderson.
—También te has saltado el cortejo, la pedida de mano o, ya puestos, pedir mi consentimiento para esto —murmuro sin quitarle los ojos de encima a Kal, que se mete la mano en el bolsillo del traje y saca una bolsita de arpillera.
—¿Habrías dicho que sí?
Parpadeo con el ceño fruncido.
—¿Cómo dices?
—Si te lo hubiera pedido. —Saca uno de los anillos: un aro sencillo de color negro, y se lo pone en el dedo. Después saca el mío—. ¿Habrías dicho que sí?
—Yo…
A decir verdad, sí que lo habría hecho; mi encaprichamiento con este renombrado asesino era tal que habría aceptado cualquier cosa que me hubiera pedido.
Sin embargo, mi madre me dejó bien claro desde pequeña que jamás debería admitir algo así.
Sería como firmar mi sentencia de muerte, así que, en lugar de decirle lo que pienso, niego con la cabeza.
—No.
Me arranca el anillo de Mateo de un tirón y lo tira al suelo. En su lugar coloca un anillo con un solo diamante.
Le tiembla la barbilla.
—Ah, ¿no?
Me aparto de él y me pongo las manos sobre los brazos.
—No, Kallum. No te habría dicho que sí. Estaba prometida…
—Eso no te impidió rogarme que te follara.
—Eso es distinto. Fue una…
—Pedimos estas bendiciones por ellos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —nos interrumpe el cura, que se acerca a nosotros y nos agarra por los hombros—.
Por el poder que me ha sido otorgado, yo os declaro marido y mujer.
—Duda un momento mientras nos mira con los ojos hundidos—.
Esto… Bueno, supongoque puede besarla de nuevo, pero si va a hacerlo le rogaría queesperara a que salga de la habitación.
Kal levanta la mano y niega con la cabeza.
—No hace falta, padre. Nos vamos.
Marcelline acompaña al cura al exterior y cierra la puerta tras de sí. Kal se estremece con el ruido. Traga saliva y se acerca a la cama. Se agacha a recoger sus cosas sin prestarme ni la más mínima atención.
—Esto… —Enarco una ceja—. ¿Voy a poder dar mi opinión sobre algo? Ni siquiera sé qué está sucediendo. —Me giro hacia mi padre mientras señalo a Kal con el pulgar—. ¿Por qué no has hecho nada por evitarlo? Acaba de arruinar tu contrato con Bollente Media.
—No, de eso ya te encargaste tú cuando decidiste acostarte con él. —Papà me mira con dureza, claramente decepcionado—. Y como ni siquiera te molestaste en ser discreta, alguien lo grabó en vídeo y ahora están utilizando esa grabación para chantajear a la famiglia .
Se me forma un nudo en la garganta y se me sube toda la sangre a la cara al procesar mi cerebro lo que acaba de decir.
—¿Alguien estaba mirando?
Papà me mira asqueado, curvando los labios con desprecio.
—Siempre hay alguien mirando, fliglia mia . Y vamos a pagar todos por tu cagada.
Mira por encima del hombro hacia el cuerpo de Mateo y niega con la cabeza.
—¿Y no podríamos decírselo a los Ancianos? Tiene que haber otra forma…
—Los que nos están chantajeando han impuesto una serie de normas que debemos seguir a rajatabla o nos delatarán. No tenemos ninguna pista de quién ha podido ser, así que nos tienen cogidos por los huevos. —Papà levanta la cabeza—. Además, si se lo contamos a los Ancianos harán que te maten.
Me viene a la cabeza lo que me dijo antes Kal: «Te estoy ayudando». Me escuecen los ojos por las lágrimas y trago saliva deseando que desaparezcan. Mi mundo acaba de ponerse del revés.
—Pensé que había elegido bien contigo para este contrato. Me he pasado toda la vida alejándote de los problemas. Estaba convencido de que, si te casabas, todo saldría bien. —Papà suspira antes de echarme un último vistazo—. Pensé que podía confiar en ti, Elena.
La tristeza trepa por mi espalda como la hiedra. Se abraza a mis huesos con tanta fuerza que siento que me voy a partir en dos. Sin pensarlo, alzo la mano en su dirección, buscándolo para que me consuele o para disculparme. Tal vez las dos cosas.
Daría cualquier cosa por borrarle esa mirada desesperada antes de que se abra un hueco en la profundidad de mi alma y no pueda deshacerme de él jamás.
—Papà, yo…
—Toma. —Kal me pasa un documento dejándome con la palabra en la boca. Miro hacia él y noto que se aprieta todavía más el nudo que siento en el estómago.
El certificado matrimonial del estado de Massachusetts.
De alguna manera, nada parecía real hasta ahora.
La ansiedad se abre paso por mi pecho atascándome las arterias. Me tiemblan tanto las manos que se me cae el certificado.
—No puedo firmar eso.
Kal inspira despacio, coge el papel y me lleva de un empujón hasta la cama. Coloca el documento sobre el pecho de Mateo, me coloca un bolígrafo en los dedos, me agarra la mano y la guía para que firme.
El resentimiento me reconcome al verle falsificar mi firma con tanta sencillez como si lo hubiera hecho un millar de veces. Evito fijarme en el cuerpo inerte de Mateo. Estoy a punto de vomitar la cena de anoche. Cuando me suelta Kal, me aparto de él sofocando el llanto con la palma de la mano.
Si hubiera sabido que acostarme con Kal iba a derivar en esto, en la pérdida absoluta de mis libertades, jamás lo habría hecho.
«¿No?».
Cuando te has pasado la vida resignada a tu destino, aceptando lo inevitable, el más mínimo cambio de planes parece el fin del mundo.
Es cierto que no quería casarme con Mateo, igual que tampoco quería casarme con Kal, pero al menos sabía qué esperar de él. Hasta habíamos sido amigos tiempo atrás, antes de que se obsesionara con el poder y la violencia, y decidiera pagarlo conmigo cuando no obtenía lo que quería.
Sin embargo, eso sabía controlarlo. Llevaba varios años lidiando con ello y sabía sacarle partido.
Siempre le devolvía los puñetazos hasta acabar con los nudillos ensangrentados.
Eso lo podía controlar. Esto que ha ocurridocon Kal, sin embargo, son aguas ignotas.
Jamás lo he visto conotra mujer, aunque imagino que habrá habido varias en sus treinta y dos años de vida.
Todavía no consigo entender que haya aceptado esta farsa.
Al fin y al cabo, la última vez que nos vimos me folló hasta dejarme desfallecida y se marchó antes del amanecer.
Lo único que dejó tras de sí fue un poema escrito en un trozo de papel y una rosa negra.
Incluso llegué a preguntarme si lo habría soñado todo.
El tacto tiene memoria.
Oh, dime, amor, dime,
¿qué debo hacer para matarlo y ser libre?
Si acaso, esas palabras de despedida, sacadas de un poema de Keats, indicaban que no quería verme más. Sin embargo, aquí está, forzándome a que me case con él y actuando como si no hubiera alternativa.
Papà se va a buscar a mi madre y yo me quedo observando a Kal, que continúa preparando la maleta.
Noto un peso en las entrañas al recordar otra cosa que me dijo hace unas semanas: «Yo no soy como los chicos de tu escuela privada.
Yo te mancillaré sin pensármelo dos veces».
«Destrúyeme », le contesté. Confiaba en poder aguantarlo.
Ahora no puedo dejar de preguntarme dónde coño me he metido.